AGAR
El que despide a su amante, a su concubina, a su querida, si no le proporciona medios de vivir, pasa
entre nosotros por hombre malvado.
Se nos ha dicho que Abraham era muy rico en el desierto
de Gerara, aunque no tuvo una pulgada de tierra propia. Sabemos que destruyó los ejércitos de cuatro poderosos reyes con trescientos diez y ocho pastores de corderos. Debió, pues, por lo menos, regalar un rebaño
a su querida Agar cuando la despidió en el desierto. Hablo aquí guiándome por las exigencias del mundo, pero reverencio las vías incomprensibles de Dios, que no son las que los demás mortales seguimos.
En el caso de Abraham hubiera yo regalado algunos corderos, unas cuantas cabras y un macho cabrío
a mi antigua amiga Agar, algunos trajes para ella y para mi hijo Ismael, una buena burra para la madre, un borriquillo para el hijo, un camello para que les llevara el equipaje y uno
o dos criados para que les acompañaran y les defendiesen, evitando el ser comidos por los lobos. El padre de los creyentes sólo dio un cántaro de agua y un pan
a la pobre querida y a su hijo cuando los abandonó en medio del desierto.
Algunos impíos sospechan que Abraham fue un padre poco cariñoso, que quería ver
a su hijo bastardo muerto de hambre y cortar el cuello a su hijo legítimo. Pero eso son misterios impenetrables de los libros santos.
Se nos dice que la pobre Agar se fue al desierto de Bersabée. No hay en esto más inconveniente que el de que entonces no existía semejante desierto. Sólo se conoció ese nombre muchos años después. Pero esto es una bagatela, y no por ello el fondo de la historia deja de ser auténtico.
Verdad es que la posteridad de Ismael, hijo de
Agar, se vengó cruelmente de la posteridad de Isaac, hijo de Sara,
a favor del cual
fue Ismael abandonado en el desierto. Los sarracenos, descendientes en línea recta de Ismael, se apoderaron de Jerusalén, que, por derecho de conquista, pertenecía
a la posteridad de Isaac. Hubiera yo querido que descendiesen de Sara los sarracenos, porque esta etimología estaría más justificada y sería más natural la genealogía. Supónese que la palabra «sarraceno» trae su origen de
Sarac, que significa ladrón. No sé que ningún pueblo se haya llamado nunca ladrón. Aunque casi todos los pueblos lo han sido, ninguno ha adoptado ese título.
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