ADÁN (1)
(2)
II
La devota Mad. de Burignon afirma que Adán fue hermafrodita, como todos los primeros hombres
del divino Platón. Dios reveló ese gran secreto a la buena señora, pero como no me lo ha revelado
a mí, no me ocuparé de él. Los rabinos judíos que leyeron los libros de Adán conocen el nombre
de su preceptor y el de su segunda mujer; pero como tampoco he leído los libros de nuestro
primer padre, tampoco trataré de ellos. Algunos espíritus quiméricos, aunque muy instruidos,
se asombran al leer en el Vedas de los antiguos brahmanes que el primer hombre fue creado en
las Indias, que se llamaba Adimo, que significa engendrador, y que su mujer se llamaba Procriti,
que significa vida. Reconocen que la secta de los brahmanes es más antigua que la de los judíos,
que éstos sólo pudieron escribir muy tarde en el idioma cananeo, porque tarde se establecieron
en el pequeño territorio de Canaán. Añaden que los indios siempre fueron inventores, que los
judíos siempre imitaron; que los indios fueron ingeniosos y los judíos groseros; que no se comprende
que Adán, que era rubio y de larga cabellera, fuera el padre de los negros, que son del color de la
tinta y tienen por pelo lana negra y encrespada. Por mi parte nada digo yo sobre esto. Abandono
estas pesquisas al reverendo padre Beruyer, de la Compañía de Jesús, que es el escritor
más inocente que he conocido. Quemaron su obra titulada Historia del pueblo de Dios
porque dicen que quiso poner la Biblia en ridículo. Pero yo no puedo creer que tuviera
ingenio para ello.
III
No vivimos ya en un siglo en el cual pueda examinarse seriamente si Adán poseyó
o no
poseyó la ciencia infusa. Los que promovieron durante mucho tiempo esta cuestión era
porque carecían de ciencia infusa y de ciencia adquirida.
Es tan difícil saber en qué época se escribió el libro del
Génesis, que habla de Adán,
como saber la fecha del Vedas, del Sánscrito y de otros antiguos libros asiáticos.
Pero es importante notar que no permitían a los judíos leer el primer capítulo del
Génesis
antes de cumplir veinticinco años. Muchos rabinos dicen que la creación de Adán y Eva
y su historia sólo es una alegoría. Todas las naciones antiguas conocidas han ideado
alegorías semejantes, y como por un acuerdo singular, que denota la debilidad de nuestra naturaleza,
todas han explicado el origen del mal moral y del mal físico de un modo muy
semejante. Los caldeos, los indios, los persas, los egipcios, se han explicado casi lo mismo
la mezcla del bien y del mal inherente a la naturaleza humana. Los judíos que
salieron de Egipto oyeron hablar allí de la filosofía alegórica de los egipcios; después
mezclaron sus vagos conocimientos adquiridos con los que aprendieron de los fenicios y
de los babilónicos durante su larga esclavitud. Pero como es natural y lógico que el
pueblo grosero imite groseramente las ideas de un pueblo civilizado, no debe sorprendernos
que los judíos inventaran que la primera mujer fue formada de la costilla del primer hombre;
que soplase Dios en el rostro de Adán el espíritu de la vida; que prohibiera Dios comer el
fruto de cierto árbol, y que esta prohibición produjera la muerte, el mal físico y el moral.
Imbuídos en la idea que adquirieron en pueblos más antiguos de que la serpiente es un animal
muy sutil, le atribuyeron fácilmente el don de la inteligencia y el don de la palabra.
Ese pueblo, que por estar esparcido en un rincón de la tierra, la creía larga, estrecha
y plana, creyó también que todos los hombres provenían de Adán, sin presumir siquiera
que pudieran existir los negros, cuya formación es muy diferente de la nuestra, y sin
imaginar que ocupaban éstos vastas regiones. Era imposible que sospechasen la existencia
de América.
Es sumamente extraño que se permitiera al pueblo judío
leer el Éxodo, que encierra tantos milagros, y no les permitieran leer antes de
los veinticinco años el primer capítulo del Génesis, en el que todo es milagroso,
porque se trata en él de la creación. Esto fue sin duda por el modo singular de
expresarse el autor en el primer versículo: «Al principio hicieron los dioses el cielo
y la tierra» (1). Temían sin duda dar ocasión a los judíos jóvenes para que adorasen
muchos dioses. Esto pudo ser también porque Dios, que creó al hombre y a la mujer en el
primer capítulo, los rehace en el segundo, y no querían que la juventud se enterase de
esta apariencia de contradicción. Pudo ser igualmente porque se dice en este capítulo
que los dioses hicieron al hombre a su imagen y semejanza, y esas frases presentaban
a
los ojos de los judíos un Dios demasiado corporal. Fue quizá porque diciéndose en ese
capítulo que Dios sacó una costilla a Adán para formar a la mujer, los jóvenes inconsiderados
se tocarían las costillas y verían que no les faltaba ninguna. Pudo ser también porque Dios,
que acostumbraba a pasearse al mediodía por el jardín del Edén, se burló de Adán después de
su caída y su tono satírico pudiera inspirar a la juventud afición a las burlas. Cada línea de
este capítulo suministra razones plausibles para prohibir su lectura, pero si nos fundamos en
dichas razones, no se comprende cómo se permitió la lectura de los demás capítulos. A pesar
de todo esto, siempre resulta sorprendente que los judíos no pudiesen leer el citado capítulo
hasta los veinticinco años.
No nos ocuparemos en este sitio de la segunda mujer de Adán, que se llamaba Lilith, y que
los antiguos rabinos le atribuyen, porque hemos de convenir en que sabemos muy pocas anécdotas
de su familia.
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(1) Los dioses, ésta es la exacta traducción de la palabra
Elohim. Se cita con frecuencia
tal palabra para probar que la lengua hebrea fue hablada antiquísimamente por algún pueblo politeísta.
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