ADÁN (1)
(2)
I
Se ha hablado y se ha escrito mucho sobre Adán y su
mujer. Los rabinos han divulgado muchas historietas sobre Adán, y sería tan
vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán
una idea que nos parece nueva, o por lo menos no se encuentra en los autores antiguos,
ni en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo de los que
conocemos. Esta idea consiste en el profundo secreto que acerca de Adán guardó toda
la tierra habitante, excepto la Palestina, hasta la época en que empezaron a
conocerse en Alejandría los libros judíos, cuando se tradujeron al griego en el
reinado de los Ptolomeos. Aun entonces fueron poco conocidos. Los libros que
existían eran muy escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan
encolerizados con los de Alejandría, les acusaban tantas veces de haber
traducido la Biblia en lengua profana, les injuriaban tanto por esto, que los
judíos alejandrinos ocultaron dicha traducción todo el tiempo que les fue posible.
La prueba de que fue así está en que ningún autor griego ni romano habla de
ella hasta el reinado
del emperador Aurelio.
El historiador Josefo, al responder a Apión (libro I, capítulo IV),
confiesa que los judíos estuvieron largo tiempo sin tener trato alguno con las demás
naciones. Dice lo siguiente: «Habitamos en un territorio que está muy lejos del mar.
No nos dedicamos al comercio y no nos comunicamos con los demás pueblos. No debe
causar sorpresa que nuestra nación, estando situada tan lejos del mar y no habiéndose
ocupado en escribir, sea tan poco conocida.»
A nosotros sí que debe causarnos sorpresa que diga Josefo que su nación hacía
alarde de no escribir, cuando llevaba publicados veintidós libros canónicos,
sin contar el Targum de Onkelos. Aunque debemos considerar que veintidós volúmenes
muy pequeños nada significaban si los comparamos con la multitud de libros que se
conservaban en la biblioteca de Alejandría, cuya mitad fue quemada en la guerra de César.
Es, pues, indudable que los judíos habían escrito y leído muy poco, que eran profundamente
ignorantes en astronomía, geometría, geografía y física, que no conocían la historia de
los demás pueblos y que empezaron a instruirse en Alejandría. Su idioma se componía de
una mezcla bárbara del antiguo fenicio y del caldeo corrompido, y era tan pobre que carecía
de alguno de los modos en la conjugación de los verbos.
Así es que, no comunicando a ningún extranjero sus libros ni sus títulos, ningún
habitante de la tierra mas que ellos había oído hablar de Adán, Eva, Abel, Caín y Noé.
Sólo Abraham, con el transcurso del tiempo, llegó a ser conocido en los países orientales;
pero ningún pueblo antiguo creía que Abraham o Ibrahim fueran el tronco del pueblo judío.
Tan misteriosos son los secretos de la Providencia, que el padre y la madre del
género humano fueron desconocidos de éste, hasta tal punto, que los nombres de
Adán y Eva no se encuentran en ningún autor antiguo en Grecia, Roma, Persia, Siria,
ni en la misma Arabia, hasta la época de Mahoma. Dios se dignó permitir que los
títulos de la familia humana los conservara la más pequeña y desgraciada parte
de la familia.
¿Cómo es posible que Adán y Eva fueran desconocidos de todos sus hijos? ¿En qué
consiste que no se encuentra en Egipto ni en Babilonia ninguna huella, ninguna
tradición de nuestros primeros padres? ¿En qué consiste que Orfeo, Limus y Tamaris
no se ocupan de ellos? Si les hubieran citado, nos lo hubieran dicho Hesíodo y
Homero, que se ocupan de todo, excepto de estos autores de la raza humana.
Clemente de Alejandría, que nos transmite tantos testimonios de la antigüedad,
no hubiera dejado en algún pasaje de mencionar a Adán y a Eva. Eusebio, en su
Historia Universal, que nos ofrece los testimonios más sospechosos de la antigüedad,
hubiera podido aludir a nuestros primeros padres. Está pues, probado que fueron
desconocidos de las naciones antiguas.
En el libro de los brahmanes titulado el Ezour-Veidam, se encuentra el nombre de
Adimo y el de Procriti, su mujer. Si Adimo tiene algún parecido con Adán, los indios
contestan a esto: «Constituimos un gran pueblo establecido en las riberas del Indo y
en las del Ganges, muchos siglos antes que la horda hebrea se estableciera en las
orillas del Jordán. Los egipcios, los persas y los árabes venían a aprender de nuestro
país y a comerciar cuando los judíos eran aún desconocidos para el resto de los hombres;
por lo tanto, no pudimos copiar nuestro Adimo de su Adán. Nuestra Procriti no se parece
en nada a su Eva, y por otra parte, su historia es completamente distinta. Además, el
Vedas,
cuyo comentario es el Ezour-Veidam, pasa entre nosotros por ser de más remota antigüedad
que los libros judíos; y el Vedas es ya una nueva ley dictada a los brahmanes mil
quinientos años después de su primera ley, que se llamó Shasta.»
Ésas son, poco más o menos, las objeciones que los brahmanes hacen hoy día con
frecuencia a los mercaderes de nuestros países que van a la India y les hablan de
Adán y Eva, Abel y Caín.
El fenicio Sanchoniathon, que vivía indudablemente antes de la época en que
colocamos a Moisés, y que Eusebio
cita como autor auténtico, concede diez generaciones a la raza humana,
lo mismo que Moisés, hasta la época de Noé, y al ocuparse de esas diez
generaciones no habla de Adán y Eva, de ninguno de sus descendientes y
ni siquiera de Noé.
Los nombres de los primeros hombres, sacados de la traducción griega que
hizo Filón de Biblos, son: Kou, Genos, Fox, Libau, Uson, Halieus, Chrisor,
Tecnites, Agrove, Anime. Estos son los que constituyen las diez primeras
generaciones. No encontramos el nombre de Noé ni el de Adán en ninguna de
las antiguas dinastías de Egipto, ni se encuentra tampoco en las de Caldea.
En una palabra, todo el mundo antiguo guarda silencio sobre su existencia.
Preciso es confesar que no ha habido ejemplo alguno de semejante olvido.
Todos los pueblos se han atribuido orígenes imaginarios, creyendo pocas veces
en su origen verdadero. Es incomprensible que el padre de todas las naciones de
la tierra fuese desconocido durante muchísimo tiempo; su nombre debía haber corrido
de boca en boca de un extremo a otro del mundo, siguiendo el curso natural de las
cosas humanas. Humillémonos ante los decretos de la Providencia, que permitió tan
asombroso olvido.
Todo fue misterioso y ocultísimo en la nación que dirigía Dios, en la nación que
abrió el camino del cristianismo. Los nombres de los progenitores del género humano,
desconocidos para los hombres, deben colocarse en la categoría de los grandes misterios.
Me atrevo a afirmar que fue preciso un verdadero milagro para
tapar los ojos y oídos de todas las naciones y destruir en ellas la memoria y hasta
la reminiscencia de su primer padre. ¿Qué hubieran contestado César, Antonio, Craso, Pompeyo
y Cicerón al infeliz judío que al venderles
un bálsamo les hubiera dicho: «Todos nosotros descendemos del padre común que se llama Adán»?
El Senado romano en corporación le hubiera contestado: «Enseñadnos nuestro árbol genealógico.»
Entonces el judío hubiera referido la historia de las diez generaciones hasta Noé,
esto es, hasta la inundación de todo el globo por el diluvio, que también fue otro secreto.
El Senado le hubiera objetado preguntándole cuántas personas había dentro del arca para
alimentar a todos los animales en diez meses y todo el año siguiente, durante el cual no
se podrían proporcionar ninguna clase de alimento. El judío les contestaría: «Había en el
arca ocho personas: Noé y su mujer, sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, y las
esposas de éstos. Toda esa familia descendía de Adán por línea recta.»
Cicerón, indudablemente, se hubiera enterado de los monumentos y testimonios
incontestables que Noé y sus hijos hubieran dejado en el mundo de nuestro padre común.
Después del diluvio, en toda la tierra hubieran resonado los nombres de Adán y de Noé,
siendo uno el padre y el otro el restaurador de las razas humanas; sus nombres hubieran
salido de todas las bocas en cuanto hablaran, aparecerían en todos los pergaminos que se
escribieran y en la puerta de los templos que se edificaran. «Conocíais tan portentoso
secreto y nos lo habéis ocultado», exclamaría el Senado romano; y el judío le contestaría:
«Es que los hombres de mi nación somos puros y vosotros sois impuros.» El Senado romano
lanzaría una carcajada y mandaría que azotasen al judío. ¡Tan adheridos están los hombres
a sus preocupaciones!
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