ABRAHAM (1)
(2)
(3)
III
Abraham no sólo fue popular entre los judíos, sino que le reverenciaron en toda
el Asia y hasta el fondo de las Indias. Esa denominación, que significa padre de un pueblo en algunas
lenguas orientales, se la dieron
a un habitante de Caldea del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El empeño que tuvieron
los árabes y los judíos de probar que descendían de dicho patriarca no permite ni aun
a los filósofos pirrónicos la duda de que haya existido un Abraham.
Los libros hebreos dicen que es hijo de Tharé, y los árabes que era nieto,
que Azar fue su padre, creencia que siguen muchos cristianos. Los comentaristas manifiestan
cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació Abraham, y yo no me atrevo
a aventurar la cuarenta y tres; pero a juzgar por las fechas, parece que Abraham debió vivir
sesenta años más que el texto le atribuye; pero estos errores de cronología no destruyen la verdad
de un hecho, y aunque el libro que se ocupa de Abraham no fuese sagrado, no por eso dejaría de
existir dicho patriarca. Los judíos distinguían entre los libros escritos
por los hombres y los inspirados a algún hombre en particular. Su historia, aunque ligada
a su ley divina, no constituía la misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios dictara fechas falsas?
Filón el judío y Suidas refieren que Tharé, padre
o abuelo de Abraham, que vivía en Ur, población de Caldea, era un pobre hombre que se ganaba la vida
construyendo pequeños ídolos y que era idólatra. Si esto era así, la antigua religión del sabeísmo,
que no adoraba ídolos y que veneraba el cielo y el sol, no debía haberse establecido aún en Caldea,
o si se conocía en una pequeña parte del país, la idolatría debía tener culto en la mayor parte de
él. En aquella primitiva época cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las religiones eran
permitidas, y se confundían tranquilamente, así
como cada familia tenía en el interior de sus hogares diferentes usos y costumbres. Labán, suegro
de Jacob, adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía natural que tuviera sus dioses la población vecina, limitándose
a creer que su dios era el mejor.
La Biblia dice que el Dios de los judíos, que le destinó el territorio de Canaán, mandó
a Abraham que abandonara el país fértil de la Caldea y que se fuese
a la Palestina, prometiéndole que en su semilla bendeciría a todas las naciones del mundo. Corresponde explicar
a los teólogos el sentido místico de esa alegoría, por el que se bendice
a todas las naciones en una semilla de las que ellas no descienden. Pero ese sentido místico no
es el objeto de mis estudios histórico-críticos.
Algún tiempo después de esa promesa, la familia de Abraham, acosada por el hambre, fue
a Egipto a proporcionarse trigo. Es singular la suerte de los hebreos, que siempre fueron
a Egipto acosados por el hambre, pues más tarde Jacob, por el mismo motivo, envió allí
a sus hijos.
Abraham, que era decrépito, se arriesgó a hacer este viaje con su mujer Sara,
de edad de sesenta y cinco años. Siendo muy hermosa, temió Abraham que los egipcios, cegados por
su belleza, le matasen para gozar de los encantos de su esposa, y él propuso que se fingiese ser
su hermana, etc. Debe suponerse que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario
vigor, que el transcurso de tiempo y la malicia de las costumbres han debilitado después, porque de
ese modo opinan también todos los antiguos, que aseguran que Elena tenía sesenta años cuando la robó
Paris. Sucedió lo que Abraham había previsto: la juventud egipcia quedó fascinada al ver
a su esposa, el mismo rey se enamoró de ella y la encerró en el serrallo, aunque probablemente tendría
allí mujeres mucho más jóvenes; pero el Señor castigó al rey y
a todo su serrallo enviándoles tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el rey que aquella
beldad era la esposa de Abraham; pero lo cierto es que cuando lo supo la devolvió
a su marido.
Era preciso que fuera inalterable la hermosura de Sara, porque veinticinco años
después, encontrándose encinta
a los noventa años, viajando con su esposo por la Fenicia, Abraham abrigó el mismo temor, y la hizo
también pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelec fue tan sensible como el rey do Egipto, pero
Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se atrevía
a tocar a su nueva
querida. Preciso es confesar que la conducta de Sara fue tan extraña como la duración de sus atractivos.
La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que impidió que los
judíos tuviesen tanta fe en sus historias como en su Levítico. Creían ciegamente en su ley,
pero no guardaban tanto respeto
a su historia. En cuanto a sus antiguos libros, se encontraban en igual caso que los ingleses,
que admiten las leyes de San Eduardo y que no creen en absoluto que San Eduardo curara los tumores
fríos. Se encontraban en el mismo caso que los romanos, que prestaban obediencia
a sus antiguas leyes, pero que no se consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena
de agua, ni en el del bajel que entró en el puerto en el cinturón de una vestal, etc., etc. Por eso
el historiador Josefo, muy amante de su culto, deja sin embargo
a sus lectores en libertad de creer o de no creer los antiguos prodigios que refiere.
La parte de la historia de Abraham relativa a sus viajes
a Egipto y a Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era mas que
una familia; que se habían promulgado profusión de leyes, porque sin leyes no puede subsistir ningún
reino, y que por lo tanto la ley de Moisés, que es posterior, no puede ser la primera ley que se
promulgó. No es necesario, sin embargo, que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es
indudable que Dios es dueño absoluto de todas las épocas; pero sin embargo, parece más natural
a nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley, la hubiera dictado al principio
a todo el género humano.
El resto de la historia de Abraham presenta grandes contradicciones. Dios,
que se le aparecía con frecuencia y que celebró con él muchos tratados, le envió un día tres
ángeles al valle de Mombre, y el patriarca les dio para que comieran pan, carne de ternera,
manteca y leche. Los tres comieron, y después de comer hicieron que se les presentase Sara,
que había amasado el pan. Uno de esos ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, promete
a Sara que dentro de un año tendrá un hijo. Sara, que había cumplido noventa y cuatro años, y
cuyo esposo rayaba ya en la edad de ciento sesenta, se rió al oír semejante promesa. Esto prueba
que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente entonces de lo que es
ahora. Esto no obstante, esa decrépita quedó embarazada, y enamoró el año siguiente al rey Abimelec,
como acabamos de saber. Para creer que sean verosímiles esas historias se necesita
estar dotados de una inteligencia enteramente opuesta a la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la
vida de Abraham como un milagro,
o creer que toda ella no es mas que una alegoría; de todos modos, cualquier partido de estos que
adoptemos, nos será dificilísimo comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podremos dar
a la promesa que hizo Dios a Abraham de conceder a él y a su posteridad todo el territorio de
Canaán, que jamás poseyó ese caldeo? Ésta es una de esas contradicciones que es imposible resolver.
Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer
a Isaac de una madre de noventa y cinco años y de un padre más que centenario, mandara
a éste que degollase al hijo que le concedió cuando ya no podía esperar nueva descendencia.
Ese extraño mandato de Dios prueba que en la época en que se escribió esa historia estaba en
uso en el pueblo judío el sacrificio de víctimas humanas, como se verificaba en otras naciones.
Pero puede interpretarse la obediencia de Abraham, que se prestó
a sacrificar su propio hijo al Dios que se lo concedió, como una alegoría de la resignación con
que el hombre debe sufrir
las órdenes que dimanan del Ser Supremo.
Debemos hacer una observación importante respecto
a la historia de dicho patriarca, considerado como padre de los judíos y de los árabes. Sus
principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de la Providencia,
e Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza del patriarca, y sin embargo,
Isaac es el padre de una nación desgraciada y despreciable que permaneció mucho tiempo esclava
y vivió dispersa un sinnúmero de años. Ismael, por el contrario, fue
el padre de los árabes, que consiguieron fundar el Imperio de los
califas, que es uno de los más extensos y más poderosos del universo.
Los musulmanes profesan extraordinaria veneración
a Abraham, que ellos llaman Ibrahim; creen que está enterrado en Hebrón, y allí
van peregrinando; algunos de ellos creen que está enterrado en la
Meca, y allí acuden a reverenciarle.
Algunos persas antiguos creyeron que Abraham era el mismo Zaratustra. Les sucedió lo mismo que
a otros fundadores de las naciones orientales, a los que se atribuían
diferentes nombres y diferentes
aventuras; pero según se desprende del texto de la Sagrada Escritura, debió ser uno de esos árabes
vagabundos que no tenían residencia fija; le hemos visto nacer en Ur, población de Caldea, ir
a Harán, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia, y al fin verse obligado a comprar su sepulcro en
Hebrón.
Una de las más notables circunstancias de su vida fue que
a la edad de noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran
a él, a su hijo Ismael y a todos sus sirvientes. Debió adoptar esta costumbre de los egipcios.
Es difícil desentrañar el origen de semejante operación. Parece lo más probable que se inventara
para precaver los abusos de la pubertad. Pero
¿a qué conducía cortarse el prepucio a los cien años?
Por otra parte, hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes del Egipto
practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás hombres. En tiempos remotísimos, en
África y en parte de Asia, los personajes santos tenían por costumbre presentar el miembro viril
a las mujeres que encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto llevaban en procesión el
fallum, que era un príapo grueso. Los órganos de la generación eran considerados como objeto
noble y sagrado, como símbolo del poder divino. Les prestaban juramento, y al prestarlo ponían la
mano en los testículos: y quizá de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa «testigo»,
porque antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando Abraham envió un sirviente suyo
a pedir a Rebeca para esposa de su hijo lsaac, su servidor puso lo mano en las partes genitales de
Abraham, que la Biblia traduce por la palabra «pierna» (1).
Por lo que acabamos de decir puede comprenderse lo distintas que eran de las nuestras las
costumbres de la remota antigüedad. Al filósofo no debe sorprenderle que antiguamente se jurara
por esa parte del cuerpo, como se jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes,
siempre en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un signo en una parte del cuerpo
tan reverenciada entonces.
El Génesis dice que la circuncisión se verificó por medio de un pacto que
celebraron Dios y Abraham, añadiendo que se debía privar de la vida al que no se circuncidara en la
casa del referido patriarca. Esto no obstante, no se dice que Isaac lo estuviera, y en el sagrado libro no se vuelve
a hablar de circuncisión hasta los tiempos de Moisés.
Terminaremos este artículo observando que Abraham, además de tener de Sara y
de Agar dos hijos, cada uno de
los cuales fue padre de una gran nación, tuvo otros seis hijos de Cethura, que se establecieron en la Arabia;
pero su posteridad no fue célebre.
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(1) Génesis, cap. XXIV, vers. 2.
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