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ABRAHAM (1)
(2) (3)
II
Abraham es uno de los hombres célebres en el Asia Menor y en la Arabia, como
Tesant lo fue en Egipto, el primer Zaratustra en Persia, Hércules en Grecia, Orfeo en Tracia, Odín
en la naciones septentrionales, y otros conocidos por su celebridad más que por su historia verídica.
Sólo me refiero aquí
a la historia profana, porque respecto a la historia de los judíos, nuestros antecesores y nuestros
enemigos (cuya historia creemos y detestamos,
a pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo), tenemos de ella la opinión que debemos
tener. En esta ocasión nos referimos
a los árabes, que se vanaglorian de descender de Abraham por la rama
de Ismael, y que creen que ese patriarca edificó la Meca y murió en dicha ciudad. La verdad es que
la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios que la raza de Jacob. Una y otra raza
indudablemente produjeron ladrones; pero los ladrones árabes fueron superiores
a los ladrones judíos. Los descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que
perdieron, y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del
África;
establecieron un Imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron
a los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.
A juzgar por los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es difícil
convencerse de que Abraham fuera el padre de dos naciones tan diferentes. Se nos dice que
nació en Caldea y que era hijo de un pobre alfarero que se ganaba la vida haciendo pequeños
ídolos de barro; pero no es verosímil que el hijo de un alfarero fuese
a fundar la Meca, a cuatrocientas leguas del sitio donde nació, bajo el Trópico, y atravesando
desiertos impracticables. Si fuera un conquistador,
indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de la Siria, y si no fue mas que un
pobre hombre, como nos
describen, no hubiera sido capaz de fundar reinos lejos del sitio donde nació.
El Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió
del territorio de Harán, después de la muerte de su padre Tharé el alfarero. Pero también el
Génesis dice que Tharé engendró a Abraham a los setenta años, que Tharé vivió doscientos
cinco, y que cuando murió, Abraham salió de Harán. O el autor no sabe lo que dice en esa narración,
o resulta muy claro en el Génesis que Abraham tenía ciento treinta y cinco años cuando dejó
la Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir
a otro país idólatra también, que se llamaba Sichem, situado en la
Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué abandonó las riberas fértiles del Eufrates para ir
a tan lejana y tan estéril región como es la de Sichem? El idioma caldeo
debió ser muy diferente del que se hablaba en Sichem, y además aquel territorio no era comercial.
Sichem dista de Caldea más de cien leguas, y es preciso pasar muchos desiertos para llegar allí.
Pero Dios quiso tal vez que hiciera ese viaje para ver la tierra que habían de habitar sus
descendientes muchos siglos después. El espíritu humano no alcanza
a comprender el motivo de
ese viaje.
Apenas llegó al país montañoso de Sichem, el hambre le
obligó a abandonarlo, y se marchó a Egipto con su mujer, en busca de vituallas para vivir. Hay cien leguas desde Sichem
a Memfis. ¿Es natural ir tan lejos a buscar trigo, en un país cuyo idioma se desconoce? Extraños son esos
viajes emprendidos
a la edad de ciento cuarenta años.
Lleva a Memfis su mujer Sara, que era extremadamente joven, casi una niña comparada
con él, porque no tenía mas que sesenta y cinco años, y como era muy hermosa, resolvió sacar partido
de su belleza. «Finge que eres mi hermana
—le dijo—, para que por tu bella cara me traten bien a mí.» Debía haberle dicho:
«Finge que eres mi hija.» Pero en fin... adelante. El rey se enamoró de la joven Sara, y regaló
a su fingido hermano ovejas, bueyes, asnos, camellos, criados y criadas. Esto prueba que el Egipto
era entonces ya un reino poderoso y civilizado, y por consecuencia muy antiguo, y además que
recompensaban allí magníficamente
a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Memfis.
La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abraham,
que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un año. Abraham,
que era muy aficionado
a viajar, se fue al desierto horrible de Cades, llevándose a su mujer embarazada,
siempre joven y hermosa. Un rey del desierto se enamoró también de Sara,
como se había enamorado un rey de Egipto. El padre de los creyentes dijo allí la misma mentira que en Egipto, hizo pasar
a su mujer como hermana, y la mentira le proporcionó también ovejas, bueyes, criados y criadas. Puede
decirse que Abraham llegó
a ser muy rico por la finca de su mujer. Los comentaristas han escrito prodigioso número de volúmenes
para justificar la conducta de Abraham y para ponerse de acuerdo con la cronología. Aconsejamos
a nuestros lectores que lean esos comentarios, escritos por autores finos y delicados, excelentes
metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo pedantes.
Por otra parte, los nombres de Bram, Abram, eran famosos en la
India y en la Persia, y hay varios doctores que se empeñan en que fue el mismo legislador que los
griegos llamaron Zaratustra. Otros
autores dicen que fue el Brahma de los indios; pero esto no está demostrado. Lo que es probable
para muchos sabios es que Abraham fue caldeo
o persa. Los judíos, en el transcurso del tiempo, se vanagloriaron de descender de él, como los francos de
Héctor y los bretones de Tubal. Es doctrina admitida que la nación judía fue una horda relativamente
moderna, que sólo muy tarde se estableció
en Fenicia, que estaba rodeada de pueblos antiguos, cuyo idioma
adoptó, que hasta tomó de ellos el nombre de Israel, que es caldeo,
según la opinión del mismo judío Flavio Josefo. Sabido es que tomó de los babilónicos hasta los
nombres de sus ángeles, y que sólo conoció la palabra Dios después que la conocieron los fenicios.
Probablemente tomó de los babilónicos el nombre de Abraham
o de Ibrahim, porque la antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Eufrates hasta el Oxus, se llamaba
Kishibrahim, Milafibrahim. Esto nos lo confirman los estudios que hizo en aquellos países el sabio Hide.
Los judíos hicieron, pues, con la historia y con la fábula antigua lo que hacen
los ropavejeros con los trajes muy usados: los reforman y los venden como nuevos al precio mayor que
pueden. Ha sido un ejemplo singular de la estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos
constituyeron una nación que había enseñado
a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo confiesa que fue todo lo contrario.
Es dificilísimo penetrar en las tinieblas de la antigüedad, pero es evidente
que estaban florecientes todos los reinos del Asia antes que la horda vagabunda de árabes que
llamamos judíos poseyera un pequeño espacio de tierra propia, antes que fuera dueña de una sola
ciudad, antes de dictar sus leyes y de tener religión fija. Cuando encontramos un antiguo rito,
una primitiva opinión establecida en Egipto
o en Asia antes de los judíos, es lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante
y grosero, copió como pudo
a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es preciso ser un ignorantón
o un pícaro para asegurar que los judíos enseñaron a los griegos.
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