ABRAHAM (1)
(2)
(3)
I
No vamos a ocuparnos de la parte divina que se
encierra en Abraham, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que puede decir. Sólo nos ocuparemos
con el mayor respeto de su parte profana, de lo que se refiere a la
Geografía, al orden de
los tiempos, a los usos y a las costumbres, ya que esos usos y esas costumbres, estando
íntimamente unidos a la Historia Sagrada, son arroyos que parece que deben conservar
algo de la divinidad de su origen.
Abraham, aunque nacido en las
orillas del Eufrates, constituye una grande época para los
occidentales, pero no para los orientales, que sin embargo le
respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su hégira. La
ciencia de los tiempos, absolutamente
perdida en los sitios donde sucedieron los grandes acontecimientos,
llegó por fin hasta nuestros climas, en los que estos hechos se
desconocían. Disputamos sobre todo lo que pasó en el Eufrates, en el
Jordán y en el Nilo, y los que hoy día poseen el Nilo, el Jordán y el Eufrates
disfrutan de esos países tranquilamente, sin entregarse a controversias y disputas.
A pesar de ser el principio de nuestra época la de Abraham, estamos desacordes respecto
a su nacimiento en sesenta años. He aquí lo que consta de los registros:
«Tharé vivió setenta años, y engendró
a Abraham, a Nacor y a Arán. (Génesis, cap. XI, vers. 26.)
»Y Tharé, después de vivir doscientos cinco años, murió en Harán.
»El Señor dijo
a Abraham: Salid de vuestro país, de vuestra familia, de la casa de vuestro padre,
y venid al país que yo os enseñaré, y yo os convertiré en padre de un gran pueblo,» (Génesis, cap.
XII, vers. 1.)
Desde luego se ve claro en el texto de Tharé que éste tuvo
a Abraham a los setenta años, y que murió
a los doscientos cinco; y que Abraham, saliendo de Caldea inmediatamente después de la muerte de
su padre, debía tener precisamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país.
Ésta es también la opinión de San Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los judíos;
pero sin embargo, el Génesis dice:
«Abraham tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán.»
Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abraham; pero hay algunos más.
¿Cómo podía tener Abraham al mismo tiempo ciento treinta y cinco años y setenta y cinco? San
Jerónimo y San Agustín dicen que esa dificultad es inexplicable. Calmet, que confiesa que esos
dos no pudieron resolver el problema, se figura que lo resuelve diciendo que Abraham era el hijo
menor de los hijos de Tharé, aunque el Génesis dice que era el primogénito. El
Génesis dice que
nació Abraham teniendo su padre setenta años, y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento
treinta. Semejante conciliación dio margen a una nueva disputa. En la incertidumbre en que nos
dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al patriarca y no disputar.
No hay época alguna en los tiempos antiquísimos que no haya producido multitud de opiniones
diversas. Poseemos, según dice Moseri, setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada,
a pesar de que ésta la dictó Dios mismo. Después que escribió Moseri se han conocido cinco maneras nuevas de conciliar
los textos de la Escritura; de modo que ha habido tantas disputas sobre Abraham como años se le atribuyen
en el texto cuando salió de Harán. Entre esos setenta y cinco sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad
o la villa de Harán y dónde estaba situada. ¿Qué hilo puede guiarnos en el laberinto de las disputas
entabladas desde el primer versículo de la Biblia hasta el último'? La resignación. El Espíritu Santo no
quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos
hombres temerosos de Dios y que nos sometiéramos a Él no pudiendo comprenderle.
Igualmente es difícil explicarnos cómo Sara, siendo mujer de Abraham,
fue al mismo tiempo su hermana. Abraham dijo al rey Abimelec, que robó
a Sara, por ser muy hermosa, a la edad de noventa años y estando embarazada de Isaac:
«Es verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero
no de mi madre, y la hice mi esposa» (1).
El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su marido.
El abate Calmet, cuyo criterio y sagacidad son famosos, dice que podía ser su sobrina.
Casarse con una hermana probablemente no sería cometer un incesto en Caldea, ni acaso
tampoco en Persia. Las costumbres cambian según los tiempos y según los lugares.
Puede suponerse que Abraham, hijo del idólatra Tharé, continuaba siendo idólatra
cuando se casó con Sara, ya fuese ésta hermana suya o sobrina.
Varios Padres de la Iglesia excusan menos
a Abraham por haber dicho a Sara en Egipto: «En cuanto te vean los egipcios me
matarán y te robarán. Te ruego, pues, que digas que eres mi hermana, con objeto
de que mi alma viva por tu gracia.» Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años; pero teniendo
como tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo veinticinco años antes
inspirar amor al Faraón de Egipto. Efectivamente, el Faraón la robó, como después
la robó Abimelec y se la llevó al desierto.
Abraham recibió como regalos en la corte de Faraón «muchos bueyes,
muchas ovejas, asnos, camellos, caballos, servidores y servidoras». Tan considerables
presentes prueban que los Faraones eran entonces ya reyes poderosos y hacían las cosas
en grande. El Egipto debió estar ya muy poblado. Pero para que fuese habitable aquella
región y edificar en ella ciudades, fue preciso invertir muchos años, dedicándose
a colosales trabajos, construir multitud de canales para que recogieran las aguas del Nilo,
que inundaban el Egipto todos los años durante cuatro
o cinco meses, y que en seguida encenagaban la tierra; fue preciso
levantar esas ciudades veinte pies lo menos por encima de los canales. Y para realizar
semejantes obras se necesita el transcurso de muchos siglos.
Y resulta, según la Biblia, que sólo habían mediado cuatrocientos años
entre el diluvio y la época del viaje de Abraham
a Egipto. Debió ser extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo egipcio
para conseguir en tan poco tiempo
inventar artes y ciencias, domar el Nilo y cambiar el aspecto del país. Probablemente estaban
ya construidas muchas de las grandes pirámides, porque poco tiempo después llevaron
a la perfección el arte de embalsamar los cadáveres, y las pirámides fueron los sepulcros donde
se depositaban los despojos mortales de los príncipes, celebrando augustas ceremonias.
La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es
tan verosímil, que trescientos años antes, esto es, cien años después del diluvio de Noé, los asiáticos
construyeron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar hasta el cielo. San Jerónimo, comentando
a Isaías, dice que esa torre tenía ya cuatro mil codos de altura cuando Dios descendió
para destruirla.
Supongamos que cada codo lo formen dos pies y medio:
la torre tendría la altura de diez mil pies, y por lo tanto la torre de Babel
era veinte veces más alta que las pirámides de Egipto, que tienen de altura unos quinientos pies.
Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron
para elevar un edificio semejante, en cuya construcción debían tomar parte todas las artes.
Los comentaristas afirman que los hombres de aquella
época eran incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de las naciones
modernas. Esto es lo que hay que notar al
tratar de Abraham respecto a las artes y a las ciencias.
Respecto a su persona, es verosímil que fuera un personaje importantísimo. Los persas
y los caldeos se disputaron su nacimiento. La antigua religión de los
magos se llamó desde tiempo inmemorial Rish Ibrahim, Mitat
Ibrahim, y hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abraham, siendo común entre los asiáticos,
que usaban rara vez las
vocales, cambiar en la pronunciación la i en a o la a en
i. También se ha supuesto que Abraham fue el Brahma de los indios, cuya nación se comunicó hasta con los
pueblos del Eufrates, que desde tiempo inmemorial
comerciaban en la India.
Los árabes le consideran como al fundador de la Meca.
Mahoma le reconoce en el Corán corno al más respetable de
sus predecesores. He aquí cómo se expresa hablando de él: «Abraham
no era judío ni cristiano; era un musulmán ortodoxo; no pertenecía al número
de los que dan compañeros a Dios.»
La temeridad del espíritu humano llegó hasta el extremo
de imaginar que los judíos no se llamaron descendientes de Abraham hasta épocas
más posteriores, hasta que pudieron fijarse en la Palestina. Como
eran extranjeros, aborrecidos y despreciados de los pueblos
inmediatos, para que se tuviese mejor opinión de ellos idearon ser
descendientes de Abraham, que era reverenciado en gran parte del
Asia. La fe que debemos tener en los libros sagrados de los judíos
solventa todas estas dificultades.
Críticos no menos atrevidos presentan otras
objeciones
respecto al comercio inmediato que Abraham tuvo con Dios, respecto a sus combates y
a sus victorias.
El Señor se le apareció después de salir de
Egipto y le dijo: «Tiende los ojos hacia el Aquilón, hacia el
Oriente, hacia el Mediodía y hacia el Occidente; te doy para siempre
a ti y a tu posteridad hasta el fin de los siglos, in sempiternum,
todo el territorio que distingue tu vista» (2). El Señor, casi
enseguida, le promete «todo el terreno que media desde el Nilo hasta el Eufrates».
Los mencionados críticos preguntan cómo Dios pudo
prometer el país inmenso que los judíos nunca poseyeron, y cómo pudo darles in sempiternum
la pequeña parte de la Palestina de la que hace muchísimos años los
expulsaron.
El Señor añade a esas promesas que la posteridad
de
Abraham será tan numerosa como el polvo de la tierra. «Si se puede contar el
polvo de la tierra, se podrá contar el número de tus descendientes» (3)
Insisten objetando, y dicen que apenas existen en
la actualidad en la superficie de la tierra cuatrocientos mil
judíos, aunque han considerado siempre el matrimonio como un deber sagrado y aunque
ha sido sIempre su mayor objetivo el aumento de población. A estas
objeciones se contesta que la Iglesia ha sustituido a la sinagoga, y
que la Iglesia constituye la verdadera raza de Abraham, que efectivamente es así numerosísima.
Verdad es que no posee la Palestina, pero puede poseerla algún día,
como la conquistó en la época del papa Urbano II durante la primera
cruzada. En una palabra, mirando con los ojos de la fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han cumplido...
o se cumplirán, y la débil raza humana debe condenarse al silencio.
También los críticos ponen en duda la victoria que alcanzó Abraham en Sodoma.
Dicen que es inconcebible que un extranjero que fue
a Sodoma a apacentar sus ganados derrotara con ciento diez guardianes de bueyes y de corderos
a un rey de Persia, a un rey del Ponto y a un rey
de Babilonia, y que los persiguiera hasta Damasco, ciudad que dista de Sodoma más de
cien millas. Semejante victoria no es, sin embargo, imposible; se ven dos ejemplos semejantes
en aquellos tiempos heroicos, y no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios. Gedeón, con
trescientos hombres armados con trescientos cántaros y con trescientas lámparas, destruye un
ejército entero; y Sansón, él solo, con una quijada de asno, mata mil filisteos. Las historias
profanas nos suministran ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen un momento el ejército
de Jerjes en el paso de las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó, todos fueron
muertos con su rey Leónidas; que Jerjes tuvo la cobardía de mandar que le ahorcaran, en vez de
erigirle la estatua que merecía. Verdad es también que esos trescientos lacedemonios, que custodiaban
un paraje escarpado por el que no podían pasar
dos hombres a la vez, estaban protegidos por un ejército de diez mil griegos, distribuidos en puntos
fortificados; y hay que añadir aún que contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas,
que perecieron después de defenderse mucho tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado
un sitio menos inexpugnable que el que ocupaban esos trescientos espartanos, hubieran adquirido
todavía más gloria defendiéndose en descubierto contra el
ejército persa que los destrozó. En el monumento que se erigió después
en el campo de batalla se mencionaron esas cuatro mil víctimas; pero en la actualidad sólo ha quedado
en la memoria el recuerdo de los trescientos.
Otra acción no menos memorable, pero más desconocida, fue la de los trescientos
soldados suizos que derrotaron en Morgarten al ejército del archiduque Leopoldo de Austria, ejército
que constaba de veinte mil hombres. Esos trescientos suizos pusieron en fuga
a toda la caballería, apedreándola desde lo alto de las rocas, ganando tiempo para que llegaran mil
cuatrocientos soldados de Helvecia, que completaron la derrota del ejército enemigo. La batalla de
Morgarten es más notable que la de las Termópilas, porque
siempre es más notable vencer que ser vencido. Y basta de digresión, porque si las digresiones complacen al que
las hace, no siempre son del gusto del que las lee, aunque
a la generalidad de los lectores les complazca siempre saber que un número escaso de hombres derrota
a grandes ejércitos.
__________
(1) Génesis, cap. XX, vers. 12.
(2) Génesis, cap. XVIII, vers. 14 y 15.
(3) Idem, cap. XIII, vers. 16.
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