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Séneca - Tratados Filosóficos

Índice general


 

Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos                                                 DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO (capítulos 12-15)

 

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LIBRO TERCERO

DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO - A SERENO (1) (2) (3) (4)

CAPÍTULO XII

Séneca - Tratados filosóficos - De la tranquilidad del ánimoConviene reformar los paseos, que en muchos hombres son tan continuos que andan siempre vagando por las casas y teatros, ofreciéndose a los negocios ajenos, remedando a los que siempre están ocupados. Y si preguntas a alguno de éstos cuando sale de casa a dónde va o en qué piensa, te responderá: «Por Dios, que no lo sé; visitaré a algunos y haré algún negocio.» Van sin determinación buscando ocupaciones; y sin hacer aquello que habían determinado. Hacen lo que primero se les ofreció: su paseo es vano y sin consejo, como el de las hormigas que suben por los árboles, y después de haber llegado a la cima bajan vacías al tronco. Muchos son los que pasan la vida semejante a éstas, pudiendo con razón llamarla una inquieta pereza. De otros tendrás compasión, como de personas que corren de incendio, que atropellando a los que encuentran se despeñan y los despeñan. Estos tales, después de haber corrido a saludar a quien no les ha de pagar la cortesía, o para hallarse en las honras de persona con quien no tuvieron conocimiento, o para asistir a la vista de algún pleito, del que es siempre litigante, o a las bodas de quien muchas veces se casa, siguiendo su litera y ayudando en muchas partes a llevarla, cuando vuelven a sus casas con un vacío cansancio juran que ni saben a qué salieron, ni dónde estuvieron, con haber de andar los mismos pasos el día siguiente. Enderécese, pues, tu trabajo a algún fin, y mire a parte segura. A los inquietos y locos no los mueve la industria, muévenles las falsas imágenes de las cosas, porque les obliga alguna vana esperanza; convídalos la apariencia de aquello cuya vanidad no la comprende el entendimiento cautivo. Del mismo modo sucede a los que salen de casa a sólo aumentar el vulgo, llevándolos por la ciudad insustanciales y ligeras ocasiones, y sin tener en qué trabajar los expele de sus casas la salida del sol; y después de haber sufrido mil encontrones para llegar a saludar a muchos, siendo mal admitidos de algunos, a ningunos hallan más dificultosamente en casa que a sí mismos. De esta ociosidad se origina el vicio de andar siempre escuchando e inquiriendo los secretos de la república y el saber muchas cosas que ni con seguridad se pueden contar, ni aun saberse con ella. Pienso que, siguiendo esta doctrina Demócrito, comenzó diciendo: «El que quisiere vivir en tranquilidad, ni haga muchas cosas en que se singularice, ni se deje llevar con publicidad a las superfluas». Porque de las que son necesarias, no sólo se han de hacer muchas privada y públicamente, sino innumerables; pero donde no nos llama la obligación de algún importante ministerio, conviene enfrenar nuestras acciones.

CAPÍTULO XIII

Porque el que se ocupa de muchas cosas hace muchas veces entrega de sí a la fortuna, siendo más seguro hacer de ella pocas experiencias; no obstante que conviene pensar mucho en ella, sin prometerse seguridad alguna de su fe. Dirá el sabio: «Haré mi navegación, si no hubiere algún accidente: seré oidor, si no se ofreciere algún impedimento; y mis trazas saldrán bien, si no interviene algún estorbo.» El decir esto es lo que obliga a que afirmemos que al sabio no le sucede cosa alguna contra su opinión. No le exceptuamos de los sucesos humanos, sino de los errores; ni decimos le suceden todas las cosas como deseó, sino como pensó; porque antes de emprenderlas se persuadió podía haber algo que impidiese la ejecución de sus deseos; y así, es forzoso que al que no se prometió seguridad en sus intentos, venga más templado el dolor de verlos defraudados.

CAPÍTULO XIV

Debemos también hacernos fáciles, sin entregamos con pertinacia a las determinaciones; pasemos a lo que nos llevare el suceso, y no temamos las mudanzas de consejo o de estado, con tal que no seamos poseídos de la liviandad, vicio encontradísimo con la quietud: porque es forzoso que la pertinacia sea congojosa y miserable en aquél a quien diversas veces quita alguna cosa la fortuna, y que sea más grave la liviandad de aquél que jamás está en un ser. El ignorar hacer mudanza cuando conviene y el no saber perseverar en cosa alguna, son cosas contrarias a la tranquilidad: conviene, pues, que apartándose el ánimo de todas las externas, se reduzca a sí, confíe de sí y se alegre consigo: abrace sus cosas en cuanto fuese posible, abstrayéndose de las ajenas y aplicándose a sí mismo sin sentir los daños, juzgando con benignidad aun de las cosas adversas. Habiendo llegado nuevas a nuestro Zenón de que en un naufragio se había anegado toda su hacienda, dijo: «Quiere la fortuna que yo filosofe más desembarazadamente.» Amenazaba un tirano a Teodoro filósofo con la muerte y con que no sería sepultado, y él respondió: «Tienes con qué alegrarte, pues mi sangre está en tu potestad; pero en lo que dices de la sepultura eres ignorante si piensas que importa el podrecerme encima o debajo de la tierra.» A Canio Julio, varón grande, a cuya estimación no daña el haber nacido en nuestro siglo, habiendo altercado mucho tiempo con Cayo, le dijo aquel Fálaris cuando se iba: «Para que no te lisonjees con vana esperanza, he mandado te lleven al suplicio;» y él le respondió: «Dóyte las gracias, óptimo Príncipe». Estoy dudoso de lo que en esto quiso sentir, y ocúrrenseme muchas cosas. Quísole afrentar dándole a entender cuán grande era su crueldad, pues tenía por beneficio la muerte; o quizá le dio en rostro con la ordinaria locura de aquéllos que le daban gracias cuando les había muerto sus hijos y quitádoles sus haciendas; o por ventura recibió con alegría la muerte juzgándola por libertad. Sea lo que fuere, la respuesta fue de ánimo gallardo. Dirá alguno que pudo después de esto mandar Cayo que Canio viviese. No temió esto Canio, que era conocida la estabilidad que en semejantes crueles mandatos tenía Cayo. ¿Piensas tú que sin algún fundamento pidió cinco días de dilación para el suplicio? No parece verosímil lo que aquel varón dijo y lo que hizo, y en la tranquilidad que estuvo. Jugando estaba al ajedrez cuando el alguacil, que traía la caterva de muchos condenados a muerte, mandó que también le sacasen a él; y después de haber sido llamado, contó los tantos y dijo al que jugaba con él: «Advierte que después de mi muerte no mientas diciendo que me ganaste.» Y llamando al alguacil, le dijo: «Serás testigo de que le gano un tanto». ¿Piensas tú que Canio jugaba en el tablero? Lo que hacía no era jugar, sino burlarse del tirano, y viendo llorosos a sus amigos por la pérdida que hacían de tal varón, les dijo: «¿De qué estáis tristes? Vosotros andáis investigando si las almas son inmortales, y yo lo sabré ahora». Y hasta el último trance de su muerte no desistió de inquirir la verdad y disputar de la muerte, como lo tenía de costumbre. Íbale siguiendo un discípulo suyo, y estando ya cerca del túmulo, adonde cada día se hacían sacrificios a César que pretendía ser adorado por Dios, le dijo: «En qué piensas, Canio?, ¿qué juicio es el tuyo? Sacrifica a César». Respóndele Canio: «Tengo propuesto averiguar si en aquel velocísimo instante de la muerte siente el alma salir del cuerpo». Y prometió que en averiguándolo, visitaría a sus amigos y les avisaría qué estado es el de las almas. Advertid esta tranquilidad en medio de las tormentas, y ved un ánimo digno de la eternidad, que para averiguación de la verdad llama a la muerte, y puesto en el último trance hace preguntas al alma cuando se despedía del cuerpo, aprendiendo, no sólo hasta la muerte, sino también de la misma muerte. Ninguno ha habido que filosofase más tiempo; y así la memoria de este gran varón no se borrará arrebatadamente, antes siempre se hablará de él con estimación. Tendrémosle en todo tiempo, oh clarísima cabeza, por una gran parte de la calamidad Cayana.

CAPÍTULO XV

Y no basta desechar las causas de la tristeza particular, que sin ellas nos posee muchas veces un aborrecimiento de todo el género humano, saliéndonos al encuentro la turba de tantas bien afortunadas maldades; y cuando hacemos reflexión de cuán rara es la sencillez, cuán conocida la inocencia y cuán poco guardaba la fe, sino es en aquél a quien le está bien guardarla; y cuando miramos las ganancias y los daños de la sensualidad, igualmente aborrecidos; cuando vemos que la ambición, no ajustada en sus debidos términos, resplandece con su misma torpeza, escóndesele al ánimo la luz y salen oscuras tinieblas, cuando por estar abatidas las virtudes, ni es permitido esperarlas, ni aprovecha el tenerlas. Debemos, pues, rendirnos a no tener por aborrecibles sino por ridículos todos los vicios del vulgo, imitando antes a Demócrito que a Heráclito. Éste siempre que salía en público lloraba, y el otro reía. Éste juzgaba todas nuestras acciones por miserias, y aquél las tenía por locuras. Súfranse todas las cosas con suavidad de ánimo, siendo más humana acción reírnos de la vida que llorarla. Y añade que en mayor obligación pone al género humano el que se ríe de él que no el que le llora; porque el primero deja alguna parte de esperanza, y estotro llora neciamente aquello que desconfía poder remediarse. Y bien considerado todo, mayor grandeza de ánimo es no poder enfrenar la risa que el no poder detener las lágrimas; porque todas las cosas que nos obligan a estar alegres o tristes mueven el ligerísimo afecto del ánimo, pero sin que juzgue en la risa que en tanto aparato de cosas hay alguna que sea grande, severa ni seria. Propóngase cada uno todas aquellas cosas por las cuales venimos a estar alegres o tristes, y sepa ser cierto lo que dijo Bión, que todos los negocios de los hombres eran semejantes en sus principios, y que la santidad y severidad de su vida no era más que unos intentos comenzados. Y así es más cordura sufrir plácidamente las públicas costumbres y los humanos vicios, sin pasar a reírlos o llorarlos, porque es una eterna miseria atormentarse con males ajenos, y el alegrarse de ellos es un deleite inhumano, al modo que es inútil tristeza el llorar y encapotar el rostro porque alguno entierra su hijo; pues aun en tus propios males conviene dar al dolor aquélla sola parte que él pide y no la que pide la costumbre: porque hay muchos que derraman lágrimas para que otros las vean, teniendo secos los ojos mientras no hay quien les mire, y juzgan por cosa fea no llorar cuando los otros lo hacen; y hase introducido de tal manera este mal de estar pendientes de ajena opinión, que aun en cosas de poquísima importancia viene el dolor fingido. Síguese tras esto una parte que no sin causa suele entristecer y poner en cuidado, cuando los remates de los buenos son malos, como son morir: Sócrates en una cárcel, y vivir en destierro Rutilio, y entregar Pompeyo y Cicerón la cerviz a sus mismos paniaguados, y que el gran Catón, única imagen de las virtudes, recostado sobre la espada, de juntamente satisfacción de sí y de la república. Conviene; pues, el dar quejas de que la fortuna pague con tan inicuos premios; porque ¿qué puede esperar cada uno cuando ve que los buenos padecen grandes males? ¿Pues qué hemos de hacer en tal caso? Poner los ojos en el modo con que ellos sufrieron, y si fueron fuertes desear sus ánimos; pero si murieron mujeril y flacamente, no hay que hacer caso de la pérdida. O fueron dignos de que su virtud te agrade, o indignos de que se imite su flaqueza; porque ¿cuál cosa hay más torpe que aquéllos a quienes los grandes varones, muriendo varonilmente, hicieron tímidos? Alabemos aquél que por tantas razones es digno de alabanza, y digamos de él: «Cuanto más fuerte fuiste, fuiste más dichoso; escapaste ya de los humanos acontecimientos, y de la envidia y enfermedad; saliste de la prisión tú que no eras merecedor de mala fortuna; y los Dioses te juzgarán por cosa indigna que ella tuviese en ti algún dominio. A los que (cuando llega la muerte) rehúyen y ponen los ojos en la vida, se han de echar las manos. Yo no lloraré al que está alegre, ni lloraré al que llora; porque el primero con la alegría me quitó las lágrimas, y éste con las suyas se hizo indigno de las de otros. ¿He de llorar yo a Hércules quemado vivo? ¿A Régulo clavado con muchos clavos? ¿A Catón, que con fortaleza sufrió tantas heridas? Todos éstos, con corto gasto de tiempo breve, hallaron modo de eternizarse, llegando a la inmortalidad por medio de la muerte. Es asimismo no pequeña materia de cuidado el tener el ánimo grande de componerte, no mostrándote sencillo; culpa en que caen muchos, cuya vida es fingida y ordenada a sola ostentación; y esta continua diligencia los martiriza, recelando no los hallen en diferente figura de la que acostumbran: porque este cuidado jamás afloja mientras juzgamos que todas las veces que nos miran nos estiman; y hay muchos sucesos que contra su voluntad los desnudan de la ficción; y dado caso que esta fingida compostura les suceda bien, no es posible que los que siempre viven con máscara tengan vida gustosa ni segura; y al contrario, la sencillez cándida, y adornada de sí misma, sin echar velo a las costumbres, goza de infinitos deleites. Pero también esta vida tiene peligro de desprecio: porque cuando todas las cosas son patentes a todos, hay muchos que hacen desestimación de lo que tratan más de cerca, aunque la virtud no tiene peligro de envilecerse por acercarse a los ojos, y mucho mejor es ser despreciado por sencillo, que vivir atormentado con perpetua simulación. Mas con todo esto conviene poner en ello límite, habiendo mucha diferencia del vivir con sencillez al vivir con negligencia. Conviene mucho retirarnos en nosotros mismos, porque la conversación que se tiene con los que no son nuestros semejantes descompone todo lo bien compuesto, y renueva los afectos y las llagas de todo aquello que en el ánimo está flaco y mal curado. Pero también conviene mezclar y alternar la soledad y la comunicación, porque aquélla despertará en nosotros deseos de comunicar a los hombres, y estotra de comunicarnos a nosotros mismos, siendo la una el antídoto de la otra. La soledad curará el aborrecimiento que se tiene a la turba, y la turba curará el fastidio de la soledad: que el entendimiento no ha de estar perseverante siempre con igualdad en una misma intención, que tal vez ha de pasar a los entretenimientos. Sócrates no se avergonzaba de jugar con los niños, y Catón recreaba en convites el ánimo fatigado de cuidados públicos. Escipión danzaba a compás con aquél su militar y triunfador cuerpo; pero no haciendo mudanzas afeminadas de las que exceden a la blandura mujeril, como las que ahora se usan, sino como lo solían hacer aquellos antiguos varones que se entretenían entre el juego y los días festivos, danzando varonilmente, sin que pudiesen perder crédito aunque los viesen danzar sus enemigos. Darse tiene algún refrigerio a los ánimos, porque descansados se levanten mejores y más valientes al trabajo; y como los campos fértiles no se han de fatigar, porque el no dar alguna intermisión a su fecundidad los enflaquecerá con presteza, así el trabajo continuo quebranta los ímpetus del ánimo, que recreado tomará más fuerzas. De la continuación en los cuidados nace una como inhabilidad y descaecimiento de los ánimos; y el eficaz deseo de los hombres no se inclinará a tanto, si en el entretenimiento y juego no hallara un casi natural deleite, cuyo uso, siendo frecuente, quita a los ánimos todo el vigor y fuerza. Necesario es el sueño para reparar las fuerzas; pero si le continúas de día y de noche, vendrá a ser muerte: mucha diferencia hay en aflojar, o soltar una cosa. Los legisladores instituyeron días festivos para que los hombres se juntasen públicamente, interponiendo con alegría un casi necesario temperamento a los trabajos; y los grandes varones, como tengo dicho, se tomaban cada mes ciertos días feriados; y otros no dejaron día alguno sin dividirle entre los cuidados y el ocio, como lo sabemos de Polión Asinio, gran orador a quien ningún negocio detuvo en pasando la hora décima; y después, ni aun quería leer las cartas, porque de ellas no le resultase algún cuidado, reparando en aquellas dos horas de descanso el trabajo de todo el día. Otros dividieron el día reservando para las tardes los negocios de menor cuidado, y nuestros pasados prohibieron el hacerse en el Senado nuevas relaciones pasada la hora décima. El soldado divide las velas, y el que viene de la campaña está libre de hacer la centinela. Conviene ensanchar el ánimo dándole algún ocio que aliente y de fuerzas; y el paseo que se hiciere sea en campo abierto, para que en cielo libre y con mucho aliento se levante y aumente el ánimo; y tal vez dará vigor el andar a caballo, haciendo algún viaje y mudando de sitio. Los banquetes y la bebida algo más licenciosa, y aun llegando tal vez a la raya de la embriaguez (no de modo que nos anegue, sino que nos divierta) nos aligerarán los cuidados, sacando el ánimo de su encerramiento; porque como el vino cura algunas enfermedades, así también cura la tristeza. A Baco, inventor del vino, le llamaron Liber, no por la libertad que da a la lengua, sino porque libra al ánimo de la servidumbre de los cuidados, fortaleciéndole y haciéndole más vigoroso y audaz para todos los intentos; pero como en la libertad es saludable la moderación, lo es tambIén el vino. De Solón y Arcesilao se dice que fueron dados al vino; a Catón le tacharon de embriaguez; pero el que a Catón opone esta culpa podrá con más facilidad persuadir que ella sea honesta que no que Catón haya sido torpe. Mas esta licencia del vino no se ha de tomar muchas veces, porque el ánimo no se habitúe a malas costumbres, aunque tal vez ha de salir a regocijo y libertad, desechando algún tanto sobriedad triste: porque si damos crédito al Poeta Griego, alguna vez da alegría el enloquecerse, y si a Platón, en vano abre las puertas a la poesía el que está con entero juicio, y si a Aristóteles, pocas veces hubo ingenio grande sin alguna mezcla de locura. No puede decir cosa superior y que exceda a las demás sino es el ánimo excitado, que despreciando lo vulgar y usado, se levanta más alto con un sagrado instinto, porque entonces por boca de hombre canta alguna cosa superior. Mientras el ánimo está en sí, no se le puede ofrecer pensamiento sublime, pero puesto en altura, conviene que se aparte de lo acostumbrado y que se levante, y que tascando el freno arrebate al caballero que le guía, llevándole hasta donde él no se atrevería a correr. Con esto tienes, oh carísimo Sereno, las cosas que pueden defender la tranquilidad, las que la pueden restituir y las que pueden resistir a los vicios que se quieren introducir. Pero conviene sepas que ninguna de estas cosas es suficiente a los que han de guardar un ánimo débil, si no le cerca un continuo y asistente cuidado.

 

DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO - A SERENO (1) (2) (3) (4)

Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos                                                 DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO (capítulos 12-15)

 

 

  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco