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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos
DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO (capítulos 8-11)
LIBRO TERCERO
DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO - A
SERENO (1) (2)
(3)
(4)
CAPÍTULO VIII
Pasemos
a la hacienda, ocasión grande de las ruinas humanas; porque si hacemos
comparación de las demás cosas que nos congojan, como son la muerte, las
enfermedades, los temores, los deseos, y el padecer dolores y trabajos,
comparados con los demás daños que nuestro dinero nos acarrea, hallarás
que la hacienda es la que nos pone mayor gravamen; y así debemos
ponderar cuán más ligero dolor es no tenerla que el perderla después de
tenida; y con esto conocemos que, al paso que la pobreza es menor
materia de tormento, lo es de daño: porque te engañas si juzgas que los
ricos sufren más animosamente las pérdidas. El dolor de las heridas es
igual a los pigmeos y gigantes. Bien dijo con elegancia que el mismo
dolor sentían los calvos que los guedejudos, cuando les arrancaban algún
cabello. Esto mismo has de entender de los pobres y de los ricos que
sienten un mismo tormento: porque estando los unos y los otros asidos al
dinero, no puede arrancárseles sin dolor; pero, como tengo dicho, más
tolerable es el no adquirir que el perder: y así verás que viven más
contentos aquéllos en quien jamás puso los ojos la fortuna, que los
otros de quien se apartó. Bien conoció esta verdad Diógenes, varón de
grande ánimo, y dispúsose a no poseer cosa que se le pudiese quitar. A
ésta que yo llamo tranquilidad, llámala tú pobreza, necesidad o miseria,
y ponle otro cualquier ignominioso nombre, que cuando hallares alguno
libre de pérdidas, juzgaré que Diógenes no fue dichoso, o yo me engaño,
o sólo el reino de la pobreza no puede ser ofendido de los avarientos,
de los engañadores, de los ladrones y robadores; y si alguno duda de la
felicidad de Diógenes, podrá también dudar de la de los Dioses
inmortales, pareciéndole que no viven felices porque no tienen adornados
jardines ni preciosas quintas cultivadas de ajenos caseros, y porque no
tienen grandes juros en los erarios. Tú, que con las riquezas te
desvaneces, ¿no te avergüenzas de ello? Vuelve los ojos al mundo, y
verás que los Dioses, que lo dan todo, están desnudos y sin poseer cosa
alguna: ¿juzgarás tú por pobre, o por semejante a los Dioses, al que se
desnudó de todas las riquezas? ¿Tienes por más dichosos a Demetrio y a
Pompeyano, que no hubieron vergüenza de ser más ricos que Pompeyo,
haciéndoseles cada día relación de los criados que tenían igual que al
Emperador se le hace de los soldados de su ejército, habiendo poco antes
sido las riquezas de éstos dos esclavos que, sustituyéndolos, servían
por ellos, y un aposento algo más acomodado? Huyósele a Diógenes un solo
esclavo que tenía, llamado Manes, y habiendo sabido dónde estaba,
no hizo diligencia en recobrarle, diciendo parecería cosa torpe que
pudiendo Manes vivir sin
Diógenes, no pudiese Diógenes vivir sin Manes.
Paréceme que en esto dijo a la fortuna hiciese lo que quisiese, que ya
no tenía que ver con él: huyóseme mi esclavo, o, por mejor decir, fuése
libre. Pídenme de comer y vestir mis criados, siendo forzoso dar
sustento a los estómagos de tantos voraces animales, siéndolo asimismo
el vestirlos, y el vivir cuidadoso de sus arrebatadoras manos, siendo
inexcusable el servirnos de quien siempre vive con llantos y quejas. Más
dichoso es aquél que a nadie debe cosa alguna, sino es a quien con
facilidad puede negar la paga, que es a sí mismo. Pero ya que no nos
hallamos con suficientes fuerzas, conviene por lo menos estrechar
nuestros patrimonios para estar menos expuestos a las injurias de la
fortuna. Los cuerpos pequeños, que con facilidad se pueden cubrir con
las armas, están más seguros que aquéllos a quien su misma grandeza
expone más descubiertos a las heridas: de la misma suerte es más seguro
aquel estado que ni llega a la pobreza ni con demasía se aparta de ella.
CAPITULO IX
Agradarános esta moderación, si nos agradare primero la templanza, sin la cual no hay riquezas que basten,
y sin ella ningunas
obedecen bastantemente, estando tan en nuestra mano el remedio, pudiendo, con
solo admitir la templanza, convertirse la pobreza en
riqueza. Acostumbrémonos a desechar el fausto, midiendo las alhajas con la necesidad que de ellas tenemos: la comida sirva para
dar satisfacción a la hambre, la bebida para extinguir la sed, y camine el deseo por donde conviene. Aprendamos
a estribar en nuestros cuerpos: compongamos nuestro comer y vestir, no
dando nuevas formas, sino ajustándolo a las costumbres que nuestros pasados nos enseñaron.
Aprendamos a aumentar la continencia, a enfrenar la demasía, a templar
la gula, a mitigar la ira, a mirar con buenos ojos la pobreza, y a
reverenciar la templanza; y aunque nos cueste vergüenza el dar a
nuestros deseos remedios poco costosos, aprendamos a encarcelar las
desenfrenadas esperanzas y el ánimo, que se levanta a lo futuro:
procuremos alcanzar las riquezas de nosotros mismos, y no de la fortuna.
Digo, pues, que tanta variedad e iniquidad de sucesos no puede ser
repelida sin que haya grandes tormentos en aquéllos que han descubierto
grandes aparatos. Conviene, pues, estrechar las cosas, para que las
flechas no acierten el tiro. De esto resulta que muchas veces los
destierros y las calamidades vienen a ser remedios, separándose con
pequeñas incomodidades otras más graves. El ánimo que con rebeldía
obedece a los preceptos no puede ser curado con blandura: ¿pues por qué
no se enmienda, si de no hacerlo se le siguen la pobreza, infamia y
ruina de todas las cosas? Un mal se opone a otro. Acostumbrémonos a
poder cenar sin asistencia del pueblo, y a servirnos de menos criados,
haciendo que los vestidos sean para el fin a que se inventaron, y
reduciéndonos a vivir en casas más estrechas. Y no sólo hemos de volver
atrás en la carrera y en la contienda pública del coso, sino también lo
hemos de hacer interiormente en estos términos de la vida. Hasta el
trabajo de los estudios, con ser tan ingenuo, en la medida en que se ajusta a la
razón, se ajusta al modo. ¿De qué sirven innumerables libros y
librerías, cuyo dueño apenas leyó en toda su vida los índices? La
muchedumbre de libros carga, y no enseña; y así te será más seguro
entregarte a pocos autores, que errar siguiendo a muchos. Cuarenta mil
cuerpos de libros se abrasaron en la ciudad de Alejandría, hermoso
testimonio de la opulencia real: alguno habrá que la alabe, como lo hizo
Tito Livio, que la llamó obra egregia de la elegancia y cuidado de los reyes. Pero ni aquello fue
elegancia, ni fue cuidado, sino una estudiosa demasía, o por decir
mejor, no fue estudiosa, porque no los juntaron para estudios, sino para
sola la vista, como sucede a muchos ignorantes, aun de las letras
serviles, a quien los libros no les son instrumentos de estudios, sino
ornato de sus salas. Téngase, pues, la suficiente cantidad de libros,
sin que ninguno de ellos sirva para sola ostentación. Responderásme que
tienes por más honesto el gasto que en ellos haces, que el de pinturas y
vasos de Corinto. Advierte que donde quiera que hay demasía hay vicio.
¿Qué razón hay para perdonar menos al que procura ganar nombre con
juntar estatuas de mármol o marfil, que al que anda buscando las obras
de autores ignotos, y quizá reprobados, estando ocioso entre tantos
millares de libros, agradándose solamente de las encuadernaciones y
rótulos? Hallarás en poder de personas ignorantísimas todo lo que está
escrito de oraciones y de historias, teniendo estantes llenos de libros
hasta los techos; porque ya aun en los baños se hacen librerías, como
alhaja forzosa para las casas. Perdonáralo yo, si esto naciera de deseos
de estudios; pero ahora estas exquisitas obras de sagrados ingenios,
entalladas con sus imágenes, se buscan para adorno y gala de las
paredes.
CAPÍTULO X
Si entraste acaso en alguna difícil forma de vida y,
sin saberlo tú, te puso la pública o la particular fortuna en algún lazo
que ni sabes desatarle ni puedes romperle, considera que los presos a
los principios sufren mal las cadenas y grillos, que son impedimentos de
sus pasos; pero después que se determinan a traerlos sin indignarse con
ellos, la misma necesidad los anima a sufrirlos con fortaleza, y la
costumbre los enseña a llevarlos con facilidad. En cualquier estado de
vida hallarás anchuras, gustos y deleites, si te dispusieses primero a querer no juzgar por mala la que tienes, no haciéndola
sujeta a la envidia. Con ninguna cosa nos obligó
más la naturaleza, como fue (conociendo que nacíamos para tantas miserias) haber inventado para temperamento de ellas la costumbre
de sufrirlas, la cual con presteza se convierte en familiaridad. Nadie perseveraría en las cosas si
la continuación de las
adversas tuviera la misma fuerza que tuvo a los primeros acometimientos. Todos estamos atados
a la fortuna; pero la cadena de unos
es de oro y floja, la de otros estrecha y abatida. Pero ¿de qué importancia es esta diferencia, si es una misma la cárcel en que
estamos todos, estando también presos en ella los mismos que hicieron la prisión?
Sino es que asimismo juzgues que es más ligera la
cadena porque te la echaron al lado izquierdo. A unos enlazan y encadenan las
honras, a otros las riquezas, a otros la nobleza: a
unos oprime la humildad, y hay otros que tienen sobre su cabeza ajenos imperios, y otros los suyos:
a unos detiene en un lugar el
destierro, a otros el sacerdocio, siendo toda la vida una continuada servidumbre. Conviene, pues, acostumbrarnos
a vivir en nuestro
estado, sin dar de él una mínima queja, abrazando en él cualquier comodidad que tenga. No hay caso tan acerbo en que no halle algún
consuelo el ánimo ajustado. Muchas veces el arte del buen arquitecto dispone pequeños sitios para varios usos; y la buena
distribución hace habitable el sitio, aunque sea angosto. Arrima tú la razón a las dificultades, y verás cómo con ella se ablandan
las cosas ásperas, se ensanchan las angostas, oprimiendo menos las graves a los que con valor las sufren. Demás de esto no se han
de extender los deseos a cosas remotas; y ya que de todo punto no los podemos estrechar, les hemos de permitir sólo aquello que
está cercano, desechando lo que, o no puede conseguirse,
o se ha de conseguir con dificultad. Sigamos lo que está cerca, y lo que se ajusta y proporciona con nuestra esperanza. Sepamos
que todas las cosas son igualmente caducas, y que, aunque en lo exterior tienen diferentes visos, son en
lo interior igualmente
vanas. No tengamos envidia a los que ocupan encumbrados lugares, porque lo que nos parece altura, es despeñadero; y al contrario,
aquéllos a quien la adversa suerte puso en estado de medianía, estarán más seguros si quitaren la soberbia
a los ministerios
que de suyo son soberbios, bajando, en cuanto les fuere posible, su fortuna a lo llano. Hay muchos que se ven forzados
a estar
asidos a la altura en que se hallan, por no poder bajar de ella sino es cayendo; pero por la misma razón deben testificar que
la carga que tienen les es muy pesada, por haber de ser ellos pesados a otros; y confiesen también que no están levantados, sino
amarrados, y que prevengan con mansedumbre, con humildad, y con mano benigna muchos
socorros para los sucesos venideros, para que
en esta confianza, aunque vivan pendientes, estén con mayor seguridad; y ninguna cosa los librará de las tormentas del ánimo
como el poner algún punto fijo a los acrecentamientos, sin que quede en albedrío de la fortuna el dejar de dar: exhórtense
a
sí mismos a parar mucho antes de llegar a los extremos; y de esta forma, aunque habrá algunos deseos que inciten el ánimo, no se
extenderán a lo incierto y a lo inmenso.
CAPITULO XI
Esta mi doctrina habla con los imperfectos, con los
mediocres y con los malsanos, y no con el sabio, que ni vive temeroso ni
anda atentado; porque tiene de sí tanta confianza, que no recela salir
al encuentro a la fortuna, sin jamás rendírsele, y sin poseer cosa en que poder temerla: porque tiene por prestados no sólo
los esclavos, las heredades y las dignidades, sino su mismo cuerpo, sus ojos y sus manos,
y todo aquello que le puede hacer más amable la
vida, viviendo como prestado a si mismo, para sin tristeza restituirse a los que le volvieren
a pedir; y no se desestima en
saber que no es suyo, antes hace todas las cosas con tan gran diligencia y circunspección como el hombre religioso
y santo, que guarda lo que se entregó a su fe, y cada y cuando que se lo mandaren restituir lo hará sin dar quejas de la
fortuna, antes dirá:
«Doyte gracias por el tiempo que lo poseí. Yo estimé con veneración tus cosas, pero ya que me las pides, te las
restituyo con
voluntad y agradecimiento: si gustares dejarme alguna, te la guardaré también; pero ya que de ello tienes gusto,
te restituyo
la plata labrada, la acuñada, la casa y la familia.» Si me llamare la naturaleza, que fue la primera que me prestó
a mí, le diré
también: «Tómate mi ánimo: mejorado te le vuelvo de lo que me le diste: no ronceo ni huyo: aprestado está por mí, que me hallo
sin voluntad: recibe lo que me diste cuando no tenía sentido.» El volver a la parte de donde venimos, ¿qué tiene de molestia? Aquél
vivirá mal, que ignorare el útil de morir bien. Lo primero, pues, a que
se ha de quitar la estimación es a la vida, contándola
entre las demás cosas serviles. Dice Cicerón que aborrecemos a los gladiadores que en pelea procuran salvar la vida, y, al
contrario, favorecemos a los que la desprecian. Entiendo, pues, que lo mismo nos sucede
a nosotros, siendo muchas veces causa de morir el esperar tímidamente a la muerte. La fortuna, que hace también sus
regocijos y espectáculos, dice: «¿Para qué te he de
reservar, animal malo y cobarde? Porque no sabes ofrecer el cuello has de ser más herido y maltratado; y, al contrario, tú,
que no con cerviz forzada ni cruzadas las manos esperas el cuchillo, vivirás más tiempo y morirás con más
despejo.» El que temiere la muerte, no hará hazaña de varón vivo; mas el
que conoce que al tiempo de su concepción capituló el morir, vivirá según lo
capitulado, y juntamente con la gallardía de ánimo hará que ninguna cosa de las que en la
vida suceden le sea repentina; porque teniendo por asentado que todo lo
que puede venir le ha de suceder, mitigará los ímpetus de los males, que
éstos nunca traen cosa de nuevo a los que estando prevenidos los
esperan, y solamente son graves y pesados a los que viven con descuido y
esperan solamente las cosas felices. Porque la enfermedad, la
cautividad, la ruina y el incendio no me son cosas repentinas, sabiendo
yo en cuán revoltoso hospedaje me encerró la naturaleza. Muchas veces
sentí llantos en mi vecindad; muchas vi pasar por mi puerta entierros
no sazonados, con hachas y cirios; muchas oí el estruendo de soberbios
edificios que cayeron, y muchos de aquéllos a quienes el tribunal, la
corte y la conversación juntaron conmigo, se los llevó una noche,
dividiendo las manos unidas en amistad. ¿Tengo de admirarme de que se me
hayan llegado los peligros que siempre anduvieron cerca de mí? Muchos
hombres hay que habiendo de navegar no se acuerdan de que hay tormentas:
yo no me avergüenzo en lo bueno de tener por autor un malo. Publio, más
vehemente que los ingenios trágicos y cómicos, todas las veces que dejó
los disparates mímicos y los dicterios y donaires concernientes al
vulgo, ente otras muchas cosas dignas de la gravedad y escena trágica,
dijo: «A cada cual puede suceder lo que puede suceder a alguno». El que
depositare en su corazón esta sentencia y atendiere a los males ajenos
(de que cada día hay tanta abundancia) y conociere que tienen libre el
camino para venir a él, este tal se prevendrá antes de ser acometido.
Tardamente se arma el ánimo a la paciencia de los trabajos, después de
ellos han llegado. Dirás: «No pensé que esto sucediera, ni creí que esto
pudiera venirme». ¿Pues por qué no lo pensaste? ¿Qué riquezas hay a
quien no vayan siguiendo la pobreza,
la hambre y la mendicidad? ¿Qué dignidad hay a cuya garnacha, cuyo hábito augural y cuyas insignias de nobleza no acompañen
asquerosidades, destierros, descréditos, mil manchas, y últimamente el desprecio? ¿Qué reino hay
a quien no esté aparejada la ruina
y la caída, teniendo ora un justo dueño y ora un injusto tirano? Y estas cosas no están separadas con grandes intervalos, pues sólo
hay un instante de distancia del verse en el trono al estar postrado ante ajenas rodillas. Persuádete, pues, que todo estado es
mudable, y que lo que ves en otros puede suceder en ti. Si te precias de rico, ¿éreslo, por ventura, más que Pompeyo, al cual,
cuando Cayo, su antiguo pariente y huésped nuevo, abrió la casa de César por cerrar la suya, le faltó pan y agua? Y el que poseía
tantos ríos, que nacían y morían en su Imperio, mendigó agua llovediza, muriendo de hambre y de sed dentro del palacio de su deudo,
mientras el heredero preparaba entierro público al que moría de hambre. ¿Has tenido grandes honras? Dime si han sido tantas, tan
grandes y tan no esperadas como las que tuvo Seyano. Pues advierte que el mismo día que le acompañó el Senado le despedazó el
pueblo; y habiendo puesto en él los Dioses y los hombres todo lo que se puede juntar, no quedó cosa que en el verdugo no hiciese
presa. ¿Eres rey? Pues no te enviaré a Creso, que entró mandando en la hoguera y la vio extinguida, sobreviviendo no sólo al reino,
sino a su misma muerte. No te enviaré a Jugurta, a quien el pueblo romano vio preso dentro del año en que le había temido. No
a
Tolomeo, rey de África, ni a Mitrídates, rey de Armenia, a quienes vimos entre las guardas Cayanas, siendo el uno desterrado, y
deseando el otro serlo con seguridad. Si en tan gran mutabilidad de las cosas que suben y bajan no juzgares que te amenaza todo
lo que puede sucederte, darás contra ti fuerzas a las adversidades, las cuales quebranta el que las antevé.
Lo que a esto se
sigue es que no trabajemos en lo innecesario: quiero
decir que no deseemos ni lo que no podemos conseguir, ni lo que se ha de conseguir tarde y después de haber pasado mucha vergüenza;
conozcamos la vanidad de nuestros deseos, no poniéndolos en aquello en que ha de salir vano y sin efecto el trabajo,
o donde el
efecto ha de ser indigno de lo que se trabajó: porque casi siempre se sigue tristeza si no suceden,
o si suceden vienen a causar vergüenza.
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