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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos
DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO (capítulos 3-7)
LIBRO TERCERO
DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO - A
SERENO (1) (2)
(3)
(4)
CAPÍTULO III
Pregúntasme de qué remedio te has de valer contra este hastío. Y según la opinión de Atenodoro, el
mejor fuera ocuparte en las cosas
públicas, en su administración y en los oficios civiles. Porque al modo que algunos hombres pasan los días curtiendo sus cuerpos
al sol en ocupaciones y ejercicios; y al modo que a los luchadores les es muy útil el gastar mucho tiempo en fortalecer los brazos
para el ministerio a que se dedicaron, así a nosotros, que hemos de disponer los ánimos
a la pelea de los negocios civiles, nos es fuera de conveniencia asistir siempre en la obra, porque con el intento de hacerse
apto para ayudar a sus ciudadanos y a todos,
viene a un mismo tiempo a ejercitarse, y a ser provechoso a otros, aquél que, puesto en medio de las ocupaciones, administró conforme
a su caudal las cosas particulares y las públicas. Pero tras esto dice, que como en esta tan loca ambición de los
hombres son tantos los calumniadores que tuercen lo justo a la peor parte, viene
a estar poco segura la sencillez, siendo más lo
que impide que lo que ayuda. Conviene, pues, apartarnos de los tribunales y de los puestos públicos, que el ánimo grande
también
tiene en los retiramientos donde poder espaciarse; y como el ímpetu de los leones y de otras bestias fieras no me acobarda estando
metidos en sus cuevas, así tampoco dejan de ser grandes las acciones de los hombres grandes, aunque estén apartados del
concurso. De tal manera se retiran éstos, que donde quiera que esconden su quietud, lo hacen
con intento de aprovechar a todos en
común y a cada uno en particular, ya con su ingenio, ya con sus palabras
y ya con su consejo. Porque no sólo sirven a la república
los que apadrinan a los pretendientes, y los que defienden a los reos, y los que tienen voto en las cosas de la paz y la guerra,
sino también aquéllos que exhortan a la juventud y a los que, en tiempo que hay tanta falta de buenos preceptos, instruyen con su
virtud los ánimos, y los que detienen y desvían a los que se precipitaban a las riquezas y demasías.
Y si de todo punto no lo
consiguen, por lo menos los retardan. Los que esto hacen, aun estando retirados, tratan el negocio público. ¿Por ventura hace
más el corregidor y juez, que entre los vecinos y forasteros pronuncian las sentencias comunicadas con su asesor, que el que retirado
enseña qué cosa es justicia, piedad, paciencia, fortaleza, desprecio de la muerte,
conocimiento de los Dioses, y finalmente el gran bien que consiste en tener buena conciencia? Luego si gastares el tiempo
en los estudios, aunque te apartes
de los oficios, no será desampararlos ni faltar a tu obligación, pues no sólo milita el que en la
campaña está defendiendo el lado derecho o siniestro, sino también el que guarda las puertas, y el que asiste haciendo
centinela en la plaza de armas, porque aunque este puesto es menos peligroso, no es menos cuidadoso; y así, aunque estos
cuidados tienen menos de sangrientos, entran a gozar de
los estipendios y sueldos. Si te retirares a tus estudios y dejares todo el cansancio de la vida, no vendrás
a codiciar la noche
por el fastidio del día, ni le cansarás de ti mismo, ni a otros serás enfadoso. Llegarás muchos
a tu amistad, y te irán a buscar
todos los hombres de bien: porque aunque la virtud esté en lugar oscuro, jamás se esconde, antes siempre da señales de sí, y
cualquiera que fuere digno de ella, la hallará por las huellas. Pero si nos apartamos de la comunicación, y renunciamos el trato de
los hombres, viviendo solamente para nosotros, sucederá a esta retirada una soledad,
carecedora de todo buen estudio, y una falta
de ocupaciones, con que comenzaremos a plantar unos edificios, y a derribar otros,
a dividir el mar, a conducir sus aguas contra la dificultad de los lugares, consumiendo mal el tiempo que nos dio la
naturaleza para que le empleásemos
bien. Unos usamos de él con templanza y otros con prodigalidad: unos le gastamos en tal forma que podemos dar razón, otros sin que
nos queden reliquias de él, por lo cual no hay cosa más torpe que ver un viejo de mucha edad que, para probarla, no tiene otro
testimonio más que los años y las canas. Paréceme a mí, oh carísimo Sereno, que Artemidoro se rindió con demasía
a los tiempos, y
que con demasiada presteza huyó de ellos, porque yo no niego que tal vez se ha de hacer retirada, pero ha de ser
a paso lento, sin
que el enemigo lo entienda, conservando las banderas y la reputación militar. Los que con las armas se entregan al enemigo,
están más seguros y estimados: lo mismo juzgo convenir a la virtud y a los amadores de ella, que si prevaleciere la fortuna, y les
atajare la facultad y posibilidad de hacer bien, no huyan luego, ni volviendo las espaldas desarmados busquen donde esconderse,
siendo cierto que no hay lugar seguro
ni exento de las persecuciones de la fortuna. En tal caso entren con mayor denuedo en los negocios de la república, buscando con
buena elección algún ministerio en que puedan ser útiles a su ciudad. El que no puede militar, aspire
a honores civiles; si ha de
pasar vida privada, sea orador; si le imponen silencio, ayude a sus ciudadanos con abogacía; si tiene peligro en los tribunales,
muéstrese en las casas, espectáculos y convites buen vecino, amigo fiel y templado convidado; y en caso que le falten los ministerios
de ciudadano, no le falten los de hombre; y por esta razón, teniendo gallardía de ánimo, no nos hemos encerrado en las murallas de
una ciudad, antes hemos salido al comercio de todo el orbe, juzgando por patria
a todo el mundo, para dar con esto más ancho campo
a la virtud. Si no has podido llegar a ser consejero; si te está prohibido el púlpito, y no te llaman
a las juntas, pon los
ojos en la grande latitud de provincias y pueblos, y verás que nunca se te prohíbe tanta parte que no sea mucho mayor la que se te
deja. Pero advierte en que esta culpa no sea toda tuya, por no querer servir a la república, si no te hacen oidor,
o uno de los
cincuenta magistrados, o sacerdote de Ceres, o Supremo dictador. ¿Será bueno que no quieras militar si no te hacen general
o tribuno?
Si otros están en la primera frente, y la fortuna te puso en retaguardia, pelea desde ella con la voz, con la exhortación, con el
ejemplo y con el ánimo. El que estando a pie quedo esfuerza a los demás con vocería, hallará cómo ayudar en la guerra, aun después
de cortadas entrambas manos. Lo mismo harás tú, si la fortuna te apartare de los primeros puestos de la república, si estuvieres
firme y la ayudares con voces; y si te cerraren los labios, no descaezcas, ayúdala con silencio, que el
cuidado del buen ciudadano
jamás es inútil, pues siempre hace fruto con el oído, con la vista, con el rostro, con la voluntad y con una tácita obstinación y
hasta con los mismos pasos; porque al modo que muchas cosas salutíferas hacen provecho con solo olerlas, sin llegar
a gustarlas ni
tocarlas, así la virtud esparce mil utilidades, aunque esté lejos y escondida,
ora use de su derecho, ora tenga las entradas
precarias, hallándose obligada a recoger las velas, ora esté ociosa y muda o encarcelada en angosto sitio, ora esté en público,
porque en cualquier traje será provechosa. ¿Piensas tú que es de poco fruto el ejemplo del que retirado vive bien? Asegúrote que
es cosa muy superior mezclar el ocio en los negocios cuando se prohíbe la vida activa,
o ya con casuales impedimentos, o con el
estado de la república. Porque nunca se cierran tan de todo punto las cosas, que no quede lugar para alguna acción honesta. ¿Podrás
por ventura hallar alguna ciudad más perdida de lo que fue la de Atenas, cuando los treinta tiranos la despedazaban, habiendo
muerto a mil y trescientos ciudadanos de los mejores, sin
poner esto fin a la ciudad que consigo mismo se irritaba? En esta república, donde estaba el rigurosísimo tribunal de los
Areopagitas
y donde se juntaban el pueblo y el Senado en forma de Senado, allí se juntaban también cada día un colegio de homicidas y un infeliz
tribunal angosto para tantos tiranos. ¿Podía, por ventura, tener alguna quietud aquella ciudad, donde los tiranos eran tantos,
cuantos los soldados de la guarda, sin que se pudiese ofrecer a los ánimos esperanza alguna de libertad y sin descubrirse camino para
el remedio contra tan gran fuerza de infortunios? ¿De dónde, pues, habían de salir para el reparo de tan mísera ciudad tantos
Hermodios? De que estaba Sócrates en ella, y consolaba a los senadores que lloraban, y exhortaba
a los que desconfiaban de la
salud de la república, y baldonaba a los ricos que temían perder las riquezas con el tardío arrepentimiento de su peligrosa
avaricia, y daba a los que le querían imitar un heroico ejemplo, viéndole que andaba libre entre treinta dueños.
A éste, pues, que con valor se oponía al escuadrón de tiranos, mataron los Atenienses, no pudiendo aquella ciudad, cuando se vio
libre, sufrir la libertad; y con esto verás que en república afligida hay ocasión de que se manifieste
el varón sabio, y que, al contrario, en la floreciente y bien afortunada reinan el dinero, la envidia y otros mil flacos vicios.
En la forma, pues, que estuviere la república, y en
la que la fortuna nos permitiere, nos hemos de desplegar o encoger; pero siempre ha de ser nuestro movimiento sin entorpecernos por
estar atados con temor. Antes aquél
se podrá llamar varón fuerte, que amenazado por todas partes de los peligros, y oyendo cerca el ruido de las armas y el estruendo
de las cadenas, no atropellare ni escondiere la virtud, no siendo justo hacer ofensa
a la que
le conserva. Entiendo que fue Curio Dentato el que decía que quisiera más ser muerto que dejar de vivir. El último
de los males naturales es el salir del número de los vivos
antes de morir; pero con todo eso conviene hacerlo cuando te trajere la suerte
a tiempo menos tratable
para la república, para que con el ocio y las letras la ayudes más, y que, como quien
se halla en alguna peligrosa navegación,
procures tomar puerto, no esperando a que te dejen los negocios, sino dejándolos tú.
CAPITULO IV
Ante todas cosas conviene pongamos los ojos en nosotros mismos, y después en los negocios que emprendemos,
por quién y con quién los emprendemos. Y lo primero que cada uno ha de hacer es tantear su capacidad; porque
muchos nos persuadimos
a que tenemos fuerzas para llevar más carga de la que en efecto podemos. Hay unos que en confianza de su elocuencia se despeñan;
otros gravan su hacienda más de lo que puede sufrir; otros con ocupación laboriosa oprimen su enfermizo
cuerpo. A unos impide la
vergüenza para el manejo de negocios civiles, que requieren osada frente, y en otros no es conveniente para
palacio su terquedad: unos saben enfrenar la ira; y a otros cualquier
indignación los enfurece, y algunos no saben poner límite a la graciosidad, ni abstenerse de peligrosas
chocarrerías. A todos éstos más seguro será el ocio que
la ocupación, siendo bien que la naturaleza impaciente y
feroz evite las ocasiones nocivas a su libertad.
CAPITULO V
Débense después de esto pesar las cosas que emprendemos, cotejándolas con nuestras fuerzas: porque
siempre es conveniente sean
mayores las del que lleva que las de lo que ha de ser llevado, porque si éstas son mayores, será forzoso opriman al llevador.
Demás de esto, hay otros negocios que no tienen tanto de grandes como de fecundos, porque encadenan consigo otros muchos; y
éstos
de quien se originan varias y nuevas ocupaciones son de los que debemos huir, sin entrar en parte donde no tengamos libre la
salida. Sólo has de poner mano en aquellas cosas que esté en tu voluntad el hacer,
o esperar que tengan fin, dejando las que se
extienden a mayor latitud sin poder terminarse cuando propusiste.
CAPÍTULO VI
Has de hacer finalmente examen de los hombres, para
ver si son dignos de que en ellos empleemos parte de nuestra vida, o si
les alcanza algo de la pérdida de nuestro tiempo. Hay algunos que nos
hacen cargo de las buenas obras que voluntariamente les hicimos.
Atenodoro dijo que aun no iría al convite de aquél que no se juzgase
deudor en tenerle por su convidado. Persuádome que juzgarás que éste
mucho menos iría a las casas de aquéllos que quieren con dar su mesa
recompensar las amistades de sus amigos, computando por dádivas los
platos, y queriendo disculpar su destemplanza diciendo va encaminada a
honor de los convidados: quita tú a éstos que no tengan testigos de sus
convites, y no tendrán gusto con el regalo secreto. También debes
considerar si tu naturaleza es más apta al despacho de negocios, o a
estudios retirados y a contemplación, y luego te has de encaminar a la
parte donde te guía la fuerza de tu ingenio. Isócrates sacó del Tribunal
a un consejero asiéndole por la mano, porque juzgó ser más apto para
escribir historias y anales: que los ingenios forzados no responden
bien; y si repugna la naturaleza, no es bueno el trabajo.
CAPITULO VII
Ninguna cosa hay que tanto deleite el ánimo como la
dulce y fiel amistad, siendo gran bien estar dispuestos los pechos para
que con seguridad se deposite cualquier secreto en aquél cuya conciencia
temas menos que la tuya, cuya conservación mitigue tus cuidados, cuyo
parecer aclare tus dudas, cuya alegría destierre tu tristeza, y,
finalmente, cuya presencia deleite tu vista. Hemos de elegir los amigos
tales que, en cuanto fuere posible, estén desnudos de deseos: porque los
vicios entran solapados, y después se extienden a todo lo que hallan
cercano, ofendiendo con el contacto; por lo cual conviene (como se hace
en tiempos de pestilencia) que no nos sentemos junto a los cuerpos
infectos y tocados de la enfermedad, porque atraeremos a nosotros los
peligros, y con sola la comunicación vendremos a enfermar. De tal manera
debemos cuidar en elegir los talentos de los amigos, que sean sin tener
la menor falla, porque suele ser origen de enfermedad mezclar lo sano
con lo que no lo está. Pero en esto no es mi intento decirte que a tu
amistad no atraigas otros más que al sabio: porque ¿dónde has de hallar
a éste, a quien todos los siglos hemos buscado? Por bueno has de tener
al que no es muy malo, pues apenas tendrás comodidad de hacer mejor
elección, aunque buscaras los buenos entre los Platones y Jenofontes y
en aquella fértil cosecha de los discípulos de Sócrates, y aunque
gozaras de la edad de Catón, que habiendo producido muchos hombres
dignos de haber nacido en su vida, produjo otros muchos peores que en
otro algún siglo, siendo maquinadores de grandes maldades; y siendo los
unos y los otros necesarios para que fuese conocido Catón, convino
hubiese buenos de quien fuese aprobado, y malos en quien se
experimentase su valor. Pero en este tiempo, en que hay tanta falta de
buenos, hágase elección menos fastidiosa, y en primer lugar no se elijan
hombres tristes, que todo lo lloran, sin que haya cosa alguna que no les
sirva de motivo para quejas; y aunque éstos tengan fe y amor, es
contrario a la tranquilidad el compañero que anda siempre inquieto y el
que se lamenta de todo.
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