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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos DE
LA VIDA BIENAVENTURADA (capítulos 1-6)
LIBRO SEGUNDO
SÉNECA - DE LA VIDA BIENAVENTURADA (1) -
A GALIÓN
(1) (2)
(3)
(4) (5)
CAPÍTULO I
Todos, oh hermano Galión, desean vivir bienaventuradamente; pero andan
a ciegas en el conocimiento de aquello que hace bienaventurada la vida; y en tanto grado no es fácil
el llegar a conocer cuál lo sea, que al que más apresuradamente
caminare, desviándose de la verdadera senda y siguiendo la contraria, le vendrá
a ser su misma diligencia causa de mayor apartamiento. Ante todas cosas, pues,
hemos de proponer cuál es la que apetecemos, después mirar por qué medios
podremos llegar con mayor presteza a conseguirla, haciendo reflexión en el mismo
camino, si fuere derecho, de lo que cada día nos vamos adelantando, y cuánto nos
alejamos de aquello a que nos impele nuestro natural apetito. Todo el tiempo que andamos vagando, sin
llevar otra guía más
que el estruendo y vocería de los distraídos que nos llama a diversas acciones, se consume entre errores nuestra vida, que es
breve, cuando de día y de noche se ocupa en buenas obras. Determinemos, pues, a dónde y
por dónde hemos de caminar, y no vamos sin
adalid que tenga noticia de la parte a que se encamina nuestro viaje: porque en esta peregrinación no sucede lo que en otras,
en que los términos y vecinos, siendo preguntados, no dejan errar el camino; pero en ésta el más trillado y más frecuentado es el
que más engaña. En ninguna cosa, pues, se ha de poner mayor cuidado que en no ir
siguiendo, a modo de ovejas, las huellas de las
que van delante, sin atender a dónde se va, sino por dónde se va: porque ninguna cosa nos enreda en mayores males, que el dejarnos
llevar de la opinión, juzgando por bueno lo que por consentimiento de muchos hallamos recibido, siguiendo su ejemplo y gobernándonos,
no por razón, sino por imitación, de que resulta el irnos atropellando unos a
otros, sucediendo lo que en las grandes ruinas de los pueblos, en que ninguno cae sin llevar otros muchos tras
sí, siendo los primeros ocasión de la pérdida de
los demás.
Esto mismo verás en el discurso de la vida, donde ninguno yerra para sí solo,
sino que es autor y causa de que otros yerren, siendo
dañoso arrimarse a los que van delante.
Porque donde cada uno se aplica más a cautivar su juicio que a hacerle, nunca se raciocina, siempre se cree; con lo cual el
error, que va pasando de mano en mano, nos trae en torno hasta despeñamos, destruyéndonos con los ejemplos ajenos. Si nos
apartáremos de la turba, cobraremos salud, porque el pueblo es acérrimo defensor de sus errores contra la
razón; sucediendo en esto lo que en las elecciones, en que los electores, cuando vuelve sobre sí el débil favor, se admiran de los
jueces que ellos mismos nombraron. Lo mismo que antes aprobamos, venimos a reprobar. Que este fin tienen todos los negocios donde se
sentencia por el mayor número de votos.
CAPÍTULO II
Cuando se trata de la vida bienaventurada, no es
justo me respondas lo que de ordinario se dice cuando se vota algún negocio: «Esto
siente la mayor parte», pues por esa razón es lo peor: porque no están las cosas de los hombres en tan buen estado que agrade
a
los más lo que es mejor; antes es indicio de ser malo el aprobado la turba. Busquemos lo que se hizo bien, y no lo que está más usado;
lo que nos coloque en la posesión de eterna felicidad, y no lo que califica el vulgo, errado investigador de la verdad.
Y llamo vulgo
no sólo a los que visten ropas vulgares, sino también a los que las traen preciosas; porque yo no miro los colores de que se cubren
los cuerpos, ni para juzgar del hombre doy crédito a los ojos; otra luz tengo mejor y más segura con que discernir lo falso de lo
verdadero. Los bienes del ánimo sólo el ánimo los ha de hallar; y si éste estuviere libre para poder respirar y retirarse en sí
mismo, ¡oh! cómo encontrará con la verdad, y atormentado de sí mismo confesará y dirá: «Quisiera que todo lo
que hasta ahora hice estuviera por hacer; porque cuando vuelvo la memoria a todo lo que dije, me río en muchas cosas de ello: todo
lo que codicié, lo atribuyo a maldición de mis enemigos. Todo lo que temí, ¡oh Dioses buenos! fue mucho menos riguroso de lo que yo
había pensado. Tuve amistad con muchos, y del aborrecimiento volví a la gracia (si es que la hay entre los malos), y hasta ahora no
tengo amistad conmigo. Puse todo mi cuidado en levantarme sobre la muchedumbre haciéndome notable con alguna particular calidad;
¿y qué otra cosa fue esto sino exponerme a las flechas de la envidia y descubrir al odio la parte en que me podría morder?» ¿Ves tú
a estos que alaban la elocuencia, que siguen las riquezas, que lisonjean la privanza y
ensalzan la potencia? Pues o todos ellos son enemigos, o, juzgándolo con más equidad, lo podrán venir
a ser; porque al paso que creciere el número de los que se admiran, ha de
crecer el de los que envidian.
CAPÍTULO III
Ando buscando con cuidado alguna cosa que yo juzgue ser buena para el uso y no para la ostentación; porque
estas que se miran con
cuidado y nos hacen detener mostrándolas los unos a los otros con admiración, aunque en lo exterior tienen resplandor, son en lo
interior miserables. Busquemos algo qua sea bueno, no en la apariencia, sino sólido y macizo, y en la parte interior hermoso.
Alcancémoslo, que no está muy lejos, y con facilidad lo hallarás si atendieres a la parte
a que has de extender la mano; porque
ahora pasamos por las cosas que nos están cercanas, como los que andan a oscuras, tropezando en lo mismo que
buscan. Pero para no
llevarte por rodeos, dejaré las opiniones de otros, por ser cosa prolija el referirlas y refutarlas. Admite la nuestra; y cuando
te digo la nuestra, no me ato a la de alguno de los principales estoicos, que también tengo
yo libertad para hacer mi juicio. Finalmente, seguiré alguno de ellos, a otro compeleré
a que divida su opinión; y por ventura, después de estar llamado y citado de
todos, no reprobaré cosa alguna de lo que nuestros pasados decretaron, ni diré:
«Esto siento demás;» y en el ínterin,
siguiendo la opinión común de los estoicos, me convengo con la naturaleza, por ser sabiduría el no apartarnos de ella,
formándonos por sus leyes y ejemplo. Será, pues, bienaventurada la vida en lo natural que se conformare con su naturaleza; lo cual
no se podrá conseguir si primero no está el ánimo sano y con perpetua posesión de
salud. Conviene que sea vehemente, fuerte, gallardo, sufridor, y que sepa ajustarse
a los tiempos, siendo circunspecto en sí y en
todo lo que le tocare, pero sin demasía. Ha de ser asimismo diligente en todas las cosas que instruye la vida, usando de los bienes
de la fortuna sin causar admiración a otros y sin ser esclavo de ella. Y aunque yo no lo añada, sabes tú que
a esto se seguirá una
perpetua tranquilidad y libertad, dando de mano a las cosas que nos alteran o atemorizan; porque en lugar de los deleites y las demás
cosas que en los mismos vicios son pequeñas, frágiles y dañosas, sucederá una grande alegría incontrastable, una paz acompañada de
concordia de ánimo y una grandeza adornada de mansedumbre; porque todo lo que es
fiereza se origina de enfermedad.
CAPITULO IV
Podrá asimismo definirse nuestro bien de otra manera, comprendiéndose en la misma sentencia, aunque no en
las mismas palabras.
Al modo que un mismo ejército unas veces se esparce en mayor latitud y otras se estrecha y reduce a más angosto sitio, unas se pone
en forma de media luna, otras se
muestra en recta y descubierta frente, pero de cualquier manera que se forme, consta de las mismas fuerzas y está con el mismo
intento para acudir a la parcialidad que sigue; así la definición del sumo bien puede unas veces extenderse y estrecharse otras;
con lo cual vendrá a ser lo mismo decir que el sumo bien es un ánimo que, estando contento con la virtud, desprecia las cosas que
penden de la fortuna, o que es una invencible fortaleza de ánimo sabedora de todas las cosas, agradable en las acciones, con
humanidad y estimación de los que le tratan. Quiero, pues, que llamemos bienaventurado al hombre que no tiene por mal
o por bien
sino el tener bueno o malo el ánimo, y al que siendo venerador de lo bueno y estando contento con la virtud, no le ensoberbecen ni
abaten los bienes de la fortuna, y al que no conoce otro mayor bien que el que se pueda dar
a sí mismo, y al que tiene por sumo
deleite el desprecio de los deleites. Y si tuvieres gusto de esparcirte más, podrás con entera y libre potestad extender este
pensamiento a diferentes haces; porque ¿cuál cosa nos puede impedir el llamar dichoso, libre, levantado, intrépido y firme al
ánimo que está exento de temor y deseos, teniendo por sumo bien a la virtud y por solo mal
a la culpa? Todo lo demás es una vil canalla, que ni quita ni añade a la vida bienaventurada, yendo y viniendo sin causar al
sumo bien aumento ni disminución. Forzoso
es que al que está tan bien fundado (quiera o no quiera) se le siga una continua alegría y un supremo gozo venido de lo alto,
porque vive contento con sus bienes, sin codiciar cosa fuera de sí. ¿Por qué, pues, no ha de poner en balanza estas cosas con
los pequeños, frívolos y poco perseverantes movimientos del cuerpo, siendo cierto que el mismo día que se
hallare en deleite se
hallará en dolores?
CAPÍTULO V
¿No echas de ver en cuán mala y perniciosa esclavitud servirá aquél
a quien alternadamente poseyeren, o ya los deleites, o ya los
dolores, dueños inciertos y de flacas fuerzas? Conviene, pues, buscar la libertad, y ninguna otra cosa la da sino el desprecio
de la fortuna, de que nace un inestimable bien, que es la quietud del ánimo, colocado en lugar seguro, y una sublimidad
y un gozo inmóvil, que tiene su origen de conocer la quietud y latitud del ánimo, de quien recibe deleites, no como bienes,
sino como nacidos
de su bien. Y porque he comenzado a mostrarme liberal, digo que también puede llamarse bienaventurado aquél que, por beneficio de
la razón, ha llegado a no desear y a no temer; que aunque las piedras y los animales
carecen de temor y tristeza, nadie los
llamó dichosos, faltándoles el conocimiento de la dicha. En el mismo numero puedes contar y poner aquellos hombres
a quien su
ruda naturaleza y el no tener conocimiento de sí los ha reducido al estado de los brutos, sin que haya diferencia de los unos
a los otros, pues si aquéllos carecen de razón, estos otros la tienen mala, siendo sólo diligentes para su propio daño.
Y ninguno
que estuviere apartado de la verdad se podrá llamar bienaventurado, y sólo lo será el que tuviere la
vida estable y firme y el
juicio cierto y recto, porque el ánimo estará entonces limpio y libre de todos males, cuando no sólo se apartare de las heridas,
sino también de las escaramuzas, esperando a pie quedo a defender el puesto que se le encargó, aunque se le muestre airada y
contraria la suerte. Porque aunque el deleite se extienda por todas partes, y por todas las vías influya, y con halagos ablande el
ánimo y saque de unas caricias y otras, con que solicite
todos nuestros sentidos, ¿cuál de los mortales, en quien se halle rastro de
hombre, habrá quien quiera que el deleite esté de día y de noche
haciéndole cosquillas, para que desamparando el ánimo venga a servir a las comodidades
del cuerpo?
CAPÍTULO VI
Diráme alguno que también el ánimo ha de tener sus deleites. Téngalos en buen hora y siéntese
a ser juez árbitro de la lujuria y
los demás pasatiempos, y llénese de todo aquello que suele deleitar los sentidos; ponga después los
ojos en las cosas pasadas, y
acordándose de los antiguos entretenimientos, alégrese de ellos, acérquese a los futuros,
disponga sus esperanzas; y mientras su
cuerpo está enviciado en la golosina presente, ponga los pensamientos en lo que espera, que con sólo esto lo juzgo por el más
desdichado, siendo frenesí abrazar los males en lugar de los bienes. Ninguno sin salud es bien afortunado, y no la tiene el que
en vez de lo saludable apetece lo dañoso. Será, pues, bienaventurado el que en su juicio recto, y el que se contentare con lo que
posee, teniendo amistad con su estado, y aquél a quien la razón guiare en sus acciones. Advierte en cuán torpe lugar pusieron el
sumo bien los que dijeron lo era el deleite; y con todo eso niegan el poderlo apartar de la virtud, y dicen que ninguno que viva bien
puede dejar de vivir con alegría; que el que vive en alegría vive juntamente con bien. Yo no veo cómo se puedan
unir cosas tan
diversas. Decidme: ¿en qué fundáis que no puede separarse la virtud del deleite? ¿Es por ventura porque todo principio de bien
nace de la virtud? Pues también de sus raíces nacen las cosas que vosotros amáis y apetecéis; y si no fuesen distintas, no veríamos
que algunas son deleitables y no buenas, y otras que, siendo buenas, se han de buscar
por asperezas y dolores.
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NOTAS
(1) D. José Rodríguez de Castro escribe en su
Biblioteca Española, tomo II: «El (libro) De vita beata lo
dedicó Séneca a su hermano Novato cuando ya había tomado por la adopción
los nombres de Junio Anneo Galión; y con pretexto de tratar de este
asunto y dar a su hermano los consejos más saludables para tener una
vida feliz y tranquila, hace por sí una bella apología contra los que
sentían mal de su conducta, y de que poseyese tantas riquezas;
especialmente desde el capítulo XXVIII en adelante, en que de intento
habla de este punto; y advirtiendo Justo Lipsio que este libro está
incompleto, separó del capítulo XXVIII de él todo lo que se le había
agregado en sus ediciones, y lo publicó separadamente, como fragmento de
algún otro libro, con el título De otio aut secessu sapientis. De
este libro dice Barthio, citado por D. Nicolás Antonio, «ser el más
excelente que tenemos después de los de la Sagrada Escritura, los cuales
toca tan inmediatamente que parece haberlos leído.»
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