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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos
DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO (capítulos 1-2)
LIBRO TERCERO
SÉNECA - DE LA TRANQUILIDAD DEL ÁNIMO (1) - A
SERENO
(1) (2)
(3)
(4)
CAPITULO I
Haciendo de mí examen, en mí, oh amigo Sereno, se manifestaron unos vicios
tan descubiertos que casi se podían
cortar con la mano, y otros más escondidos y no continuados, sino que a ciertos intervalos volvían; y
a éstos
los tengo por molestísimos porque, como enemigos vagos, asaltan en las ocasiones,
sin dar lugar a estar prevenidos como en tiempo
de guerra, ni descuidados como en la paz. Hállome en estado (justo es confesarte la verdad,
como a médico) que ni me veo libre de
estas culpas que temía y aborrecía, ni me hallo de todo punto rendido a ellas. Véome
en tal disposición, que si no es la peor, es
por lo menos lamentable y fastidiosa. Ni estoy enfermo ni tengo salud, y no quiero que me digas que los principios de todas las
virtudes son tiernos, y que con el tiempo cobran fuerzas; porque no ignoro que aun las cosas en que se trabaja por la estimación,
como son las dignidades y la fama de elocuentes, con todo lo demás que pende de parecer ajeno, se fortifica con el tiempo, y así
también las cosas que tienen verdaderas fuerzas, como las que se dejan sobornar con alguna vanidad, esperan
a que poco a poco las de color la
duración. Tras esto, recelo que la misma costumbre, que suele dar constancia a las
cosas, no me introduzca más en lo interior los
vicios. El prolongado hábito, así de bienes como de males, engendra amor. Cuál sea esta enfermedad del ánimo, perplejo en lo
uno y en lo otro, sin ir con fortaleza a lo bueno ni a lo malo, no lo podré mostrar tan bien diciéndolo
junto cuanto dividiéndolo
en partes. Diréte
lo que a mí me sucede; tú puedes dar nombre a la enfermedad.
Estoy poseído de una grande amor
a la templanza; así lo confieso. Agrádame la cama no adornada con ambición; no me agrada la vestidura sacada del cofre y prensada con
mil tormentos
que la fuercen a hacer diferentes visos, sino la casera y común, en que ni hubo cuidado de
guardarla ni le ha de haber en ponerla.
Agrádame el manjar que no costó desvelo a mis criados, ni causó admiración a los convidados; y
no me agrada el prevenido de muchos días, ni el que pasó por muchas manos, sino el ordinario y fácil de
hallar, sin que en mi mesa se ponga cosa alguna de las que el precio subido atrae, sino las que en
cualquier lugar se hallan, sin ser molestas a la hacienda y al cuerpo, y sin que sean tales y tantas que hayan de salir por la
parte por donde entraron. Agrádanme el criado poco culto y el tosco esclavo,
y la pesada plata de mi rústico padre, sin que en ella haya considerable hechura
y sin que esté grabado el nombre del artífice. Agrádame la mesa no celebrada por
la variedad de colores, ni la conocida en la ciudad por diferentes sucesiones de
curiosos dueños, sino aquélla que baste para el uso, sin que el deleite ocupe ni
la envidia encienda los ojos de los convidados. Pero después de estar agradado
de estas cosas, me aprieta el ánimo el ver en otros gran cantidad de pajes y
esclavos relumbrantes con el oro de las libreas, más bizarras que las de los
míos. También me acongoja el entrar en una casa llena de riquezas y adornada con
artesones dorados; y apriétame el lisonjero pueblo que de continuo corteja a los
que disipan sus haciendas. ¿Qué diré de las fuentes que, trasparentes hasta lo
hondo, se ven en los cenáculos? ¿Qué de los manjares exquisitos dignos del
teatro? Lo que puedo decir es que viniendo yo de las remotas provincias de la
frugalidad, me cercó con grande esplendor la demasía, haciéndome por todas
partes una dulce armonía, con que titubeó algún tanto el escuadrón; pero contra
él levanté con más facilidad el ánimo que los ojos, y con esto me retiré, no
peor, pero más triste, no hallándome tan gustoso entre mis deslucidas alhajas,
donde me acometió un tácito remordimiento, dudando si eran mejores las más
costosas; y aunque ninguna de ellas me rindió, ninguna dejó de combatirme.
Agrádame seguir la fuerza de los preceptos, entrándome en medio de la republica;
y aunque me da gusto de ponerme las insignias y honores de juez, no es por andar
vestido de púrpura ni cercado de doradas varas, sino por estar más dispuesto
para el socorro de mis amigos y allegados y al de todos los mortales. Puesto más
cerca, sigo a Zenón, Cleantes y Crisipo, ninguno de los cuales se arrimó a la
república, aunque ninguno de ellos dejó de encaminar a otros a ella. Cuando permito
que mi ánimo no acostumbrado se acerque a los asuntos del pueblo, si acaso ocurre alguna cosa
indigna o poco corriente (como es ordinario en la vida humana), o cuando las
cosas a que se debe poca estimación me piden mucho tiempo, luego me vuelvo al
ocio. Y como es más veloz la carrera a los cansados ganados cuando tornan a su
casa, así a mi ánimo le agrada más el encerrar la vida entre las propias
paredes. Nadie, pues, me usurpe un solo día, ya que no puede darme recompensa
equivalente a tal pérdida. El ánimo estribe en sí mismo, estímese y no se
embarace en ajenas cosas, ni haga aquéllas en que pueda intervenir el juez. Ame
la tranquilidad que no se embaraza en cuidados públicos ni particulares; mas
cuando la importante lección levantó el espíritu, y cuando los nobles ejemplos
pusieron espuelas, se desea acudir a los tribunales para ayudar a unos con
la abogacía y a otros con el favor; aunque parezca que éste no haya de ser de
provecho para
enfrenar la soberbia de quien sin razón se engríe por verse próspero. Yo tengo por más acertado en
los estudios poner los ojos en la sustancia de las cosas, y
que el lenguaje se acomode a ellas, proporcionándoles las palabras, de modo que
a la parte donde ellas nos guiaren
siga la oración sin demasiado cuidado. ¿Qué necesidad hay
de adornar lo que no ha de durar muchos siglos? ¿Pretendes que los venideros no te pasen en silencio?
Advierte, pues, que naciste para la muerte, y que el entierro con silencio tiene menos
de molesto. Escribe alguna materia
en estilo sencillo, y sea para ocupar el tiempo en beneficio
tuyo y no para ostentación: menor trabajo basta a los que escriben para el tiempo presente. Cuando el espíritu se levanta de nuevo
con la grandeza de algún pensamiento, luego se hace altivo en las palabras; porque al modo que aspira
a cosas altas, procura hablar con altivez; y entonces, olvidado de la ley y del ajustado juicio, me dejo subir en alto,
hablando con labios ajenos. Y para no discurrir con singularidad
en cada cosa, digo que en todas me sigue esta enfermedad del entendimiento sano, y temo caer poco
a poco en ella, y lo que más
cuidado me da es el estar siempre colgado, a imitación del que va a caer, siendo esta indisposición mayor que la solicitud que de
curarla tengo. Porque a las cosas domésticas las miramos amigablemente, siendo este favor perjudicial al juicio. Entiendo que
muchos llegarían a la sabiduría de no persuadirse que ya la habían conseguido, y si en sí mismos no hubieran disimulado muchas cosas
mirando las de otros con ojos despabilados y atentos. No pienses que con la adulación se destruyen solamente los negocios ajenos y
no los propios. ¿Quién hay que tenga valor para decirse verdad a sí mismo? ¿Quién es el que, metido entre la multitud de
aduladores, no se lisonjeó? Suplícote que si sabes algún remedio con que detener esta tormenta que padezco, me juzgues digno de que
te deba la tranquilidad. Bien sé que los movimientos de mi ánimo no me son peligrosos, ni me acarrean cosa de inquietud; pero para
declararte con un verdadero símil aquello de que me lamento, te digo que lo que me fatiga no es tempestad, sino fastidio. Líbrame,
pues, de esta indisposición, y socorre al que padece a vista de tierra.
CAPÍTULO II
Cuando estoy en silencio conmigo solo, me pregunto a qué cosa me parece semejante este afecto de ánimo,
y con ningún ejemplo quedo
más propiamente advertido que con el de aquéllos que, habiendo salido de alguna grave y larga enfermedad, se ven todavía molestados
de ligeros accidentes, y aun después de haber de todo punto desechado las reliquias de la indisposición,
les inquietan sospechas, y estando ya
sanos, dan el pulso a los médicos, desacreditando cualquier calor que sienten. Los cuerpos de éstos no están enfermos, sino poco
acostumbrados a la salud, sucediéndoles lo que al mar y a las lagunas, que aun
después de cesar las tormentas y estar tranquilas
y sosegadas, les quedan algunas mareas. Por lo cual es necesario uses, no de aquellos duros preceptos que hemos ya pasado, ni que
te resistas en algunas ocasiones, ni que en otras te hagas eficaz instancia; basta lo último, que es el darte crédito
a ti mismo,
persuadiéndote a que vas camino derecho, sin dejarte llevar por las trasversales huellas de muchos que
a cada paso van haciendo
nuevos discursos, y estando en el camino le yerran. Lo que deseas es una cosa grande, alta y muy cercana
a Dios, que es no mudarte.
Los Griegos llaman a esta firmeza de ánimo estabilidad, de la cual Demetrio escribió un famoso libro; y yo la llamo
tranquilidad,
porque ni tengo obligación de imitarlos, ni de traducir las palabras a su estilo. La cosa de que se trata se ha de significar con
algún término, que tenga la fuerza de la palabra griega, aunque no tenga la misma cara. Lo que ahora preguntamos es de qué modo estará
siempre el ánimo con igualdad, y cómo caminará con próspero curso, siéndose propicio y mirando
sus cosas con tal alegría que no se
interrumpa, perseverando en un estado plácido, sin desvanecerse ni abatirse. Esto es
tranquilidad: busquemos, pues, el camino por
donde podemos llegar de todo punto a ella. Toma tú la parte que quisieres del remedio público, y ante todas cosas has de poner
delante todo el vicio, para que cada uno conozca lo que de él le toca; y con esto verás cuánto menos embarazo tienes con el fastidio
de ti mismo, que el que tienen aquéllos que, atados a ocupaciones honrosas y trabajando bajo el yugo de magníficos títulos, los
detiene en su simulación más la vergüenza que
la voluntad. En un mismo paraje están los molestados de liviandad, como los fatigados del fastidio
y los que viven
en continua mudanza de intentos, agradándoles más los
que dejaron, como los que hechos holgazanes están voceando todo el día. Añade a éstos los que, imitando
a los que tienen dificultoso sueño, andan mudándose de un lado a otro, hasta que el cansancio les acarrea la quietud, formando
de tal modo el estado de su vida, que paran últimamente, no en
el que les puso el aborrecimiento de mudanzas, sino en el que les acarreó la vejez, inhábil para
nuevas empresas. Añade también los
que no desisten de ser livianos por dejar de ser inconstantes, sino que por ser perezosos viven no como desean sino como comenzaron.
Innumerables son las calidades de las culpas; y uno solo
es el efecto del vicio, que es el de descontentarse de sí mismo. Y esto nace de la destemplanza de ánimo,
y de los cobardes o poco prósperos deseos, que no se atreven a tanto como apetecen,
o no lo consiguen; y adelantándose en esperanzas, están siempre
instables: accidente forzoso
a los que viven pendientes del querer ajeno. Pásaseles toda la vida en industriarse
a cosas poco honestas y muy dificultosas; y
cuando su trabajo queda sin premio, les atormenta la infructuosa indignidad, sin que el arrepentimiento sea de haber pretendido
lo malo, sino de que sus deseos quedaron frustrados; y entonces se hallan poseídos del dolor que les causa el arrepentimiento de
lo comenzado y el que tienen de lo que han de comenzar, entrando en ellos una inquietud de ánimo, que en
ninguna cosa halla
salida, porque ni pueden sujetar a sus deseos, ni saben obedecerlos: de que nace una irresolución de indeterminada vida,
y un
detenimiento de ánimo entorpecido entre determinaciones; y estas cosas les son más molestas cuando, por odio de la trabajosa
infelicidad, se retiraron al ocio y a los estudios quietos, que no los resiste el ánimo levantado
a negocios civiles ni el deseoso
de trabajar, por ser de natural inquieto; y así, cuando se ve careciendo del consuelo y deleites que le daban las ocupaciones,
no puede sufrir su casa, su soledad y el estar metido entre paredes, doliéndose de verse dejado para sí solo: de que le nace el
fastidio y desagrado, y un desasosiego de ánimo poco firme. Cáusales la vergüenza
interiores tormentos, y los deseos que se ven
encarcelados en sitio estrecho y sin salida, se ahogan: de que resulta el entristecerse y marchitarse, por estar contrastados de
infinitas olas de la incierta determinación que los aflige, en que les tienen suspensos las cosas comenzadas, y tristes las
lloradas. De aquí principalmente tiene origen el afecto de aquéllos que, detestando su ocio, se quejan de que les faltan decentes
ocupaciones; y de ello nace asimismo la envidia de los ajenos acrecentamientos que se alimenta en la propia pereza; y así
los que
no pudieron adelantarse desean la ruina de los otros. Y finalmente esta aversión
a las medras ajenas y la desesperación de las
propias engendran un ánimo airado contra la fortuna, y querelloso de los tiempos; y el que se ve retirado en los rincones y
reclinado en su misma pena, mientras tiene cansancio de sí mismo, tiene también arrepentimiento. Porque el ánimo es naturalmente
activo e inclinado a movimientos, siéndole materia agradable la que se le ofrece de levantarse y abstraerse; y esto es mucho más
en unos talentos pésimos, que voluntariamente se dejan consumir en las
ocupaciones. Diría yo que a éstos de quien se han apoderado los deseos como llagas, teniendo por deleite
el trabajo y fatiga, sucede lo que a
algunas heridas que apetecen las manos de quien han de recibir daño, y lo que a la sarna del cuerpo, que se deleita con lo que la
hace más penosa. Porque muchas cosas con un cierto dolor dan gusto a nuestros cuerpos, como es el mudarlos de una parte
a otra, para refrescar el lado aun no cansado, en la forma que Homero nos pintó
a Aquiles, ya puesto boca abajo, ya vuelto
al cielo, mudándose en varias posturas, por ser muy propio de enfermos no durar mucho en un estado, tomando por remedio las
mudanzas. De aquí nace el hacerse vagas peregrinaciones y el navegar remotos mares, haciendo, ya
en el agua y ya en la tierra, experiencia de la enemiga liviandad. Unas veces decimos que queremos
ir a la provincia de Campania;
y cuando nos cansa lo deleitable, pasamos a los bosques Brucios y Lucanos; y tras esto queremos que en la montaña se procure algún
sitio de recreación en que los lascivos ojos se eximan de la prolija inmundicia de lugares hórridos;
y para esto vamos a Taranto,
y a su celebrado puerto y a otros sitios de cielo más templado, para pasar el invierno en las casas que fueron otro tiempo capaces
y opulentas a su antigua población. Luego decimos: «Volvamos a la ciudad, porque ha muchos días que nuestras orejas carecen del estruendo
y aplauso, y tenemos gusto de ver en los espectáculos derramar sangre humana, pasando de unas fiestas en otras».
Y de
este modo, como dijo Lucrecio, anda cada uno huyendo de sí: pero ¿de qué le aprovecha, si nunca acaba de ejecutar la huida? Va
siguiéndose a sí mismo, con que le molesta un pesado compañero. Conviene, pues, que nos desengañemos, confesando que la culpa no
está en los lugares, sino en nosotros, que somos flacos para sufrir mucho tiempo el trabajo
o el deleite, nuestras cosas o las ajenas.
A muchos acarreó la muerte la mudanza de intentos, recayendo en las mismas cosas sin dar lugar
a la novedad, de que resultó
causarles fastidio la vida y el mismo mundo, diciendo con rabiosa queja: «¿Hasta cuándo han de ser
unos mismos los deleites?»
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NOTAS
(1) Rodríguez de Castro (Biblioteca Española, tomo II) dice: «El (libro)
De tranquillitate animi, que en la mayor parte de las
ediciones de Séneca tiene el titulo De tranquillitate vitæ, consta de dos partes: la segunda tiene el
De constantia sapientis, y el
de In sapientem non cadere injuriam. Su objeto es el mismo que el de Demócrito en la obra intitulada
Ευθυμία, que Cicerón tradujo
«tranquilidad de ánimo». Está dedicado a Anneo Sereno, capitán de guardias del emperador Nerón, y en sentir de Justo Lipsio está
escrito con nervio, sutileza y singular elocuencia.»
Según Juan Alberto Fabricio, sobre el libro De constantia sapientis formó Justo Reiffenberg unas
disertaciones morales tomadas por
la mayor parte de los comentarios de Justo Lipsio, como advierte
Jacobo Thomasio.
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