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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos DE
LA DIVINA PROVIDENCIA (capítulos 1-2)
LIBRO PRIMERO
SÉNECA - DE LA DIVINA PROVIDENCIA (1) - A LUCILO
(1) (2)
(3)
CAPITULO I
CÓMO HABIENDO ESTA PROVIDENCIA, SUCEDEN MALES A LOS HOMBRES BUENOS

Pregúntasme, Lucilo, cómo se comprende que gobernándose el mundo con divina Providencia, sucedan muchos males
a los hombres buenos. Daréte razón de esto con más comodidad en el contexto del libro, cuando probare que
a todas las cosas preside
la Providencia divina, y que nos asiste Dios. Pero porque has mostrado gusto de que se separe del todo esta parte, y que quedando
entero el negocio se decida este artículo, lo haré, por no ser cosa difícil al que hace la causa de los Dioses.
Será cosa superflua
querer hacer ahora demostración de que esta grande obra del mundo no puede estar sin alguna guarda, y que el
curso y discurso
cierto de las estrellas no es de movimiento casual; porque lo que mueve el caso
a cada paso se turba, y con facilidad choca; y al
contrario, esta nunca ofendida velocidad camina obligada por imperio de eterna ley, y trae tanta variedad de cosas en la mar
y en la tierra, y tantas clarísimas lumbreras, que con determinada disposición alumbran,
que no pueden moverse por orden de materia errante,
porque las cosas que casualmente se unen no están dispuestas con tan grande arte como lo está el gravísimo peso de la tierra, que
siendo inmóvil mira la fuga del cielo, que en su redondez se apresura, o
los mares, que metidos en hondos valles ablandan las tierras, sin que la
entrada de los ríos les cause aumento. Y ve que de pequeñas semillas
nacen grandes plantas, y que ni aun aquellas cosas que parecen confusas e inciertas, como son las lluvias, las nubes, los golpes de encontrados rayos, los incendios de las rompidas
cumbres de los montes, los temblores de la movida tierra y demás
tumultuosos accidentes que giran en contorno de ella,
aunque son repentinas, no se mueven sin razón, pues aun aquéllas tienen sus causas no menos que las que
en remotas tierras se miran
como milagros; cuales son las aguas calientes en medio de los ríos, o los nuevos espacios de islas que en alto mar se descubren (2); y
el que hiciere observación verá que retirándose en él las aguas, dejan desnudas las riberas, y que dentro de poco tiempo vuelven
a estar cubiertas, y conocerá que con una cierta volubilidad se retiran y encogen dentro de sí, y que las olas vuelven otra vez
a
salir, buscando con veloz curso su asiento, creciendo a veces con las porciones
y bajando y subiendo
en un mismo día y en una misma hora, mostrándose ya mayores y ya menores conforme las atrae la Luna,
a cuyo albedrío crece el Océano.
Todo esto quede reservado para su oportuno tiempo; porque aunque tú te quejas de la divina Providencia, no dudas de ella.
Yo quiero ponerte en
amistad con los Dioses, que son buenos con los buenos; porque la naturaleza no consiente que
los bienes dañen a los buenos. Entre
Dios y los varones justos hay una cierta amistad, unida mediante la virtud: y cuando dije amistad, debiera decir una estrecha
familiaridad, y aun una cierta semejanza; porque el hombre bueno se diferencia de Dios en el tiempo, siendo discípulo
e imitador
suyo; porque aquel magnífico padre, que no es blando exigiendo virtudes, cría con más aspereza
a los buenos, como lo hacen los
severos padres. Por lo cual cuando vieres que los varones justos y amados de Dios padecen trabajos y fatigas, y que caminan cuesta
arriba, y que al contrario los malos están lozanos y abundantes de deleites, persuádete
de que al modo que nos agrada la modestia
de los hijos, y nos deleita la licencia de los esclavos nacidos en casa, y a los primeros enfrenamos con melancólico recogimiento, y
en los otros alentamos la desenvoltura; así hace lo mismo Dios, no teniendo en deleites al varón bueno, de quien hace experiencias
para que se haga duro, porque le prepara para sí.
CAPÍTULO II
¿Por qué, sucediendo muchas cosas adversas a los varones
buenos, decimos que al que lo es no le puede suceder cosa mala? Las cosas
contrarias no se mezclan; del mismo modo que tantos ríos y tantas lluvias, y la fuerza de tantas saludables
fuentes no mudan ni aun templan el desabrimiento del mar, así tampoco trastorna el ánimo del varón fuerte la avenida de las
adversidades. Siempre se queda en su ser, y
todo lo que le sucede lo convierte en su mismo color, porque es más poderoso que todas las cosas externas. Yo no digo que no las
siente; pero digo que las vence, y que estando plácido y quieto se levanta contra las cosas que le acometen, juzgando que todas las
adversas son examen y experiencias de su valor. Pues, ¿qué varón levantado a las cosas honestas
no apetece el justo trabajo, estando
pronto a los oficios, aun con riesgo de peligros? ¿Y a qué persona cuidadosa no es penosa la
holganza? Vemos que los luchadores, deseosos
de aumentar sus fuerzas, se ponen a ellas con los más fuertes, pidiendo a aquéllos con quien se prueban para la verdadera pelea que usen
contra ellos de todo su esfuerzo: consienten ser heridos y vejados; y cuando no hallan otros que solos se les puedan oponer, ellos
se oponen a muchos. Marchítase la virtud si no tiene adversario, y conócese cuán grande es y las fuerzas que tiene cuando el
sufrimiento muestra su valor. Sábete, pues, que los varones buenos han de hacer lo mismo, sin temer lo áspero y difícil y sin dar
quejas de la fortuna. Atribuyan a bien todo lo que les sucediere, conviértanlo en bien, pues no está la monta en lo que se sufre,
sino en el denuedo con que se sufre. ¿No consideras cuán diferentemente perdonan los padres que las madres? Ellos quieren que sus
hijos se ejerciten en los estudios sin consentirles ociosidad, ni aun en los días feriados, sacándoles tal vez el sudor, y tal las
lágrimas; pero las madres procuran meterlos en su seno y detenerlos a la sombra, sin que jamás lloren, sin que se entristezcan y sin
que trabajen. Dios tiene para con los buenos ánimo paternal, y cuando más apretadamente los ama, los fatiga, ya con obras, ya con
dolores y ya con pérdidas, para que con esto cobren verdadero esfuerzo. Los que están cebados en la pereza desmayan no sólo con el
trabajo, sino también
con el peso, desfalleciendo con su misma carga. La felicidad que nunca fue
ofendida no sabe sufrir golpes algunos; pero donde
se ha tenido continua pelea con las descomodidades, críanse callos con las
injurias sin rendirse a los infortunios; pues aunque el fuerte caiga,
pelea de rodillas. ¿Te admira por ventura que aquel Dios, grande amador de los buenos, queriéndolos excelentísimos
y escogidos, les asigna la fortuna para que se ejerciten con ella?
Yo me admiro cuando los veo tomar vigor, porque los Dioses tienen por deleitoso espectáculo el ver los grandes varones luchando
con las calamidades. Nosotros solemos tener por entretenimiento el ver algún mancebo de ánimo constante, que espera con el venablo
a
la fiera que le embiste, y sin temor aguarda al león que le acomete; y tanto es más gustoso este espectáculo, cuanto es más noble el
que le hace (3). Estas fiestas no son de las que atraen los ojos de los Dioses, por ser cosas pueriles y entretenimientos de la
humana liviandad. Mira otro espectáculo digno de que Dios ponga con atención en
él los ojos: mira una cosa digna de que Dios la vea: esto es el varón
fuerte que está asido a brazos con la mala fortuna, y más cuando él mismo la desafió. Dígote de verdad
que yo no
veo cosa que Júpiter tenga más hermosa en la tierra para divertir el ánimo, como
mirar a Catón, que después de rompidos diversas
veces los de su parcialidad, está firme, y que levantado entre las públicas
ruinas de la república decía: «Aunque todo el Imperio haya venido a las manos de uno, y aunque las ciudades se guarden con ejércitos
y los mares con flotas, y aunque los soldados Cesarianos tengan
cerradas las puertas, tiene Catón por donde salir: una mano hará ancho camino a
nuestra libertad. Este puñal,
que en las guerras civiles se ha conservado puro y sin hacer ofensa (4), sacará al fin
a luz buenas y nobles obras, dando a Catón la
libertad que él no pudo dar a su patria. Emprende, oh ánimo, la obra mucho tiempo meditada;
líbrate de los sucesos humanos. Ya Petreyo y Juba se encontraron y cayeron heridos cada uno por la mano del otro: egregia
y fuerte convención del hado, pero no
decente a mi grandeza, siendo tan feo a Catón pedir a otros la muerte como
pedirles la vida.» Tengo por cierto que los Dioses
miraban con gran gozo cuando aquel gran varón, acérrimo vengador de sí, estaba cuidando de
la ajena salud y disponiendo la huída de los otros; y cuando estaba
tratando sus estudios hasta la última noche, y cuando arrimó la espada a aquel santo pecho, y cuando
esparciendo sus entrañas, sacó con su propia mano aquella purísima alma, indigna de ser manchada con hierro. Creo que no sin
causa fue la herida poco cierta y eficaz; porque no fuera suficiente espectáculo para los Dioses ver sola una vez en este trance
a
Catón. Retúvose, y tornó en sí la virtud para ostentarse en lo más difícil; porque no es
necesario tan valeroso ánimo para intentar la muerte como para volver a emprenderla. ¿Por qué
no habían los Dioses de mirar
con gusto a su ahijado, que con ilustre y memorable fin escapaba? La muerte eterniza
a aquéllos cuyo fin alaban aún los que la temen.
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NOTAS
(1) Rodríguez de Castro, en el tomo II de su Biblioteca Española, dice: «El libro
De Providentia le compuso Séneca después de la muerte
de Cayo, para responder a la pregunta de su amigo Lucio, que deseaba saber por qué tenían que sufrir adversidades los que eran buenos.»
(2) Véase la Historia natural de Plinio, libro
II, capítulos LXXXVI, LXXXVII, LXXXVIII y LXXXIX.
(3) También hombres libres y caballeros romanos y
jóvenes de familias ilustres solían tal vez combatir en la arena, o por
falta de medios para subsistir, o por adulación a los Emperadores.
(Véase Justo Lipsio en sus
Saturnales, libro II, capítulo III.)
(4) Habló como gentil, que no es lícito matarse.
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