|
Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos DE
LA CONSTANCIA DEL SABIO (capítulos 1-6)
LIBRO CUARTO
SÉNECA - DE LA CONSTANCIA DEL SABIO Y QUE EN ÉL N0 PUEDE CAER INJURIA
A Sereno (1) (2)
(3)
CAPÍTULO PRIMERO
No sin razón me atreveré a decir, oh amigo Sereno, que entre los filósofos estoicos y los demás profesores de la
sabiduría hay la
diferencia que entre los hombres y las mujeres; porque aunque los unos y los otros tratan de lo concerniente
a la comunicación y
compañía de la vida, los unos nacieron para imperar, y los otros para obedecer. Los demás sabios son como los médicos domésticos y
caseros, que aplican a los cuerpos medicamentos suaves y blandos, no curando como conviene, sino como les es permitido. Los
estoicos, habiendo entrado en varonil camino, no cuidan de que parezca ameno a los que han de caminar por él, tratan sólo
de librarlos con toda presteza de los vicios, colocándolos en aquel alto monte que de tal manera está encumbrado y seguro,
que no sólo no alcanzan a él las flechas de la fortuna, sino que aun les está superior. Los caminos
a que somos llamados son arduos y fragosos, que en los llanos no hay cosa eminente; pero tras todo eso, no son tan despeñaderos como
muchos piensan. Solas las
entradas son pedregosas y ásperas, y que parece están sin senda, al modo que sucede
a los que de lejos miran las montañas, que se
les representan ya quebradas y ya unidas, porque la distancia larga engaña fácilmente la vista; pero en llegando más cerca, todo
aquello que el engaño de los ojos había juzgado por unido, se va poco a poco mostrando dividido; y lo que desde lejos parecía
despeñadero, se descubre en llegando ser un apacible collado. Poco tiempo ha que hablando de Marco Catón te indignaste (porque eres
mal sufrido de maldades) de que el siglo en que vivió no le hubiese llegado a conocer, y que habiéndose levantado sobre los
Césares y Pompeyos, le hubiesen puesto inferior a los Vatinios. Parecíate cosa indigna que porque resistió una injusta ley le
hubiesen despojado de la garnacha en el tribunal, y que arrastrado por las manos de la parcialidad sediciosa, hubiese sido
llevado desde el lugar donde oraba hasta el arco Fabiano, sufriendo malas razones, y ser escupido, con otras mil contumelias de
aquella loca y desenfrenada muchedumbre. Respondíte entonces que más justo era dolerte de la República, que de una parte la
rendía Publio Clodio y de otra Vatinio y otros muchos ciudadanos, que corrompidos con la ciega codicia, no conocían que mientras
ellos vendían la República, se vendían a sí mismos.
CAPÍTULO II
Por lo que toca a Catón, te dije que no había para
qué te congojases, porque ningún sabio puede recibir injuria ni
afrenta; y que los Dioses nos dieron a Catón por más cierto dechado de
un varón sabio que en los siglos pasados a Ulises o Hércules: porque a
éstos llamaron sabios nuestros estoicos por haber sido invictos de los trabajos, despreciadores
de los deleites, y vencedores de todos peligros. Catón no llegó a manos con las fieras, que el seguirlas es de agrestes
cazadores, ni persiguió a los monstruos con fuego o hierro, ni vivió en los tiempos en que se pudo
creer que se sostuvo
el cielo sobre los hombros de un hombre: mas estando ya el mundo en sazón, que desechada la antigua
credulidad había llegado a entera astucia, peleó con el soborno y con otros
infinitos males; peleó con la hambrienta y ambiciosa codicia de imperar
que tenían aquéllos a quienes no parecía suficiente el orbe dividido entre los tres; y sólo Catón estuvo firme contra los
vicios
de la República, que iba degenerando y cayéndose con su misma grandeza, y en cuanto fue en su mano, la sostuvo, hasta que
arrebatado y apartado se le entregó por compañero en la ruina, que mucho tiempo había detenido, muriendo juntos él y la República,
por no ser justo se dividiesen; pues ni Catón vivió en muriendo la libertad, ni hubo libertad en muriendo Catón. ¿Piensas tú que
a tal varón pudo injuriar el pueblo porque le quitó el gobierno y la garnacha, y porque cubrió de saliva aquella sagrada cabeza?
El sabio siempre está seguro, sin que la injuria o la afrenta le puedan hacer ofensa.
CAPÍTULO III
Paréceme que veo tu ánimo, y que, encendido en cólera, te aprestas
a dar voces, diciendo: «Estas cosas son las que desacreditan y quitan la
autoridad a vuestra doctrina: prometéis cosas grandes, y tales, que no sólo no se pueden desear, pero ni aun
creer. Decís por una parte con razones magníficas que el sabio no puede ser pobre, y tras eso confesáis que suele faltarle
esclavo, casa y vestido. Decís que no puede estar loco, y no negáis que puede estar enajenado, y
hablar algunas razones poco compuestas, y todo aquello a que la fuerza de la enfermedad le diere audacia. Decís que el sabio no
puede ser esclavo, y no negáis que puede ser vendido, y que ha de obedecer a su amo haciendo todos los ministerios serviles; con
lo cual, levantando en alto el sobrecejo, venís a caer en lo mismo que los demás, y sólo mudáis los nombres
a las cosas. Lo mismo
sospecho que sucede en lo que decís, que el sabio no puede recibir injuria ni afrenta; proposición hermosa y magnífica
a las
primeras apariencias. Mucha diferencia hay en que el sabio no tenga indignación,
a que no reciba injuria. Si me decís que la
sufrirá con gallardía de ánimo, eso no es cosa particular, antes viene a ser muy vulgar, por ser paciencia que se
aprende con
la continuación de recibir injurias. Pero si me decís que no puede recibir injuria, y en esto pretendéis decir que nadie puede
intentar hacérsela, dígoos que dejando todos mis negocios me hago luego estoico.» Yo no determiné adornar al sabio con honores
imaginarios de palabras, sino ponerle en tal lugar donde ninguna injuria se permite. ¿Será esto por ventura porque no hay
quien provoque y tiente al sabio? En la naturaleza no hay cosa tan sagrada a quien no acometa algún sacrilegio; pero no por eso
dejan de estar en gran altura las divinas, aunque hay quien sin haber de hacer mella en ellas, acomete
a ofender la grandeza superior a sus fuerzas. Yo no llamo invulnerable a lo que se puede herir, sino
a lo que no se puede ofender. Daréte con un ejemplo
a conocer al sabio. ¿Puédese dudar de que las fuerzas no vencidas son más ciertas que las no experimentadas, pues éstas son
dudosas, y las acostumbradas a vencer constituyen una indubitable firmeza? En esta misma forma juzga tú por de mejor calidad
al sabio a quien no ofende la injuria que al que nunca se le hizo. Yo llamaré varón fuerte
aquél a quien no rinden las guerras, ni le atemorizan las levantadas armas de su enemigo; y no daré este apellido al que entre
perezosos pueblos goza descansado ocio. El sabio es a quien ningunas injurias ofenden; y así no importa que le tiren muchas flechas,
porque tiene impenetrable el pecho, al modo que hay muchas piedras cuya dureza no se vence con el hierro; y el diamante ni puede
cortarse, herirse ni mellarse, antes rechaza todo lo que voluntariamente se le opone; y al modo que hay algunas cosas que no se
consumen con el fuego; antes conservan su vigor y naturaleza en medio de las llamas; y al modo que los altos escollos quebrantan la
furia del mar, sin que en ellos se vean indicios de la crueldad con que son azotados de las olas; de esta misma suerte, el ánimo
del varón sabio, estando firme y sólido, y prevenido de sus fuerzas, estará seguro de las injurias como las cosas que hemos
referido.
CAPÍTULO IV
¿Faltará por ventura alguno que intente hacer injuria al sabio?
-Intentarálo, pero no llegará a conseguirlo: porque le hallará con
tal distancia apartado del contacto de las cosas inferiores, que ninguna fuerza dañosa podrá alcanzar hasta donde él está. Cuando
los poderosos levantados por su imperio, y los que están validos por el consentimiento de los que se les humillan intentaren dañar
al sabio, quedarán sus acometimientos tan sin fuerza, como aquellas cosas que con arco
o ballesta se tiran en alto, que aunque tal
vez se pierden de vista, vuelven abajo sin tocar en el cielo. ¿Piensas que aquel ignorante rey, que con la muchedumbre de saetas
oscureció el día, llegó con alguna a ofender al sol, o que habiendo echado muchas
cadenas en el mar, pudo prender a Neptuno? De la manera que las cosas divinas están exentas de las manos de los hombres, sin que la
divinidad reciba lesión de aquéllos que ponen fuego a sus templos, ni de los que forman sus simulacros; así todo lo que se intenta
contra el sabio proterva, insolente y soberbiamente, se intenta en vano. Dirás que mejor fuera que ninguno intentara hacerle
ofensa: cosa dificultosa pretendes en desear inocencia en el linaje humano. Mayor interés fuera de los que quieren hacer injuria al
sabio en no hacérsela, que el que tiene el sabio en no recibirla; pero aunque se le haga, no la puede padecer; antes juzgo que
aquella sabiduría que entre las cosas que la impugnan se muestra tranquila es la que tiene más fuerzas, al modo que es indicio
de que el Emperador se halla poderoso en armas y soldados cuando se juzga seguro en las tierras del enemigo. Separemos, si te
parece, amigo Sereno, la injuria de la afrenta. La primera es por su naturaleza más grave, y esta segunda más ligera; y
solos
los delicados la juzgan por pesada; y no siendo con ella damnificados, sino solamente ofendidos, es tan grande el dejamiento y
vanidad de los ánimos, que son muchos los que piensan no les puede suceder cosa
más acerba. Hallarás algún esclavo que quiera más
ser azotado que abofeteado, y que juzgue por más tolerable la muerte que las palabras injuriosas; porque hemos llegado ya
a tan grande ignorancia, que no nos sentimos tanto del dolor cuanto de
su opinión; como los niños a quien ponen miedo la sombra, la
deformidad de las personas y las malas caras,
y les hacen llorar los nombres desapacibles a los oídos, y las amenazas de los dedos,
y otras cosas de que, como poco próvidos,
huyen.
CAPÍTULO V
El fin de la injuria es hacer algún mal; pero la sabiduría no le deja lugar en que
entre: porque para ella no hay otro mal sino es
la torpeza, la cual no tiene entrada donde una vez entraron la virtud y lo honesto: según lo cual, es cosa cierta que no puede
llegar la injuria al sabio; porque si el padecer algún mal es lo que se llama injuria, y el sabio no le padece, es evidencia que
no tiene que ver con él la injuria; porque toda injuria es una cierta disminución del sujeto en quien cae, no siendo posible
recibirla sin alguna pérdida, o en el cuerpo o en la dignidad, o en alguna de las cosas que están fuera de nosotros; pero el
sabio no pueda perder cosa alguna, porque las tiene todas depositadas en sí mismo, sin haber entregado alguna
a la fortuna, teniendo todos sus bienes en parte firme, y contentándose con la
virtud, que no necesita de las cosas fortuitas; y así, ni
puede crecer ni menguar, porque lo que ha llegado a la cumbre no tiene adonde pasar,
y la fortuna no quita sino lo que ella dio;
y como no dio la virtud, no puede quitarla: ésta es libre, inviolable, firme, incontrastable, y de tal manera fortalecida contra
los sucesos, que no sólo no puede ser vencida, pero ni aun inclinada. Tiene muy abiertos los ojos contra los aparatos de las
cosas terribles, y no hace mudanza en el rostro, ora se le pongan delante sucesos prósperos, ora adversos.
Y finalmente, el sabio jamás pierde aquello que le puede causar sentimiento: porque sólo posee la virtud,
de la cual no puede ser
desposeído, y de las demás cosas tiene una posesión precaria. ¿Quién, pues, se lamenta con la pérdida de lo que es ajeno? Por lo
cual, si la injuria no puede damnificar a las cosas que el sabio tiene por propias porque
están fortificadas con la virtud, no podrá hacerse injuria al sabio. Tomó Demetrio Policertes la ciudad de Megara; y habiendo
preguntado a Estilpón Filósofo qué pérdida había hecho, le respondió que ninguna, porque tenía consigo todos sus bienes, no
obstante que el enemigo le había despojado de su patrimonio, robádole sus hijas, y violado su patria. Disminuyóle con esta
respuesta la victoria: porque habiendo perdido la ciudad, no sólo no se tuvo por vencido, mas antes dio
a entender no estar damnificado, mientras quedaban en su poder los verdaderos bienes de que no se puede hacer presa; y los que
le habían sido robados
y disipados, los tenía por adventicios y por sujetos a los antojos de la fortuna, y por esa razón no los amaba como propios: pues
de todo lo que está de la parte de afuera, es incierta y deslizadera la posesión. Juzga, pues, ahora
si a este sabio, a quien
la guerra y el enemigo práctico en batir murallas no pudieron quitar cosa alguna, si se la podrá quitar el ladrón, el calumniador,
el vecino poderoso o el rico, que por no tener hijos se hace respetar como rey. Entre las espadas por todas partes relumbrantes,
y entre el tumulto militar para la presa, entre las llamas y la sangre, entre las ruinas de una ciudad saqueada, y entre el
fuego de los templos que caían sobre sus Dioses, sólo hubo paz en este hombre. Según esto, no hay para que
juzgues por atrevida
mi proposición, pues si tuvieres de mi poco crédito, te daré fiador. Y si te parece que en un hombre no puede haber tanta parte
de firmeza ni tal grandeza de ánimo, ¿qué dirás si te pongo delante quien diga lo siguiente?
CAPÍTULO VI
No hay por qué dudes de que hay hombre nacido que pueda levantarse sobre las cosas humanas, mirando con
tranquilidad los dolores,
las pérdidas, las llagas, las heridas, y, finalmente, los grandes movimientos que cercándole braman, mientras él plácidamente
sufre las cosas adversas y con moderación las prósperas, sin rendirse con aquéllas ni desvanecerse con éstas, siendo uno mismo
entre tan diversos casos, y sin juzgar que hay algo que sea suyo, sino es a sí mismo,
y esto por la parte en que es mejor. Aquí
estoy para probarte esta verdad con este destruidor de tantas ciudades. Podrán desmoronarse con la batería las murallas, y caer
de repente con las secretas minas las altas torres; podrán subir los baluartes de modo que se igualen
a los más encumbrados alcázares, pero ningunas máquinas militares se hallarán para conmover un ánimo bien fortalecido.
«Libréme (dice) de las ruinas de mi
casa, y huí por medio de las llamas que de todas partes estaban relumbrando; y no
sé si el suceso que habrán tenido mis hijos será peor que el público. Yo, solo y viejo, viéndome cercado de enemigos,
digo que toda mi hacienda está en salvo, porque tengo
y poseo todo lo que de mí tuve; no tienes por qué juzgarme vencido, ni estimarte por vencedor; tu fortuna fue la que venció
a
la mía. Yo ignoro dónde están aquellas cosas caducas que mudaron dueño; pero lo que
a mi me toca, conmigo está y estará siempre. En este caso perdieron los
ricos sus riquezas, los lascivos sus amores y las amigas amadas con mucha costa la vergüenza. Los
ambiciosos perdieron los tribunales y lonjas y los demás lugares destinados para ejercer en público sus vicios. Los logreros
perdieron las escrituras en que la
avaricia, fingidamente alegre, tenía puesto el pensamiento; pero yo todo lo tengo libre y sin lesión. A
éstos que lloran y se
lamentan, y a los que por defender sus riquezas oponen sus desnudos pechos a las desnudas espadas, y
a los que, huyendo del
enemigo, llevan cargados los senos, puedes preguntar lo que perdieron.» Ten, pues, por cosa cierta, amigo Sereno, que aquel varón
perfecto, lleno de todas las virtudes humanas y divinas, no perdió cosa alguna, porque sus bienes estaban cercados de murallas
firmes e inexpugnables. No compares con ella los muros de Babilonia que allanó Alejandro; no los castillos de Cartago y Numancia,
ganados con un ejército; no el Capitolio y su Alcázar, que todos ellos tienen las señales de los enemigos; pero las que defienden
al sabio están seguras del fuego y de los asaltos, sin que haya portillo por donde entrar, porque son altas, excelsas
e iguales
a los Dioses.
|