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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos
DE LA BREVEDAD DE LA VIDA (capítulos 1-5)
LIBRO QUINTO
SÉNECA - DE LA BREVEDAD DE LA VIDA (1) -
A PAULINO
(1) (2)
(3)
(4)
CAPÍTULO PRIMERO
La mayor parte de los hombres, oh Paulino, se queja de la naturaleza, culpándola de que nos haya criado
para edad tan corta, y que el espacio que nos dio de vida corra tan veloz, que vienen
a ser muy pocos aquéllos a quienes no se
les acaba en medio de las prevenciones para pasarla. Y no es sola la turba del imprudente vulgo la que se lamenta de este
opinado mal; que también su afecto ha despertado quejas en los excelentes varones, habiendo dado motivo
a la ordinaria
exclamación de los médicos, que siendo corta la vida, es larga y difusa el arte
de vivir. De esto también se originó la querella
(indigna de varón sabio, aunque tratando de comprender) que Aristóteles dio, que siendo la edad de
algunos animales brutos tan larga, que en unos llega a cinco siglos y en otros
a diez, sea tan corta y limitada la del hombre, criado para cosas tan superiores.
El tiempo que tenemos no es corto; pero perdiendo mucho de él, hacemos que lo sea, y la vida es suficientemente larga
para
ejecutar en ella cosas grandes, si la empleáremos bien. Pero al que se le pasa en ocio y en deleites, y no la ocupa en loables
ejercicios, cuando le llega el último trance, conocemos que se le fue sin que él haya entendido que caminaba. Lo cierto es que la
vida que se nos dio no es breve, nosotros hacemos que lo sea; y que no somos pobres, sino pródigos del tiempo; sucediendo lo que
a
las grandes y reales riquezas, que si llegan a manos de dueños poco cuerdos se disipan en un instante; y al contrario las cortas
y limitadas, entrando en poder de próvidos administradores, crecen con el uso. Así nuestra edad tiene mucha latitud para los que
usaren bien de ella.
CAPÍTULO II
¿Para qué nos quejamos de la naturaleza, pues ella se hubo con nosotros benignamente? Larga es la vida, si
la sabemos aprovechar.
A uno detiene la insaciable avaricia, a otro la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos; uno se entrega al
vino, otro con la
ociosidad se entorpece; a otro fatiga la ambición pendiente siempre de ajenos pareceres;
a unos lleva por diversas tierras y mares
la despeñada codicia de mercancías con esperanzas de ganancia; a otros atormenta
la militar inclinación, sin jamás quedar advertidos con los ajenos peligros ni escarmentados con los propios. Hay otros
que en veneración no agradecida hacia sus superiores consumen su edad en
voluntaria servidumbre; a muchos detiene la emulación de ajena fortuna,
o el
aborrecimiento de la propia; a otros trae una inconstante y siempre descontenta liviandad, vacilando entre varios pareceres; y
algunos hay que no agradándose de ocupación alguna a que dirijan su carrera, los hallan los hados marchitos y vocezando de tal
manera, que no dudo ser verdad lo que en forma de oráculo dijo el mayor de los poetas:
pequeña parte de vida es la que vivimos:
porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo. Por todas partes los cercan apretantes vicios, sin dar lugar
a que se levanten
jamás y sin permitir que pongan los ojos en el rostro de la verdad; y teniéndolos sumergidos y asidos en sus deseos, los oprimen.
Nunca se les da lugar a que vuelvan sobre sí, y si acaso tal vez les llega alguna no esperada quietud, aun entonces andan
fluctuando, sucediéndoles lo que al mar, en quien después de pacificados los vientos quedan alteradas las olas, sin que jamás les
solicite el descanso a dejar sus deseos. ¿Piensas que hablo de solos aquéllos cuyos males son notorios? Pon los ojos en los demás,
a cuya felicidad se arriman muchos, y verás que aun éstos se ahogan con sus propios bienes. ¿A cuántos son molestas sus mismas
riquezas? ¿A cuántos ha costado su sangre el vano deseo de ostentar su elocuencia en todas ocasiones? ¿Cuántos, con sus continuos
deleites, se han puesto pálidos? ¿A cuántos no ha dejado un instante de libertad
el frecuente requerimiento de sus paniaguados? Pasa,
pues, desde los más ínfimos a los más empinados, y verás que éste es citado a
juicio, el otro asiste, aquél peligra, éste defiende y otro
sentencia, consumiéndose los unos en los otros. Pregunta la vida de éstos cuyos nombres se celebran, y verás que
se conocen por las
señales, que éste es reverenciador de aquél, aquél del otro, y ninguno de sí. Con
lo cual es ignorantísima la indignación de algunos
que se quejan del sobrecejo de los superiores, cuando no los hallan desocupados
al ir
a visitarlos. ¿Es posible que los que, aun sin
tener ocupación y sin estar jamás desocupados para sí mismos, tengan
atrevimiento para condenarlos por soberbia? El otro, séase el que se fuere, por lo menos tal vez,
aunque con rostro insolente, puso los ojos en ti, tal vez te oyó, y tal vez te admitió
a su lado, y tú jamás te has dignado de mirarte
ni oírte.
CAPÍTULO III
No hay para qué cargues a los otros estas obligaciones,
pues cuando fuiste a buscarlos no fue tanto para estar con ellos cuanto
porque no podías estar contigo. Aunque concurran en esto todos los ingenios que resplandecieron en todas las edades, no acabarán
de ponderar suficientemente esta niebla de los humanos entendimientos. Algunos no consienten que nadie les ocupe sus heredades; y por
pequeña que sea la diferencia que se ofrece en asentar los linderos, vienen a las piedras y
a las armas; y tras eso, no sólo consienten que otros se les entren en su vida, sino que ellos mismos introducen
a los que han de ser los poseedores de ella. Ninguno
hay que quiera repartir sus dineros, habiendo muchos que distribuyen su vida: muéstranse miserables en guardar su patrimonio, y
cuando se llega a la pérdida de tiempo, son pródigos de aquello en que fuera justificada la avaricia. Deseo llamar
a alguno de los
ancianos, y pues tú lo eres, habiendo llegado a lo último de la edad humana, teniendo cerca de cien años
o más, ven acá, llama a
cuentas a tu edad. Dime, ¿cuánta parte de ella te consumió el acreedor, cuánta el amiga, cuánta la República y cuánta tus allegados,
cuánta los disgustos con tu mujer, cuánta el castigo de los esclavos, cuánta el apresurado paseo por la ciudad
en cumplimiento de tus obligaciones sociales? Junta
a esto las
enfermedades tomadas con tus manos, añade el tiempo que se pasó en ociosidad, y hallarás que tienes muchos menos de los que
cuentas. Trae a la memoria si tuviste algún día firme determinación, y si le pasaste en aquello para que le habías destinado. Qué
uso tuviste de ti mismo, cuándo estuvo tu rostro en su ser, cuándo el ánimo sin temores; qué cosa hayas hecho para ti en tan larga
edad; cuántos hayan sido los que te han robado la vida, sin entender tú lo que perdías; cuánto tiempo te han quitado el vano dolor,
la ignorante alegría, la hambrienta codicia y la entretenida conversación: y
viendo lo poco que a ti te has dejado de ti, juzgarás
que mueres malogrado.
CAPITULO IV
¿Cuál, pues, es la causa de esto? El vivir como si hubiérades de vivir para siempre, sin que vuestra
fragilidad os despierte. No
observáis el tiempo que se os ha pasado, y así gastáis de él como de caudal colmado y abundante, siendo contingente que el día que
tenéis determinado para alguna acción sea el último de vuestra vida. Teméis como mortales todas las cosas, y como inmortales las
deseáis. Oirás decir a muchos que en llegando a cincuenta años se han de retirar
a la quietud, y que el de sesenta les jubilará de
todos los oficios y cargos.
Dime, cuando esto propones, ¿qué seguridad tienes de
tan larga vida? ¿Quién te consentirá ejecutar lo que
dispones? ¿No te avergüenzas de reservarte para las sobras de la vida, destinando
a la virtud solo aquel tiempo que para ninguna cosa es de
provecho? jOh, cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se quiere acabar! ¡Qué necio olvido de la mortalidad es diferir los
santos consejos hasta los cincuenta años, comenzando a vivir en edad a que son pocos los que llegan! A muchos de los poderosos que
ocupan grandes puestos oirás decir que codician la quietud, que la alaban y la prefieren
a todos los bienes; que desean (si con
seguridad lo pudiesen hacer) bajar de aquella altura; porque cuando falten males exteriores que les acometan y combatan, la misma
buena fortuna se cae de suyo.
CAPÍTULO V
El divo Augusto, a quien los Dioses concedieron más bienes que
a otro alguno, andaba siempre deseando la quietud, y pidiendo le descargasen del peso de la República. Todas sus pláticas
iban enderezadas a planear su descanso, y con este dulce aunque fingido
consuelo de que algún día había de vivir para sí, entretenía sus trabajos. En una carta que escribió al Senado, en que
se prometía un descanso digno sin renunciar a su antigua gloria, hallé estas palabras: «Aunque
estas cosas se hacen con mas gloria que se prometen, la alegría de llegar al deseado tiempo me ha puesto tan
adelante, que aunque aún está lejos, me recreo y recibo deleite con la dulzura de estas
pláticas.» De tan grande importancia juzgaba ser la quietud, que ya que no podía conseguirla, se deleitaba en
hablar de ella. Aquél
que veía pender todas las cosas de su voluntad, y el que hacía felices a todas las naciones;
ése cuidaba gustoso del día en que se
había de desnudar de aquella grandeza. Conocía por experiencia cuánto sudor le habían costado aquellos bienes, que en todas partes
resplandecen,
y cuánta parte de encubiertas congojas encierran, habiéndose hallado forzado a pelear primero con sus ciudadanos, después con sus
compañeros, y últimamente con sus deudos, derramando sangre en mar y tierra. Acosado por Macedonia, Sicilia, Egipto, Siria y
Asia, y casi por todas las demás
provincias del orbe, pasó a combatir al exterior con sus ejércitos, cansados de mortandad romana, mientras pacificaba
los Alpes y domaba los
enemigos mezclados en la paz y en el Imperio; y mientras ensanchaba los linderos pasándolos del Rin, Eufrates y Danubio, se estaban
afilando contra él en la misma ciudad de Roma las espadas de Murena, de Escipión, de Lépido y los Egnacios.
Apenas había deshecho
las asechanzas de éstos, cuando su propia hija y muchos mancebos nobles, unidos
por el adulterio como si fuera con juramento,
ponían temor a su quebrantada vejez: después de lo cual le quedaba una mujer
a quien temer otra vez con Antonio. Cortaba estas
llagas, cortando los miembros, y al punto nacían otras; y como en cuerpo cargado con mucha sangre,
siempre manaba alguna parte de él. Finalmente deseaba la quietud, y en la esperanza y pensamiento de ella descansaban sus trabajos.
Éste era el deseo
de quien podía hacer que todos consiguiesen los suyos. Marco Tulio Cicerón, perseguido de los Catilinas, Clodios, Pompeyos
y Crasos,
los unos enemigos manifiestos, y otros no seguros amigos; mientras arrimando el hombro
sostuvo
a la República que se iba a caer,
padeció con ella tormentas; apartado finalmente, y no quieto con los prósperos sucesos, y mal sufrido con los adversos, abominó
muchas veces de aquél su consulado tan sin fin, aunque no sin causa alabado.
¡Qué lamentables palabras pone en una carta que escribió a Ático después de vencido Pompeyo, estando su hijo rehaciendo
en España las quebrantadas armas! «¿Pregúntasme (dice) qué hago
aquí? Estoyme en mi Tusculano medio libre.» Y añadiendo después otras razones, en que lamenta la edad pasada, se queja de la
presente, y desconfía de la venidera. Llamóse Cicerón medio libre, y verdaderamente no le convenía tomar tan abatido apellido,
pues el varón sabio no es medio libre,
siempre goza de entera y sólida libertad: y siendo suelto, y gozando de su derecho, sobrepuja
a los demás, no pudiendo haber quien
tenga dominio en aquél que tiene imperio sobre la fortuna (2).
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NOTAS
(1) Dice Rodríguez de Castro, Biblioteca Española, tomo
II: «El libro De brevitate vitæ está dirigido a Pompeyo Paulino, cuñado,
según parece, de Séneca, quien le escribió después de la muerte de Cayo
César.»
(2) No hay fortuna, todo sucede según la ciencia divina.
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