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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos DE
LA CONSTANCIA DEL SABIO (capítulos 14-19)
LIBRO CUARTO
DE LA CONSTANCIA DEL SABIO Y QUE EN ÉL N0 PUEDE CAER INJURIA
A Sereno (1) (2)
(3)
CAPÍTULO XIV
Hay hombres tan mentecatos que juzgan pueden recibir afrenta de una mujer. ¿Qué importa que ella sea rica,
que tenga muchos
litereros, que traiga costosas arracadas, que
ande en ancha y costosa silla, pues con todo esto es un animal imprudente, y si no se le arrima alguna ciencia y mucha erudición
es una fiera, que no sabe enfrenar sus deseos. Hay algunos que llevan impacientemente el ser
impelidos de los criados guedejudos
que las acompañan, y tienen por afrenta el hallar dificultad en los porteros y soberbia en el que
cuida de las visitas o sobrecejo en el camarero. ¡Oh, cómo conviene despertar la
risa en estas ocasiones!, ¡y cómo se debe henchir de deleite el
ánimo cuando en su quietud contempla los errores ajenos! ¿Pues qué se ha de hacer? ¿No ha de llegar el sabio
a las puertas
guardadas por un áspero y desabrido portero? Si le obligare algún caso de necesidad, podrá experimentar el llegar
a ellas, amansando primero con algún regalo al que las guarda como perro
mordedor, sin reparar en hacer algún gasto para que le dejen
llegar a los umbrales; y considerando que hay muchos puentes donde se paga el tránsito, no se
indignará de pagar algo, y
perdonará al que tiene a su cargo esta cobranza, séase quien se fuere, pues vende lo que esta expuesto
a venderse. De corto
ánimo es el que se muestra ufano porque habló con libertad al portero y porque le rompió la vara y se entró al dueño y le pidió
que lo mandase castigar. El que porfía se hace competidor,
y aunque venza ya se hizo igual. ¿Qué hará, pues, el sabio cargado de golpes? Lo que hizo Catón cuando le hirieron en la cara,
que ni se enojó ni vengó la injuria, y tampoco la perdonó, porque negó estar injuriado: mayor ánimo fue no reconocerla de
lo que fuera el perdonada. Y no nos detendremos mucho en esto: porque
¿quién hay que ignore que de estas cosas que se tienen por buenas o por malas hace el sabio diferente concepto que los demás?
No pone los ojos en lo que los hombres tienen por malo y desdichado;
porque no camina por donde el pueblo. Y al modo que las estrellas hacen su viaje contrario al mundo, así el
sabio camina contra la opinión de todos.
CAPÍTULO XV
Dejad, pues, de preguntarme cómo el sabio no recibe injuria si le hieren
o le sacan los ojos; y que no recibe afrenta si le llevan
por las plazas, oyendo oprobios de la gente soez; y si le mandan que en los convites reales coma debajo de la mesa con los esclavos
de más bajos ministerios; y finalmente, si fuere forzado a sufrir cualquier otra
ignominia de las que aun sólo pensadas son molestas a cualquier ingenua vergüenza. En la forma que éstas se aumentan, ora sea
en número, ora en grandeza, serán siempre
de la misma naturaleza: con lo cual, si las pequeñas no ofenden, tampoco han de ofender las grandes; y si no las pocas, tampoco
las muchas. De vuestra flaqueza sacáis conjeturas para el ánimo grande; y cuando pensáis en lo poco que vosotros podéis sufrir,
ponéis poco más extendidos términos al sabio, a quien su propia virtud le colocó en otros diferentes parajes del mundo, sin que
tenga cosa que sea común con vosotros; por lo cual no se anegará con la avenida de todas las cosas ásperas y graves de sufrir, ni
con las dignas de que de ellas huyan el oído y la vista; y en la misma forma que resistirá
a cada una de por sí, resistirá a todas
juntas. Mal discurre el que dice: esto es tolerable al sabio, y esto es intolerable, y el que pone coto y límite
a la grandeza de
su ánimo. Porque la fortuna nos vence cuando de todo punto no la vencemos. Y no te parezca que esto es una aspereza de la doctrina
estoica, pues Epicuro (a quien vosotros tenéis por patrón de vuestra flojedad, y de quien decís que os enseña doctrina muelle y
floja, encaminada a los deleites) dijo que raras veces asiste la fortuna al sabio: razón poco varonil. ¿Quieres tú decirlo con mayor
valentía, y apartar de todo punto la
fortuna del sabio? Pues di: esta casa del sabio es angosta y sin adorno, es sin ruido y sin aparato: no está su entrada defendida
con porteros, que con venal austeridad apartan la turba; pero por estos umbrales desocupados, y no guardados de porteros, no entra
la fortuna, porque sabe no tiene lugar adonde conoce que no hay cosa que sea suya; y si aun Epicuro, que tanto trató del regalo del
cuerpo, tuvo brío contra las injurias, ¿qué cosa ha de parecer entre nosotros increíble,
o puesta fuera de la posibilidad de la
humana naturaleza? Aquél dijo que las injurias eran tolerables al sabio, y nosotros decimos que para el sabio no hay injurias.
CAPÍTULO XVI
Y no hay para qué me digas que esto repugna a la naturaleza; porque nosotros no decimos que el ser azotado,
el ser repelido y el
carecer de algún miembro no es descomodidad; pero negamos que estas cosas sean injurias. No les quitamos el sentimiento del dolor,
quitámosles el nombre de injurias, que éste no tiene entrada donde queda ilesa la virtud. Veamos cuál de los dos trata más verdad;
entrambos convienen en el desprecio de la injuria. Pregúntasme: siendo esto así, ¿qué diferencia han entre ellos? La que hay entre
los fortísimos gladiadores, que unos sufriendo las heridas están firmes, y otros volviendo los ojos al pueblo, que clama, dan
indicios de su poco valor; no mereciendo que por ellos se interceda. No pienses que es cosa grande en lo que discordamos; sólo se
trata de aquello que es lo que sólo nos pertenece. Entrambos ejemplos nos
enseñan a despreciar las injurias y contumelias, a
quien podemos llamar sombras y apariencias de injurias; para cuyo desprecio no es necesario que el varón sea sabio, basta que sea
advertido, y que pueda hacer examen, preguntándose si lo que le sucede es por culpa
suya o sin ella; porque si tiene culpa, no es agravio sino castigo; y si
no la tiene, la vergüenza queda en quien hace la injuria. ¿Qué cosa es ésta
a que llamamos contumelia? Que te burlaste de mi calva,
de mis ojos, de mis piernas o mi estatura. ¿Qué agravio es decirme lo que está manifiesto? De muchas cosas que nos dicen delante
de una persona nos reímos; y si nos las dicen delante de muchas, nos indignamos, quitando la libertad
a que otros nos digan lo que nosotros mismos nos decimos muchas veces. Con los donaires moderados nos entretenemos, y
con los que no tienen moderación nos
airamos.
CAPÍTULO XVII
Refiere Crisipo que se indignó uno contra otro porque le llamó carnero marino. Y en el Senado
vimos llorar a Fido Cornelio, yerno
de Ovidio, porque Corvulo le llamó avestruz pelado: había tenido valor contra
otras malas razones que le infamaban las costumbres
y la vida, y con ésta se le cayeron feamente las lágrimas: tan grande es la flaqueza del ánimo en apartándose de la razón. ¿Qué
diremos de que nos damos por ofendidos si alguno remeda nuestra habla y nuestros pasos,
o si declara algún vicio nuestro en la
lengua o en el cuerpo? Como si estos defectos se manifestaran más con remedarlos otros, que con tenerlos nosotros. Muchos oyen
con sentimiento la vejez y las canas a que llegaron con deseos; otros se ofendieron de que les notaron su pobreza, escondiéndola
de los otros cuando entre sí se lamentan de ella. Según lo cual, a los licenciosos que con decir pesadumbres tratan de hacerse
graciosos, se les quitará la materia si tú voluntaria y anticipadamente te adelantares
a decirte lo que ellos te podrán decir: porque el que comienza a reírse de sí, no da lugar
a que otros
lo hagan. Hay memoria de que Vatinio, hombre nacido para risa y aborrecimiento, fue un truhán donairoso y decidor, y solía él
decir mucho mal de sus pies, y de su garganta llena de lamparones, con lo cual se libró de la fisga de sus émulos, aunque tenía más
que enfermedades; y entre otros, se escapó de los donaires de Cicerón. Si aquél
con la desvergüenza, y con los continuos
oprobios con que se habituó a no avergonzarse, pudo conseguirlo, ¿por qué no lo ha de alcanzar el que con estudios nobles y
con el adorno de la sabiduría hubiere llegado a alguna perfección? Añade que es un cierto género de venganza quitar al que quiso
hacer la injuria el deleite de ella: suelen los que las hacen decir: «Desdichado de mí, pienso que no
lo entendió;» porque el
fruto de la injuria consiste en que se sienta y en la indignación del ofendido; y demás de esto, no hayas miedo que falte otro igual
que te vengue.
CAPÍTULO XVIII
Entre los muchos vicios de que abundaba Cayo César,
era admirablemente notado en ser insigne en picar a todos con alguna nota, siendo
él materia tan dispuesta para la risa; porque era tal su pálida fealdad, que daba indicios de locura, teniendo los torcidos ojos
escondidos debajo de la arrugada frente, con grande deformidad de una cabeza calva destituida de cabellos, y una cerviz llena de
cerdas, las piernas muy flacas, con mala hechura de pies; y con todas estas faltas sería proceder en infinito si quisiese contar
las cosas en que fue desvergonzado para sus padres y abuelos y para todos estados; referiré sólo lo que fue causa
de su muerte. Tenia por íntimo amigo a Asiático Valerio, varón feroz y que apenas sabía sufrir ajenos agravios.
A éste, pues, le objetó en alta voz en un convite y una conversación pública cuál era su
mujer en el acto venéreo. ¡Oh santos
Dioses, que esto oiga un varón! ¡Y que esto sepa un príncipe! ¡Y que llegase su licencia
a tanto, que no digo a un varón consular, no a un amigo, sino a cualquier marido, se atreviese un príncipe
a contar su adulterio y su fastidio! De
Querea, tribuno de los soldados, se decía que por ser el tono de la voz lánguido y débil, se hacía sospechoso:
a éste, siempre que
pedía el nombre, se le daba Cayo, unas veces el de Venus, y otras el de Príapo, notando de afeminado al que manejaba las armas. Y
esto lo decía andando él cargado de galas y joyas, así en los vestidos como en el calzado. Forzóle
con esto a disponer con el
hierro el no llegar más a pedirle el nombre. Éste fue el primero que levantó la mano entre los conjurados;
él le derribó de un
golpe la media cerviz, y luego llegaron infinitas espadas a vengar las públicas y particulares injurias; pero el que primero mostró
ser varón, fue el que no se lo parecía. Y siendo Cayo tan amigo de decir injurias, era impaciente en sufrirlas, juzgándolo todo
por injuria. Enojóse con Herenio Macro, porque saludándole le llamó solamente Cayo. Y no se quedó sin castigo un soldado aventajado
porque le llamó Calígula: siendo éste el nombre que se le solía llamar, por haber nacido en los ejércitos y ser alumno de las
legiones. Y él que con este apellido se había hecho familiar a los soldados, puesto ya en los coturnos de la grandeza, juzgaba
por oprobio y afrenta que le llamasen Calígula. Serános, pues, de consuelo cuando nuestra mansedumbre dejare la venganza, que
no faltará quien castigue al desvergonzado, soberbio e injurioso: vicios que no se ejercitan en solo uno ni en sola una afrenta.
Pongamos los ojos en los ejemplos de aquéllos cuya paciencia alabamos, como fue
Sócrates, que tomó en buena parte los dicterios contra él esperados y publicados en las comedias: y se rió de ellos, no menos
que cuando su mujer Jantipa le roció con agua sucia, e Ifícrates cuando se le objetó que su madre Tresa era bárbara, respondió
que también la madre de los Dioses era
de Frigia.
CAPÍTULO XIX
No hemos de venir a las manos, lejos hemos de sacar los pies, despreciando todo aquello que los imprudentes
hacen, porque tales
cosas no las pueden hacer sino los que lo son. Hemos de recibir con indiferencia los honores y las afrentas del vulgo, sin alegrarnos
con aquéllos ni entristecernos con éstas: porque de esta suerte dejaremos de hacer muchas cosas necesarias
por el temor o fastidio de las injurias, y no acudiremos a los públicos
o particulares ministerios y tal vez a los importantes a la
salud, mientras nos congoja un afeminado temor de oír algo contra nuestro ánimo. Y otras veces, estando airados contra los
poderosos, descubriremos este afecto con destemplada desenvoltura. Y si pensamos que es libertad el no padecer algo, estamos
engañados, que antes lo es el oponer el ánimo a las injurias, y hacerse tal que espere de sí solo las cosas dignas de gozo,
apartando las exteriores por no pasar vida inquieta, temiendo la fisga y las lenguas de todos. Porque ¿cuál persona hay que no
pueda hacer una afrenta, si la puede hacer cada uno? Pero el sabio y el amador de la sabiduría usarán de diferentes remedios.
A los imperfectos, y que todavía se encaminan a los tribunales públicos, se les debe proponer que su vida ha de ser siempre entre
injurias y afrentas; los que las han esperado, todas las cosas les parecen más tolerables. Cuanto más aventajado es uno en
nobleza, en fama y en
hacienda, tanto con mayor valor se ha de mostrar, trayendo a la memoria que las más esforzadas legiones toman
la avanguardia. Las afrentas, las malas palabras, las ignominias y los demás denuestos súfralos como vocería
de
los enemigos, y como armas y piedras remotas, que sin hacer herida hacen estruendo cerca de los morriones;
súfrelas sin mostrar
flaqueza y sin perder el puesto, las unas como
heridas dadas en las armas y las otras en el pecho; y
aunque te aprieten, y con molesta violencia te compelan, es torpeza el rendirte: defiende, pues, el puesto que
te señaló la naturaleza. Y si me preguntas qué puesto es éste, te responderé que el de varón. El
sabio tiene otro socorro diverso del vuestro, porque vosotros estáis en
la pelea, y para él está ya ganada la victoria; no hagáis repugnancia a
vuestro bien, y mientras llegáis al que es verdadero, alentad en
vuestros ánimos esta esperanza, y recibid con gusto lo que es mejor, y
confesad con opinión y con deseos el decir que en la república del
linaje humano hay alguno invencible y en quien no tiene imperio la
fortuna.
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