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Séneca - Tratados Filosóficos

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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos                                                       DE LA CONSTANCIA DEL SABIO (capítulos 7-13)

 

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LIBRO CUARTO

DE LA CONSTANCIA DEL SABIO Y QUE EN ÉL N0 PUEDE CAER INJURIA
A Sereno (1) (2) (3)

CAPÍTULO VII

Séneca - Tratados filosóficos- De la Constancia del Sabio 2No tendrás razón en decir lo que sueles, que este nuestro sabio no se halla en parte alguna, porque nosotros no fingimos esta vana grandeza del humano entendimiento ni publicamos gran concepto de cosa falsa, sino como lo formamos os lo damos y os lo daremos, si bien raramente y con grande intervalo de los tiempos se halla, porque las cosas grandes que exceden el vulgar y acostumbrado modo no nacen cada día. Antes recelo que este nuestro Catón, que dio motivo a nuestra disputa, es superior a nuestro ejemplo; y, finalmente, el que ofende ha de tener mayores fuerzas que el que recibe la ofensa, pues si la maldad no puede ser más fuerte que la virtud, claro está que no podrá ser ofendido el sabio: porque sólo son malos los que intentan injuriar a los buenos, porque entre los justos siempre hay paz, y no pudiendo ser ofendido sino el inferior y el malo, lo es del bueno; y los buenos no pueden tener injuria sino es de los que no lo son, claro es que el sabio no puede ser injuriado. Y no tengo que advertirte de nuevo que no hay otro que sea bueno sino el sabio. Dirásme que aunque Sócrates fue condenado injustamente, al fin recibió injuria. Para esto conviene que sepamos que puede suceder que alguno me haga injuria y que yo no la reciba, como si una persona, habiendo hurtado alguna cosa de mi granja, me la pusiese en mi casa: este tal cometió hurto, pero yo no perdí cosa alguna: así, puede uno ser dañador sin hacer daño. Acuéstase un casado con su mujer juzgando que es ajena; éste será adúltero sin que lo sea la mujer. Dame algún veneno que, mezclado con la comida, perdió la fuerza; pero con darme el veneno, aunque no me dañó, se hizo sujeto a la culpa; y no deja de ser ladrón aquel cuyo puñal quedó frustrado con la ropa. Todas las maldades son perfectas cuanto a la culpa, aunque no se consiga el efecto de la obra; pero hay algunas en tal modo unidas, que no puede estar lo uno sin lo otro. Yo procuraré hacer evidente lo que digo: puedo mover los pies sin correr, pero no puedo correr sin moverlos: puedo estar en el agua sin nadar, pero no puedo nadar sin estar en el agua. De esta calidad es lo que trato: si recibí la injuria, es fuerza que se hiciese; pero no es fuerza que por haberse hecho la haya yo recibido, porque pueden haberse ofrecido muchas cosas que hayan apartado la injuria; y como algunos sucesos pueden detener la mano levantada y apartar las saetas disparadas, así puede haber alguna cosa que repela cualesquier injurias, deteniéndolas, de modo que, aunque sean hechas, no sean recibidas. Demás de esto, la justicia no puede sufrir lo injusto, por no ser compatibles dos contrarios, y la injuria no puede hacerse si no es con justicia.

CAPÍTULO VIII

No hay de qué te admires cuando te digo que ninguno puede hacer injuria al sabio, pues tampoco le puede nadie aprovechar, porque al que lo es, ninguna cosa le falta que pueda recibir en lugar de dádiva, y el malo no puedo dar cosa alguna al sabio; porque para que pueda dar, ha menester tener; y es cosa cierta que no tiene cosa de que el sabio pueda tener gusto en recibirla; según lo cual, ninguno puede ofender ni beneficiar al sabio; al modo que las cosas divinas ni desean ser ayudadas, ni pueden en sí ser ofendidas. El sabio es muy próximo a los Dioses, y excepto en la mortalidad, es semejante a Dios; y el que camina y aspira a cosas excelsas, reguladas con razón, intrépidas y que con igual y concorde curso corren, y a las seguras y benignas, habiendo nacido para el bien público, siendo saludable a sí y a los demás, este tal no deseará cosa humilde. Y el que, estribando en la razón, pasare por los casos humanos con ánimo divino, de ninguna cosa se lamentará. ¿Piensas que digo solamente que no puedo recibir injuria de los hombres? Pues digo que ni aun de la fortuna, la cual siempre que con la virtud tuvo encuentros, salió inferior. Si aquello de donde para amenazarnos no pueden pasar las airadas leyes o los crueles dueños, y aquello donde se acaba y termina el imperio de la fortuna lo recibimos con ánimo plácido, igual y alegre, conociendo que la muerte no es mal, conoceremos por la misma razón que tampoco es injuria; y con eso llevaremos con más facilidad todas las demás cosas, los daños, los dolores, las afrentas, los destierros, las faltas de los padres y las heridas; todas las cuales cosas, aunque cerquen al sabio, no le anegan, ni todos sus acometimientos le entristecen. Y si con moderación sufre las injurias de la fortuna, ¿con cuánta mayor sufrirá las de los hombres poderosos, sabiendo que son las manos con que ella obra?

CAPITULO IX

Finalmente, el sabio sufre todas las cosas, al modo que pasa el invierno, el rigor y la destemplanza del cielo, y como los calores y enfermedades y las demás cosas que penden de la suerte; y no juzga de cualquiera que lo que hace lo guía por consejo, que éste sólo se halla en el sabio, que en los demás no hay consejos, sino engaños, asechanzas y movimientos pálidos del ánimo, atribuyéndolo todo a los casos. Porque todo lo que es casual y fortuito, si se enfurece y altera, es fuera de nosotros. ¿Y piensas también que aquéllos por quienes se nos dispone algún peligro tienen ancha materia a las injurias, ya con testigos supuestos, ya con falsas acusaciones, ya irritando contra nosotros los movimientos de los poderosos, con otros mil latrocinios que pasan aun entre los de ropas largas, teniendo también por injuria si se les quita su ganancia o el premio mucho tiempo procurado, si les salió incierta la herencia solicitada con grandes diligencias, quitándoseles la gracia de la casa que les había de ser provechosa? Pues todo esto lo desprecia el sabio, porque no sabe vivir en esperanza, o en miedo de lo temporal. Añade a esto que ninguno recibe injuria sin alteración de ánimo: porque cuando la suerte se perturba, y el varón levantado carece de perturbación por ser templado y de alta y plácida quietud; y si la injuria tocara al sabio, conmoviérale e inquietárale, siendo cierto que carece de la ira injusta que suele despertar la apariencia de injuria, porque sabe no puede hacérsele; por lo cual, hallándose firme y alegre y en continuo gozo, de tal manera no se congoja con las ofensas de los hombres, que la misma injuria y aquello con que ella quiso hacer experiencia del sabio tentando su virtud, se hallan frustrados. Ruégoos que favorezcamos este intento y que le asistamos con equidad de ánimo y oídos. Y no porque el sabio se exime de la injuria se disminuye algún tanto vuestra desvergüenza o vuestros codiciosísimos deseos, ni vuestra temeridad o soberbia; porque quedando en pie vuestros vicios, queda en su ser esta libertad del sabio. No decimos que vosotros no tenéis facultad de hacerle injuria, sino que él echa por alto todas las injurias y que se defiende con paciencia y grandeza de ánimo. De esta suerte vencieron muchos en las contiendas sagradas (1), fatigando con perseverante paciencia las manos de los que los herían. De este mismo género juzga tú la paciencia y sabiduría de aquéllos que, con larga y fiel costumbre, alcanzaron fortaleza para sufrir y para cansar cualesquier enemigas fuerzas.

CAPITULO X

Pues hemos tratado de la primera parte, pasemos a la segunda, en la cual refutaremos la afrenta con algunas razones propias y con otras comunes. La contumelia es menor que la injuria, y de ella nos podemos quejar más que vengarla, y las leyes no la juzgan digna de castigo. La humildad mueve este afecto del ánimo que se encoge por algún hecho o dicho contumelioso. No me admitió hoy Fulano, habiendo admitido a otros, o no escuchó mis razones, o en público se rió de ellas; no me llevó en el mejor lugar, sino en el peor, con otros algunos sentimientos de esta calidad, a los cuales no sé qué otro nombre poder dar sino quejillas de ánimo mareado, en que siempre caen los delicados y dichosos; porque a los que tienen mayores cuidados no les queda tiempo para reparar en semejantes impertinencias. Los entendimientos que de su natural son flacos y mujeriles y que con el demasiado ocio lozanean, como carecen de verdaderas injurias, se alteran con éstas, cuya mayor parte consiste en la culpa de quien las interpreta. Finalmente, el que se altera con el agravio hace demostración que ni tiene cosa alguna de prudencia ni de confianza, y así se juzga despreciado; y este remordimiento no sucede sin un cierto abatimiento de ánimo, rendido y desmayado. El sabio de ninguno puede ser despreciado; porque, conociendo su grandeza, se persuade a que nadie tiene autoridad de ofenderle; y no sólo vence éstas que yo no llamo miserias, sino molestias del ánimo, pero ni aun las siente. Hay otras cosas que aunque no derriban al sabio, le hieren, como son los dolores de cuerpo, la flaqueza, la pérdida de hijos y amigos y la calamidad de la patria abrasada en guerras. No niego que el sabio siente estas cosa, porque no le doy la dureza de las piedras o hierro, pero tampoco fuera virtud sufrirlas no sintiéndolas (2).

CAPÍTULO XI

Pues ¿qué es lo que hace el sabio? Recibe algunos golpes, y en recibiéndolos los rechaza, los sana y los reprime: mas estas cosas menores no sólo no las siente, pero aun no se vale contra ellas de su acostumbrada virtud habituada a sufrir, antes no repara en ellas, o las juzga por dignas de risa. Demás de esto, como la mayor parte de las contumelias hacen los insolentes y soberbios y los que se avienen mal con su felicidad, viene a tener el sabio la sanidad y grandeza de ánimo con que rechaza aquel hinchado afecto, siendo esta virtud tan hermosa que pasa por todas las cosas de esta calidad como por vanas fantasías de sueños y como por fantasmas nocturnos, que no tienen cosa alguna de sólido y verdadero; y juntamente se persuade que todos los demás hombres le son tan inferiores, que no han de tener osadía a despreciar las cosas superiores a ellos. Esta palabra contumelia se deriva del desprecio; porque ninguno, si no es el que desprecia, la hace, y ninguno desprecia al que tiene por mayor y por mejor, aunque haga algo de aquello que suelen hacer los despreciadores. Suelen los niños dar golpes en la cara a sus padres, y muchas veces desgreñan y arrancan los cabellos a sus madres, escúpenlas, descúbrenlas en presencia de otros y dícenlas palabras libres, y a ninguna acción de éstas llamamos contumelia. ¿Qué es la razón? Porque el que lo hizo no pudo despreciar; y por esta misma causa nos deleita la licenciosa urbanidad que los esclavos tienen para con sus dueños, cuya audacia y dicacidad puede atreverse a los convidados cuando empezó en su señor; porque al paso que cada uno de ellos es más abatido y ridículo, es de más osada lengua; y para este efecto se suelen comprar muchachos ingeniosos cuya libertad se perfeccione con maestros que les enseñen a decir injurias pensadas; y nada de esto tenemos por afrenta, sino por agudezas.

CAPÍTULO XII

Pues ¿qué mayor locura puede haber como el deleitarnos y ofendernos de las mismas cosas, y el tener por afrenta lo que me dice mi amigo, teniendo por bufonada lo que me dice el esclavo? El ánimo que nosotros tenemos contra los niños, ese mismo tiene el sabio contra aquéllos que aun después de pasada la juventud y habiendo llegado las canas, se está en la puerilidad y niñez. ¿Han, por ventura, medrado algo éstos en quien están arraigados los males del ánimo? Y si han crecido, ha sido en errores, diferenciándose de los niños solamente en ser mayores y en la forma de los cuerpos; que en lo demás no están menos vagos e inciertos, apeteciendo el deleite sin elección y estando temerosos; y si se ven algún tiempo quietos, no es por inclinación, sino por miedo. ¿Quién, pues, habrá que diga hay diferencia entre ellos y los muchachos, mas de que toda la codicia de éstos es en tener algunos dados y alguna moneda de vellón, y la de otros es de oro, plata y ciudades? Los muchachos hacen también entre sí sus magistrados, imitando la garnacha, las varas y los tribunales que los hombres tienen; los muchachos hacen en las riberas formas de casas juntadas de arena. Los hombres, como si emprendiesen alguna cosa grande, se ocupan en levantar piedras, paredes y techos, que habiendo sido inventados para defensa de los cuerpos, se convierten en peligro suyo; iguales, pues, son a los muchachos, y si en algo se les adelantan en algunas cosas mayores, todo al fin es error; y así, no sin causa el sabio recibe las injurias de éstos como juegos, y tal vez los amonesta con el mal y con la pena como a muchachos, no porque él haya recibido la injuria, sino porque la hicieron ellos, y para que desistan de hacerla; al modo que cuando los caballos rehúsan la carrera, les da el caballero con el azote, y sin enojarse con ellos los castiga para que el dolor venza la rebeldía. Con lo cual juntamente verás que está disuelto el argumento que se nos pone, que el sabio no recibe injuria ni afrenta porque castiga a los que se la hacen; porque esto no es vengarse, sino enmendarlos.

CAPITULO XIII

¿Qué razón, pues, hay para que no creas que tiene esta firmeza de ánimo el varón sabio, teniendo licencia de confesarla en otros, aunque no sea procedida de la misma causa? ¿Qué médico se enoja con el frenético? ¿Quién tiene por injurias las quejas de aquél a quien estando con la fiebre se le deniega el agua? Advierte que el sabio tiene el mismo oficio con todos que el médico con sus enfermos, sin que éste se desdeñe de tocar las obscenidades, ni mirar los excrementos, cuando de ello necesita el enfermo, y sin que se enoje de escuchar las palabras ásperas de los que frenéticos se enfurecen. Conoce el sabio que muchos de los que andan con la toga y la púrpura, aunque tienen buen color y parece que están fuertes, están malsanos; y así, los mira como a enfermos destemplados, y con esto no se ensaña, aunque desvergonzadamente se atrevan a intentar con la enfermedad alguna cosa contra el que los cura; y como hace poca estimación de los honores que el enfermo le da, tampoco hace caudal de las acciones contumeliosas; y como hace poco aprecio de que un mendigo le honre, tampoco tiene por injuria si algún hombre de los de la ínfima plebe, siendo saludado, no le pagó la cortesía; ni se estima en más porque muchos ricos le estiman: porque conoce que en ninguna cosa se diferencian de los mendigos, antes son más desdichados: porque los pobres necesitan de poco y los ricos de muchos; y, finalmente, no se sentirá el sabio de que el Rey de los Medos, o Atalo, rey de Asia, pase con silencio y con arrogante rostro cuando él le saluda: porque conoce que el estado de los reyes no tiene otra cosa de que se tenga envidia más que la que se tiene de aquél a quien, en una gran familia, le cupo el cuidado de regir los enfermos y enfrenar los locos. ¿Sentiréme yo, por ventura, si uno de los que en los ejércitos están negociando y comprando malos esclavos, de que están llenas sus tiendas, me dejó de saludar? Pienso que no me sentiré; porque ¿qué cosa tiene buena aquél en cuyo poder no hay alguno que no sea malo? Luego al modo que el sabio desprecia la cortesía o descortesía de éste, desestimará la del rey que tiene en su servicio esclavos Partos, Medos y Bactrianos; pero de tal manera que los enfrena con miedo, sin atreverse jamás a aflojar el arco por ser malos y venales y que desean mudar de dueño. El sabio con ninguna injuria de éstos se altera; porque aunque ellos son entre sí diferentes, él los juzga iguales por serlo en la ignorancia: porque si una vez se abatiese tanto que se alterase con la injuria o contumelia, jamás podría tener seguridad, siendo ésta el principal caudal de un sabio, el cual nunca cometerá tal error, que vengándose de la injuria, venga a dar honor al que la hizo; siendo consecuencia necesaria el recibirse con alegría el honor de aquél de quien se sufre molestamente el agravio.

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NOTAS

(1) Los mártires.

(2) Careciendo del uso de la razón.

 

DE LA CONSTANCIA DEL SABIO - A Sereno (1) (2) (3)

Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos                                                       DE LA CONSTANCIA DEL SABIO (capítulos 7-13)

 

 

  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco