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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos
DE LA BREVEDAD DE LA VIDA (capítulos 16-21)
LIBRO QUINTO
DE LA BREVEDAD DE LA VIDA -
A PAULINO (1)
(2)
(3)
(4)
CAPÍTULO XVI
De su comunicación sacarás el fruto que quisieres,
sin que por ellos quede el que consigas más cuanto más sacares. ¡Qué
felicidad y qué honrada vejez espera al que se puso debajo de la
protección de ésta! Tendrá con quien deliberar de las materias grandes y
pequeñas, a quien consultar cada día en sus negocios, y de quien oír
verdades sin injurias, y alabanzas sin adulación, y una idea cuya
semejanza imite. Solemos decir que no estuvo en nuestra potestad elegir padres,
habiéndonoslos dado la fortuna; con todo eso, habiendo tantas familias de nobilísimos
ingenios, nos viene a ser lícito nacer a nuestro albedrío. Escoge a cuál de ellas quieres agregarte, que no sólo serás
adoptado en el apellido, sino para
gozar aquellos bienes que no
se dan para guardarlos con malignidad y bajeza, siendo de calidad que se aumentan más cuando se reparten en más. Estas cosas te
abrirán el camino para la eternidad, colocándote en aquella altura de la cual nadie será derribado. Sólo este medio hay con que
extender la mortalidad, o para decirlo mejor, para convertirla en inmortalidad. Las honras y las memorias, y todo lo demás, que
o
por sus decretos dispuso la ambición, o levantó con fábricas, con mucha brevedad se deshace; no hay cosa que no destruya la
vejez larga, consumiendo con más prisa lo que ella misma consagró. Sola la sabiduría es
a quien no se puede hacer injuria; no
la podrá borrar la edad presente, ni la disminuirá la futura, antes la que viniere añadirá alguna parte de veneración; porque
la envidia siempre hace su morada en lo cercano, y con más sinceridad nos admiramos de lo más remoto. Tiene, pues, la vida del
sabio grande latitud, no la estrechan los términos que a la de los demás;
él solo es libre de las leyes humanas (4); sírvenle todas las
edades como a Dios; comprende con la recordación el tiempo pasado, aprovéchase del presente, y dispone el futuro; con lo cual, la
unión de todos los tiempos hace que sea larga su vida; siendo muy corta y llena de congojas la de aquéllos que se olvidan de lo
pasado, no cuidan de lo presente y temen lo futuro, y cuando llegan a sus postrimerías, conocen tarde los desdichados que
estuvieron ocupados mucho tiempo en hacer lo que en sí es nada.
CAPÍTULO XVII
Y no tengas por suficiente argumento para probar que
los ocupados tuvieron larga vida el haber algunas veces llamado
a la muerte; atorméntalos su imprudencia con inconstantes afectos, que incurriendo en lo mismo que temen, desean muchas veces la muerte porque la temen.
Tampoco es argumento para juzgar larga la vida el quejarse de que son largos los días y que van espaciosas las horas para llegar
al tiempo señalado para el convite. Porque si tal vez los dejan sus ocupaciones, se abrasan en el descanso, sin saber cómo le
desecharán o cómo lo aprovecharán; y así luego buscan alguna ocupación, teniendo por pesado el tiempo que están sin ella;
sucediéndoles lo que a los que esperan el día destinado para los juegos gladiatorios,
o para otro algún espectáculo o fiesta, que
desean pasen a prisa los días intermedios, porque tienen por prolija la dilación que retarda lo que esperan,
mientras aquello que ansían les parece breve y precipitado, haciéndose más breve por
su culpa; porque sin tener consistencia en los deseos,
pasan de una cosa en otra. A éstos no son largos, sino molestos los días; y al contrario, tienen por cortas las noches los que las
pasan entre los lascivos abrazos de sus amigas o en la embriaguez, de que tuvo origen la locura de los poetas, que alentaron con
fábulas las culpas de los hombres, fingiendo que Júpiter, enviciado en el adulterio de Alcmena, había dado duplicadas horas
a la
noche. El hacer autores de los vicios a los Dioses, ¿qué otra cosa es sino animar
a ellos, y dar a la culpa una disculpable licencia
con el ejemplo de la Divinidad? A éstos, que tan caras compran las noches, ¿podrán dejar de parecerles cortísimas? Pierden el día
esperando la noche,
y la noche con el temor del día; y aun sus mismos deleites son temerosos y desasosegados con varios recelos, entrando en medio del
gusto algún congojoso pensamiento de lo poco que dura. De este afecto nació el llorar
los Reyes su poderío, y sin que la grandeza de
su fortuna los alegrase, les puso terror el fin que les esperaba. Extendiendo el insolentísimo Rey de los Persas sus ejércitos
por largos espacios de tierras, sin poder comprender su número ni medida, derramó lágrimas considerando que dentro de cien años
no había de haber vivo alguno de tan florida juventud, siendo el mismo que los llora el que les había de apresurar la muerte; y
habiendo de consumir en breve tiempo a unos en tierra, a otros en mar, a unos en
batallas, a otros en huidas, ponía el temor en el centésimo año.
CAPÍTULO XVIII
Son, pues, sus gustos cargados de recelos, porque no estriban en fundamentos sólidos, y así, con la misma
vanidad que les dio
principio, se deshacen. ¿Cómo, pues, juzgarás son aquellos tiempos, por su misma confesión miserables, pues aun
en los que
se levantan, sobrepujando el ser del hombre, son poco serenos? Los mayores bienes son congojosos, y nunca se ha de dar menos
crédito a la fortuna que cuando se muestra favorable. Para conservarnos en una buena dicha necesitamos de otra
dicha y de hacer votos
para que duren los buenos sucesos; porque todo lo que viene de la mano de la fortuna es instable, y lo que subió más alto está en
mayor disposición de caída, sin que cause deleite lo que amenaza ruina: y así es forzoso que no sólo sea brevísima, sino miserable
la vida de aquéllos que con gran trabajo adquieren lo que con mayor han de poseer. Consiguen con su sudor lo que desean, y poseen
con ansias lo que adquirieron con trabajo; y con esto no cuidan del tiempo, que pasando una vez, jamás ha de volver. A las antiguas
ocupaciones sustituyen otras de nuevo; una esperanza despierta a otra, y una ambición
a otra ambición; no se busca el fin de los
trabajos, pero múdase la materia. Nuestras honras nos atormentan, pero más tiempo nos consumen las ajenas; acábase el trabajo de
nuestra pretensión, y comenzamos el de las intercesiones. Dejamos la molestia de ser fiscales, y conseguimos la de ser jueces;
acabóse la judicatura, pasa a contador mayor; envejeció siendo mercenario procurador de haciendas ajenas, y hállase
embarazado con la propia. Dejó a Mario la milicia, y ocupóle el consulado. Solicita Quinetio el huir
de la dictadura, y sacaránle para ella desde
el arado. Irá Escipión a las guerras de África sin madura edad para tan gran
empresa; volverá vencedor de Aníbal y de Antíoco, será honor de su
consulado y fiador del de su hermano, y si él no lo impidiere, le harán igual
a Júpiter; pero a éste que era el amparo de
la patria acosarán civiles sediciones, y al que supo en la juventud desechar los debidos honores le deleitará en la vejez la
ambición de un pertinaz destierro. Nunca han de faltar causas de cuidado, ora felices, ora infelices; con las ocupaciones se
cierra la puerta a la quietud, deseándose siempre sin llegar a conseguirse.
CAPÍTULO XIX
Desvíate, pues, oh clarísimo Paulino, del vulgo, y recógete
a más seguro puerto, pero que no sea como arrojado por la vejez. Acuérdate de
los mares que has navegado, las tormentas propias que has padecido y las que, siendo públicas, has hecho tuyas. Suficientes
muestras ha dado tu virtud en inquietas y trabajosas ocasiones; experimenta ahora
lo que hace en la quietud. Justo es hayas dado a la República la mayor y mejor parte de la edad; toma también para ti alguna parte
de tu tiempo. Y no te llamo a perezoso y holgazán descanso ni para que sepultes
tu buena inclinación en sueño ni en deleites estimados del vulgo; que
eso no es aquietarse. Retirado y seguro, hallarás ocupaciones
más importantes de las que hasta ahora
has tenido. Administrando tú las rentas del Imperio con moderación de ser ajenas, con la misma diligencia que si fueran propias
y con la rectitud de ser públicas, consigues amor de un oficio en que no es pequeña hazaña evitar el odio. Pero créeme, es más
seguro el estar enterado de la cuenta de tu vida que de las del
trigo público. Reduce a ti ese vigor de ánimo capacísimo
de grandes cosas, y apártale de ese ministerio que, aunque es magnífico, no es apto para vida perfecta; y persuádete que tantos
estudios como has tenido desde tu primera edad en las ciencias no fueron a fin de que se entregasen
a tu cuidado tantos millares
de hanegas de trigo; de cosas mayores y más altas habías dado esperanzas. No faltarán para esa ocupación hombres de escogida
capacidad y de cuidadosa diligencia. Para llevar cargas, más aptos son los tardos jumentos que los nobles caballos, cuya generosa
ligereza ¿quién hay que la oprima con paso grave? Piensa asimismo de cuánto fastidio sea el exponerte
a tan grande cuidado. Tu
ocupación es como los estómagos humanos, que ni admiten razón ni se mitigan con equidad, porque el pueblo hambriento no se aquieta
con ruegos. Pocos días después que murió Cayo César, llevando ásperamente el haber
muerto quedando el pueblo romano en pie y abastecido para siete u ocho días (si
es que en los difuntos hay algún sentido), mientras
jugando con las fuerzas del Imperio
juntaba naves reconstruyendo puentes, llegó a los cercados el último de los males, que es la falta de
alimento; pero el querer imitar
a
un furioso Rey extranjero infelizmente soberbio le hubo de costar
la pérdida y la hambre, y lo que a ella se sigue, que es la ruina de todas las cosas. ¿Qué pensamiento tendrían entonces aquéllos
a quienes estaba encomendada la provisión del trigo público, que solo esperaban recibir hierro, piedras, fuego y espadas? Encerraban
en su pecho, con
suma disimulación y no sin causa, tan encubiertos males, por haber muchas enfermedades que se han de
curar
ignorándolas los enfermos, habiendo habido muchos a quienes el conocer su enfermedad fue causa de su muerte.
CAPÍTULO XX
Recógete a estas cosas, más tranquilas, más seguras y
mayores. ¿Piensas que es igual ocupación cuidar que el trigo se eche en
los graneros, sin que la fraude o negligencia de los que le portean le hayan maleado, atendiendo
a que con la humedad no se dañe o escaliente, para que responda al peso
y medida? ¿O el llegarte a estas cosas sagradas y sublimes, habiendo de alcanzar con ellas la
naturaleza de los Dioses? ¿Y qué deleite, qué estado, que fortuna, qué suceso espera tu alma, y en qué lugar nos ha de poner la
naturaleza cuando estemos apartados de los cuerpos? ¿Qué cosa sea la que sustenta todas las cosas pesadas del mundo, levantando
al fuego a lo alto, moviendo en su curso las estrellas, con otras mil llenas de maravillas? ¿Quieres tú, dejando lo terreno,
mirar con el entendimiento éstas superiores? Ahora, pues, mientras la sangre está caliente, los vigorosos han de caminar
a lo mejor.
En este género de vida te espera mucha parte de las buenas ciencias, el amor y ejercicio de la virtud, el olvido de los deleites,
el arte de vivir y morir y, finalmente, un soberano descanso. El estado de todos los ocupados es miserable; pero el de aquéllos
que aun no son suyas las ocupaciones en que trabajan es miserabilísimo; duermen por sueño ajeno, andan con ajenos pasos, comen con
ajena gana; hasta el amar y
aborrecer, que son acciones tan libres, lo hacen mandados. Si éstos quisieren averiguar cuán breve es su vida, consideren qué parte
ha sido suya. Cuando vieres, pues, a los que van pasando de una en otra judicatura, ganando opinión en los tribunales,
no les envidies; todo eso se adquiere para pérdida de la vida; y para que solo se cuente el año de su consulado,
destruirán
todos sus años. A muchos desamparó la edad mientras, trepando a la cumbre de la ambición, luchaban con los principios;
a otros,
después de haber arribado por mil indignidades a las dignidades supremas, les llega un miserable desengaño de que todo lo que han
trabajado ha sido para el epitafio del sepulcro. A otros desamparó la cansada vejez, mientras
en su juventud se dispone entre
graves y perversos intentos para nuevas esperanzas.
CAPÍTULO XXI
Torpe es aquél a quien, estando en edad mayor, coge la muerte ocupado en negocios de no conocidos
litigantes, procurando las lisonjas del ignorante vulgo; y torpe aquél que, antes cansado de vivir que de trabajar, murió
entre sus ocupaciones. Torpe el
enfermo de quien, por verle ocupado en sus cuentas, se ríe el ambicioso heredero. No puedo dejar un ejemplo que
se me ocurre.
Hubo un viejo, llamado Turanio, de puntual diligencia; y habiéndole Cayo César
jubilado en oficio de procurador sin haberlo él pedido,
por ser de más de noventa años, se mandó echar en la cama y que su familia le
llorase como a muerto. Lloraba, pues, toda la casa
el descanso de su viejo dueño, y no cesó la tristeza hasta que se le restituyó aquél su trabajo:
tanto se estima el morir en ocupación. Muchos hay de esta opinión, durando en ellos más el deseo que la potencia: para trabajar
pelean con la imbecilidad de su cuerpo, sin condenar por pesada a la vejez por otro algún título más
que porque los aparta del trabajo.
La ley no compele al soldado en pasando de cincuenta años, ni llama al senador en llegando
a sesenta. Más dificultosamente alcanzan
los hombres de sí mismos el descanso que de la ley; y mientras que son llevados
o llevan a otros, y unos a otros se roban la quietud,
haciendo los unos a los otros alternadamente miserables, pasan una vida sin fruto,
sin gusto y sin ningún aprovechamiento del
ánimo. Ninguno pone los ojos en la muerte; todos alargan las esperanzas, y algunos disponen también lo que es para después de la
vida grandes máquinas de sepulcros, epitafios en obras públicas, ambiciosas dotaciones para sus exequias. Ten por
cierto que las
muertes de éstos se pueden reducir a hachas y cirios, como entierro de niños.
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NOTAS
(4) No es porque no se te sujetó a ellas, sino porque las guarda
sin repugnancia.
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