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Séneca - Tratados Filosóficos

Índice general


 

Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos                                                         DE LA BREVEDAD DE LA VIDA (capítulos 12-15)

 

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LIBRO QUINTO

DE LA BREVEDAD DE LA VIDA - A PAULINO (1) (2) (3) (4)  

CAPÍTULO XII

Séneca - Tratados filosóficos- De la Brevedad de la Vida 3¿Quieres, finalmente, saber lo poco que viven? Pues mira lo mucho que desean vivir. Mendigan los viejos decrépitos, a fuerza de votos, el aumento de algunos pocos años. Fíngense de menos edad, y lisonjéanse con la mentira; engáñanse con tanto gusto como si juntamente engañaran a los hados. Pero cuando algún accidente les advierte la mortalidad, mueren como atemorizados, no como los que salen de la vida, sino como excluidos de ella. Dicen a voces que fueron ignorantes en no haber sabido vivir, y que si escapan de aquella enfermedad han de vivir en descanso; conocen entonces cuán en vano adquirieron los bienes que no han de gozar, y cuán perdido fue todo afán. Pero, ¿qué cosa estorba que la vida de los que la pasan apartados de los negocios sea larga? Ninguna parte de ella se emplea en diferente fin, nada se desperdicia, nada se da a la fortuna, nada con negligencia se pierde, nada se disminuye con dádivas, nada hay infructuoso; y para decirlo en una palabra, toda ella está dando réditos, y así, por pequeña que sea, es suficiente. De que se seguirá que cada y cuando que al varón sabio se llegare el último día no se detendrá, sino que irá a la muerte con paso decidido. ¿Preguntarásme, por ventura, a qué personas llamo ocupadas? No pienses que hablo sólo de aquéllos que para que desocupen los tribunales es necesario soltar los perros, y que tienen por honrosos los encuentros con el vulgo que les sigue y por afrentosos los de los que no les acompañan, ni aquéllos a quienes sus oficios los sacan de sus casas para chocar con las puertas ajenas, ni aquéllos a quienes enriquece la vara del juez con infames ganancias, que tal vez crían postema. El ocio de algunos está ocupado en su aldea o en su cama; pero en medio de la soledad, aunque se apartan de los demás, ellos mismos se son molestos; y así de éstos no hemos de decir que tienen vida descansada, sino ocupación ociosa.

CAPÍTULO XIII

¿Llamarás tú desocupado al que gasta la mayor parte del día en limpiar con cuidadosa solicitud los vasos de Corinto, estimados por la locura de algunos, y en quitar el orín a las mohosas medallas? ¿Al que, sentado en el lugar de las luchas, está mirando las pendencias de los mozos? Porque ya (¡oh grave mal!) no sólo enfermamos con vicios romanos. ¿Al que está apareando los rebaños de sus esclavos, dividiéndolos por edades y colores, y al que banquetea a los que vencen en la lucha? ¿Por qué llamas descansados a aquéllos que pasan muchas horas con el barbero, mientras les corta el pelo que creció la noche pasada, y mientras se hace la consulta sobre cualquiera cabello, y mientras las esparcidas guedejas se vuelven a componer, o se compele a los desviados pelos que de una y otra parte se junten para formar copete? Por cualquier descuido del barbero se enojan como si fueran varones; enfurécense si se les cortó un átomo de sus crines, o si quedó algún cabello fuera de orden, y si no entraron todos en los rizos. ¿Cuál de éstos no quiere más que se descomponga la paz de la república que la compostura de su cabello? ¿Cuál no anda más solícito en el adorno de su cabeza que en la salud del Imperio, preciándose más de lindo que de honesto? ¿A éstos llamas tú desocupados, estando tan ocupados entre el peine y el espejo? ¿Pues qué dirás de aquéllos que trabajan en componer, oír y aprender tonos, mientras con quiebras de necísima melodía violentan la voz que naturaleza les dio, con un corriente claro, bueno y sin artificio? ¿Aquéllos cuyos dedos midiendo algún verso están siempre haciendo son? ¿Aquéllos que llamados para cosas graves y tristes, se les oye una tácita música? Todos éstos no tienen ocio, sino perezoso negocio. Tampoco pondré los convites de éstos entre los tiempos desocupados, viéndolos tan solícitos en componer los aparadores, en aliñar las libreas de sus criados, que suspensos están en cómo vendrá partido el jabalí por el cocinero, con qué presteza han de acudir los pajes a cualquier seña, con cuánta destreza se han de trinchar las aves en no feos pedazos, cuán curiosamente los infelices mozuelos limpian la saliva de los borrachos. Con estas cosas se afecta granjear fama de curiosos y espléndidos, siguiéndoles de tal modo sus vicios hasta el fin de la vida, que ni beben ni comen sin ambición. Tampoco has de contar entre los ociosos a los que se hacen llevar de una parte a otra en silla o en litera, saliendo al encuentro a las horas del paseo, como si el dejarle no les fuera lícito. Otro les advierte cuándo se han de lavar, cuándo se han de bañar, cuándo han de cenar; y llega a tanto la enfermedad de ánimo relajado y dejativo, que no pueden saber por sí si acaso tienen hambre. Oí decir de uno de estos delicados (si es que se puede llamar deleite ignorar la vida y costumbres de hombres) que habiéndole sacado de un baño en brazos, y sentádole en una silla, que dijo, preguntando, si estaba sentado. ¿Piensas tú que éste que ignora si está sentado sabe si vive, si ve y si está ocioso? No sé si me compadezca más de que lo ignorase o de que fingiese ignorarlo. Muchas son las cosas que ignoran, y muchas en las que imitan la ignorancia; deléitanles algunos vicios, y teniéndolos por argumento de su felicidad, juzgan que es de hombres bajos el saber lo que han de hacer. Dirás que los poetas han fingido muchas cosas para zaherir las demasías. Pues créeme, que es mucho más lo que se les pasa por alto que lo que fingen; habiendo en este nuestro infeliz siglo (para solo esto ingenioso) pasado tan adelante la abundancia de increíbles vicios, que podemos llegar a condenar la negligencia de las sátiras, habiendo alguno tan muerto en sus deleites, que someta a juicio ajeno el saber si está sentado o no.

CAPÍTULO XIV

Éste, pues, no se debe llamar ocioso; otro nombre se le ha de poner: enfermo está, o por mejor decir, muerto. Ocioso es el que conoce el ocio; pero el que para entender sus acciones corporales necesita de quien se las advierta, éste solamente es medio vivo. ¿Cómo tendrá dominio en el tiempo? Sería prolijidad referir todos aquéllos a quienes los dados, el ajedrez, la pelota, o el cuidado de curtirse al sol les consume la vida. No son ociosos aquéllos cuyos deleites los traen afanados, y nadie duda que los que se ocupan en estudios de letras inútiles, de que ya entre los romanos hay muchos, fatigándose no poco, obran nada. Enfermedad fue de los griegos investigar qué número de remeros tuvo Ulises; si se escribió primero la Ilíada o la Odisea; si son entrambos libros de un mismo autor, con otras impertinencias de esta calidad que, calladas, no ayudan a la conciencia, y dichas, no dan opinión de mas docto, sino de más enfadoso. Advierte cómo se ha ido apoderando de los romanos la inútil curiosidad de aprender lo no necesario. Estos días oí a un hombre sabio que refería que Druilo fue el primero que venció en batalla naval, que Curio Dentato el primero que metió elefantes en el triunfo; aunque la noticia de estas cosas no mira a la gloria verdadera, tocan sus ejemplos en materias civiles; no siendo útil su conocimiento, nos deleita con una gustosa vanidad. Perdonemos también a los que inquieren cuál fue el primero que persuadió a los romanos la navegación. Éste fue Claudio Candex, llamado así porque los antiguos llamaban candex a la trabazón de muchas tablas, y las tablas se llaman códices, y los navíos, que según la antigua costumbre portean los bastimentos, se llaman caudicatas. Permítase asimismo saber que Valerio Corvino fue el primero que sujetó a Mecina, y el primero que de la familia de los Valerios se llamó Mesana, tomando el nombre de la ciudad rendida, y que mudando el vulgo poco a poco las letras, se vino a llamar Mesala. ¿Permitirás, por ventura, el averiguar si fue Lucio Sula el primero que dio en el coso leones sueltos, habiendo sido costumbre hasta entonces darlos atados?, ¿y que el rey Boco tuvo que enviar flecheros que los matasen? Permítase también esto; pero ¿qué fruto puede dar saber que Pompeyo fue el primero que metió en el Coliseo diez y ocho elefantes que peleasen en modo de batalla con los hombres delincuentes? El Príncipe de la ciudad, y el mejor de los Príncipes, como publica la fama, siendo de perfecta bondad, tuvo por fiestas dignas de memoria matar de un nuevo modo a los hombres. ¿Pelean?, poco es; ¿despedázanse?, poco es; queden oprimidos con el grave peso de aquellos animales. Harto mejor fuera que semejantes cosas se olvidaran, porque no hubiera después algún hombre poderoso que aprendiera y envidiara tan inhumana vanidad.

CAPÍTULO XV

¡Oh, qué grande ceguera pone a los humanos entendimientos la grande felicidad! Juzgó aquél (Pompeyo) que entonces se empinaba sobre la naturaleza, cuando exponía tanta muchedumbre de miserables hombres a las enormes bestias nacidas debajo de otros climas, cuando levantaba guerras entre tan desiguales animales; cuando derramaba mucha sangre en la presencia del pueblo romano, a quien poco después había de forzar a que derramara mucha más, y él mismo después, engañado por la maldad alejandrina, se entregó a la muerte por mano de un vil esclavo, conociéndose entonces la vana jactancia de su sobrenombre. Pero volviendo al punto de que me divertí, mostraré en otra materia la inútil diligencia de algunos. Contaba ese mismo sabio que triunfando Metelo de los cartagineses, vencidos en Sicilia, fue solo entre los romanos el que llevó delante del carro ciento veinte elefantes cautivos. Que Sila fue el último de los romanos que extendió la ronda de los muros, no habiendo sido costumbre de los antiguos alargarla cuando se adquiría nuevo campo en la provincia, sino cuando se ganaba en Italia. El saber esto es de más provecho que averiguar si el monte Aventino está fuera de la ronda, como este mismo sabio afirmaba, dando dos razones: o porque la plebe se retiró a él, o porque consultando Remo en aquel lugar los agüeros, no halló favorables las aves. Seguía diciendo otras innumerables cosas que, o son fingidas, o semejantes a ficciones; porque aunque les concedas escriban estas cosas con buena fe y con riesgo de su crédito, dime: ¿qué culpas se enmendarán con esta doctrina?, ¿qué deseos enfrena?, ¿a quién hace más fuerte, más justo y más liberal? Solía decir nuestro Fabiano que dudaba si era mejor ocuparse de ciertos estudios que no hacerlo. Solos aquéllos gozan de quietud que se desocupan para admitir la sabiduría, y solos ellos son los que viven; porque no sólo aprovechan su tiempo, sino que le añaden todas las edades, haciendo propios suyos todos los años que han pasado; porque si no somos ingratos, es forzoso confesar que aquellos clarísimos inventores de las sagradas ciencias nacieron para nuestro bien y encaminaron nuestra vida: con trabajo ajeno somos adiestrados al conocimiento de cosas grandes, sacadas de las tinieblas a la luz. Ningún siglo nos es prohibido, a todos somos admitidos; y si con la grandeza de ánimo quisiéremos salir de los estrechos límites de la imbecilidad humana, habrá mucho tiempo en que poder espaciarnos. Podremos disputar con Sócrates, dificultar con Carnéades, aquietamos con Epicuro, vencer con los estoicos la inclinación humana, adelantarla con los cínicos, y andar juntamente con la naturaleza en compañía de todas las edades. ¿Cómo, pues, en este breve y caduco tránsito del tiempo no nos entregamos de todo corazón a aquellas cosas que son inmensas y eternas y se comunican con los mejores? Éstos que andan pasando de un ocio en otro, inquietando a sí y a los demás, cuando hayan llegado a lo último de su locura, cuando hayan visitado cada día los umbrales de todos los ministros, cuando hayan entrado por todas las puertas que hallaron abiertas, haciendo sus interesadas visitas en tan inmensa ciudad, entretenida a su vez en varios deseos; ¡a cuántos no encontrarán cuyo sueño, cuya lujuria o cuya descortesía los echen! ¡Cuántos, después de haberles atormentado con hacerles esperar, se les escapen con una fingida prisa! ¡Cuántos, por no salir por los zaguanes llenos de sus paniaguados, huirán por las secretas puertas falsas como si no fuera mayor inhumanidad engañar que despedir! ¡Cuántos, soñolientos y pesados con la embriaguez contraída la noche antes con un arrogante bocezo, abriendo apenas los labios, pagarán a los miserables que perdieron su sueño por guardar el ajeno las salutaciones infinitas veces repetidas! Solo aquéllos (los sabios) están destinados en verdaderas ocupaciones, y se precian tener continuamente por amigos a Zenón, a Pitágoras, a Demócrito, a Aristóteles y Teofrasto, y los demás varones eminentes en las buenas ciencias. Ninguno de éstos (los filósofos) estará ocupado, ninguno dejará de enviar más dichoso y más amador de sí al que viniere a comunicarlos; ninguno de ellos consentirá que los que comunicaren salgan con las manos vacías. Éstos a todas horas de día y de noche se dejan comunicar de todos; ninguno de ellos te forzará a la muerte, y todos ellos te enseñarán a morir. Ninguno hollará tus años, antes te contribuirán de los suyos. Ninguna conversación suya te será peligrosa; no será culpable su amistad ni costosa su veneración.

 

DE LA BREVEDAD DE LA VIDA - A PAULINO (1) (2) (3) (4)

Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos                                                         DE LA BREVEDAD DE LA VIDA (capítulos 12-15)

 

 

  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco