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Lucio Anneo Séneca - Tratados filosóficos
DE LA BREVEDAD DE LA VIDA (capítulos 6-11)
LIBRO QUINTO
DE LA BREVEDAD DE LA VIDA -
A PAULINO (1)
(2)
(3)
(4)
CAPÍTULO VI
Habiendo Livio Druso, hombre áspero y vehemente, promovido las nuevas leyes y los daños de Graco, estando
acompañado de grande
concurso de toda Italia, y no habiendo antevisto el fin de las cosas, que ni
podía ejecutar, ni tenía libertad para retroceder en ellas,
detestando su vida desde la
inquieta niñez, se cuenta que dijo que él solo era quien, ni siendo muchacho, había tenido un día de descanso. Atrevióse, antes de salir
de la edad pupilar y de quitarse la ropa pretexta, a favorecer con los jueces las
causas de los culpados, interponiendo su favor con tanta eficacia, que consta haber violentado algunos pareceres. ¿Hasta dónde
no había de
llegar tan anticipada ambición? Claro está que aquélla tan acelerada audacia había de parar en grande mal particular y público.
Tarde, pues, se quejaba de que no había tenido un día de quietud, habiendo sido sedicioso desde niño y peligroso
en los Tribunales. Dúdase si se mató él mismo: porque cayó habiendo
recibido una repentina herida en la ingle; dudando alguno si en él fue la muerte
voluntaria o venida justo en ocasión. Superfluo será el referirnos a muchos que, siendo tenidos de los demás por dichosísimos, dieron ellos
mismos verdadero testimonio de sí; pero en estas quejas ni se enmendaron, ni enmendaron
a otros: porque al mismo tiempo que las
publicaban con palabras, volvían los afectos a su antigua costumbre. Lo
cierto es que aunque llegue nuestra vida a mil años, se reduce a ser muy corta. En cada siglo se consumen todas las cosas, siendo
forzoso que este espacio de tiempo en que corre la naturaleza, por mucho que se
apresure la razón, se nos huya con toda ligereza: porque
ni impedimos ni detenemos el curso de la cosa más veloz, antes consentimos se vaya como si no fuese necesaria y se pudiese recuperar.
En primer lugar pongo aquéllos que jamás están desocupados sino para el vino y Venus (3), porque
éstos son los más
torpemente entretenidos; que los demás que pecan engañados con apariencia de gloria vana yerran con cubierta de bien. Ora me
hables de los avarientos, ora de los airados, ora de los guerreros, todos éstos pecan más varonilmente; pero
la mancha de los inclinados a sensualidad y deleites es torpe. Examina los días de éstos, mira el tiempo que se les va en
contar, en acechar,
en temer, en reverenciar, y cuánto tiempo les ocupan sus conciertos y los ajenos, cuánto los convites (que ya vienen
a tenerse por oficio), y conocerás que ni sus males ni sus bienes los dejan respirar.
Finalmente, es doctrina comúnmente
recibida que ninguna
acción de los ocupados en estas cosas puede ser acertada; no la elocuencia ni
las artes liberales, porque el ánimo estrechado no
es capaz de cosas grandes, antes las desecha como holladas; y el hombre ocupado en ninguna cosa tiene menor dominio que en su vida,
por ser dificultosísima la ciencia de vivir.
CAPÍTULO VII
De las demás artes, donde quiera se encuentran
muchos profesores, y algunas hay que aun los muy niños las han aprendido de modo que las pueden enseñar; mas la de vivir,
toda la vida se ha de ir estudiando, y lo que más se debe ponderar es
que toda ella se ha de gastar en aprender a morir. Muchos grandes varones, habiendo dejado todos los embarazos, renunciando
las riquezas, oficios y entretenimientos, no se ocuparon en otra cosa hasta el remate de su vida sino en el arte de saber vivir;
y muchos de ellos murieron confesando que aun no habían llegado a conseguirla: ¿cómo, pues, la sabrán los que no la
estudian? Créeme que es de hombres grandes, y que sobrepujan a los humanos errores, no consentir que se les
usurpe un
instante de tiempo, con lo cual viene a ser larguísima su vida, porque todo lo que ella se extendió fue para ellos, no
consintiendo hubiese cosa ociosa y sin cultivar; no entregaron parte alguna al ajeno dominio, porque no hallaron equivalente
recompensa con que permutar el tiempo; y así fueron vigilantísimos guardadores de él, con lo cual les fue suficiente: al
contrario es forzoso les falte a los que el pueblo ha quitado mucha parte de la
vida. Y no entiendas que éstos dejan de conocer
que de aquella causa les procede este daño: a muchos de éstos, a quienes la grande felicidad agobia, oirás exclamar, entre la
caterva de sus paniagudos o con el despacho de los negocios o en las demás honrosas miserias, que no les es permitido vivir.
¿Se maravillan de que no les sea permitido vivir? Todos aquéllos que se le allegan
le apartan de sí. ¿Cuántos días te quitó el preso,
cuántos el pretendiente, cuántos la vieja cansada de enterrar herederos, cuántos el que se fingió enfermo para despertar la
avaricia de los que codician su herencia, cuántos el amigo poderoso que te tiene no para amistad sino para ostentación? Haz
(te ruego) un avanzo, y cuenta los días de tu vida, y verás cuán pocos y desechados han sido los que has tenido para ti. El otro,
que llegó a conseguir el consulado que tanto pretendió, desea dejarlo
y dice: «¿Cuándo se acabará este año?» Tiene el otro a su
cargo las fiestas, habiendo hecho gran aprecio de que le cayó por suerte la comisión, y dice: «¿Cuándo saldré de este cuidado?»
Escogen a uno para abogado entre todos los demás, y llénase el Tribunal de gente para oírle aun hasta donde no alcanza su voz,
y dice: «¿Cuándo se acabará de sentenciar este pleito?» Cada cual precipita su vida, trabajando con el deseo de lo futuro y con
el hastío de lo presente. Pero aquél que aprovecha para sí todo su tiempo, y el que ordena todos sus días para que le sean de
vida, ni desea ni teme al día venidero; porque ¿qué cosa le puede acarrear que le sea disgusto? Conocidas tiene con hartura
todas las cosas; en lo demás disponga la fortuna como quisiere, que ya la vida de éste está en puerto seguro; podrásele añadir
algo, pero quitar no; sucediéndole lo que al estómago, que estando satisfecho y no cargado, admite algún manjar sin haberle
apetecido.
CAPÍTULO VIII
No juzgues, pues, que alguno ha vivido mucho tiempo por verle con canas y con
arrugas; que aunque ha estado mucho tiempo en el
mundo, no ha vivido mucho. ¿Dirás tú,
por ventura, que navegó mucho aquél que, habiendo salido del puerto, le trajo la cruel tempestad de una parte
a otra, y
forzado de la furia de encontrados vientos, anduvo
dando bordos en un mismo paraje? Éste, aunque padeció mucho, no navegó mucho. Suélome admirar cuando veo algunos que piden
tiempo, y que los que lo han de dar se muestran fáciles. Los unos y los otros ponen la mira en el negocio para que se pide
el tiempo, pero no la ponen en el mismo tiempo; y como si lo que se pide y lo que se da fuera
de poquísimo valor, se desprecia
una cosa tan digna de estimación. Engáñalos el ver que el
tiempo no es cosa corpórea, ni se deja comprender con la vista, y así le tienen por cosa vilísima y de ningún valor. Algunos
carísimos varones reciben pago de otros, y por ellos alquilan su trabajo, su cuidado y su diligencia; pero del tiempo no hay quien
haga aprecio: usan de él pródigamente, como de cosa dada gratuitamente. Pon los ojos en los que esto hacen, y míralos cuando
están enfermos, y cuando se les acerca el peligro de la muerta y temen el capital suplicio, y verás que dicen, tocando las rodillas
de los médicos, que están dispuestos a dar toda su hacienda por conservar la vida: tan diversa es en ellos la discordia
de los afectos. Y si, así como podemos traer a cada uno a la memoria el número de los años que se le han pasado, pudiésemos tener
certeza de los que le quedan, ¡oh, cómo temblarían aquéllos a quienes les quedasen pocos, y cómo huirían de disiparlos! La disposición
de lo que es cierto, aunque sea poco, es fácil; pero conviene guardar con mayor diligencia
aquello que no sabes cuándo se te ha
de acabar. Y no pienses que ellos ignoran que el tiempo es cosa preciosa, pues para encarecer el amor que tienen
a los que aman
mucho les suelen decir que están prontos a darles parte de sus años. Lo cierto es que sin entenderlo se los dan; pero danlos
quitándoselos a sí mismo, sin que se acrezcan a los otros; pero como ignoran lo que pierden, viéneles
a ser más tolerable la pérdida del no entendido daño. No hay quien pueda restituirte
los años, y ninguno te restituirá a ti mismo: la edad proseguirá
el camino que comenzó, sin volver atrás ni detenerse; no hará ruido ni te advertirá de su velocidad; pasará con silencio; no se
prorrogará por mandado de los Reyes ni por el favor del pueblo, correrá desde el primer día como se le ordenó; en ninguna
parte tomará posada ni se detendrá. ¿Qué se seguirá de esto? Que mientras tú estás ocupado huye aprisa la vida, llegando la
muerte, para la cual, quieras o no quieras, es forzoso desocuparte.
CAPITULO IX
¿Por ventura alguno (hablo de aquéllos que se precian de prudentes), viviendo con más cuidado, podrá
conseguir el vivir con más
descanso? Disponen la vida haciendo cambios y recambios de ella, y extienden los pensamientos
a término largo, consintiendo la
mayor pérdida de la vida en la dilación: ella nos saca de las manos el primero día, ella nos quita las cosas presentes,
mientras nos está ofreciendo las futuras: siendo gran estorbo para la vida la esperanza, que pende de lo que ha de suceder
mañana. Pierdes lo presente y, disponiendo de lo que está en las manos de la fortuna, dejas lo que está en las tuyas. ¿Dónde
pones la mira? ¿Hasta dónde te extiendes? Todo lo que está por venir es incierto. Vive
el presente, y advierte
que el mayor de los poetas, como inflamado de algún divino oráculo, cantó aquel saludable verso: «El mejor día de
todos los mortales es el
primero que huye.» ¿Cómo te detienes? (dice) ¿Cómo tardas? El tiempo huye si no le ocupas; y aunque le ocupes, huye;
y así, se ha de contrastar su celeridad con la presteza de aprovecharle, cogiendo con prisa el agua como de arroyo rápido que
en pasando la corriente queda seco. También es muy a propósito para condenar los pensamientos prolongados, que no llaman buena
a
la edad sino al día.
CAPÍTULO X
¿Cómo, pues, en tan apresurada huida del tiempo, quieres tú con seguridad y pereza extender en una larga
continuación los meses
y los años, regulándolos a tu albedrío? Advierte que el poeta habló contigo cuando habló del día,
y del día que huye. No se debe, pues, dudar que huye el primero buen día a los miserables y ocupados hombres, cuyos pueriles
ánimos oprime la vejez, llegando a ella desapercibidos y desarmados. No hicieron prevenciones, y dieron de repente
con ella en sus manos, no
echando de ver que cada día se les iba acercando; sucediéndoles lo que a los caminantes, que entretenidos en alguna conversación,
alguna lectura o algún interior pensamiento, echan de ver que han llegado al lugar antes que entendiesen estaban cerca. Así este
continuo y apresurado viaje de la vida, en
que vamos a igual paso los dormidos y los despiertos, no lo conocen los ocupados sino cuando se acabó.
CAPÍTULO XI
Si hubiera de probar con ejemplos y argumentos lo que he propuesto, ocurriéranme muchos con que hacer
evidencia que la vida
de los ocupados es brevísima. Solía decir Fabiano (no de estos filósofos de cátedra, sino de los verdaderos y antiguos) que contra
las pasiones se había de pelear con ímpetu y no con sutileza, ahuyentando el escuadrón de los afectos no con pequeños golpes,
sino con fuertes encuentros; porque para deshacerlos no bastan ligeras escaramuzas, sino heridas que corren. Pero para avergonzar
a los ocupados de sus culpas no basta condolernos de ellos; menester es enseñarles. En tres tiempos se divide la vida:
en presente, pasado y
futuro. De éstos, el presente es brevísimo, el futuro dudoso, el pasado cierto; pero éste, que
ningún
imperio puede volver
atrás y en el que perdió ya su derecho la fortuna, es el que no gozan los ocupados, por faltarles tiempo para poner los ojos en
lo
pasado; y si tal vez lo tienen, es desabrida la memoria de las cosas pasadas, porque contra su voluntad reducen
el ánimo los
tiempos mal empleados, sin tener osadía de acordarse de ellos; porque los vicios, que con algún halago de deleite presente se iban
entrando con disimulación, se manifiestan con la memoria del pasado. Ninguno
otro, sino aquél que reguló sus acciones con el nivel de la buena
conciencia (que jamás se deja engañar culpablemente), hace con gusto
reflexión de la vida pasada; pero el que con ambición deseó muchas
cosas, el que las despreció con soberbia y las adquirió con violencia,
el que engañó con asechanzas, robó con avaricia y despreció con
prodigalidad, es forzoso tema a su misma memoria. Esta parte del tiempo
pasado es una cosa sagrada y dedicada, libre ya de todos los humanos
acontecimientos y exenta del imperio de la fortuna, sin que le aflijan
pobreza o miedo ni el concurso de varias enfermedades. Y no puede inquietarse ni quitarse, por ser su posesión perpetua
e imperturbable. El tiempo presente es sólo de días singulares, y su presencia consiste en instantes. Pero los días del tiempo pasado,
siempre que se lo mandares, aparecerán en tu presencia, consintiendo ser detenidos para ser residenciados
a tu albedrío;
si bien para este examen falta tiempo a los ocupados; que el discurrir sobre toda la vida pasada es dado solamente
a los entendimientos quietos y sosegados. Los ánimos de los entretenidos están como debajo de yugo, no pueden mirarse ni
volver la cabeza. Anegóse, pues, su vida, y aunque le añadas lo que quisieres, no fue de más provecho que lo es
la nada, si no exceptuaron y
reservaron alguna parte. De poca importancia es el darles largo tiempo si no hay en qué haga asiento y se guarde; piérdeseles
por los rotos y agujerados ánimos. El tiempo presente es brevísimo, de tal manera que algunos dicen que no le hay,
porque siempre está en veloz carrera; corre y precipítase, y antes deja de ser
que haya llegado, sin ser más capaz a detenerse
que el orbe y las estrellas, cuyo movimiento es sin descanso y sin pararse en algún
lugar. No gozan, pues, los ocupados más que del tiempo presente, el cual es tan breve que no se puede comprender, y aun éste se
les huye estando ellos distraídos en diversas cosas.
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NOTAS
(3) Otros pecados hay más graves; pero éstos son los
más sucios.
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