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La doctrina estoica

Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica

Defiéndese Epicuro de las calumnias vulgares

Al docto y erudito licenciado Rodrigo Caro, Juez de Testamentos

Don Francisco de Quevedo y Villegas

 


 

 

Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                     LA DOCTRINA ESTOICA

 

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QUEVEDO - LA DOCTRINA ESTOICA  (1) (2) (3) (4)

Quevedo - obras filosóficasEn muchas cosas, con palabras enojadas juntamente, acusó a los Estoicos e hizo burla de sus doctrinas el gran Plutarco, siendo así que todos sus opúsculos morales son estoicos. Escribió un libro que intituló: De las comunes noticias contra los Estoicos: en algo, como hombre, había de pecar el juicio de Plutarco, y si pecó fue en esta parte; persuádome que todo lo que escribió contra los Estoicos fue dictamen del humor y no del seso. No se podía contradecir a Plutarco, sino por defender la doctrina estoica; es disculpa de mi atrevimiento la inocencia del culpado, a quien, no sólo en el libro citado impugna, sino en otros dos; tiene el uno por título: Compendio del comentario en que se muestra que los Estoicos escriben cosas más absurdas que los poetas; y el otro: De las repugnancias de los Estoicos. Los encarecimientos y las demasías, señas son de enojo, no de igualdad. Aunque no falta razón para responder a estos tres libros, me falta tiempo y lugar en esta prefación. Satisfaré al mayor ímpetu, en que Plutarco quiere probar que los Estoicos escriben cosas más absurdas que los poetas. Tales son sus palabras, y a cada una seguirá con asistencia de triaca mi respuesta: El sabio estoico cerrado no está detenido. No su mejor parte, porque la cárcel cierra el cuerpo, no la mente, no el juicio, no el buen propósito, no los pasos del entendimiento, no los actos de la voluntad libre en las prisiones. Ningún tirano ha podido inventar cárcel para las potencias del alma, ni sus crueldades han sabido pasar de los sentidos; no pasa del cuerpo su poderío. Despeñado no padece violencia. No la padece el sabio sino en su cuerpo: si muere despeñado, no la padece el sabio, sino su vida. No llama violencia el sabio que le despeñen, porque sabe cuán fácil es despeñarse él mismo, y que son muchos los que se han despeñado por donde subían alegres, por donde bajaban cuidadosos, por donde andaban seguros; sabe que el golpe le da la vida que se había de acabar sin golpe, que el alma no se despeña si no peca. Quien ayuda al que va cayendo a que caiga, y al que se muere a que muera, ¿cómo le puede hacer violencia si le ayuda? Si le pudo tener, si le pudo remediar y no lo quiso, más mostró flaqueza en lo que dejó de hacer que fuerza en lo que hizo. El sabio más quiere morir digno de vivir, que morir indigno de la vida. El sabio con la sombra del cuerpo defiende la luz del alma, entretiene con la tierra y el polvo las venganzas del tirano, con la ceniza que le satisface le engaña. En los tormentos no padece. No, porque los tormentos y los tiranos padecen a quien los sufre. Si pudiera, hablando como Plutarco, referir cuántos mayores tormentos padecieron los tiranos en la constancia de los mártires que los mártires en los tormentos, el divino español San Lorenzo convenciera esta oposición. El santo ardía en las parrillas, diciendo: «Tirano, vuélveme desotro lado, que ya está asado éste»; y al tirano le servían estas palabras de parrillas. Mas, pues, no me es lícito retraer mi respuesta al sagrado de la Iglesia, acordaré a Plutarco de Anaxágoras, que haciéndole Nicocreonte majar vivo con martillos de hierro, martillaba él a Nicocreonte con decirle: «Maja, maja el costalillo, que Anaxágoras está donde no puede quebrantarle tu mano.» ¿Qué mejor respuesta que la que se ve? Aquí está el sabio en tormentos, y no padece; aquí padece el tirano que atormenta. Cristo nuestro Señor Dios y hombre verdadero, dijo: «No temáis a los que sólo pueden matar el cuerpo.» ¿Quién negará que Anaxarco obedeció lo que no había oído (bien sin fe verdadera), y que Plutarco duda de lo que ve, y contradice la verdad que sabe? Si le abrasan, no se quema. No se quema el sabio que arde, quémase el vestido de su vida en el cuerpo, que no se puede negar es parte del hombre. Los tiranos queman la estatua de lo que no pueden quemar. Blasón mentiroso es suyo decir: queman, al que queman la estatua: contra los sabios y los buenos no pasa, digámoslo así, de la estatua su poder; a él no alcanza el fuego; está más allá de las iras de los hombres; aquel sólo pasa su castigo y sus hogueras más allá del cuerpo, que puede quemar las almas. Queman la parte terrestre del sabio, no al sabio. Aunque es entretenido, es a propósito lo que dijo un caballero francés, en tiempo del gran Enrique: huyóse por graves delitos de Turín; pasó los Alpes en las mayores nieves del invierno; supo después que le habían quemado en estatua el propio día que pasó los hielos de los Alpes, y dijo: «En mi vida he tenido más frío que el día que me quemaron.» Esto que dice de su estatua con verdad el delincuente, dice con más verdad de su cuerpo el sabio, y con gloriosa victoria triunfando el mártir de Cristo. Derribado en la lucha, caí invencible. No lucha el sabio, en sale al certamen, no desciende en la estacada; así lo dice Epicteto, que el sabio será invencible si no lucha ni pelea. Nadie vence sino al que se le opone; el sabio no se opone sino a los vicios y malos afectos: si le vencen, no es sabio; si los vence, es invencible. Rodeado de municiones, no está cercado. No, por la propia razón que estando preso probé que no estaba detenido; está cercado su cuerpo, que es la cerca más apretada que tiene el sabio, y pues, rodeado del cuerpo, no está cercado en el alma en sus operaciones voluntarias, menos lo estará en las municiones. Si le venden los enemigos, no puede ser esclavo. No, porque los enemigos venden el cuerpo, que es esclavo del sabio; no el sabio, que ni puede ser vendido ni esclavo. El sabio sólo es esclavo si sirve al cuerpo; si se sirve del cuerpo, siempre es libre; en el cautiverio reina. Por esto los enemigos venden el esclavo del sabio, no al sabio. Al discípulo que de la escuela estoica aprende virtud, le es lícito decir:

Desea lo que quisieres
Que todo lo alcanzarás

A estas palabras no respondo yo, porque Epicteto las desmiente en su Manual, cap. XIII: «No desees que lo que se hiciere se haga a tu voluntad; antes si eres sabio, has de querer que las cosas se hagan como se hacen.» Expresamente enseña lo contrario de lo que le impone Plutarco. Él dice que el Estoico desee lo que quisiere y lo alcanzará todo. El Estoico dice que no ha de desear que alguna cosa se haga a su voluntad, sino acomodar su voluntad a cualquiera cosa que se haga. A mí me tocó mostrar en esta parte a Plutarco falto de razón, y a los Estoicos mostrarles falto de verdad. La virtud los da riqueza, los adquiere reinos, los granjea la fortuna, los hace dichosos, abundantes de todo, todos de sí suficientes, aunque no tengan ni una moneda de patrimonio. Esta ironía de Plutarco hace verdad a su pesar la virtud a quien atribuye en el Estoico estas riquezas, este reino, esta felicidad, esta abundancia. ¿Quién negará que sola puede la virtud dar estas cosas, sino quien ignora la opulencia de la virtud? No niego que todas estas cosas mismas aparentemente las reciben los malos de los delitos y de otros peores, y que se gastan más veces en precio de maldades que en premio de méritos; mas estos bienes en la mano injusta que los da pierden la naturaleza, y en la codicia que los recibe el uso. A los peces igualmente los da alimento la mano que se le arroja porque se sustenten, y la que se le ofrece disimulando el anzuelo para pescarlos; del uno tragan muerte, del otro alimento. El pecado y el delito dan riquezas, reinos, felicidad y abundancia: con anzuelo pescan y no dan. La virtud sola las da sin cautela y engaño. Si la justicia las debe solamente a la virtud, ¿por qué se persuade Plutarco que será tramposa con la virtud la justicia, y que no hará lo que debe hacer la que castiga en todos el no hacer lo que deben? No me hubiera atrevido a contradecir a Plutarco, si me hubiera podido atrever a culpar en esta parte a los Estoicos.

 

QUEVEDO - LA DOCTRINA ESTOICA  (1) (2) (3) (4)

Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                     LA DOCTRINA ESTOICA

 

 

 

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