|
Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales
LA DOCTRINA ESTOICA
QUEVEDO -
LA DOCTRINA ESTOICA
(1)
(2)
(3)
(4)
El cap.
XIII de nuestro Manual confiesa es discípulo, no sólo en el precepto, sino en las palabras propias de este sagrado libro. Dice así: en los que siguen la división de Simplicio en el original griego y texto latino, y en
español Correa, Sánchez desigualó los capítulos con otra división, y yo sigo la suya:
«Nunca digas perdí tal cosa, sino restituíla: si se muere tu hijo, no digas perdíle, sino paguéle. Robáronte la heredad, también dirás que la restituiste. Replicarás es ladrón y malo el que te
la robó; ¿qué cuidado tomas tú del cobrador que envía el acreedor por lo que le debes?» Ya he referido el texto sagrado de la manera que Job hizo esto, pues dándole nuevas de que el fuego le había abrasado sus ganados y los pastores, y que el viento le había enterrado en su propia casa en su ruina sus hijos; que los Sabeos le habían robado las vacadas y las yeguadas, y los Caldeos le habían hurtado los camellos; sin diferenciar del fuego y del viento,
a los ladrones los reconoció por cobradores que Dios le enviaba por
los bienes que le había dado; y no dijo robáronme los ladrones, antes dijo: «Dios me lo dio, Dios me lo quita; como
a Dios agradó, así se ha hecho; sea el nombre del Señor bendito.» Y para ver que reconoció literalmente
a los ladrones por cobradores que Dios suele enviar, lo dijo en el cap.
XIX, vers. 12: «Juntos vinieron sus ladrones, y se hicieron camino por mí, y cercaron en torno mi tabernáculo.»
Últimamente traduce Epicteto de Job aquellas palabras literalmente:
«Sicut Domino placuit, ita factum est»; en en el capítulo postrero:
«Si Deo ita visum fuerit, ita fiat.» Queda cuanto
a la doctrina ennoblecido el origen estoico, deducido de este libro sagrado donde se lee obrada su doctrina y más abundante en todas sus palabras. Resta cronológicamente probar este origen.
Todos nombran príncipe de esta escuela a Zenón Citieo, llamado así de la ciudad de Cittio, en Cypro. Éste fue discípulo de
Cratete Cínico, y persuadido de honesta y urbana vergüenza, siguiendo los dogmas de los Cínicos, limpió su persona del asco que afectaban y la vida de la inmundicia de su desprecio; de que se colige que la doctrina de los Estoicos, que con este nombre empezó en Zenón, era de los Cínicos,
a que Zenón añadió la limpieza porque el desaliño envilecido no la
difamase. No está la humildad en lo vil, sino en el desprecio de lo preciso. La suciedad no es señal de la sabiduría, sino mancha. La sabiduría puede ser pobre y no debe ser asquerosa; mucho la
dio Zenón en lo que la quitó: ya que no la inventó el primero, fue el primero que la vistió bien; tal andaba, que por no verla
no la oían, y con traje decente la granjeó por silbos aplauso, y por escarnio se quitó, Estrabón, lib.
XIV de la Patria referida a Zenón, tratado de Cyprio: «Tiene puerto de Cittio, que se puede cerrar donde nació
Zenón, capitán y príncipe de la secta estoica.» Diógenes: «Zenón Citieo de un pueblo griego de Cypro; empero que fue habitado de los Phenizes.» Dice Suidas
lo propio: «Zenón se llamó por sobrenombre Phénix, porque los Phenizes fueron habitadores de su patria.» Dice Cicerón en la 5.ª de las
Tusculanas: «Que los de Cittio eran Phenizes.» Se colige de Diógenes Laercio en la vida de Zenón: «Reverenciaban
a Zenón igualmente los Citieos que habitaban en Sidón.» Colígese de todos los autores citados que los Cínicos y Zenón,
que fue su discípulo, y el capitán de los Cínicos limpios y aliñados, que se llamaron Estoicos,
se precian de ser naturales de las tierras confines con Judea, de donde se derivó la sabiduría
a todas las naciones, por lo que no sólo es posible, sino fácil, antes forzoso, el
haber los Cínicos y los Estoicos visto los libros sagrados, siendo mezclados por
la habitación con los Hebreos, que nunca los dejaban de la mano. Lo que
se colige de estas autoridades, y se prueba con la demostración que he hecho de su doctrina y del texto del libro de Job. El intento de los Estoicos fue despreciar todas las cosas que están en ajeno poder, y esto sin despreciar sus personas con el desaliño y vileza; seguir la virtud y gozarla por virtud y por premio. Poner el espíritu más allá de las perturbaciones. Poner
al hombre encima de las adversidades, ya que no puede estar fuera por ser hombre. Establecer por la insensibilidad la paz del alma, independiente de socorros forasteros y de sediciones interiores; vivir con el cuerpo,
mas no para el cuerpo. Contar por vida la buena, no la larga. No por muchos los años, sino por inculpables. Tantos contaban que vivían
como lograban. Vivían para morir, y como quien
vive muriendo. Acordábanse del mucho tiempo en que no fueron; sabían que había poco tiempo que eran. Veían que eran poco y para poco tiempo, y creían que cada hora era posible que no fuesen. No despreciaban la muerte, porque la tenían por el
último bien de la naturaleza; no la temían, porque la juzgaban descanso y forzosa. He llegado
al escándalo de esta secta. En la paradoja de los Estoicos se lee con este título:
«Puede el sabio darse la muerte, esle decente y debe hacerlo.» Animosamente se bebió la muerte Sócrates. Animosamente la saludó en el baño Séneca; aquél en la secta Jónica discípulo de Archelao ateniense,
como todos afirman, sin que importe la contradicción que les hace en sus versos Sidonio,
a quien desautorizan las contradicciones que hay en ellos propios. Y si bien fue de la secta Jónica, que Sidonio llama Socrática, fue el que primero mejoró el estudio de la astrología y
filosofía moral en el de las costumbres. Y por esto con Séneca, que fue
estoico, nombró a Sócrates, que lo fue antes que tuviesen el nombre: empero ni Sócrates ni Séneca, el uno bebiendo el veneno y el otro desangrándose en el baño, acreditaron la paradoja de poder el sabio y deber darse la muerte. Los dos estaban condenados
a morir; no se tomaron la muerte, sino escogieron género de muerte, siendo forzoso padecerla. Referiré, no sin dolor, las palabras de Séneca, epist.
LXXIX: «Poca diferencia hay de que la muerte venga a nosotros, o que nosotros vamos
a ella. Persuádete que fue de hombre ignorantísimo aquella palabra:
Hermosa cosa es morir su muerte.» Razones que aun no las oyó sin reprensión la filosofía idólatra, que las condena la sacrosanta verdad cristiana. No sólo dice Séneca estas palabras, mas la aconseja y las persuade,
De ira, III, cap. XV: «A cualquier parte que mirares, allí está el fin de los males. ¿Ves aquel despeñadero? Por allí se baja
a la libertad. ¿Ves aquel mar, aquel río, aquel pozo? Allí en lo hondo habita la libertad.
¿Ves aquel árbol corto, seco e infeliz? La libertad cuelga de él. ¿Ves tu cuello, tu garganta, tu corazón? Huidas son de tu cautiverio. Dirásme: muy trabajosas salidas me enseñas, y que requieren mucho
ánimo y valentía. ¿Preguntas, pues, cuál sea el camino para la libertad? Cualquier vena en el
cuerpo.» Ni el ser Séneca cordobés, ni el ser tales los escritos de Séneca, han podido acallarme para que en esta parte no diga que con ellas antes se mostró Timón que
Séneca, tanto peor cuanto mejor hablado. Timón digo, el que por enemigo del género humano condenaron, aquél que rogaba y persuadió
a los hombres a que se ahorcasen de un árbol que tenía dedicado a este fruto. ¿Cómo, ¡oh grande Séneca! no conociste que es cobardía necia dejarse vencer del miedo
de los trabajos; que es locura matarse por no morir? Contigo, no con
Fanio, hablaba Marcial cuando dijo:
«Matóse Fanio al huir
De su enemigo el rigor:
Pregunto yo: ¿no es furor
Matarse por no morir?»
Desquitéme de un español con otro. Admírame que admirando nuestro Séneca en su Epicuro la valentía con que llamó bienaventurado día suyo el que moría combatido de incomparables dolores de la vejiga y de los intestinos llagados, aconsejase la muerte violenta y
desesperada por no padecerlos. Y es de advertir que no porque Séneca tenga opinión de que es licito darse la muerte, es opinión estoica; no lo es sino de
un Estoico. Oigamos a nuestro Epicteto: «Hombres, sufrid; aguardad a Dios, hasta que él os llame y os desate de este ministerio: entonces volved
a él; ahora padeced con ánimo igual, y vivid esta región en que os puso, porque de verdad es corto el tiempo de esta habitación, y fácil y no pesada
a los que así lo sienten.» Por ser palabras éstas tan enriquecidas de verdad y tan piadosas, que pudiera haberlas dicho varón cristiano, se leen en favor de ellas y en acusación de los Estoicos, que dijeron las contrarias. Esta sutil
es acusación de San Agustín, de Civ., XIX, capítulo IV: «Yo me admiro con qué vergüenza afirman que no
hay males, diciendo que si fueran tantos que el sabio no los pueda sufrir,
o no los deba tolerar, que puede darse muerte y sacarse de esta vida.» Débame la doctrina estoica que la defienda de la fealdad de este error, en que algunos Estoicos se culparon.
|