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BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO - Catálogo

La doctrina estoica

Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica

Defiéndese Epicuro de las calumnias vulgares

Al docto y erudito licenciado Rodrigo Caro, Juez de Testamentos

Don Francisco de Quevedo y Villegas


 

 

Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                     LA DOCTRINA ESTOICA

QUEVEDO - LA DOCTRINA ESTOICA

Estudiemos algo para el que estudia, escribamos para el que escribe.

Quevedo - La doctrina estoica - Obras filosóficasPues hablar con el docto, para el que ignora, es acreditarse el que habla, no obligarle. Yo, señor, quiero que el libro y todo lo que en él es forzoso, se defienda en la caridad de los amigos. A D. Juan de Herrera di el tratado, a Vm. las cuestiones de él. Más eruditas fueran si de su nota las trasladara que escribiéndolas de la mía. Empero en la condición de mi obra no tiene lugar otra demostración de mi buena amistad. Escribiré lo que Vm. sabe mejor, como yo lo sé; por esto me contento con que se tolere mi discurso, sin pretender que se apruebe.

Los Estoicos, cuya doctrina nos dio en arte fácil y provechosa Epicteto, se llamaron así de Pórtico donde se juntaban: léese en Atheneo, III, aquellas hablillas del vario Pórtico. Por esto en el propio Atheneo, libro XIII, los llama un poema cómico (burlando de ellos) Portaleros. «Oid (dice el cómico), los portaleros mercaderes de sueños, árbitros y censores de palabras.» De que se colige que entonces, como hoy, los mercaderes y hombres de negocios en la antigüedad se juntaban en los pórticos que llamamos lonjas. A esta afrenta del cómico, que por el pórtico llamó a los Estoicos mercaderes de mentiras, responde Tertuliano: Proscript. Adu. Haeretic. Porque cristiano se preciaba de Estoico, con estas palabras: «Nuestra institución es del Pórtico de Salomón»: autoridad que fortalece mi discurso en la opinión que tengo de su origen, de que hablaré en segundo lugar, porque los Peripatéticos y los Estoicos llamaron sus sectas del huerto y del lugar donde se juntaban, y no de los príncipes de aquellas doctrinas. Es advertencia que merece consideración. No tengo otro quien seguir en mi parecer; poca importaría, si mereciese que me siguiese otro. Los filósofos mayor reconocimiento tuvieron siempre al lugar que les fue oportuno para discurrir, y a quien les dio el ocio para asistir en él, que a los maestros que les enseñaban. Séneca me ocasionó esta interpretación. El juicio es mío, las palabras son suyas, él las dice, yo las aplico, epístola LXXIV: «Paréceme que yerran aquellos que sospechan que los fielmente dados a la filosofía son contumaces y enemigos, y despreciadores de los magistrados y de los reyes, y de aquellos por cuya autoridad es gobernada la república. Antes por el contrario, a ninguno son más agradecidos, pues a nadie dan más que a aquéllos a quien permiten gozar de ocio seguro. Por lo cual éstos a quienes para el propósito de bien vivir hace la seguridad pública, es necesario que al autor de este bien le reverencien como padre.» Aquel lugar que los guardaba la soledad en el rumor de las ciudades; aquel sitio que los vedaba su ocio en la ocupación espiritual; aquel huerto que con unas tapias juntaba los estudiosos y apartaba los solícitos; aquel pórtico que guardaba el retiramiento para el logro de todas las horas, sin el cual ni los maestros pudieran enseñar ni los discípulos aprender, con razón merecieron el blasón de las profesiones; y por esto el nombre y reconocimiento de padres, los ministros y reyes que disponen en las repúblicas el ocio que estos lugares guardan y logran. Santifica David los portales y los atrios en la casa de Dios, salmo XLIII: «Cuán amados son, Señor Dios de las virtudes, tus tabernáculos.» Y en el verso 2: «Porque es mejor un día en tus atrios que mil; tuve por mejor estar despreciado en la casa de mi Dios, que habitar en los tabernáculos de los pecadores.» Infinita reverencia se debe a los tabernáculos, atrios y casas divinas. Grande amor y reconocimiento a los pórticos y retiramientos virtuosos; y sumo aborrecimiento a todos los lugares y escuelas en que se juntan los malos y los pecadores. David empieza con esta doctrina, salmo I, «Bienaventurado aquel varón que no va al concilio de los impíos, que no anda en el camino de los malos, que no se sienta en la cátedra de la pestilencia.» ¡Oh, si aquella carta de nuestro Séneca a Lucilo valiese por carta de favor para los príncipes en recomendación de los estudiosos, contra cuyas horas se arruga el ceño de los que mandan, teniendo su ejercicio por espía y su juicio por acusación! Bien se conoce que la escribió con este intento Séneca, mas no se conoce que haya conseguido su intento.

El origen de los Estoicos es más anciano que el nombre y diferente del que muchos han hallado, y más noble pretendo que me deban estas dos postreras prerrogativas.

La secta de los Estoicos, que entre todas las demás miró con mejor vista a la virtud, y por esto mereció ser llamada seria, varonil y robusta, que tanta vecindad tiene con la valentía cristiana, y pudiera blasonar parentesco calificado con ella, si no pecara en lo demasiado de la insensibilidad; en que Santo Tomás la reprende y convence con las acciones de la vida de Cristo nuestro Señor Dios y hombre verdadero, y con él otros muchos doctores, y particularmente Pedro Comestor en su historia eclesiástica, en los lugares que Cristo, sabiduría eterna, se afligió, se turbó, se enojó, temió y lloró; esta doctrina tiene hasta hoy el origen poco autorizado, no el que merece y la es decente. No pudieron verdades tan desnudas del mundo cogerse limpias de la tierra y polvo de otra fuente que de las sagradas letras. Y oso afirmar que se derivan del libro sagrado de Job, trasladadas en precepto de sus acciones y palabras literalmente. Probarélo con demostraciones y con la cronología de los primeros profesores.

La doctrina toda de los Estoicos se cierra en este principio: que las cosas se dividen en propias y ajenas; que las propias están en nuestra mano, y las ajenas en la mano ajena; que aquéllas nos tocan, que estotras no nos pertenecen, y que por esto no nos han de perturbar ni afligir; que no hemos de procurar que en las cosas se haga nuestro deseo, sino ajustar nuestro deseo con los sucesos de las cosas, que así tendremos libertad, paz y quietud; y al contrario, siempre andaremos quejosos y turbados; que no hemos de decir que perdemos los hijos ni la hacienda, sino que los pagamos a quien nos los prestó, y que el sabio no ha de acusar por lo que le sucediere a otro ni a sí, ni quejarse de Dios. Job perdió sus hijos, la casa, la hacienda, la salud y la mujer, mas no la paciencia, y a los que le daban las nuevas de que los ganados se los habían robado, que el fuego le había abrasado los criados, y el viento le había derribado la casa, no respondía quejándose de los ladrones, ni del fuego, ni del viento: no decía que se lo habían quitado; decía que quien se lo dio lo cobraba: «Dios lo dio, Dios lo quita; sea el nombre de Dios bendito.» Y no sólo lo volvía, sino también le daba gracias porque lo había cobrado, y para mostrar que los reconocía por bienes ajenos, dijo: «Desnudo nací del vientre de mi madre, desnudo volveré.» No culpó Job a los ladrones ni a sí; la mujer le tentó para que culpase a Dios, y viéndole población de gusanos en un muladar, donde el estiércol le acogía con asco, le dijo: «Aun permaneces en tu simplicidad; bendice a Dios y muérete.» Reprendiéndole el bendecir a Dios con la ironía, y el no quejarse de él. A que respondió: «Has hablado como una mujer necia. Si los bienes los recibimos de la mano de Dios, ¿por qué no recibiremos los males?» ¿Quién negará que esta acción y palabras literalmente y sin ningún rodeo ni esfuerzo de aplicación no es y son el original de la doctrina estoica, justificadas en incomparable simplicidad de varón que en la tierra no tenía semejante? No es encarecimiento mío, sino voz divina del texto. Díjole Dios a Satanás: «Acaso consideraste a mi siervo Job, como no tiene semejante en la tierra, hombre simple y recto y temeroso de Dios, y que se aparta del mal.» En sólo este capítulo se lee todo lo que trasladó Epicteto por la tradición de sus antecesores en esta doctrina estoica. Léese la división de las cosas propias que son las opiniones de las cosas, y la fuga y la apetencia, el desprecio de las que son ajenas en la salud, en la vida, en la hacienda, en la mujer y los hijos. En recoger esto gasta Epicteto el capítulo primero y segundo, tercero y cuarto hasta el nono, sin escribir precepto que aquí no se vea ejecutado, y este postrero que numeré, enseña que a los hombres no los perturban las cosas, sino las opiniones que de ellas tenemos por espantosas, no siéndolo. Pone Epicteto el ejemplo en la muerte, y dice que si fuera fea, a Sócrates se lo pareciera. ¡Cuánto mejor la ejemplifica Job, de quien esta verdad se derivó a Sócrates! El mostró que ni la pobreza, ni la calamidad ultimada , ni la pérdida de hijos, ni la persecución de los amigos y de la mujer, ni la enfermedad, por asquerosa, más horrible que la muerte, eran por sí horribles ni enojosas; y no sólo tuvo buenas opiniones de todas, que es lo que estaba en su mano, sino que enseñó a su mujer a que tuviese buenas opiniones de ellas, y todo su libro no se ocupa en otra cosa sino en enseñar a sus amigos que los que él padece no son males, sino que las opiniones descaminadas que ellos tenían les hacían que les pareciesen males. No sólo Job tuvo el espíritu invencible en ellos, antes con estas palabras se mostró sediento de mayores calamidades, capitulo VI: «Quien empezó me quebrante, suelte su mano y acábeme, y ésta sea mi consolación, que afligiéndome en dolor, no perdone.» Como pudo trasladó estas hazañosas razones Epicteto, cuando decía: «Plue, Domine, super me calamitates. Llueve, oh Dios, sobre mí calamidades.»

El cap. XIII de nuestro Manual confiesa es discípulo, no sólo en el precepto, sino en las palabras propias de este sagrado libro. Dice así: en los que siguen la división de Simplicio en el original griego y texto latino, y en español Correa, Sánchez desigualó los capítulos con otra división, y yo sigo la suya: «Nunca digas perdí tal cosa, sino restituíla: si se muere tu hijo, no digas perdíle, sino paguéle. Robáronte la heredad, también dirás que la restituiste. Replicarás es ladrón y malo el que te la robó; ¿qué cuidado tomas tú del cobrador que envía el acreedor por lo que le debes?»

Ya he referido el texto sagrado de la manera que Job hizo esto, pues dándole nuevas de que el fuego le había abrasado sus ganados y los pastores, y que el viento le había enterrado en su propia casa en su ruina sus hijos; que los Sabeos le habían robado las vacadas y las yeguadas, y los Caldeos le habían hurtado los camellos; sin diferenciar del fuego y del viento, a los ladrones los reconoció por cobradores que Dios le enviaba por los bienes que le había dado; y no dijo robáronme los ladrones, antes dijo: «Dios me lo dio, Dios me lo quita; como a Dios agradó, así se ha hecho; sea el nombre del Señor bendito.» Y para ver que reconoció literalmente a los ladrones por cobradores que Dios suele enviar, lo dijo en el cap. XIX, vers. 12: «Juntos vinieron sus ladrones, y se hicieron camino por mí, y cercaron en torno mi tabernáculo.» Últimamente traduce Epicteto de Job aquellas palabras literalmente: «Sicut Domino placuit, ita factum est»; en en el capítulo postrero: «Si Deo ita visum fuerit, ita fiat.»

Queda cuanto a la doctrina ennoblecido el origen estoico, deducido de este libro sagrado donde se lee obrada su doctrina y más abundante en todas sus palabras. Resta cronológicamente probar este origen. Todos nombran príncipe de esta escuela a Zenón Citieo, llamado así de la ciudad de Cittio, en Cypro. Éste fue discípulo de Cratete Cínico, y persuadido de honesta y urbana vergüenza, siguiendo los dogmas de los Cínicos, limpió su persona del asco que afectaban y la vida de la inmundicia de su desprecio; de que se colige que la doctrina de los Estoicos, que con este nombre empezó en Zenón, era de los Cínicos, a que Zenón añadió la limpieza porque el desaliño envilecido no la difamase. No está la humildad en lo vil, sino en el desprecio de lo preciso. La suciedad no es señal de la sabiduría, sino mancha. La sabiduría puede ser pobre y no debe ser asquerosa; mucho la dio Zenón en lo que la quitó: ya que no la inventó el primero, fue el primero que la vistió bien; tal andaba, que por no verla no la oían, y con traje decente la granjeó por silbos aplauso, y por escarnio se quitó, Estrabón, lib. XIV de la Patria referida a Zenón, tratado de Cyprio: «Tiene puerto de Cittio, que se puede cerrar donde nació Zenón, capitán y príncipe de la secta estoica.» Diógenes: «Zenón Citieo de un pueblo griego de Cypro; empero que fue habitado de los Phenizes.» Dice Suidas lo propio: «Zenón se llamó por sobrenombre Phénix, porque los Phenizes fueron habitadores de su patria.» Dice Cicerón en la 5.ª de las Tusculanas: «Que los de Cittio eran Phenizes.» Se colige de Diógenes Laercio en la vida de Zenón: «Reverenciaban a Zenón igualmente los Citieos que habitaban en Sidón.» Colígese de todos los autores citados que los Cínicos y Zenón, que fue su discípulo, y el capitán de los Cínicos limpios y aliñados, que se llamaron Estoicos, se precian de ser naturales de las tierras confines con Judea, de donde se derivó la sabiduría a todas las naciones, por lo que no sólo es posible, sino fácil, antes forzoso, el haber los Cínicos y los Estoicos visto los libros sagrados, siendo mezclados por la habitación con los Hebreos, que nunca los dejaban de la mano. Lo que se colige de estas autoridades, y se prueba con la demostración que he hecho de su doctrina y del texto del libro de Job.

El intento de los Estoicos fue despreciar todas las cosas que están en ajeno poder, y esto sin despreciar sus personas con el desaliño y vileza; seguir la virtud y gozarla por virtud y por premio. Poner el espíritu más allá de las perturbaciones. Poner al hombre encima de las adversidades, ya que no puede estar fuera por ser hombre. Establecer por la insensibilidad la paz del alma, independiente de socorros forasteros y de sediciones interiores; vivir con el cuerpo, mas no para el cuerpo. Contar por vida la buena, no la larga. No por muchos los años, sino por inculpables. Tantos contaban que vivían como lograban. Vivían para morir, y como quien vive muriendo. Acordábanse del mucho tiempo en que no fueron; sabían que había poco tiempo que eran. Veían que eran poco y para poco tiempo, y creían que cada hora era posible que no fuesen. No despreciaban la muerte, porque la tenían por el último bien de la naturaleza; no la temían, porque la juzgaban descanso y forzosa. He llegado al escándalo de esta secta. En la paradoja de los Estoicos se lee con este título: «Puede el sabio darse la muerte, esle decente y debe hacerlo.»

Animosamente se bebió la muerte Sócrates. Animosamente la saludó en el baño Séneca; aquél en la secta Jónica discípulo de Archelao ateniense, como todos afirman, sin que importe la contradicción que les hace en sus versos Sidonio, a quien desautorizan las contradicciones que hay en ellos propios. Y si bien fue de la secta Jónica, que Sidonio llama Socrática, fue el que primero mejoró el estudio de la astrología y filosofía moral en el de las costumbres. Y por esto con Séneca, que fue estoico, nombró a Sócrates, que lo fue antes que tuviesen el nombre: empero ni Sócrates ni Séneca, el uno bebiendo el veneno y el otro desangrándose en el baño, acreditaron la paradoja de poder el sabio y deber darse la muerte. Los dos estaban condenados a morir; no se tomaron la muerte, sino escogieron género de muerte, siendo forzoso padecerla. Referiré, no sin dolor, las palabras de Séneca, epist. LXXIX: «Poca diferencia hay de que la muerte venga a nosotros, o que nosotros vamos a ella. Persuádete que fue de hombre ignorantísimo aquella palabra: Hermosa cosa es morir su muerte.» Razones que aun no las oyó sin reprensión la filosofía idólatra, que las condena la sacrosanta verdad cristiana. No sólo dice Séneca estas palabras, mas la aconseja y las persuade, De ira, III, cap. XV: «A cualquier parte que mirares, allí está el fin de los males. ¿Ves aquel despeñadero? Por allí se baja a la libertad. ¿Ves aquel mar, aquel río, aquel pozo? Allí en lo hondo habita la libertad. ¿Ves aquel árbol corto, seco e infeliz? La libertad cuelga de él. ¿Ves tu cuello, tu garganta, tu corazón? Huidas son de tu cautiverio. Dirásme: muy trabajosas salidas me enseñas, y que requieren mucho ánimo y valentía. ¿Preguntas, pues, cuál sea el camino para la libertad? Cualquier vena en el cuerpo.» Ni el ser Séneca cordobés, ni el ser tales los escritos de Séneca, han podido acallarme para que en esta parte no diga que con ellas antes se mostró Timón que Séneca, tanto peor cuanto mejor hablado. Timón digo, el que por enemigo del género humano condenaron, aquél que rogaba y persuadió a los hombres a que se ahorcasen de un árbol que tenía dedicado a este fruto. ¿Cómo, ¡oh grande Séneca! no conociste que es cobardía necia dejarse vencer del miedo de los trabajos; que es locura matarse por no morir? Contigo, no con Fanio, hablaba Marcial cuando dijo:

«Matóse Fanio al huir
De su enemigo el rigor:
Pregunto yo: ¿no es furor
Matarse por no morir?»

Desquitéme de un español con otro. Admírame que admirando nuestro Séneca en su Epicuro la valentía con que llamó bienaventurado día suyo el que moría combatido de incomparables dolores de la vejiga y de los intestinos llagados, aconsejase la muerte violenta y desesperada por no padecerlos.

Y es de advertir que no porque Séneca tenga opinión de que es licito darse la muerte, es opinión estoica; no lo es sino de un Estoico. Oigamos a nuestro Epicteto: «Hombres, sufrid; aguardad a Dios, hasta que él os llame y os desate de este ministerio: entonces volved a él; ahora padeced con ánimo igual, y vivid esta región en que os puso, porque de verdad es corto el tiempo de esta habitación, y fácil y no pesada a los que así lo sienten.» Por ser palabras éstas tan enriquecidas de verdad y tan piadosas, que pudiera haberlas dicho varón cristiano, se leen en favor de ellas y en acusación de los Estoicos, que dijeron las contrarias. Esta sutil es acusación de San Agustín, de Civ., XIX, capítulo IV: «Yo me admiro con qué vergüenza afirman que no hay males, diciendo que si fueran tantos que el sabio no los pueda sufrir, o no los deba tolerar, que puede darse muerte y sacarse de esta vida.»

Débame la doctrina estoica que la defienda de la fealdad de este error, en que algunos Estoicos se culparon.

En muchas cosas, con palabras enojadas juntamente, acusó a los Estoicos e hizo burla de sus doctrinas el gran Plutarco, siendo así que todos sus opúsculos morales son estoicos. Escribió un libro que intituló: De las comunes noticias contra los Estoicos: en algo, como hombre, había de pecar el juicio de Plutarco, y si pecó fue en esta parte; persuádome que todo lo que escribió contra los Estoicos fue dictamen del humor y no del seso. No se podía contradecir a Plutarco, sino por defender la doctrina estoica; es disculpa de mi atrevimiento la inocencia del culpado, a quien, no sólo en el libro citado impugna, sino en otros dos; tiene el uno por título: Compendio del comentario en que se muestra que los Estoicos escriben cosas más absurdas que los poetas; y el otro: De las repugnancias de los Estoicos. Los encarecimientos y las demasías, señas son de enojo, no de igualdad. Aunque no falta razón para responder a estos tres libros, me falta tiempo y lugar en esta prefación. Satisfaré al mayor ímpetu, en que Plutarco quiere probar que los Estoicos escriben cosas más absurdas que los poetas. Tales son sus palabras, y a cada una seguirá con asistencia de triaca mi respuesta: El sabio estoico cerrado no está detenido. No su mejor parte, porque la cárcel cierra el cuerpo, no la mente, no el juicio, no el buen propósito, no los pasos del entendimiento, no los actos de la voluntad libre en las prisiones. Ningún tirano ha podido inventar cárcel para las potencias del alma, ni sus crueldades han sabido pasar de los sentidos; no pasa del cuerpo su poderío. Despeñado no padece violencia. No la padece el sabio sino en su cuerpo: si muere despeñado, no la padece el sabio, sino su vida. No llama violencia el sabio que le despeñen, porque sabe cuán fácil es despeñarse él mismo, y que son muchos los que se han despeñado por donde subían alegres, por donde bajaban cuidadosos, por donde andaban seguros; sabe que el golpe le da la vida que se había de acabar sin golpe, que el alma no se despeña si no peca. Quien ayuda al que va cayendo a que caiga, y al que se muere a que muera, ¿cómo le puede hacer violencia si le ayuda? Si le pudo tener, si le pudo remediar y no lo quiso, más mostró flaqueza en lo que dejó de hacer que fuerza en lo que hizo. El sabio más quiere morir digno de vivir, que morir indigno de la vida. El sabio con la sombra del cuerpo defiende la luz del alma, entretiene con la tierra y el polvo las venganzas del tirano, con la ceniza que le satisface le engaña. En los tormentos no padece. No, porque los tormentos y los tiranos padecen a quien los sufre. Si pudiera, hablando como Plutarco, referir cuántos mayores tormentos padecieron los tiranos en la constancia de los mártires que los mártires en los tormentos, el divino español San Lorenzo convenciera esta oposición. El santo ardía en las parrillas, diciendo: «Tirano, vuélveme desotro lado, que ya está asado éste»; y al tirano le servían estas palabras de parrillas. Mas, pues, no me es lícito retraer mi respuesta al sagrado de la Iglesia, acordaré a Plutarco de Anaxágoras, que haciéndole Nicocreonte majar vivo con martillos de hierro, martillaba él a Nicocreonte con decirle: «Maja, maja el costalillo, que Anaxágoras está donde no puede quebrantarle tu mano.» ¿Qué mejor respuesta que la que se ve? Aquí está el sabio en tormentos, y no padece; aquí padece el tirano que atormenta. Cristo nuestro Señor Dios y hombre verdadero, dijo: «No temáis a los que sólo pueden matar el cuerpo.» ¿Quién negará que Anaxarco obedeció lo que no había oído (bien sin fe verdadera), y que Plutarco duda de lo que ve, y contradice la verdad que sabe? Si le abrasan, no se quema. No se quema el sabio que arde, quémase el vestido de su vida en el cuerpo, que no se puede negar es parte del hombre. Los tiranos queman la estatua de lo que no pueden quemar. Blasón mentiroso es suyo decir: queman, al que queman la estatua: contra los sabios y los buenos no pasa, digámoslo así, de la estatua su poder; a él no alcanza el fuego; está más allá de las iras de los hombres; aquel sólo pasa su castigo y sus hogueras más allá del cuerpo, que puede quemar las almas. Queman la parte terrestre del sabio, no al sabio. Aunque es entretenido, es a propósito lo que dijo un caballero francés, en tiempo del gran Enrique: huyóse por graves delitos de Turín; pasó los Alpes en las mayores nieves del invierno; supo después que le habían quemado en estatua el propio día que pasó los hielos de los Alpes, y dijo: «En mi vida he tenido más frío que el día que me quemaron.» Esto que dice de su estatua con verdad el delincuente, dice con más verdad de su cuerpo el sabio, y con gloriosa victoria triunfando el mártir de Cristo. Derribado en la lucha, caí invencible. No lucha el sabio, en sale al certamen, no desciende en la estacada; así lo dice Epicteto, que el sabio será invencible si no lucha ni pelea. Nadie vence sino al que se le opone; el sabio no se opone sino a los vicios y malos afectos: si le vencen, no es sabio; si los vence, es invencible. Rodeado de municiones, no está cercado. No, por la propia razón que estando preso probé que no estaba detenido; está cercado su cuerpo, que es la cerca más apretada que tiene el sabio, y pues, rodeado del cuerpo, no está cercado en el alma en sus operaciones voluntarias, menos lo estará en las municiones. Si le venden los enemigos, no puede ser esclavo. No, porque los enemigos venden el cuerpo, que es esclavo del sabio; no el sabio, que ni puede ser vendido ni esclavo. El sabio sólo es esclavo si sirve al cuerpo; si se sirve del cuerpo, siempre es libre; en el cautiverio reina. Por esto los enemigos venden el esclavo del sabio, no al sabio. Al discípulo que de la escuela estoica aprende virtud, le es lícito decir:

Desea lo que quisieres
Que todo lo alcanzarás

A estas palabras no respondo yo, porque Epicteto las desmiente en su Manual, cap. XIII: «No desees que lo que se hiciere se haga a tu voluntad; antes si eres sabio, has de querer que las cosas se hagan como se hacen.» Expresamente enseña lo contrario de lo que le impone Plutarco. Él dice que el Estoico desee lo que quisiere y lo alcanzará todo. El Estoico dice que no ha de desear que alguna cosa se haga a su voluntad, sino acomodar su voluntad a cualquiera cosa que se haga. A mí me tocó mostrar en esta parte a Plutarco falto de razón, y a los Estoicos mostrarles falto de verdad. La virtud los da riqueza, los adquiere reinos, los granjea la fortuna, los hace dichosos, abundantes de todo, todos de sí suficientes, aunque no tengan ni una moneda de patrimonio. Esta ironía de Plutarco hace verdad a su pesar la virtud a quien atribuye en el Estoico estas riquezas, este reino, esta felicidad, esta abundancia. ¿Quién negará que sola puede la virtud dar estas cosas, sino quien ignora la opulencia de la virtud? No niego que todas estas cosas mismas aparentemente las reciben los malos de los delitos y de otros peores, y que se gastan más veces en precio de maldades que en premio de méritos; mas estos bienes en la mano injusta que los da pierden la naturaleza, y en la codicia que los recibe el uso. A los peces igualmente los da alimento la mano que se le arroja porque se sustenten, y la que se le ofrece disimulando el anzuelo para pescarlos; del uno tragan muerte, del otro alimento. El pecado y el delito dan riquezas, reinos, felicidad y abundancia: con anzuelo pescan y no dan. La virtud sola las da sin cautela y engaño. Si la justicia las debe solamente a la virtud, ¿por qué se persuade Plutarco que será tramposa con la virtud la justicia, y que no hará lo que debe hacer la que castiga en todos el no hacer lo que deben? No me hubiera atrevido a contradecir a Plutarco, si me hubiera podido atrever a culpar en esta parte a los Estoicos.

El instituto de esta secta fue de apatía o insensibilidad, excluyendo totalmente el padecer afectos: esta totalidad la condenaron los Pitagóricos y los Peripatéticos. De los menos antiguos, Lactancio, libro VI: «Furiosos son los Estoicos que no templan los afectos, sino los quitan, y quieren en alguna manera castrar al hombre de cosas propias en su naturaleza.» San Jerónimo contra los Pelagianos, libro I: «Según los Estoicos, se ha de carecer de afectos para la perfección; según los Peripatéticos, esto es difícil e imposible, y a esta opinión favorece toda la autoridad de la Sagrada Escritura.» El propio santo doctor de la Iglesia, que autoriza con la Sagrada Escritura la opinión de los Peripatéticos, desautoriza la de los Estoicos en la apatía, y la condena herética con el séquito de los Pelagianos: «Todos los afectos se pueden quitar, y todas sus fibras de Pitágoras y de Zenón lo aprendieron los Pelagianos.» Julio Lipsio, varón doctísimo, en su Manuducción a los Estoicos, dice que confiesa que lo aprendieron de Zenón; empero se admira que el Santo dijese que lo aprendieron de Pitágoras, sentido lo contrario, como constantemente lo prueba Lipsio. Yo quisiera que a Lipsio le asistiera para con el santísimo y doctísimo Padre aquella piedad con que por no confesar yerros en Plauto, ni en Marcial, ni en Varrón, y universalmente en todos los autores profanos, enmendaba, restituía lo que disonaba, pues era mucho más justo presumir y consentir yerro en todos ellos que en San Jerónimo, y más en cosa que no pudo ignorar. Agradezco a Lipsio el haberme dejado esta enmienda, cuanto le acuso el haberla dejado error. Son forzosas las palabras latinas del Santo: «Omnes affectus tolli posse, omnesque eorum fibras, à Pythagora, et Zenone, Pelagianus hausisse.» Es enmienda que en el yerro tiene de sí tantas señas como letras, pues en Pythagora están con su ortografía todas las de Apathia invertidas, y en el amanuense o impresores tuvo ocasión al ver las letras formales de Pythagoras en Apathia, y no conocer su figuración por ser griega, y parecerles que tratando de filósofos era voz confín a Pythagoras, y que no había filósofo de aquel nombre; hace forzosa esta enmienda el ser allí forzosa esta palabra Apathia, por ser la formal ocasión del error. Santo Tomás, doctor angélico, y con él todos, condenan esta insensibilidad católicamente, sin que pueda ser lícita alguna respuesta. Yo, para mostrar que no se me ha causado la afición con los Estoicos, confesando ser hoy herejía afirmarlo, y error en la antigüedad, como lo prueban todos, me esforzaré a interpretarlos. Ellos dicen que no se han de sentir algunos afectos, y esto enseñan y esto mandan. Persuádome que algunos, por la palabra sentir, entendieron dejar vencer de los afectos, puesto que de sentirlos nacen las virtudes, como la clemencia, piedad y conmiseración, y de vencerse de ellos procede la pusilanimidad para poder producir las virtudes. No es cortesía descaminada entender bien lo que dijeron algunos de aquellos que encaminaron todas sus acciones al bien; muchas cosas los debemos, débannos una.

Su descendencia y genealogía empieza en el origen de los Cínicos, en Zenón; prosigue en Cleantes, Crisipo, Zenón Sidonio, Diógenes, llamado Babilónico; Antípatro, Panecio, Posidonio, Perseo, Erillo, Aristodechio, Atenodoro, Esfero, Zenodoro, Apolonio, Asclepiodoro, Archidemo o Arched, y Soción. A la doctrina estoica añade la fuente de las ciencias Homero; Séneca, siendo Estoico, los negó esta honra y principio en la epístola 88, y con las propias razones que se le niega, se le debe conceder; no fue en Séneca envidia culpable, fue severidad celosa. Sócrates no fue Estoico; empero la doctrina estoica fue de Sócrates: lo propio digo de Sófocles y Demóstenes, de ninguno con más razón que de Sófocles. Filón se confiesa Estoico con el libro Todo sabio es libre. Platón no se puede negar que fue Estoico, si lo profesan sus obras. Entre los Romanos lo fueron los Tuberones, los Catones, los Varrones, Traseas, Peto, Helvidio Prisco, Rubelio, Plauto, Plinio, y Tácito, y Marco Antonio, emperador, y todos los que Sexto Empírico cuenta. Fue Estoico Virgilio, y siguió la Apathia, como expresamente lo enseña en el segundo libro de las Geórgicas: «Neque illi, aut doluit miserans inopem, aut invidit habenti.» Hubo algunos cristianos en la antigüedad que sintieron bien de los Estoicos; de éstos fue Arnobio, y más afecto Tertuliano, y el grande Panteno, doctor de Alejandría en las cosas sagradas. Dícelo San Jerónimo: «Panteno, filósofo de la secta Estoica, fue enviado a la India por la grande gloria de su erudición, a predicar a Cristo a los Brahmanes, y a los filósofos de aquellas gentes.» Autorizó la doctrina Estoica Clemente Alejandrino, como se conoce leyendo sus admirables escritos. San Jerónimo sobre Isaías, cap. XX, los califica con estas palabras: «Los Estoicos en muchas cosas concuerdan con nuestra doctrina.» Lipsio añade para lustre en nuestros tiempos de los Estoicos a San Carlos Borromeo, si bien fue más que Estoico, pues no cabe en la doctrina suya lo que cupo en su santidad cristiana. Yo añado al beato Francisco de Sales, pues en su introducción a la Vida devota, expresamente incluye el Manual de Epicteto, como se conoce en los capítulos de la humildad. Añado a Justo Lipsio: fue cristiano Estoico, fue defensor de los Estoicos, fue maestro de esta doctrina. El doctor Francisco Sánchez de las Brozas, blasón de España en la Universidad de Salamanca, se precia de Estoico; en el comento que hizo al cap. VI de Epicteto, él lo dijo. Yo no me atrevo a referir sus palabras; yo no tengo suficiencia de Estoico, mas tengo afición a los Estoicos: hame asistido su doctrina por guía en las dudas, por consuelo en los trabajos, por defensa en las persecuciones, que tanta parte han poseído de mi vida. Yo he tenido su doctrina por estudio continuo; no sé si ella ha tenido en mí buen estudiante.  

 

Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                     LA DOCTRINA ESTOICA

 

 

 

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