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Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales
LA DOCTRINA ESTOICA
QUEVEDO -
LA DOCTRINA ESTOICA
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Estudiemos algo para el que estudia, escribamos para el que escribe.
Pues hablar con el docto, para el que ignora, es acreditarse el que habla, no obligarle. Yo, señor, quiero que el libro y todo lo que en él
es forzoso, se defienda en la caridad de los amigos. A D. Juan de Herrera di el
tratado, a Vm. las cuestiones de él. Más eruditas fueran si de su nota las
trasladara que escribiéndolas de la mía. Empero en la condición de mi obra no tiene lugar otra demostración de mi buena amistad. Escribiré lo que Vm. sabe mejor, como yo lo sé; por esto me contento con que se tolere mi discurso, sin pretender que se apruebe. Los Estoicos, cuya doctrina nos dio en arte fácil
y provechosa Epicteto, se llamaron así de Pórtico donde se juntaban: léese en Atheneo,
III, aquellas hablillas del vario Pórtico. Por esto en el propio Atheneo, libro
XIII, los llama un poema cómico (burlando de ellos) Portaleros. «Oid (dice el cómico), los portaleros mercaderes de sueños, árbitros y censores de palabras.» De que se colige que entonces, como hoy, los mercaderes y hombres de negocios en la antigüedad se juntaban en los pórticos que llamamos lonjas. A esta afrenta del cómico, que por el pórtico llamó
a los Estoicos mercaderes de mentiras, responde Tertuliano: Proscript. Adu. Haeretic. Porque cristiano se preciaba de Estoico, con estas palabras: «Nuestra institución es del Pórtico
de Salomón»: autoridad que fortalece mi discurso en la opinión que tengo de su origen, de que hablaré en segundo lugar, porque los Peripatéticos y los Estoicos llamaron sus sectas del huerto y del lugar donde se juntaban, y no de los príncipes de aquellas doctrinas. Es advertencia que merece consideración. No tengo otro quien seguir en mi parecer; poca importaría, si mereciese que me siguiese otro. Los filósofos mayor reconocimiento tuvieron siempre al lugar que les fue oportuno para discurrir, y
a quien les dio el ocio para asistir en él, que a los maestros que les enseñaban. Séneca me ocasionó esta interpretación. El juicio es mío, las palabras son suyas, él las dice, yo las aplico, epístola
LXXIV: «Paréceme que yerran aquellos que sospechan que los fielmente dados
a la filosofía son contumaces y enemigos, y despreciadores de los magistrados y de los reyes, y de aquellos por cuya autoridad es gobernada
la república. Antes por el contrario, a ninguno son más agradecidos, pues
a nadie dan más que a aquéllos a quien permiten gozar de ocio seguro. Por lo cual
éstos
a quienes para el propósito de bien vivir hace la seguridad pública, es necesario que al autor de este bien
le reverencien como padre.» Aquel lugar que los guardaba la soledad en el rumor de las ciudades; aquel sitio que los vedaba su ocio en la ocupación espiritual; aquel huerto que con unas tapias juntaba los estudiosos y apartaba los solícitos; aquel pórtico que guardaba el retiramiento para el logro de todas las horas, sin el cual ni los maestros pudieran enseñar ni los discípulos aprender, con razón merecieron el blasón de las profesiones; y por esto el nombre y reconocimiento de padres, los ministros y reyes que disponen en las repúblicas el ocio que estos lugares guardan y logran. Santifica David
los portales y los atrios en la casa de Dios, salmo XLIII: «Cuán amados son, Señor Dios de las virtudes, tus tabernáculos.» Y en el verso 2:
«Porque es mejor un día en tus atrios que mil; tuve por mejor estar despreciado en la casa de mi Dios, que habitar en los tabernáculos de los pecadores.» Infinita
reverencia se debe a los tabernáculos, atrios y casas divinas. Grande amor y reconocimiento
a los pórticos y retiramientos virtuosos; y sumo aborrecimiento a todos los lugares y escuelas en que se juntan los
malos y los pecadores. David empieza con esta doctrina, salmo I, «Bienaventurado aquel varón que no va al concilio de los impíos, que no anda en el camino de
los malos, que no se sienta en la cátedra de la pestilencia.» ¡Oh, si aquella carta de nuestro Séneca
a Lucilo valiese por carta de favor para los príncipes en recomendación de los estudiosos, contra cuyas horas se
arruga el ceño de los que mandan, teniendo su ejercicio por espía y su juicio por acusación! Bien se conoce que la escribió con este intento Séneca, mas no se conoce que haya conseguido su intento. El origen de los Estoicos es más anciano que el nombre y diferente del que muchos han hallado, y más noble pretendo que me deban estas dos postreras prerrogativas. La secta de los Estoicos, que entre todas las demás miró con mejor vista
a la virtud, y por esto mereció ser llamada seria, varonil y robusta, que tanta vecindad tiene con la valentía cristiana, y pudiera blasonar parentesco calificado con ella, si no pecara en lo demasiado de la insensibilidad; en
que Santo Tomás la reprende y convence con las acciones de la vida de Cristo nuestro Señor Dios y hombre verdadero, y con él otros muchos doctores, y particularmente Pedro Comestor
en su historia eclesiástica, en los lugares que Cristo, sabiduría eterna, se afligió, se turbó, se enojó, temió y lloró; esta doctrina tiene hasta hoy el origen poco autorizado, no el que merece y la es decente. No pudieron verdades tan desnudas del mundo cogerse limpias de la tierra y polvo de otra fuente que de las sagradas letras. Y oso afirmar que se derivan del libro sagrado de Job, trasladadas en precepto de sus acciones
y palabras literalmente. Probarélo con demostraciones y con la cronología de los primeros profesores.
La doctrina toda de los Estoicos se cierra en este principio: que las cosas se dividen en propias y
ajenas; que las propias están en nuestra mano, y las ajenas en la mano ajena; que aquéllas nos tocan, que estotras no nos pertenecen, y que por esto no nos han de perturbar ni afligir; que
no hemos de procurar que en las cosas se haga nuestro deseo, sino ajustar nuestro deseo con los sucesos de las
cosas, que así tendremos libertad, paz y quietud; y al contrario, siempre andaremos quejosos y turbados; que no hemos de decir que perdemos los hijos ni la hacienda, sino que los pagamos
a quien nos los prestó, y que el sabio no ha de acusar por lo que le sucediere
a otro ni a sí, ni quejarse de Dios. Job perdió sus hijos, la casa, la hacienda, la salud y la mujer, mas no la paciencia, y
a los que le daban las nuevas de que los ganados se los habían robado, que el fuego le había abrasado los criados, y el viento le había derribado la casa, no respondía quejándose de los ladrones, ni del fuego, ni del viento: no decía que se lo habían quitado; decía que quien se lo dio lo cobraba:
«Dios lo dio, Dios lo quita; sea el nombre de Dios bendito.» Y no sólo lo volvía, sino también le daba gracias porque lo
había cobrado, y para mostrar que los reconocía por bienes ajenos, dijo:
«Desnudo nací del vientre de mi madre, desnudo volveré.» No culpó Job
a los ladrones ni a sí; la mujer le tentó para que culpase a Dios, y viéndole población de gusanos en un muladar, donde el estiércol le acogía
con asco, le dijo: «Aun permaneces en tu simplicidad; bendice a Dios y muérete.» Reprendiéndole el bendecir
a Dios con la ironía, y el no quejarse de él. A que respondió: «Has hablado como una mujer necia. Si los bienes los recibimos de la
mano de Dios, ¿por qué no recibiremos los males?» ¿Quién negará que esta acción y palabras literalmente y sin ningún rodeo ni esfuerzo de aplicación no es y son el original de la doctrina
estoica, justificadas en incomparable simplicidad de varón que en la tierra no tenía semejante?
No es encarecimiento mío, sino voz divina del texto. Díjole Dios
a Satanás: «Acaso consideraste a mi siervo Job, como no tiene semejante en la tierra, hombre simple y recto y temeroso de Dios, y que se aparta del mal.» En sólo este capítulo se lee todo lo que trasladó Epicteto por la tradición de sus antecesores en esta doctrina estoica. Léese la división de las cosas propias que
son las opiniones de las cosas, y la
fuga y la apetencia, el desprecio de las que son ajenas en la salud, en la vida, en
la hacienda, en la mujer y los hijos. En recoger esto gasta Epicteto el
capítulo primero y segundo, tercero y cuarto hasta el nono, sin escribir precepto que aquí no se vea ejecutado, y este postrero que numeré, enseña que
a los hombres no los perturban las cosas, sino las opiniones que de ellas tenemos por espantosas, no siéndolo. Pone Epicteto el ejemplo en la muerte, y dice que si fuera
fea, a Sócrates se lo pareciera. ¡Cuánto mejor la ejemplifica Job, de quien esta verdad
se derivó a Sócrates! El mostró que ni la pobreza, ni la calamidad
ultimada , ni la pérdida de hijos, ni la persecución de los amigos y de la mujer, ni la enfermedad, por asquerosa, más horrible que la muerte, eran por sí horribles ni enojosas; y no sólo tuvo buenas opiniones de todas, que es lo que estaba en su mano, sino que enseñó a su mujer
a que tuviese buenas opiniones de ellas, y todo su libro no se ocupa en otra cosa sino en enseñar
a sus amigos que los que él padece no son males, sino que las opiniones descaminadas que ellos tenían les hacían que les pareciesen males. No sólo Job tuvo el espíritu invencible en ellos, antes con estas palabras se mostró sediento de mayores calamidades, capitulo
VI: «Quien empezó me quebrante, suelte su mano y acábeme, y ésta sea mi consolación, que afligiéndome en dolor, no perdone.» Como pudo trasladó estas hazañosas razones Epicteto, cuando
decía: «Plue, Domine, super me calamitates. Llueve, oh Dios, sobre mí calamidades.» |