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Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales
DEFENSA DE EPICURO
QUEVEDO - DEFENSA DE EPICURO (1)
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 Sexto Empírico hace en sus obras muy frecuente
mención de Epicuro, Adversus Mathematicos, al principio dice: «De
una propia suerte parece que sienten los Epicúreos y los Pyrrhónicos, más no con
una propia acción.» Y pocos renglones más abajo: «En muchas cosas es avisado de ignorante Epicuro, y por
no puro en el común hablar, puedo ser la causa el aborrecer a Platón y
a Aristóteles, y a otros semejantes que se preciaban del conocimiento de muchas disciplinas.» No dice Sexto Empírico que fue tenido por ignorante, porque lo era, sino porque tenía por ignorantes
a Platón y a Aristóteles.
Y en el propio libro, cap. III, cuyo título es ¿Que
es la gramática? empieza: «Siendo así que de parecer del sabio Epicuro no es lícito inquirir, ni dudar, sin anticipación, será conveniente, antes todo, considerar qué es gramática». Y en el capítulo
XIII dice: «Averíguase que Epicuro aprendió sus principales dogmas de los poetas.» Y los verifica con Homero y con Epicharmo. Y en el propio capítulo dice:
«Epicuro no tomó de Homero el decir que el término de la grandeza
era el deleite: muy diferente es decir que algunos cesaron de comer y beber y haber satisfecho su apetito, como decir:
Después que el apetito fue vencido
De comer y beber
»Ha de decir que es el término de las grandezas en los deleites la carencia de dolor.»
Más benignamente declara esta opinión Sexto Empirico que Cicerón. En este sentido prometió declararla Eliano. Prosigue tres renglones más abajo: «Decir que la muerte es
nada, Epicharmo lo dijo, mas demostrólo Epicuro, y lo admirable no fue decirlo,
sino demostrarlo.» En el libro VII contra los matemáticos, dice: «Cuentan a Epicuro con éste, como quien desterraba la lógica contemplación. Otros
hubo que afirmaron que no desterraba en universal la lógica,
sino sólo la de los estoicos.» Y en el libro X, folio 466: «Decía Epicuro que la filosofía era operación que con razones y argumentos
hacía la vida bienaventurada.» No dijo que la embriaguez y lascivia, sino la filosofía. Y estos méritos reconoció aquel verso que se lee en Petronio:
Ipse pater veri doctus Epicurus in arte.
Blasón que, si bien en Petronio está profanado, cuya ironía ocasionó Cleomedes, llamándole inventor de la verdad, cuando falsamente afirmando dijo, que el
sol se apagaba chirriando en el mar, como
una lucerna. Empero es tan único Epicteto en la gentilidad, que no se lee de otro hombre
a quien aquellas almas erradas que mancilló la idolatría llamasen padre de la
verdad, sino sólo a Epicuro: que le llamaron así por aclamación consta. Y la razón la colijo yo de Sexto Empírico contra los
matemáticos, pág. 197: «Como a Epicuro, por razón de que muchos a una voz dicen de él que
halló la verdad.» Hallo que Lactancio, De divino premio, libro VII, cap.
I, dice estas palabras: «Sólo Epicuro, según Demócrito, fue verdadero; en ésta,
pues, dice, que el mundo tuvo principio y tendrá fin.» Yo bien sé que no halló la verdad, y que sólo la halla quien halla
a Cristo Nuestro Señor, que es verdad, camino y vida. Bien sé que no fue padre de la verdad; porque sé que Dios es sólo verdadero, y que es Dios verdadero de Dios verdadero. Y sé por
las palabras del Apóstol: «Que Dios es verdadero, y todo hombre mentiroso, como está escrito.» Condeno en Epicuro
todas las palabras y opiniones que condena la santa y sola verdadera
Iglesia católica romana. Defiendo su opinión infamada por los envidiosos, no con mis palabras, sino como se
ha leído con las de Diógenes Laercio, con las de L. Torcuato, con algunas de Cicerón, con
Eliano, con toda la pluma de nuestro gran Séneca, con la severidad de Juvenal, con el peso elegante y admirable del
juicio del Sr. Montaña, con la diligencia de Arnaudo. Advierta,
pues, el interesado en su terquedad, que en no restituir a Epicuro, condena
a todos los referidos por peores que Epicuro, según él se acusa. Repare en el nombre de Séneca venerable, empeñado en esta defensa: reverencie en sus escritos toda la majestad de la filosofía idólatra: no se constituya reo
de tan facineroso desprecio, que será juntar a lo idiota lo profano. Y porque
se conozca que son antiguos estos oprobios a los que difaman a Epicuro, referiré las palabras de Diógenes Laercio, con que responde
a todos aquellos que refiere. Decían de Epicuro era bebedor, y que tenía su felicidad en el deleite, y el deleite en la glotonería y embriaguez y rameras. En el lib.
X, al principio, dice Sed hi profecto insaniunt. «Más de verdad éstos no saben lo que dicen; porque
afirman muchos fue este varón increíblemente agradable a todos. Testifícalo
su patria, que le honró con estatuas de metal, y la inmensa cantidad de amigos que todas las ciudades llenaba, los discípulos que le asistían,
a quien instruyeron aquellas dogmáticos sirenas, menos un Metrodoro Estratonicense,
que se pasó de él a Carneades, sin duda porque le era pesada de aquel incomparable varón la
bondad inmensa, y la perpetua sucesión de su escuela, que despoblándose las demás todas permaneció sola, continuándose con repetidos concursos. Tuvo suma piedad para sus padres, fue bienhechor de sus
hermanos, clementísimo con sus esclavos, como se lee en su testamento, pues
juntamente con él filosofaron, entre los cuales fue clarísimo el que referimos, fue su apacibilidad extremada para con todos.
¿Qué diré del culto de los dioses?» Palabras son éstas fielmente traducidas de
Laercio en el lugar citado, en que se conoce cuáles razones movieron
a nuestro Séneca a alabar tanto su doctrina y a preciarse de ella, y juntamente con las postreras palabras que encarecen en
Epicuro el culto de los dioses, me acuerdo de lo que dijo Séneca en el lib.
IV De los beneficios, cap. IV: «No da Dios beneficios; mas seguro y descuidado, apartado
del mundo hace otra cosa (o lo que Epicuro juzga por mayor felicidad), nada hace.» De estas razones coligen todos que Epicuro sintió que no
había Providencia; y siendo así, como Laercio dijo, que cuidó del
culto de los dioses, parece, como lo tengo declarado, que no quiso decir que no hacía nada,
sino
que lo hacía sin padecer cuidado en hacerlo, o solicitud embarazada; nuestra manera de
hablar en español me declara: decimos de quien hace algo sin cuidado, parece que no hace nada, nada hace
en hacerlo. En el lib. IV De los beneficios, cap.
II, son estas las palabras de Séneca: «En esta parte tenemos controversia con la turba
delicada y umbrática de los epicúreos, en su convivio, de los que filosofan acerca de ellos, la virtud es ministra de los
deleites, a ellos obedece, a ellos sirve, vélos sobre sí, dice, no hay deleite sin virtud.» Esta
cláusula no razona contra Epicuro, sino contra la turba de los epicúreos. Ya tenemos dicho
cuán diferentes son. Advierto empero que las palabras de los epicúreos son:
«La virtud es ministra de los deleites.» Esto impugna Séneca. Las palabras de Epicuro son:
«No hay deleite sin virtud.» Cicerón, en el lugar citado lo confesó. Honesta
ilación es, que si no hay deleite sin virtud, que el deleite que hay es virtuoso. Séneca aquí, más útil que sólido, dice
contra los epicúreos: «No hay virtud si puede seguir; sus
principales partes son guiar, debe reinar y estar en el sumo lugar: tú la mandas que siga.» Y pocas palabras más abajo:
«De esto sólo se disputa si la virtud es causa del sumo bien, o si es el sumo bien.
¿Juzgas que preguntar esto es sólo inversión del orden? Mas ésta es confusión, y manifiesta ceguedad preferir lo postrero a lo primero. No
me indigna que después del deleite se ponga la virtud, sino que totalmente se mezcla con el deleite.» Bien
a propósito me valdré de Agelio en dos lugares expresos, en que contra Plutarco defiende
a Epicuro, en razón de acusarle la misma
colocación de términos en los silogismos. Lícito es responder a Séneca con lo que se responde, y aun se
reprende a Plutarco por la doctrina de Epicuro, Agelio, lib. II, cap.
VIII: «Plutarco, en el segundo libro de los que compuso de Homero,
dice de Epicuro: necia e ineficazmente usó del silogismo»; y cita las propias palabras de Epicuro:
«La muerte no nos toca, porque lo desatado no siente, y lo que no siente no nos toca.» Acusa Plutarco que dejó pasar lo que en primer lugar había de decir.
La muerte es disolución del alma y del cuerpo: demás de esto, habiendo olvidado el antecedente
que debía poner primero, usa de él como si lo hubiera puesto para
sacar la conclusión. Perfectamente en esta parte
este silogismo, si no precede esta mayor, no puede concluir. Con verdad concluyó
Plutarco esto tratando de la forma y orden del silogismo; porque si se ha de discurrir conforme
el orden y método lógico, así se debía discurrir. La muerte es disolución del alma y del cuerpo.
Lo disuelto no siente, lo que no siente no nos toca. Más Epicuro, siendo tal hombre, no
dejó por ignorancia aquella parte del silogismo ni pretendió formar el silogismo con todos sus números y
fines, como en la escuela de los filósofos: antes por ser evidente
la separación del alma y del cuerpo en la muerte, no le pareció necesario expresarla, por ser cosa notoria
a todos: de la misma suerte puso la conclusión del silogismo, no en el fin, sino en
el principio. ¿Quién no echa de ver que no se hizo por ignorancia? También en los
escritos de Platón hallarás silogismos defectuosos.» |