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Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales
DEFENSA DE EPICURO
QUEVEDO - DEFENSA DE EPICURO (1)
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 He procurado desempeñarme de las promesas de esta introducción previa
a la doctrina estoica. La secta es fuera del común sentir, mejor diré, contraria; los términos con que se declara son forasteros
a los espíritus vulgares, más altos de lo que puede percibir la oreja: por eso dijo Séneca,
XIII:
«No hablo contigo en la lengua estoica, sino en
otra más baja»; es lengua no sólo diferente, sino
extraña la de la verdad; es amarga, óyese, y en vez de aprenderse se teme: en esta lengua escribió Epicteto, en esta escribió Epicuro, no en la que le achacaron
a la gula y embriaguez los que no conocieron su culpa en no obedecerla. Difamáronle, los torpes filósofos idólatras. Admiróle Séneca, admiróle: con él deshonra al grande cordobés, quien no lo creyere en esto, quien no le siguiere. No soy quien le defiende, oficio para
mí desigual; soy quien junta su defensa, porque no pueda blasonar el vicio, que fue tan admirable filósofo su secuaz. Errores tuvo Epicuro como gentil, no como bestia: aquéllos le condenan los católicos; éstos le achacaron los envidiosos, y después por hallarle ya común proverbio y único de los vicios, los doctos y los santos le advirtieron por escándalo: San Crisólogo,
sermón V: Epicuro se tradunt, ultimo de sperationis et voluptatis autore. Comunmente se dice negó la inmortalidad del alma; este error tan feo no se colige de su vida ni de sus palabras, ni de llamar bienaventurado el día en
que moría atormentado de inmensos dolores: antes es confesión de lo
contrario, según las señas que da el Espíritu Santo, de los que no creen otra vida en el Libro de la Sabiduría. Las señas de hombre sin Dios, son gozar de todos los placeres y gustos, porque no creen otros; empero
no gozar de ninguno y abstenerse de todos, y llamar bienaventurado el
día de la muerte, señas son de creer otra vida. Acúsanle de que negó la Providencia divina: yo trato este punto en mi libro que
intitulo: Historia teologítica, política de la divina Providencia. Sea que erró en esto, mas diga la causa el grande Padre Agustino, en su libro de
Las ochenta y tres cuestiones, donde prueba que la ceguedad de la mente no puede ver
a Dios: «De la manera que la vista de los ojos, si está enferma, juzga que no hay lo que no ve, por demás la imagen presente asiste
a los ojos cuando tienen cataratas, así Dios, que en todas partes está, no puede ser visto de los ánimos cuya mente está ciega.» Por esto no vio Epicuro
a Dios y a su providencia; porque su mente no alcanzó la vista, que
a nosotros nos da la fe que alcanzamos. Y, pues, por misericordia de Dios tenemos la
luz que le faltó a él y a todos los filósofos gentiles, estimemos lo que vieron, y no les
acusemos lo que dejaron de ver;
cuando lo condenáremos no difamemos su memoria, sí contradijéremos sus escritos.
Oigamos por Epicuro a Eliano de varia historia, lib. VI, en el título
Epicuri sententia et fælicitas. Epicuro Gargecio decía: «A quien poco no le basta, nada le basta.» El mismo decía que se atrevería
a competir de la felicidad con Júpiter, si tuviera agua y pan. Habiendo tenido Epicuro este sentimiento, otra
vez trataremos con qué intención alabó el deleite.
Nada dejó por decir Eliano en defensa de Epicuro,
y aunque no declaró, como lo promete, de qué deleite hablaba, en
Cicerón se lee repetidamente, L, De natura Deorum: «Nosotros
los epicúreos ponemos la bienaventuranza de la vida en la paz del alma, y en
carecer de todas las dádivas.» Y en el tercero de las Tusculanas:
«Niega Epicuro que se puede vivir bien sin virtud. Niega que la
fortuna tenga alguna fuerza en el sabio, antepone la comida pobre a la espléndida. Niega que hay algún tiempo
en que el sabio no sea bienaventurado.» Y en el primero de Tusculanas:
«Vienen no sólo catervas de epicúreos, que contradicen, a los cuales no desprecio:
más no sé cómo cualquiera doctísimo lo desprecia.» Yo me admiro de lo que se admiró Cicerón en el segundo
De Finib. «Epicuro siempre dice que el sabio es bienaventurado, tiene fin en las codicias, desprecia la muerte, siente
sin algún miedo la verdad de los dioses inmortales, no duda si será mejor salir así de la vida: instruido con estas cosas, siempre está en deleite.» Y en el segundo
De Finibus: «Niega Epicuro (ésta es vuestra luz) que nadie pueda
vivir con deleite, que no viva honestamente.» Y en el tercero de las
Tusculanas: «No sin causa se atrevió a decir Epicuro, siempre goza de muchos bienes el sabio, porque siempre está en deleite.» Y hablando Cicerón en la proposición capital que acerca de la Providencia divina le acusan, dice en el tercero de las
Tusculanas: «Con verdad pronunció Epicuro aquella sentencia: Lo que es eterno y bienaventurado, ni padece negocio ni le hace padecer.» Si esto ha de ser verdad, es forzoso que se regule con la fe santa y católica, entendiendo que Dios, aunque cuida de todo, él no padece cuidado ni ocupación de toda su Providencia, que le embarace
o sea molesta, achaques de los que los hombres llaman negocios, cuidados y ocupaciones.
No ignoro que el propio Cicerón acusó a Epicuro en muchas cosas, y le contradijo en muchas opiniones. Sucede
a Cicerón contradecirse, así lo dice Quintiliano, libro III, cap.
XIII: paulum in his secum etiam Cicero dissentit: mas con reverencia de tan grande varón, oso decir que Cicerón fue muy interesado
en sus opiniones, y que padeció en su defensa la terquedad de causídico, que procuran por
el precio, no sólo disculpar los delitos, sino defender las virtudes y méritos. Y es cierto que en los libros de la filosofía mostró Cicerón más su oficio que
su seso: quien los leyere me disculpará con lo que leyere, y verá son estas palabras menos de mi pluma que de la suya. En el primero
De natura Deorum, dice : «Y de verdad, no entiendo por qué razón Epicuro quiso más decir que los dioses eran semejantes
a los hombres, que decir que los hombres eran semejantes a los dioses.»
Admírame que Cicerón ignorase cosa a que le puede responder cualquier ignorante, como en mí
lo verifico: fue la causa que como no se ve, ni alcanza, ni puede comprender la naturaleza de Dios, y la del hombre se ve y entiende por advertencia científica, declarar lo no conocido por lo conocido
a nuestro modo de entender, y lo contrario, era irracional axioma repetido. Cristiano es: «Por las cosas que fueron hechas, se ven las cosas que se entienden.»
Enséñanos esto la Iglesia católica con la sagrada adoración de las imágenes de Dios Padre,
y del Espíritu Santo, y de las almas y ángeles, pintándolas a semejanza de los hombres, para que nuestros sentidos sean capaces de lo incomprensible,
a nuestro modo de entender.
En otra parte dice Cicerón, se espanta que Homero quisiese más pintar
a los dioses como hombres, que a los hombres como dioses. Pues Cicerón repite esta (a su parecer) advertencia; preciado estaba de ella,
o empeñado en acreditarla, cosa aun a su elegante persuasión difícil.
Yo no califico a Epicuro, refiero las calificaciones que hallo escritas de su doctrina y costumbres, en los mayores hombres de la gentilidad; diligencia
hecha primero por Diógenes Laercio, por Eliano, por Séneca, por Cicerón, y en nuestros tiempos por Arnaudo, en que yo que los junto soy el sexto, que no pudiendo añadir autoridad
a esta defensa, la añado un número. Dos cosas, empero, añado, y pongo en consideración
a los lectores: que Cicerón para impugnar en algunas partes la doctrina que fue de Epicuro, se vale de lo que falsamente le impusieron sus envidiosos con cartas fingidas. La otra que se lee frecuentemente, que desterraron de diferentes repúblicas los Epicúreos, más nunca
a Epicuro: antes Cicerón dice que por veneración de su memoria se traía su retrato en los dedos en anillos, y Laercio, que se
le hicieron estatuas, y se le señalaron fiestas. De esto, tengo por causa que Epicuro, para atraer fáciles
a los hombres a la virtud, la llamó deleite, nombre que hace más gente en nuestra naturaleza que el de virtud
y autoridad y filosofía. Los viciosos, que fueron los Epicúreos desterrados, acudieron al nombre
deleite, para autorizar sus vicios y desautorizar a Epicuro. Lo que consiguieron, sin culpa de los que le nombran proverbio de gula
y deshonestidad; no de otra manera que ha sucedido en nuestra España
a Juan de la Encina, que, siendo un sacerdote docto y ejemplarísimo, cuerdo y pío, como
consta de sus obras impresas, en que se leen muchas de seria erudición,
a quien llevó en su compañía el excelentísimo señor Marqués de Tarifa cuando fue en voto
a visitar la Casa Santa, que, no sólo le honró con su lado, sino imprimiendo en el libro que Su Excelencia hizo de su viaje, el propio viaje escrito en verso por el mismo
sacerdote Juan de la Encina; sólo porque entre otras obras de versos suyos imprimió un juguete que llamó
Disparates, se ha quedado injustamente por la tiranía del vulgo
en proverbio de disparates, tan recibido, que para motejar de necedades las de cualquiera, es el común y universal modo de decir, son disparates de Juan de
la Encina. A mi ver, es tan ajustado el caso, que se pueden consolar el uno con el otro, y desengañar
a todos del agravio, sin razón de entrambos. Clemente Alejandrino,
stromatum I, llama a Epicuro príncipe de los autores impíos, y San Agustín en muchas partes. Empero, hablan del Epicuro que hallaron introducido en proverbio de la maldad y de la doctrina impía, que al nombre de Epicuro atribuyó falsamente Diotimo.
Temo, escarmentado, que unos hombres que en este tiempo viven de
hazañeros del estudio, cuya suficiencia es gestos y ademanes, han de ladrar el
haber osado yo moderar a Cicerón las alabanzas en la filosofía; quiero entretenerles
los dientes con las palabras del Diálogo de los oradores, cuya posesión anda dudosa entre Tácito y Quintiliano: en las obras del uno se imprime con nombre del otro. Dice así, hablando de Cicerón: «Porque sus primeras oraciones no carecen de vicios de la antigüedad, es lento en
los principios, largo en las narraciones, ocioso en los fines, tarde se conmueve, raramente se enciende.» Y aunque estas acusaciones no son pocas,
ni leves, añade muchas más. Consideren estos doctores en tropelía
que, si en la arte oratoria, que fue su blasón y su oficio, y toda
su presunción, fue tan reprensible, que no es considerable que lo sea en la filosofía, ni yo soy el que sólo en esta parte no le admito. Léase
a Hortensio Laudio en sus paradojas; léase Mayaxio cuán sólidamente opugna las paradojas de Cicerón.
Y si estos censores avinagrados, que apoyan lo auténtico de sus embustes en las rugas de su frente,
hubieran leído al propio Cicerón, y todo el primer libro de Los fines de bienes y males, frenaran en estas palabras sus lenguas: «Accurate
autem quondam á L. Torquato, homine omni doctriná erudito defensa
est Epicuri sententia de voluptate.» «Con gran cuidado en otro tiempo fue defendida la sentencia de deleite de Epicuro por L. Torcuato, hombre erudito en toda doctrina.» Conocieran
a su pesar cuán antigua es la defensa de Epicuro, y cuán grandes hombres la hicieron , y si leyeran todo el libro hasta el fin, vieran erudita, eficaz, honesta y verdadera
la defensa de Epicuro, según él la enseñaba, no como se la inficionaron los envidiosos, que le impusieron cartas y tratados disolutos y sacrílegos. Y
si bien en el segundo libro Cicerón impugna la defensa hecha en el primero por Torcuato a las opiniones de Epicuro, son, leídas
con seso, réplicas que sólo condenan el que las hace.
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