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BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO - Catálogo

La doctrina estoica

Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica

Defiéndese Epicuro de las calumnias vulgares

Al docto y erudito licenciado Rodrigo Caro, Juez de Testamentos

Don Francisco de Quevedo y Villegas

 


 

 

Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                         DEFENSA DE EPICURO

 

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QUEVEDO - DEFENSA DE EPICURO (1) (2) (3) (4) (5)

Quevedo - obras filosóficas

Constante cosa es que se sustentaba el Epicuro de agua y hierbas. En una carta suya que cita Laercio, dice que pan y agua le sustenta, y pide un poco de queso para regalarse. Plinio dice fue el primero que introdujo huertos en la ciudad. Séneca habla de Epicuro con suma veneración, y se alaba de que no habla de él como el inútil y rabioso Cleomedes, libro de la Vida bienaventurada, cap. XIV: «Yo no digo lo que muchos de los nuestros, que la secta de Epicuro es maestra de maldades; empero digo: mal nombre tiene, infamada está, mas sin razón.» Sabía Séneca lo que Diógenes Laercio refiere en la vida de Epicuro, con estas palabras: «Diótimo Estoico, por aborrecimiento que le tenía, le difamó cruelmente publicando por de Epicuro quinientas cartas lascivas y deshonestas, y achacándole las que andan con nombre de Crisipo.» En todo tiempo ha habido hombres infames que han tenido en más precio infamar a los famosos, que hacerse famosos siendo infames; en Epicuro ya lo hemos visto; en Homero ya se vio en Zoilo, que hubiera sido el más vil ignorante si Julio Escalígero siguiéndole, y a Escalígero otros abominables idiotas, no hubieran excedido su afrenta. ¡Oh postrera impiedad! Hacer en Epicuro proverbio de los vicios, las virtudes; de la deshonestidad, al continente; de la gula, al abstinente; de la embriaguez, al sobrio; de los placeres reprensibles, al tristemente retirado en estudio, ocupado en honesta enseñanza. Muchos hombres doctos, muchos padres cristianos y santos le nombraron con esta nota, no porque Epicuro fue deshonesto y vicioso, sólo porque le hallaron común proverbio de vicio y deshonestidad: en ellos no fue ignorancia, fue gravamen a la culpa que tenían los que con sus imposturas le introdujeron en hablilla. Séneca, cuyas palabras todos los hombres grandes reparten por joyas en sus escritos, repartió en las suyas las de Epicuro, donde se leen con blasón las estrellas. Cicerón llamó al libro que se intitula Canon entre las obras de Epicuro, libro que cayó del cielo. Escribió tantos libros, que dice Laercio fueron infinitos, y que excedió en el número a todos los filósofos; los títulos de todos son útiles, son decentes, son, como es lícito decir en un gentil, santos: entre otros, escribió el libro de Apetencia y fuga, que es toda la doctrina estoica que Epicteto abrevió en las dos palabras Sustine et abstine. Esto movió a Séneca en el libro de la Vida Bienaventurada, cap. XXX, a decir: «En esto difieren dos sectas, la Epicúrea y la Estoica, mas cualquiera encamina al ocio por diferente camino. Dice Epicuro: el sabio no se llegará a la República sino cuando interviniere causa. Zenón dice: llegaráse a la República el sabio si no se lo impidiere alguna cosa: el uno apreció el propósito; el otro la causa.» Igualmente se apiadaron del sabio Zenón y Epicuro en dificultarle los cargos políticos; parece que no puede admitirlos sin aventurarse; puestos son más apetecidos del asunto que del sabio. Más frecuente es Epicuro en las obras de Séneca, que Sócrates y Platón, y Aristóteles y Zenón. Él aprecia mucho de hacerlo, y da la razón en la epístola VIII: «Puede ser que me preguntes por qué de Epicuro refiero tantas cosas bien dichas, y no de los nuestros. ¿Por qué razón juzgas que estas voces son de Epicuro, y no públicas? Muchos poetas dicen lo que dijeron los filósofos o debieron decir.» Por esto en veinte epístolas Séneca le cita todas las veces que necesita de socorro en las materias morales que escribe: dice en la VII: «A Metrodoro, a Erimacho, a Polieno, varones grandes, no los aprovechó la escuela de Epicuro, sino el trato.» Calificaba alabanza de la vida de Epicuro, aprovechar más con el ejemplo que con la doctrina. En la IX refiere que dijo Epicuro: «Si a alguno no le parece bastante lo que posee, aunque sea de todo el mundo señor, es miserable.» ¿Quién puede ser sabio que no diga estas palabras? ¿Quién bueno que no las obre? En la XII dice que Epicuro dijo:  «¿Qué tienes tú que embarazarte con lo ajeno? Lo que es verdad es mío, perseveraré en introducirte a Epicuro.» Al que Séneca quiere aprovechar con Epicuro le asiste. En la XIII:  «¿Qué cosa hay más vergonzosa que el viejo que empieza a vivir? No añadiera el autor de esta sentencia si no fuera retirada entre los dichos de Epicuro, los cuales yo me precio de alabar y apropiarme.» ¡Oh grande Séneca, que te precias de lo que te aprovechas, que nombras al autor ignorado de la sentencia que te ilustra! Eres lo que se ve raras veces, fiel y docto. En la XVIII: «Tenía ciertos días señalados aquel maestro del deleite, Epicuro, en que escasamente satisfacía la hambre, para ver si faltaba algo del gusto consumado y lleno, y cuánto, y si era digna la falta de ser recompensada con grande trabajo: no gastaba un dinero cabal todo el sustento de Metrodoro, que no había arribado a tanta perfección.» Esta acción más facciones tiene de ayuno que de glotonería: más muestran a Epicuro y a Metrodoro penitentes que bacanales. En la epístola XIX: «Según lo pide el discurso nos hemos de valer de Epicuro, que dice: antes debes considerar con quién comes y bebes, que no lo que comes y bebes.» Primero quiere se aseguren las costumbres en la compañía, que satisfacer el apetito en la mesa. Epístola XXI: «¿Referiré el ejemplo de Epicuro escribiendo a Idomeneo, y queriéndole reducir al cambio ancho (así lo leo yo, no vida, ni vía especiosa, sino espaciosa) a la gloria fiel y permanente, siendo rígido ministro del poder, y ocupado en grandes negocios. Díjole: si eres ambicioso de gloria, más fama te darán mis cartas, que todas estas cosas que reverencias, y por que te reverencian. ¿Acaso mintió'? ¿Quién conociera a Idomeneo, si Epicuro con sus cartas no le hubiera ilustrado? Todos aquellos grandes magistrados y sátrapas, y el propio rey, de quien el titulo de Idomeneo se derivaba, alto olvido los sepulta.» Poderosa virtud, que con una carta reduce un tirano de la licencia del poder a la gloria segura de la virtud, y con una cláusula en que le nombra, le da la memoria que no pudo guardar del olvido su mismo príncipe. En la propia epístola: «A este Epicuro escribió aquella notable sentencia, con la cual le aconseja a Pythoclea no le enriquezca por el público y dudoso camino. Si quieres, dijo, enriquecer a Pythoclea, no le has de añadir dinero, sino quitarle la codicia.» ¡0h alma grande y generosamente docta, fecunda de partos tan felices! ¿Cuál seso humano sin luz de fe, encaminó al espíritu riqueza tan decente? Bien admiró nuestro Séneca estas palabras, pues consecutivamente dijo: «Tan clara es esta sentencia, que no necesita intérprete; tan docta, que no ha menester esfuerzo.» Y más abajo pocos renglones, bien a propósito de Cleomedes, y otras lechuzas ciegas de esta luz de Epicuro, dice Séneca: «Por eso de mejor voluntad refiero las admirables sentencias de Epicuro; porque aquellos que a su nombre disfamado se acogen llevados de mala esperanza, imaginando hallar rebozo de sus maldades, experimenten que en cualquier parte que se acogieren han de vivir bien.» Con este propio fin refiero todas las palabras de Epicuro, con el mismo le defiendo, deseo que nadie halle acogida en hombre tan admirable para su desenvoltura, rescato de poder de los vicios el talento admirable que se debe a los virtudes. No pudo ser tan eminente varón secuaz de las abominaciones; no lo fue, fue su reprensión, fue su desengaño. En la XXIII pudo responderte con la voz de tu Epicuro, y calificar esta carta: «Molesto es empezar siempre la vida, o si de esta manera se declara más este sentir; mal vive quien siempre empieza a vivir.» Esta voz no pudo salir por garganta frecuentada de ahítos y embriagueces, no pudo ser paso de oráculos y de glotonerías. Quien decía que vivía mal, quien siempre empezaba a vivir, no podía vivir como quien no piensa morirse. En la XXIV reprende Epicuro no menos aquellos que desean la muerte, que a los que la temen: «Qué cosa tan ridícula como apetecer la muerte, cuando con el miedo de la muerte inquietas tu vida.» En pocas palabras condena con suma elegancia Epicuro la opinión de algunos estoicos que referiremos, afirmando que el sabio puede y debe darse la muerte. Olvidóse Séneca que le citaba contra sí: no empero es falta de memoria, antes sobra de ingenuidad. No rehusó citar la verdad contra sí. En afirmar que se debía dar muerte el sabio, se mostró estoico, y en contradecirse, buen estoico. ¡Oh grande Séneca! Cuán felizmente sabes acertar, aun cuando te contradices. En la XXV: «Agua y pan desea la naturaleza, nadie es pobre de esto: pues quien en estas cosas descansó su deseo, puede competir en felicidad con Jove, como dice Epicuro, de quien alguna voz mezclaré en esta carta, de tal manera (dice) haz todas las cosas, como si alguno te viese.» Y pocos renglones mas abajo: «Lo mismo aconseja Epicuro. Entonces principalmente te retira a ti mismo, cuando eres forzado a estar en la multitud.» Estando sólo conocía Epicuro que eran testigos de sus acciones su conciencia dentro de él, y sobre él Dios; quería que el hombre obrase a solas como si fuera espectáculo de todos. Aconsejaba por más importante soledad la que se tenía en los propios concursos. Ninguno dijo primero que Epicuro que el mejor solitario era el que sabía estar solo entre la gente. En la XLVI, tratando de un libro que le envió Lucilo, y alabándole encarecidamente dice: Quam dissertus fuerit ex hoc intelligas, licet levis mihi visus est, cum esset nec mei, nec tui temporis, sed qui primo aspectu, aut Titi Livii, aut Epicuri posset videri. He trasladado las palabras latinas, porque como reconocerá el docto que tiene ingenio, están erradas, yo las leo y restituyo así; Brevis mihi visus est, nec esse mei, nec tui temporis: lo que confirma el sed, que con relación comparativa le juzga por digno de Tito Livio, o de Epicuro: Levis mihi visus est, Ieí brevis; que la mayor señal de que en libro es bueno, es que parezca breve, y el error fue fácil. Esta es la versión del lugar, como lo he leído. «De esto podrás entender cuán docto me pareció tu libro, parecióme breve, que no era de tu tiempo, ni del mío, sino que a la primera vista podía parecer de Tito Livio, o de Epicuro.» Bien encarecido queda el alto espíritu de Lucilo, de donde se conoce lo sublime del estilo de Epicuro, pues porque creyese la oración, le nombra Séneca después de Livio. En la LIV dice Epicuro: «Hay algunos que se encaminan a la verdad sin socorro de otro, de si hicieron camino para sí; éstos alaba sumamente, a los cuales asistió su propia inclinación, que ellos mismos se aventajaron; otros necesitan de ayuda ajena, que no fueran a la verdad, si alguno no les precediera; empero siguen bien: de éstos, dice, es Metrodoro.» No gasta Epicuro palabras en otros sujetos, que en la virtud, en el virtuoso y en la verdad. En el LXVII: «Daréte en Epicuro división de los bienes, semejante a la nuestra. En su opinión hay algunos bienes que él deseara tener, como la quietud del cuerpo, libre de toda incomodidad, la remisión del ánimo, contento con la contemplación de sus bienes. Otros hay, que si bien no los desea, los alaba y aprueba, como la falta de salud, que ya dije, y la molestia de gravísimos dolores y enfermedades, en la cual estuvo Epicuro, aquel día suyo postrero fortunadísimo: dice que padecía de la vejiga y úlceras del vientre, dolores que no podían aumentarse, y con todo llama bienaventurado aquel día.» Reconoce Séneca a Epicuro por estoico en la división de los bienes: yo le reconozco por el mejor estoico en la tolerancia de los últimos dolores. Quien de todos los días que vivió llamó sólo bienaventurado aquel en que combatido de excesivos dolores moría, ¿cómo fue creíble que tenía por bienaventuranza los desórdenes del vientre? El grande Epicuro, ni despreció la muerte, ni la temió, ni los dolores se la hicieron desear, ni aborrecer. Hizo lo que dijo, murió como decía que se había de morir, vivió para poder morir, como lo dijo. Epístola XCIII: «¿Acaso no te parece igualmente increíble, que quien está padeciendo sumos tormentos diga soy bienaventurado? Y con todo, esta voz se oyó en la misma oficina de los deleites: Bienaventurado es este día en que espiro, dijo Epicuro, cuando las úlceras de los intestinos y el dolor insuperable de la orina le atormentaban.» Repetir Séneca cuatro veces esta acción y palabras de Epicuro en sus epístolas, no es proligidad, sino admiración. No es pobreza de noticia de otro ejemplo, es pobreza de otro ejemplo, en otro que Epicuro. Verdad es que es decir una misma cosa, más algo más trae, cuanto se repite más. No se contenta Séneca con decirlo, vuélvelo a decir para persuadirlo. Muchas veces se ha de decir la cosa, que pocos hacen alguna vez, y que todos deben hacer muchas. En el libro de la pobreza a Lucio, por empezarle Séneca con majestad, dice: «Dice Epicuro que es honesta cosa la pobreza alegre.» ¿Qué cosa pudo decir más honesta Epicuro, ni se pudo oír con mayor alegría? En otros muchos lugares cita Séneca a Epicuro, que dejo por no crecer en libro este cuaderno, donde lo que Diógenes Laercio, Séneca, Petronio y Juvenal dijeron de Epicuro muestra su grande doctrina, su encarecida virtud, su alta elocuencia, su rica pobreza, su abstinencia y su constancia, y juntamente la causa de que los otros filósofos le envidiasen, hasta fingir obras deshonestas e infames, y publicarlas por de Epicuro. Grande es esta defensa donde bastaba nombrar a Séneca; empero mayor es el haber yo referido lo que él enseñó y dijo, como Séneca lo cita. Dará fin a esta defensa la autoridad del Sr. de Montaña, en su libro, que en francés escribió, y se intitula Essais ó Discursos, libro tan grande, que quien por verle dejara de leer a Séneca y a Plutarco, leerá a Plutarco y a Séneca. En el cap. II de le crueldad, lib. II: «Parece que el nombre de la virtud presupone dificultad y contraste, y que no se puede ejercitar sin padecer. ¿Esto acaso puede ser causa por la cual nosotros llamamos a Dios bueno, fuerte, liberal, justo? Empero nosotros no le llamamos virtuoso: sus operaciones son todas puras y sin contraste. De los filósofos, no sólo los estoicos, sino los epicúreos, y a éstos yo les defiendo de la opinión común, que es falsa, no obstante aquel mote sutil, de quien le dijo, eran infinitos los que pasaban de su escuela a la de Epicuro y ninguno al contrario. Yo creo bien, que de los gallos se hacen muchos capones, más de los capones nunca se hizo un gallo; porque a la verdad, en firmeza y rigor de opiniones y preceptos, la secta epicúrea no cede en ninguna manera a la estoica.» Y en el propio libro, cap. X de los libros: «Plutarco tiene las opiniones platónicas, dulces y acomodadas a la compañía civil: el otro las tiene estoicas y epicúreas, más apartadas del uso común, según mi parecer, más acomodadas en particular, y más firmes.» Cicerón, De natura deorum, libro I, manda que Epicuro sea tenido en reverencia; éstas son sus palabras: «El solo vio primero que hay dioses, cuya razón, fuerza y utilidad, recibimos de aquel libro suyo celestial, De la regla y del juicio.» Y en el primero de las Cuestiones tusculanas, dijo: «No sólo de los epicúreos, a los cuales yo no desprecio, antes, no sé por qué, del hombre docto son despreciados.» Severo el Sr. de Montaña, juzga que en lo verdadero, rígido y robusto no cede la doctrina de Epicuro a la estoica: no dice que la excede, no, porque no es verdad, sino porque no era fácil de creerse; dice que Plutarco era platónico, cuyas opiniones son opuestas a las estoicas y epicúreas; esto es, descubrir la causa, porque tan esclarecido varón como Plutarco, vencido de la pasión de su secta, contradijo con tanta pasión la estoica.

 

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Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                         DEFENSA DE EPICURO

 

 

 

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