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Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales
DEFENSA DE EPICURO
QUEVEDO - DEFENSA DE EPICURO (1)
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Resta la defensa de Epicuro: no la hago yo; refiero lo que hicieron hombres grandes, ni en este caso es mi caridad la primera con este nombre. Arnaudo, en su libro que llama
Juegos, la imprimió, mas dejando lugar a que yo no perdiese el tiempo en ésta.
No es culpa de los modernos tener a Epicuro por glotón, y hacerle proverbio de la embriaguez y deshonesta lascivia; lo mismo precedió en la común opinión
a Séneca: execrable maldad fue en los primeros, que le hicieron proverbio vil para los que les siguieron necesariamente después; la infamia
ajena más fácilmente se cree que se dice, y peor, pues siempre se añade. Diógenes Laercio dice que Diotimo, Estoico, de envidia fingió muchos escritos torpes y blasfemos, y
le achacó otros a Epicuro, y los publicó para difamarle y desacreditar
la escuela. Pocos hay en murmurar de otro, que no les parezca poco lo que oyen y verdad lo que creen. Esto sucedió
a Epicuro con los demás filósofos, con la intervención de la ruindades de la envidia.
Epicuro puso la felicidad en el deleite, y el deleite en la virtud, doctrina tan estoica, que el carecer de este nombre no la desconoce; desembarazó
la atención de sus discípulos, como de trastos, de la dialéctica sofística, de la cual habló sola, porque la lógica en lo
escolástico es grande y valiente, parte de la teología; y el condenar la dialéctica (entiéndese sofística) en que fundaban su mayor pompa los otros filósofos, fue ocasión de aborrecer y difamar
a Epicuro. Con felicísimo estilo le defiende el primer fragmento de Petronio Arbitro; mucho pierde quien me obliga
a traducir sus palabras: estas cosas fueran tolerables, si hicieran lugar
a quien se encamina a la elocuencia: ahora con la hinchazón de las cosas y el vanísimo rumor de las sentencias, sólo aprovechan para que cuando vengan
a la corte sospechen que han sido llevados a otro orbe de la tierra; por esto me persuado que los muchachos se hacen ignorantísimos en las escuelas, pues ninguna cosa de las que no son en
uso, oyen ni ven.
Poco es para esta defensa voz elegante; oigamos voz elegante, doctísima y sagrada. San Jerónimo sobre la epístola de
San Pablo a Tito: «Los Dialécticos, de quienes Aristóteles es príncipe, suelen tender redes de argumentos y concluir la vaga libertad de la retórica en las zarzas de los silogismos: si esto
hacen aquellos de quienes la contención es arte propia, ¿qué debe hacer el cristiano, sino
huir la contienda?» San Ambrosio en el Exameron: «De la manera que el agua (como dicen) puede estar sobre el orbe, revolviéndose el orbe; tal es la astucia dialéctica. Dame cosa
a que te pueda responder, porque si no me la das, no responderé palabra.» San Agustín contra Cresconio, gramático:
«Esta arte que llaman dialéctica, la cual no hace otra cosa sino demostrar con la conclusión,
o la verdad a las verdades, o la mentira a las mentiras.» San Ambrosio,
de Fide ad Tratianum: «Los herejes fundan toda la fuerza de su veneno en la arte dialéctica, la cual, por sentencia de los filósofos, se define arte que no tiene fuerza de instruir los estudios, sino de destruirlos.» No
hubo otros filósofos sino los Epicúreos que dijesen que la dialéctica destruía, y no instruía los estudios. Sígase, que pues Epicuro
con razón desechó la dialéctica sofística, y que con la verdad
indignó contra si todos los filósofos, que valiéndose de la palabra
deleite, en que ponía la felicidad, callando la virtud en que decía consistir el deleite, difamaron al filósofo más sobrio y más severo. Que Epicuro dijese quo no había deleite sin virtud, Séneca lo dice en el libro
IV de Beneficios, cap. II: «La virtud ministra los deleites; no hay deleite sin virtud.» El mismo, en el libro de la
Vida bienaventurada, cap. XII: «No se dan a la lujuria impelidos de epicuros; antes entregados
a los vicios abrigaron en los retiramientos de la filosofía su lujuria, y acuden donde oigan alabar el deleite, ni buscan aquel deleite de Epicuro: así lo siento por ser sobrio y seco.» Y en el
cap. XIII: «De verdad éste es mi parecer (diré a pesar de nuestro vulgo): Epicuro
enseñó doctrina santa y recta, y así te acercas triste.» Estas
palabras por sí tienen soberanía, dichas por nuestro Séneca, ¡cuan grande estimación solicitan
a Epicuro! ¡Cuán justa indignación contra los ignorantes que le difamaron, y particularmente contra Leonides, autor de condenada memoria, por su libro, en que llama
a Epicuro Tersites de los filósofos; y estudiando en su mengua oprobios que decir al gran filósofo, gasta su pluma en distraimientos de la envidia. Este inútil escritor griego le trata con tal ignominia, cuando Lucrecio en sus versos, consolando al hombre de que ha de morir, con referir que murieron los príncipes y los sabios, por
último encarecimiento del poder de la muerte, dice:
Murió el mismo Epicuro fenecido
El curso de su vida, el que en ingenio
Todo el género humano aventajaba,
Como sol celestial a las estrellas
A todos los demás oscurecía.
Mi Juvenal, que a mi juicio escribió la política en versos
con nombre de sátiras (no sin cuidado), pues este género de
filosofía más necesita de lo sátiro que de lo comendable, porque más veces está el bien en lo que
se deja de hacer que en lo que se hace, reprendiendo los glotones y
desordenados, pone por ejemplo de los sobrios y abstinentes en todo
rigor a Epicuro, sátira 13:
Y quien ni lee los Cínicos, ni estudia
Dogmas de los Estoicos, que difieren
Solamente en la capa de los Cínicos,
Ni a Epicuro contenta con legumbres
Del huerto pobre.
Y en la sátira 14:
Si me pregunta alguno la medida
Del censo que será bastante, digo
Que cuanto pide hambre, sed y frío,
Y cuanto a ti, Epicuro, te bastaba
En los huertos pequeños.
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