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La doctrina estoica

Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica

Defiéndese Epicuro de las calumnias vulgares

Al docto y erudito licenciado Rodrigo Caro, Juez de Testamentos

Don Francisco de Quevedo y Villegas

 


 

 

Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                         DEFENSA DE EPICURO

 

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QUEVEDO - DEFENSA DE EPICURO (1) (2) (3) (4) (5)

Quevedo - obras filosóficasResta la defensa de Epicuro: no la hago yo; refiero lo que hicieron hombres grandes, ni en este caso es mi caridad la primera con este nombre. Arnaudo, en su libro que llama Juegos, la imprimió, mas dejando lugar a que yo no perdiese el tiempo en ésta.

No es culpa de los modernos tener a Epicuro por glotón, y hacerle proverbio de la embriaguez y deshonesta lascivia; lo mismo precedió en la común opinión a Séneca: execrable maldad fue en los primeros, que le hicieron proverbio vil para los que les siguieron necesariamente después; la infamia ajena más fácilmente se cree que se dice, y peor, pues siempre se añade. Diógenes Laercio dice que Diotimo, Estoico, de envidia fingió muchos escritos torpes y blasfemos, y le achacó otros a Epicuro, y los publicó para difamarle y desacreditar la escuela. Pocos hay en murmurar de otro, que no les parezca poco lo que oyen y verdad lo que creen. Esto sucedió a Epicuro con los demás filósofos, con la intervención de la ruindades de la envidia. Epicuro puso la felicidad en el deleite, y el deleite en la virtud, doctrina tan estoica, que el carecer de este nombre no la desconoce; desembarazó la atención de sus discípulos, como de trastos, de la dialéctica sofística, de la cual habló sola, porque la lógica en lo escolástico es grande y valiente, parte de la teología; y el condenar la dialéctica (entiéndese sofística) en que fundaban su mayor pompa los otros filósofos, fue ocasión de aborrecer y difamar a Epicuro. Con felicísimo estilo le defiende el primer fragmento de Petronio Arbitro; mucho pierde quien me obliga a traducir sus palabras: estas cosas fueran tolerables, si hicieran lugar a quien se encamina a la elocuencia: ahora con la hinchazón de las cosas y el vanísimo rumor de las sentencias, sólo aprovechan para que cuando vengan a la corte sospechen que han sido llevados a otro orbe de la tierra; por esto me persuado que los muchachos se hacen ignorantísimos en las escuelas, pues ninguna cosa de las que no son en uso, oyen ni ven.

Poco es para esta defensa voz elegante; oigamos voz elegante, doctísima y sagrada. San Jerónimo sobre la epístola de San Pablo a Tito: «Los Dialécticos, de quienes Aristóteles es príncipe, suelen tender redes de argumentos y concluir la vaga libertad de la retórica en las zarzas de los silogismos: si esto hacen aquellos de quienes la contención es arte propia, ¿qué debe hacer el cristiano, sino huir la contienda?» San Ambrosio en el Exameron: «De la manera que el agua (como dicen) puede estar sobre el orbe, revolviéndose el orbe; tal es la astucia dialéctica. Dame cosa a que te pueda responder, porque si no me la das, no responderé palabra.» San Agustín contra Cresconio, gramático: «Esta arte que llaman dialéctica, la cual no hace otra cosa sino demostrar con la conclusión, o la verdad a las verdades, o la mentira a las mentiras.» San Ambrosio, de Fide ad Tratianum: «Los herejes fundan toda la fuerza de su veneno en la arte dialéctica, la cual, por sentencia de los filósofos, se define arte que no tiene fuerza de instruir los estudios, sino de destruirlos.» No hubo otros filósofos sino los Epicúreos que dijesen que la dialéctica destruía, y no instruía los estudios. Sígase, que pues Epicuro con razón desechó la dialéctica sofística, y que con la verdad indignó contra si todos los filósofos, que valiéndose de la palabra deleite, en que ponía la felicidad, callando la virtud en que decía consistir el deleite, difamaron al filósofo más sobrio y más severo. Que Epicuro dijese quo no había deleite sin virtud, Séneca lo dice en el libro IV de Beneficios, cap. II: «La virtud ministra los deleites; no hay deleite sin virtud.» El mismo, en el libro de la Vida bienaventurada, cap. XII: «No se dan a la lujuria impelidos de epicuros; antes entregados a los vicios abrigaron en los retiramientos de la filosofía su lujuria, y acuden donde oigan alabar el deleite, ni buscan aquel deleite de Epicuro: así lo siento por ser sobrio y seco.» Y en el cap. XIII: «De verdad éste es mi parecer (diré a pesar de nuestro vulgo): Epicuro enseñó doctrina santa y recta, y así te acercas triste.» Estas palabras por sí tienen soberanía, dichas por nuestro Séneca, ¡cuan grande estimación solicitan a Epicuro! ¡Cuán justa indignación contra los ignorantes que le difamaron, y particularmente contra Leonides, autor de condenada memoria, por su libro, en que llama a Epicuro Tersites de los filósofos; y estudiando en su mengua oprobios que decir al gran filósofo, gasta su pluma en distraimientos de la envidia. Este inútil escritor griego le trata con tal ignominia, cuando Lucrecio en sus versos, consolando al hombre de que ha de morir, con referir que murieron los príncipes y los sabios, por último encarecimiento del poder de la muerte, dice:

Murió el mismo Epicuro fenecido
El curso de su vida, el que en ingenio
Todo el género humano aventajaba,
Como sol celestial a las estrellas
A todos los demás oscurecía.

Mi Juvenal, que a mi juicio escribió la política en versos con nombre de sátiras (no sin cuidado), pues este género de filosofía más necesita de lo sátiro que de lo comendable, porque más veces está el bien en lo que se deja de hacer que en lo que se hace, reprendiendo los glotones y desordenados, pone por ejemplo de los sobrios y abstinentes en todo rigor a Epicuro, sátira 13:

Y quien ni lee los Cínicos, ni estudia
Dogmas de los Estoicos, que difieren
Solamente en la capa de los Cínicos,
Ni a Epicuro contenta con legumbres
Del huerto pobre.

Y en la sátira 14:

Si me pregunta alguno la medida
Del censo que será bastante, digo
Que cuanto pide hambre, sed y frío,
Y cuanto a ti, Epicuro, te bastaba
En los huertos pequeños.

 

QUEVEDO - DEFENSA DE EPICURO (1) (2) (3) (4) (5)

Francisco de Quevedo - Obras filosófico-morales                                                                                         DEFENSA DE EPICURO

 

 

 

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