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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
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Sócrates – Fedro
Sócrates: Pero nos resta examinar la conveniencia o inconveniencia que pueda haber en lo escrito.
¿No es cierto?
Fedro: Sin duda.
Sócrates: ¿Sabes cuál es el medio de hacerte más acepto a los ojos de Dios por tus discursos escritos
o hablados?
Fedro: No, ¿y tú?
Sócrates: Puedo referirte una tradición de los antiguos, que conocían la verdad. Si nosotros pudiésemos
descubrirla por nosotros mismos, ¿nos inquietaríamos aún de que los hombres hayan pensado antes que nosotros?
Fedro: ¡Donosa cuestión! Refiéreme, pues, esa antigua tradición.
Sócrates: Me contaron que cerca de Náucratis (31), en Egipto, hubo un Dios, uno de los más antiguos del país,
el mismo a que está consagrado el pájaro que los egipcios llaman Ibis. Este Dios se llamaba Teut (32).
Se dice que inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos del
ajedrez y de los dados, y, en fin, la escritura.
El rey Tamus reinaba entonces en todo aquel país, y habitaba la gran ciudad del alto Egipto,
que los griegos llaman Tebas egipcia, y que está bajo la protección del Dios que ellos llaman
Ammon. Teut se presentó al rey y le manifestó las artes que había inventado, y le dijo lo
conveniente que era extenderlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería
cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las
explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba. Dícese que
el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra,
que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura:
«¡Oh rey!, le dijo Teut, esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su
memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener (33).
—Ingenioso Teut, respondió el rey, el genio que inventa las artes no está en el
mismo caso
que la sabiduría que aprecia las ventajas y las desventajas que deben resultar de su aplicación.
Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de
sus efectos verdaderos. Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan,
haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres
materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu.
Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias;
y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean
que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más
que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.»
Fedro: Mi querido Sócrates, tienes especial gracia para pronunciar discursos egipcios, y lo mismo
lo harías de todos los países del universo, si quisieras.
Sócrates: Amigo mío, los sacerdotes del santuario de Júpiter en Dodona decían que los primeros
oráculos salieron de una encina. Los hombres de otro tiempo, que no tenían la sabiduría
de los modernos, en su sencillez consentían escuchar a una encina o a una piedra (34),
con tal que la piedra o la encina dijesen verdad. Pero tú necesitas saber el nombre
y el país del que habla, y no te basta examinar si lo que dice es verdadero o falso.
Fedro: Tienes razón en reprenderme, y creo que es preciso juzgar la escritura como el tebano.
Sócrates: El que piensa transmitir un arte, consignándolo en un libro, y el que cree a su vez
tomarlo de éste, como si estos caracteres pudiesen darle alguna instrucción clara y sólida,
me parece un gran necio; y seguramente ignora el oráculo de Ammon, si piensa que un escrito
pueda ser más que un medio de despertar reminiscencias en aquél que conoce ya el objeto de que en él se trata.
Fedro: Lo que acabas de decir es muy exacto.
Sócrates: Éste es, mi querido Fedro, el inconveniente, así de la escritura como de la pintura;
las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrogadlas, y veréis que
guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos; al oírlos o leerlos
creéis que piensan; pero pedidles alguna explicación sobre el objeto que contienen, y
os responden siempre la misma cosa. Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano,
pasando de los que entienden la materia a aquéllos para quienes no ha sido escrita la obra,
y no sabiendo, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse.
Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro
de su padre; porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse.
Fedro: Tienes también razón.
Sócrates: Pero consideremos los discursos de otra especie, hermana legítima de esta elocuencia
bastarda; veamos cómo nace y cómo es mejor y más poderosa que la otra.
Fedro: ¿Qué discurso es y cuál es su origen?
Sócrates: El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia
es el que puede defenderse por sí mismo, el que sabe hablar y callar a tiempo.
Fedro: Hablas del discurso vivo y animado, que reside en el alma del que está en posesión de la
ciencia, y al lado del cual el discurso escrito no es más que un vano simulacro.
Sócrates: Eso mismo es. Dime: un jardinero inteligente que tuviese semillas que estimara en mucho
y que quisiese ver fructificar, ¿las plantaría juiciosamente en estío en los jardines de
Adonis (35), para tener el gusto de verlas convertidas en preciosas plantas en ocho días?,
o más bien, si tal hiciera, ¿podría ser por otro motivo que por pura diversión o con
ocasión de una fiesta? Mas con respecto a tales semillas, seguiría indudablemente las
reglas de la agricultura, y las sembraría en un terreno conveniente, contentándose con
verlas fructificar a los ocho meses de sembradas.
Fedro: Seguramente, mi querido Sócrates, él se ocuparía de las unas seriamente, y respecto a
las otras lo miraría como un recreo.
Sócrates: Y el que posee la ciencia de lo justo, de lo bello y de lo bueno, ¿tendrá,
según nuestros principios, menos sabiduría que el jardinero en el empleo de sus semillas?
Fedro: Yo no lo creo.
Sócrates: Después de depositarlas en agua negra, no irá a sembrarlas con el auxilio de una pluma
y con palabras incapaces de defenderse a sí mismas e incapaces de enseñar suficientemente la verdad.
Fedro: No es probable.
Sócrates: No, ciertamente; pero si alguna vez escribe, sembrará sus conocimientos en los jardines
de la escritura para divertirse; y formando un tesoro de recuerdos para sí mismo,
llegado que sea a la edad en que se resienta la memoria, y lo mismo para todos los
demás que lleguen a la vejez, se regocijará viendo crecer estas tiernas plantas;
y mientras los demás hombres se entregarán a otras diversiones, pasando su vida en
orgías y placeres semejantes, él recreará la suya con la ocupación de que acabo de hablar.
Fedro: Es en efecto, Sócrates, un honroso entretenimiento, si se le compara con esos vergonzosos
placeres, el ocuparse de discursos y alegorías (36) sobre la justicia y demás cosas de que tú has hablado.
Sócrates: Sí, mi querido Fedro. Pero es aún más noble ocuparse seriamente, auxiliado por la dialéctica
y tropezando con un alma bien preparada, en sembrar y plantar con la ciencia discursos
capaces de defenderse por sí mismos y defender al que los ha sembrado, y que, en vez de ser estériles,
germinarán y producirán en otros corazones otros discursos que, inmortalizando la
semilla de la ciencia, darán a todos los que la posean la mayor de las felicidades de la tierra.
Fedro: Si, esa ocupación es de más mérito.
Sócrates: Ahora que ya estamos conformes en los principios, podemos resolver la cuestión.
Fedro: ¿Cuál?
Sócrates: Aquélla cuyo examen nos ha conducido al punto que ocupamos, a saber: si los discursos de
Lisias merecían nuestra censura, y cuáles son en general los discursos hechos con arte o
sin arte. Me parece que hemos explicado suficientemente cuándo se siguen las reglas del arte,
y cuándo de ellas se separan.
Fedro: Lo creo, pero recuérdame las conclusiones.
Sócrates: Antes de conocer la verdadera naturaleza del objeto sobre el que se habla o escribe;
antes de estar en disposición de dar una definición general y de distinguir los diferentes
elementos, descendiendo hasta sus partes indivisibles; antes de haber penetrado por el
análisis en la naturaleza del alma, y de haber reconocido la especie de discursos que es
propia para convencer a los distintos espíritus; dispuesto y ordenado todo de manera que
a un alma compleja se ofrezcan discursos llenos de complejidad y de armonía, y a un alma
sencilla discursos sencillos, es imposible manejar perfectamente el arte de la palabra,
ni para enseñar ni para persuadir, como queda bien demostrado en todo lo que precede.
Fedro: En efecto, tal ha sido nuestra conclusión.
Sócrates: ¿Pero qué?, sobre la cuestión de si es lícito o vergonzoso pronunciar o escribir discursos,
y bajo qué condiciones este título de autor de discursos puede convertirse en un ultraje,
lo que hemos dicho hasta aquí, ¿no nos ha ilustrado suficientemente?
Fedro: Explícate.
Sócrates: Hemos dicho que si Lisias o cualquier otro ha compuesto o llega a componer un escrito
sobre un objeto de interés público o privado, si ha redactado leyes, que son, por decirlo así,
escritos políticos, y si piensa que hay en ellos mucha solidez y mucha claridad, no sacará
otro fruto que la vergüenza que tendrá, dígase lo que se quiera. Porque ignorar, sea dormido,
sea despierto, lo que es justo o injusto, bueno o malo, ¿no sería la cosa más vergonzosa,
aun cuando la multitud toda entera nos cubriera de aplausos?
Fedro: Sin duda.
Sócrates: Pero supóngase un hombre que piensa que en todo discurso escrito, no importa sobre qué objeto,
hay mucho superfluo; que ningún discurso escrito o pronunciado, sea en verso, sea en prosa,
debe mirársele como un asunto serio, (a la manera de aquellos trozos que se recitan sin
discernimiento y sin ánimo de instruir y con el solo objeto de agradar), y que, en efecto,
los mejores discursos escritos no son más que una ocasión de reminiscencia para los hombres
que ya saben; supóngase que también cree que los discursos destinados a instruir, escritos
verdaderamente en el alma, que tienen por objeto lo justo, lo bello, lo bueno, son los únicos
donde se encuentran reunidas claridad, perfección y seriedad, y que tales discursos son hijos
legítimos de su autor; primero, los que él mismo produce, y luego los hijos o hermanos
de los primeros, que nacen en otras almas sin desmentir su origen; y supóngase, en fin,
que tal hombre no reconoce más que éstos y desecha con desprecio todos los demás; este hombre
podrá ser tal, que Fedro y yo desearíamos ser como él.
Fedro: Sí, yo lo deseo, y así lo pido a los dioses.
Sócrates: Basta de diversión sobre el arte de hablar; y tú vas a decir a Lisias que, habiendo bajado
al arroyo de las ninfas y al asilo de las musas, hemos oído discursos ordenándonos que fuésemos
a decir a Lisias y a todos los autores de discursos, después a Homero y a todos los poetas
líricos o no líricos y, en fin, a Solón y a todos los que han escrito discursos del género
político bajo el nombre de leyes que, si componiendo estas obras, alguno de ellos está seguro
de poseer la verdad, y si es capaz de defender lo que ha dicho cuando se le someta a un serio examen,
y de superar sus escritos con sus palabras, no deberá llamarse autor de discursos, sino tomar
su nombre de la ciencia a la que se ha consagrado por completo.
Fedro: ¿Qué nombre quieres darles?
Sócrates: El nombre de sabio, mi querido Fedro, me parece que sólo conviene a Dios; mejor les vendría
el de amigo de la sabiduría, y estaría más en armonía con la debilidad humana.
Fedro: Lo que dices es muy racional.
Sócrates: Pero al que no tiene cosa mejor que lo que ha escrito y compuesto con despacio,
atormentando su pensamiento y añadiendo y quitando sin cesar, nosotros le dejaremos
el nombre de poeta y de autor de leyes y de discursos.
Fedro: Sin duda.
Sócrates: Cuéntaselo todo esto a tu amigo.
Fedro: ¿Pero tú qué piensas hacer?, porque tampoco es justo que te olvides de tu amigo.
Sócrates: ¿De quién hablas?
Fedro: Del precioso Isócrates, ¿qué le dirás?, ¿o qué diremos de él?
Sócrates: Isócrates es aún joven, mi querido Fedro; sin embargo, quiero participarte lo que siento
respecto a él.
Fedro: Veamos.
Sócrates: Me parece que tiene demasiado ingenio para comparar su elocuencia con la de Lisias,
y tiene un carácter más generoso. No me sorprenderá que, adelantando en años,
sobresalga en la facultad que cultiva hasta el punto de que sus predecesores parecerán
niños a su lado (37), y que poco contento de sus adelantos, se lance a ocupaciones
más altas por una inspiración divina. Porque hay en su alma una disposición natural a
las meditaciones filosóficas (38). He aquí lo que yo tengo que anunciar de parte de los
dioses de estas riberas a mi amado Isócrates. Haz tú otro tanto respecto a tu querido Lisias.
Fedro: Lo haré, pero marchémonos, porque el aire ha refrescado.
Sócrates: Antes de marchar, dirijamos una plegaria a estos dioses.
Fedro: Lo apruebo.
Sócrates: ¡Oh Pan, y demás divinidades de estas ondas!, dadme la belleza interior del alma, y haced
que el exterior en mí esté en armonía con esta belleza espiritual. Que el sabio me parezca
siempre rico; y que yo posea sólo la riqueza que un hombre sensato puede tener y emplear.
¿Tenemos que hacer algún otro ruego más? Yo no tengo más que pedir.
Fedro: Haz los mismos votos por mí; entre amigos todo es común.
Sócrates: Partamos.
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NOTAS
(31) Ciudad del Delta sobre el brazo canópico del Nilo.
(32) Cicerón, De natura deorum, 22, 56.
(33) Eurípides, en el Palamedes, llama a las letras remedio contra el olvido.
(34) Locución proverbial tomada de Homero, Ilíada, XXII, 126. Odisea, XIX, 163.
(35) Véase la segunda parte de las Siracusanas. (Teócrito, XV idilio.)
(36) Alusión a los mitos de los diálogos.
(37) Isócrates, nacido en 436, emigró a Quíos en 404 antes de JC durante la tiranía de los treinta.
Se dejó morir de hambre después de la batalla de Queronea.
(38) Véase la traducción de este trozo en Cicerón, Orator, c. XII.
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