|
Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
(2)
(3)
(4)
(5)
(6)
(7)
(8)
(9) (10)
Sócrates – Fedro
Fedro: Puede que tal sea el arte de la retórica que estos hombres tan célebres enseñan
en sus lecciones y en sus tratados, y creo que en este punto tú tienes razón. Pero la
verdadera retórica, el arte de persuadir, ¿cómo y dónde puede adquirirse?
Sócrates: La perfección en las luchas de la palabra está sometida, a mi parecer, a las mismas
condiciones que la perfección en las demás clases de lucha. Si la naturaleza te ha hecho orador,
y si cultivas estas buenas disposiciones mediante la ciencia y el estudio, llegarás a ser
notable algún día; pero si te falta alguna de estas condiciones, jamás tendrás sino una
elocuencia imperfecta. En cuanto al arte; existe un método que debe seguirse; pero Tisias
y Trasímaco no me parecen los mejores guías.
Fedro: ¿Cuál es ese método?
Sócrates: Pericles pudo haber sido el hombre más consumado en el arte oratorio.
Fedro: ¿Cómo?
Sócrates: Todas las grandes artes se inspiran en estas especulaciones ociosas e indiscretas
que pretenden penetrar los secretos de la naturaleza (29); sin ellas no puede elevarse
el espíritu ni perfeccionarse en ninguna ciencia, cualquiera que sea (30).
Pericles desenvolvió mediante estos estudios trascendentales su talento natural;
tropezó, yo creo, con Anaxágoras, que se había entregado por entero a los mismos
estudios y se nutrió cerca de él con estas especulaciones. Anaxágoras le enseñó
la distinción de los seres dotados de razón y de los seres privados de inteligencia,
materia que trató muy por extenso, y Pericles sacó de aquí para el arte oratorio
todo lo que le podía ser útil.
Fedro: ¿Qué quieres decir?
Sócrates: Con la retórica sucede lo mismo que con la medicina.
Fedro: Explícate.
Sócrates: Estas dos artes piden un análisis exacto de la naturaleza, uno de la naturaleza del cuerpo,
otro de la naturaleza del alma; siempre que no tomes por única guía la rutina y la experiencia,
y que reclames al arte sus luces para dar al cuerpo salud y fuerza por medio de los remedios
y el régimen, y dar al alma convicciones y virtudes por medio de sabios discursos y útiles enseñanzas.
Fedro: Es muy probable, Sócrates.
Sócrates: ¿Piensas que se pueda conocer suficientemente la naturaleza del alma sin conocer la
naturaleza universal?
Fedro: Si hemos de creer a Hipócrates, el descendiente de los hijos de Esculapio, no es posible,
sin este estudio preparatorio, conocer la naturaleza del cuerpo.
Sócrates: Muy bien, amigo mío; sin embargo, después de haber consultado a Hipócrates, es preciso
consultar la razón, y ver si está de acuerdo con ella.
Fedro: Soy de tu dictamen.
Sócrates: Examina, pues, lo que Hipócrates y la recta razón dicen sobre la naturaleza.
¿No es así como debemos proceder en las reflexiones que hagamos sobre la naturaleza de cada cosa?
Lo primero que debemos examinar es el objeto que nos proponemos y que queremos hacer
conocer a los demás, si es simple o compuesto; después, si es simple, cuáles son sus propiedades,
cómo y sobre qué cosas obra, y de qué manera puede ser afectado; si es compuesto,
contaremos las partes que puedan distinguirse, y sobre cada una de ellas haremos el
mismo examen que hubiésemos hecho sobre el objeto reducido a la unidad, para determinar
así todos las propiedades activas y pasivas.
Fedro: Ese procedimiento es quizá el mejor.
Sócrates: Todo el que siga otro se lanza por un camino desconocido. No es obra de un ciego,
ni de un sordo, tratar un objeto cualquiera conforme a las reglas del método. El que,
por ejemplo, siga en todos sus discursos un orden metódico, explicará exactamente la
esencia del objeto a que se refieren todas sus palabras, y este objeto no es otro que el alma.
Fedro: Sin duda.
Sócrates: ¿No es, en efecto, por este rumbo por donde debe dirigir todos sus esfuerzos? ¿No es el
alma el asiento de la convicción? ¿Qué te parece esto?
Fedro: Convengo en ello.
Sócrates: Es evidente que Trasímaco, o cualquiera otro que quiera enseñar seriamente la retórica,
describirá por lo pronto el alma con exactitud, y hará ver si es una sustancia, simple e idéntica,
o si es compuesta como el cuerpo. ¿No es esto explicar la naturaleza de una cosa?
Fedro: Sí.
Sócrates: En seguida describirá sus facultades y las diversas maneras como puede ser afectada.
Fedro: Sin duda.
Sócrates: En fin, después de haber hecho una clasificación de las diferentes especies de discursos
y de almas, dirá cómo puede obrarse sobre ellas, apropiando cada género de elocuencia a
cada auditorio; y demostrará cómo ciertos discursos deben persuadir a ciertos espíritus
y no tendrán influencia sobre otros.
Fedro: Tu método me parece maravilloso.
Sócrates: Por lo tanto, amigo mío, lo que se enseñe o componga de otra manera no puede serlo con arte,
ya recaiga sobre esta materia o ya sobre cualquiera otra. Pero los que en nuestros días han
escrito tratados de retórica, de que has oído hablar, han hecho farsas con las que disimulan
el exacto conocimiento que sus autores tienen del alma humana. Mientras no hablen y escriban
de la manera dicha, no creamos que poseen el arte verdadero.
Fedro: ¿Cuál es esa manera?
Sócrates: Es difícil encontrar términos exactos para hacerte la explicación. Pero ensayaré,
en cuanto me sea posible, decirte el orden que se debe seguir en un tratado redactado con arte.
Fedro: Habla.
Sócrates: Puesto que el arte oratorio no es más que el arte de conducir las almas, es preciso
que el que quiera hacerse orador sepa cuántas especies de almas hay. Hay cierto número
de ellas y tienen ciertas cualidades, de donde procede que los hombres tienen diferentes caracteres.
Sentada esta división, es preciso distinguir también cada especie de discurso por sus cualidades particulares.
Así es, que hay hombres a quienes persuadirán ciertos discursos en determinadas circunstancias
por tal o cual razón, mientras que los mismos argumentos moverán muy poco a otros espíritus.
Enseguida es preciso que el orador, que ha profundizado suficientemente estos principios,
sea capaz de hacer la aplicación de ellos en la práctica de la vida, y de discernir
con una ojeada rápida el momento en que es preciso usar de ellos; de otra manera nunca
sabrá más de lo que sabía al lado de los maestros. Cuando esté en posición de poder decir
mediante qué discursos se puede llevar la convicción a las almas más diversas; cuando,
puesto en presencia de un individuo, sepa leer en su corazón y pueda decirse a sí mismo:
«he aquí el hombre, he aquí el carácter que mis maestros me han pintado; él está delante de mí;
y para persuadirle de tal o cual cosa deberé usar de tal o cual lenguaje»; cuando él posea
todos estos conocimientos; cuando sepa distinguir las ocasiones en que es preciso hablar
y en las que es preciso callar; cuando sepa emplear o evitar con oportunidad el estilo conciso,
las quejas lastimeras, las amplificaciones magníficas y todos los demás giros que la
escuela le haya enseñado, sólo entonces poseerá el arte de la palabra. Pero cualquiera que
en sus discursos, sus lecciones o sus obras, olvide alguna de estas reglas, nosotros no le
creeremos, si pretende que habla con arte. ¡Y bien! Sócrates, ¡y bien!, Fedro, nos dirá
quizá el autor de nuestra retórica, ¿es así o de otra manera, a juicio vuestro, como debe
concebirse el arte de la palabra?
Fedro: No es posible formar del asunto una idea diferente, mi querido Sócrates, pero no es poco
emprender tan extenso estudio.
Sócrates: Dices verdad. Por lo tanto, examinemos en todos
los sentidos todos los discursos para ver si se
encuentra un camino más llano y más corto, y no empeñarnos temerariamente en un sendero tan
difícil y lleno de revueltas, cuando podemos dispensarnos de ello. Si Lisias o cualquier otro
orador nos puede servir de algo, es llegado el caso de recordar sus lecciones y de repetírmelas.
Fedro: No es por falta de voluntad, pero nada recuerda mi espíritu.
Sócrates: ¿Quieres que te refiera ciertos discursos que oí a los que se ocupan de estas materias?
Fedro: Ya escucho.
Sócrates: Se dice, mi querido amigo, que es justo abogar hasta en defensa del lobo.
Fedro: ¡Y bien!, atempérate a ese proverbio.
Sócrates: Los retóricos nos dicen que no hay para qué alabar tanto nuestra dialéctica,
y que con todo este aparato metódico nos vemos privados de movernos libremente. Añaden,
como decía yo al comenzar esta discusión, que es inútil, para hacerse un gran orador,
conocer la naturaleza de lo bueno y de lo justo, ni las cualidades naturales o adquiridas
de los hombres; que, sobre todo, ante los tribunales debe cuidarse poco de la verdad,
sino solamente de la persuasión; que a persuadir deben dirigirse todos los esfuerzos,
cuando se quiere hablar con arte; que hay casos en que debe evitarse exponer los hechos
como pasaron, si lo verdadero cesa de ser probable, para presentarlos de una manera
plausible, sea en la acusación o en la defensa; que, en una palabra, el orador no debe
tener otro norte que la apariencia, sin cuidarse para nada de la realidad. He aquí,
dicen ellos, los artificios que, aplicándose a todos los discursos, constituyen la retórica entera.
Fedro Has expuesto muy bien, Sócrates, las opiniones de los que se suponen hábiles en el arte oratorio;
recuerdo, en efecto, que precedentemente hemos hablado algo sobre esto; estos famosos maestros
miran este sistema como el colmo del arte.
Sócrates: Conoces a fondo a tu amigo Tisias; que él mismo nos diga si por verosimilitud entiende otra
cosa que lo que parece verdadero a la multitud.
Fedro: ¿Podría definírsela de otra manera?
Sócrates: Habiendo descubierto esta regla tan sabia, que es el principio del arte, Tisias ha escrito
que un hombre débil y valiente que es llevado ante el tribunal por haber apaleado a un hombre
fuerte y cobarde, y por haberle robado la capa o cualquiera otra cosa, no deberá decir palabra
de verdad, lo mismo que hará el robado. El cobarde no confesará que ha sido apaleado
por un hombre más valiente que él; el acusado probará que estaban solos, y se aprovechará
de esta circunstancia para razonar así: débil como soy, ¿cómo era posible que yo me las
hubiera con un hombre tan fuerte? Éste, replicando, no confesará su cobardía, pero buscará
algún otro subterfugio, que dará quizá ocasión a confundir a su adversario. Todo lo demás
es por este estilo, y he aquí lo que ellos llaman hablar con arte. ¿No es así,
Fedro?
Fedro: Así es.
Sócrates: En verdad, para descubrir un arte tan misterioso, ha sido preciso un hombre muy hábil,
ya se llame Tisias o de cualquier otro modo, y cualquiera que sea su patria; pero, amigo mío,
¿no podríamos dirigirle estas palabras?
Fedro: ¿Qué palabras?
Sócrates: Antes que tú, Tisias, hubieses tomado la palabra, sabíamos nosotros que la multitud se
deja seducir por la verosimilitud a causa de su relación con la verdad, y ya antes habíamos
dicho que el que conoce la verdad sabrá también en todas circunstancias encontrar lo que se
le aproxima. Si tienes alguna otra cosa que decirnos sobre el arte oratorio, estamos dispuestos
a escucharte; si no, nos atendremos a los principios que hemos sentado, y si el orador no ha
hecho una clasificación exacta de los diferentes caracteres de sus oyentes, si no sabe analizar
los objetos y reducir enseguida las partes que haya distinguido a la unidad de una noción general,
no llegará jamás a perfeccionarse en el arte oratorio en cuanto cabe en lo humano. Pero este
talento no le adquirirá sin un inmenso trabajo, al cual no se someterá el sabio por miramiento
a los hombres, ni por dirigir sus negocios, sino con la esperanza de agradar a los dioses con
todas sus palabras y con todas sus acciones en la medida de las fuerzas humanas. No, Tisias,
y en esto puedes creer a hombres más sabios que nosotros, no es a sus compañeros de esclavitud
a quienes el hombre dotado de razón debe esforzarse en agradar, como no sea de paso, sino a sus
amos celestes y de celeste origen. Cesa, pues, de sorprenderte, si el circuito es grande,
porque el término a donde conduce es muy distinto que el que tú imaginas. Por otra parte,
la razón nos dice que por un esfuerzo de nuestra libre voluntad podemos aspirar, por la
senda que dejamos indicada, a resultado tan magnífico.
Fedro: Muy bien, mi querido Sócrates; pero, ¿será dado a todos tener esta fuerza?
Sócrates: Cuando el fin es sublime, todo lo que se sufre para conseguirlo no lo es menos.
Fedro: Ciertamente.
Sócrates: Basta ya lo dicho sobre el arte y la falta de arte en el discurso.
Fedro: Sea así.
__________
NOTAS
(29) Platón emplea con intención como elogios las injurias que el vulgo dirigía a Sócrates
y sus adversarios los sofistas.
(30) Séneca, Cartas a Lucilio, 65.
|