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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
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(9) (10)
Sócrates – Fedro
Sócrates: Hay dos especies de furor o de delirio: el uno, que no es más que una enfermedad del alma; el otro,
que nos hace traspasar los límites de la naturaleza humana por una inspiración divina.
Fedro: Conforme.
Sócrates: Hemos distinguido cuatro especies de delirio divino, según los dioses que lo inspiran,
atribuyendo la inspiración profética a Apolo, la de los iniciados a Baco, la de los poetas a las Musas
y, en fin, la de los amantes a Afrodita y a Eros; y hemos dicho que el delirio del amor es el
más divino de todos. Inspirados nosotros por el soplo del Dios del amor, tan pronto aproximándonos
como alejándonos de la verdad, y formando un discurso plausible, yo no sé cómo hemos llegado a componer,
como por vía de diversión, un himno, decoroso sí, pero mitológico, al Amor, mi dueño, como lo es tuyo,
Fedro, que es el Dios que preside a la belleza.
Fedro: Yo estuve encantado al oírlo.
Sócrates: Sirvámonos de este discurso para ver cómo se puede pasar de la censura al elogio.
Fedro: Veamos.
Sócrates: Todo lo demás no es en efecto más que un juego de niños. Pero hay dos procedimientos que la
casualidad nos ha sugerido sin duda, pero que convendrá comprender bien y en toda su extensión
al aplicarlos al método (21).
Fedro: ¿Cuáles son esos procedimientos?
Sócrates: Por lo pronto deben abrazarse de una ojeada todas las ideas particulares desparramadas acá y allá,
y reunirlas bajo una sola idea general para hacer comprender, por una definición exacta,
el objeto que se quiere tratar. Así es como dimos antes una definición del amor, que podrá
ser buena o mala, pero que por lo menos ha servido para dar a nuestro discurso la claridad y el orden.
Fedro: ¿Y cuál es el otro procedimiento?
Sócrates: Consiste en saber dividir de nuevo la idea general en sus elementos, como otras tantas
articulaciones naturales, guardándose, sin embargo, de mutilar ninguno de estos elementos primitivos,
como acostumbra un mal cocinero cuando trincha. Así es como en nuestros dos discursos dimos
primeramente una idea general del delirio; en seguida, a la manera que la unidad de nuestro
cuerpo comprende bajo una misma denominación los miembros que están a la izquierda y los que
están a la derecha, en igual forma nuestros dos discursos han deducido de esta definición
general del delirio dos nociones distintas: el uno ha distinguido todo lo que estaba a la izquierda,
y no se rehizo para dar una nueva división sino después de haberse encontrado con un
desgraciado amor que él mismo ha llenado de injurias bien merecidas; el otro ha tomado a la derecha,
y se ha encontrado con otro amor que tiene el mismo nombre, pero cuyo principio es divino, y
tomándole por materia de sus elogios, lo ha alabado como origen de los mayores bienes.
Fedro: Dices verdad.
Sócrates: Yo, mi querido Fedro, gusto mucho de esta manera de descomponer y componer de nuevo por su
orden las ideas (22); es el medio de aprender a hablar y a pensar. Cuando creo hallar un hombre
capaz de abarcar a la vez el conjunto y los detalles de un objeto, sigo sus pasos como si
fueran los de un Dios (23). A los que tienen este talento, sabe Dios si tengo o no razón para
darles este nombre pero, en fin, yo les llamo dialécticos. Pero a los que se han formado en tu
escuela y en la de Lisias, ¿cómo los llamaremos? ¿Nos acogeremos a ese arte de la palabra
mediante el cual Trasímaco y otros se han hecho hábiles parlantes, y que enseñan, recibiendo dones
como los reyes por precio de su enseñanza (24)?
Fedro: Son, en efecto, reyes, pero ignoran ciertamente el arte de que hablas. Por lo demás,
quizá tengas razón en dar a ese arte el nombre de dialéctica, pero me parece que hasta
ahora no hemos hablado de la retórica.
Sócrates: ¿Qué dices? ¿Puede haber en el arte de la palabra alguna parte importante distinta
de la dialéctica? Verdaderamente guardémonos bien de desdeñarla, y veamos en qué consiste
esta retórica de que no hemos hablado.
Fedro: No es poco, mi querido Sócrates, lo que se encuentra en los libros de retórica.
Sócrates: Me lo recuerdas muy a tiempo. Lo primero es el exordio, porque así debemos llamar el
principio del discurso. ¿No es éste uno de los refinamientos del arte?
Fedro: Si, sin duda.
Sócrates: Después la narración (25), luego las deposiciones de los testigos, en seguida las pruebas,
y por fin las presunciones. Creo que un entendido discursista, que nos ha venido de Bizancio,
habla también de la confirmación y de la sub-confirmación.
Fedro: ¿Hablas del ilustre Teodoro?
Sócrates: Sí, de Teodoro. Nos enseña también cuál debe ser la refutación y la sub-refutación en la
acusación y en la defensa. Oigamos igualmente al hábil Eveno de Paros, que ha inventado
la insinuación y las alabanzas recíprocas. Se dice también que ha puesto en versos mnemónicos
la teoría de los ataques indirectos; en fin, es un sabio. ¿Dejaremos dormir a Tisias y Gorgias?
Éstos han descubierto que la verosimilitud vale más que la verdad, y saben, por medio de
su palabra omnipotente, hacer que las cosas grandes parezcan pequeñas, y pequeñas las grandes,
dar un aire de novedad a lo que es antiguo, y un aire de antigüedad a lo que es nuevo; en fin,
han encontrado el medio de hablar indiferentemente sobre el mismo objeto de una manera
concisa o de una manera difusa.
Un día que yo hablaba a Pródico se echó a reír, y me aseguró que sólo él estaba
en posesión del buen método, que era preciso evitar la concisión y los desenvolvimientos ociosos,
conservándose siempre en un término medio.
Fedro: Perfectamente, Pródico (26).
Sócrates: ¿Qué diremos de Hipias? Porque pienso que el natural de Elis debe ser del mismo dictamen.
Fedro: ¿Por qué no?
Sócrates: ¿Qué diremos de Pólux con sus consonancias, sus repeticiones, su abuso de sentencias y
de metáforas, y estas palabras que ha tomado de las lecciones de Licimnion para adornar sus discursos?
Fedro: Protágoras (27), mi querido Sócrates, ¿no enseñaba artificios del mismo género?
Sócrates: Su manera, mi querido joven, era notable por cierta propiedad de expresión unida a otras
bellas cualidades. En el arte de excitar a la compasión, en favor de la ancianidad o de la pobreza,
por medio de exclamaciones patéticas, nadie se puede comparar con el poderoso retórico
de Calcedonia (28). Es un hombre que lo mismo agita que aquieta a la multitud, a manera de encantamiento,
de lo que él mismo se alaba. Es tan capaz para acumular acusaciones como para destruirlas,
sin importarle el cómo. En cuanto al fin de sus discursos, en todos es el mismo; ya le llame
recapitulación o le dé cualquiera otro nombre.
Fedro: ¿Quieres decir el resumen que se hace al concluir un discurso para recordar a los oyentes lo que
se ha dicho?
Sócrates: Eso mismo. ¿Crees que me haya olvidado de alguno de los secretos del arte oratorio?
Fedro: Es tan poco lo olvidado que no merece la pena de hablar de ello.
Sócrates: Pues bien, no hablemos más de eso, y tratemos ahora de ver de una manera patente lo que
valen estos artificios, y dónde brilla el poder de la retórica.
Fedro: Es, en efecto, un arte poderoso, Sócrates, por lo menos en las asambleas populares.
Sócrates: Es cierto. Pero mira, mi excelente amigo, si no adviertes como yo que estas sabias
composiciones descubren la trama en muchos pasajes.
Fedro: Explícate más.
Sócrates: Dime, si alguno encontrase a tu amigo Erixímaco o a su padre Acumenos, y les dijese:
yo sé, mediante la aplicación de ciertas sustancias, calentar o enfriar el cuerpo
a mi voluntad, provocar evacuaciones por todos los conductos, y producir otros efectos semejantes;
y con esta ciencia puedo pasar por médico, y me creo capaz de convertir en médicos a las
personas a quienes comunique mi ciencia. A tu parecer, ¿qué responderían tus ilustres amigos?
Fedro: Seguramente le preguntarían si sabe además a qué enfermos es preciso aplicar estos remedios,
en qué casos y en qué dosis.
Sócrates: Él les respondería que de eso no sabe nada, pero que con seguridad el que reciba sus
lecciones sabrá llenar todas estas condiciones.
Fedro: Creo que mis amigos dirían que nuestro hombre estaba loco, y que habiendo abierto por
casualidad un libro de medicina ú oído hablar de algunos remedios, se imagina con sólo esto ser médico,
aunque no entienda una palabra.
Sócrates: Y si alguno, dirigiéndose a Sófocles o a Eurípides, les dijese: yo sé presentar,
sobre el objeto más mezquino, los desenvolvimientos más extensos, y tratar brevemente la más vasta materia;
sé hacer discursos indistintamente patéticos, terribles o amenazadores, poseo además
otros conocimientos semejantes, y me comprometo, enseñando este arte a alguno,
a ponerle en estado de componer una tragedia.
Fedro: Estos dos poetas, Sócrates, podrían con razón echarse a reír de este hombre,
que se imaginaba hacer una tragedia de todas estas partes reunidas a la casualidad,
sin acuerdo, sin proporciones y sin idea del conjunto.
Sócrates: Pero se guardarían bien de burlarse de él groseramente. Si un músico
encontrase a un hombre que cree saber perfectamente la armonía, porque sabe
sacar de una cuerda el sonido más agudo o el sonido más grave, no le diría bruscamente:
desgraciado, tú has perdido la cabeza. Sino que, como digno favorito de las musas,
le diría con dulzura: querido mío, es preciso saber lo que tú sabes para conocer la armonía;
sin embargo, se puede estar a tu altura sin entenderla; tú posees las nociones
preliminares del arte, pero no el arte mismo.
Fedro: Eso sería hablar muy sensatamente.
Sócrates: Lo mismo diría Sófocles a su hombre, que posee los elementos del arte trágico,
pero no el arte mismo; y Acumenos diría al suyo que conocía las nociones preliminares
de la medicina, pero no la medicina misma.
Fedro: Seguramente.
Sócrates: Pero ¿qué dirían Adrasto, el de la elocuencia dulce como la miel, o Pericles,
si nos hubiesen oído hablar antes de los bellos preceptos del arte oratorio,
del estilo conciso o figurado, y de todos los demás artificios que nos propusimos
examinar con toda claridad? ¿Tendrían ellos, como tú y yo, la grosería de dirigir
insultos de mal tono a los que imaginan estos preceptos y los dan a sus discípulos
por el arte oratorio, o, más sabios que nosotros, a nosotros sería a quienes
dirigirían sus cargos con más razón?, ¡oh Fedro!, ¡oh Sócrates!, dirían, en vez de enfadaros,
deberíais perdonar a los que, ignorando la dialéctica, no han podido, como resultado
de su ignorancia, definir el arte de la palabra; ellos poseen nociones preliminares
de la retórica y se figuran con esto saber la retórica misma; y cuando enseñan todos
estos detalles a sus discípulos, creen enseñarles perfectamente el arte oratorio;
pero, en cuanto al arte de ordenar todos estos medios con la mira de producir el
convencimiento y dar forma a todo el discurso, creyendo ser esto cosa demasiado fácil,
dejan a sus discípulos el cuidado de gobernarse por sí mismos cuando tengan que componer una arenga.
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NOTAS
(21) Estos dos procedimientos son la definición y la división.
(22) El método analítico, como dice Platón, comprende el análisis como punto de partida y la síntesis
como término. Va de la unidad a la multiplicidad, después sube de la multiplicidad a la unidad; he aquí el análisis.
(23) Homero, Odisea, 1. V, 193. L. VII, 38.
(24) Los reyes de Persia y Lacedemonia.
(25) Aristóteles, Retórica, III, 16.
(26) Pródico de Julis, en la isla de Ceos, discípulo de Protágoras, condenado a beber la cicuta
algún tiempo después de la muerte de Sócrates.
(27) Protágoras de Abdera, discípulo de Demócrito (489-408 antes de JC), acusado de impiedad por
los atenienses, huyó en un barquichuelo y pereció en las aguas. Fue legislador de Turio.
(28) Aristóteles en su Retórica, (III, 1) habla de la
habilidad de Trasímaco de Calcedonia para conmover a los jueces, y del libro que
escribió para excitar a la compasión.
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