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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
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(7) (8)
(9) (10)
Sócrates – Fedro
Sócrates: Venid, apreciables jóvenes, cerca de mi querido Fedro, padre de los demás jóvenes que se os parecen;
venid a persuadirle de que, sin conocer a fondo la filosofía, nunca será capaz de hablar bien sobre
ningún objeto. Que Fedro os responda.
Fedro: Interrogad.
Sócrates: En general, la retórica, ¿no es el arte de conducir las almas por la palabra, no sólo en los
tribunales y en otras asambleas públicas, sino también en las reuniones particulares, ya se
trate de asuntos ligeros, ya de grandes intereses? ¿No es esto lo que se dice?
Fedro: No, ¡por Júpiter!, no es precisamente eso; el arte de hablar y de escribir sirve, sobre todo,
en las defensas del foro y también en las arengas políticas. Pero no he oído que se extienda a más.
Sócrates: Tú no conoces más que los tratados de retórica de Néstor y de Ulises, que compusieron
en momentos de ocio durante el sitio de Ilión. ¿Nunca has oído hablar de la retórica de Palamedes?
Fedro: No, ¡por Júpiter!, ni tampoco de las retóricas de Néstor y Ulises, a menos que tu Néstor
sea Gorgias, y tu Ulises Trasímaco o Teodoro.
Sócrates: Quizá, pero dejémoslos. Dime, en los tribunales, ¿qué hacen los adversarios?
¿No sostienen el pro y el contra? ¿Qué dices a esto?
Fedro: Nada más cierto.
Sócrates: ¿Pelean y abogan por lo justo y lo injusto?
Fedro: Sin duda.
Sócrates: Por consiguiente, el que sabe hacer esto con arte hará parecer la misma cosa y
a las mismas personas justa o injusta según él quiera.
Fedro: ¿Y qué?
Sócrates: Y cuando hable al pueblo, sus conciudadanos juzgarán las mismas cosas ventajosas
o funestas a gusto de su elocuencia.
Fedro: Sí.
Sócrates: ¿No sabemos que el Palamedes de Elea (17) hablaba con tanto arte, que presentaba a
sus oyentes las mismas cosas semejantes y desemejantes, simples y múltiples, en reposo y en movimiento
al mismo tiempo?
Fedro: Ya lo sé.
Sócrates: El arte de sostener las proposiciones contradictorias no es sólo del dominio de los
tribunales y de las asambleas populares, sino que, al parecer, si hay un arte que
tiene por objeto el perfeccionamiento de la palabra, abraza toda clase de discursos,
y hace capaz al hombre para confundir siempre todo lo que puede ser confundido,
y de distinguir todo lo que el adversario intenta confundir y oscurecer.
Fedro: ¿Cómo lo entiendes tú?
Sócrates: Creo que la cuestión se ilustrará si tú sigues este razonamiento. ¿Se producirá
más fácilmente esta ilusión en las cosas muy diferentes o en las que se diferencian muy poco?
Fedro: En estas últimas, evidentemente.
Sócrates: Si mudas de lugar y quieres hacerlo sin que se aperciban de ello, ¿deberás desviarte
poco a poco o alejarte a paso largo?
Fedro: La respuesta no es dudosa.
Sócrates: El que se propone engañar a los demás, sin tenerse él mismo por engañado,
¿será capaz de reconocer exactamente las semejanzas y diferencias de las cosas?
Fedro: Es de toda necesidad que las reconozca.
Sócrates: ¿Pero es posible, cuando se ignora la verdadera naturaleza de cada cosa,
reconocer lo que en las otras cosas se parece poco o mucho a aquella que se ignora?
Fedro: Eso es imposible.
Sócrates: ¿No es evidente que toda opinión falsa procede sólo de ciertas semejanzas que existen
entre los objetos?
Fedro: Seguramente.
Sócrates: ¿Y que no se puede poseer el arte de hacer pasar poco a poco a sus oyentes de
semejanza en semejanza, de la verdadera naturaleza de las cosas a su contraria,
evitando por su propia cuenta semejante error, si no se sabe a qué atenerse sobre la esencia de cada cosa?
Fedro: Sin eso no puede ser.
Sócrates: Por consiguiente, el que pretende poseer el arte de la palabra sin conocer la verdad,
y se ha ocupado tan sólo de opiniones, toma por un arte lo que no es más que una sombra risible.
Fedro: Gran riesgo corre de ser así.
Sócrates: En el discurso de Lisias que tienes en la mano y en los que nosotros hemos pronunciado,
¿quieres ver qué diferencia hacemos entre el arte y lo que sólo tiene la apariencia de tal?
Fedro: Con mucho gusto, tanto más cuanto que nuestros razonamientos tienen algo de vago,
no apoyándose en algún ejemplo positivo.
Sócrates: En verdad es una fortuna la casualidad de haber pronunciado dos discursos muy
acomodados para probar que el que posee la verdad puede, mediante el juego de palabras,
deslumbrar a sus oyentes. Yo, mi querido Fedro, no dudo en achacarlos a las divinidades
que habitan estos sitios; quizá también los cantores inspirados por las musas (18) que habitan
por cima de nuestras cabezas nos han comunicado su inspiración; porque he sido siempre
absolutamente extraño al arte oratorio.
Fedro: Pase, puesto que te place decirlo; pero pasemos al examen de los dos discursos.
Sócrates: Lee el principio del discurso de Lisias.
Fedro: «Conoces todos mis sentimientos, y sabes que miro la realización de mis deseos como
provechosa a ambos. No sería justo rechazar mis votos, porque no soy tu amante.
Porque los amantes desde el momento en que se ven satisfechos...»
Sócrates: Detente. Es preciso examinar en qué se engaña Lisias y en qué carece de arte; ¿no es cierto?
Fedro: Sí.
Sócrates: ¿No es cierto que estamos siempre de acuerdo sobre ciertas cosas,
y que sobre otras estamos siempre discutiendo?
Fedro: Creo comprender lo que dices, pero explícamelo más claramente.
Sócrates: Por ejemplo, cuando delante de nosotros se pronuncian las palabras hierro o plata,
¿no tenemos todos la misma idea?
Fedro: Sin duda.
Sócrates: Pero que se nos hable de lo justo y de lo injusto, y estas palabras despiertan ideas diferentes,
y nos ponemos en el momento en desacuerdo con los demás y con nosotros mismos.
Fedro: Seguramente.
Sócrates: Luego hay cosas sobre las que todo el mundo conviene, y otras sobre las que todo el mundo
disputa.
Fedro: Es cierto.
Sócrates: ¿Cuáles son las materias en que más fácilmente podemos extraviarnos, y en las que la
retórica tiene la mayor influencia?
Fedro: Evidentemente en las cosas inciertas y dudosas.
Sócrates: El que se propone abordar el arte oratorio deberá haber hecho antes metódicamente esta distinción,
y haber aprendido a distinguir, según sus caracteres diferentes, las cosas sobre las que fluctúa
naturalmente la opinión del vulgo, y las cosas sobre las que la duda es imposible.
Fedro: El que sepa hacer esta distinción será un hombre hábil.
Sócrates: Hecho esto, yo creo que antes de tratar un objeto particular debe ver con ojo penetrante,
y evitando toda confusión, a qué especie pertenece este objeto.
Fedro: Sin duda.
Sócrates: Y el amor, ¿es de las cosas sujetas a disputa, o no?
Fedro: Es de las cosas disputables, seguramente. De no ser así, ¿hubieras podido
tú hablar como hablaste,
sosteniendo tan pronto que el amor es un mal para el amante y para el objeto amado,
como que es el más grande de los bienes?
Sócrates: Perfectamente. Pero dime, (porque en el furor divino que me poseía he perdido el recuerdo),
¿comencé mi discurso definiendo el amor?
Fedro: ¡Por Júpiter! sí; no pudo ser mejor la definición.
Sócrates: ¿Qué dices?, ¿las ninfas, hijas de Aqueloo y Pan, hijo de Hermes (19), son más hábiles en el
arte de la palabra que Lisias, hijo de Céfalo?, ¿o bien yo me engaño y Lisias, comenzando
su discurso sobre el amor, nos ha precisado a aceptar una definición a la que ha referido
todo el trabazón de su discurso y la conclusión misma? ¿Quieres que volvamos a leer el principio?
Fedro: Como quieras. Sin embargo, lo que buscas no se halla allí.
Sócrates: Lee sin parar. Quiero oírle no obstante.
Fedro: «Conoces todos mis sentimientos, y sabes que miro la realización de mis deseos como
provechosa a ambos. No sería justo rechazar mis votos, porque no soy tu amante.
Porque los amantes, apenas se ven satisfechos, cuando sienten ya todo lo que han hecho
por el objeto de su pasión.»
Sócrates: Estamos muy distantes de encontrar lo que buscamos. No comienza por el principio,
sino por el fin, como un hombre que nada de espaldas contra la corriente. El amante
que se dirige a la persona que ama, ¿no comienza por dónde debería concluir, o me engaño yo,
Fedro, mi muy querido amigo?
Fedro: Ten presente, Sócrates, que no ha querido hacer más que el final de un discurso.
Sócrates: Sea así; pero, ¿no ves que sus ideas aparecen hacinadas confusamente? Lo que dice en segundo lugar,
¿debe estar en el punto que ocupa, o más bien en otro lugar de su discurso? Yo, si bien confieso
mi ignorancia, creo que el autor, muy a la ligera, ha arrojado sobre el papel cuanto le ha venido
al espíritu. Pero tú ¿has descubierto en su composición un plan según el cual ha debido disponer
todas las partes en el orden en que se encuentran?
Fedro: Me haces demasiado favor al creerme en estado de penetrar todos los artificios de la elocuencia
de un Lisias.
Sócrates: Por lo menos me concederás que todo discurso debe, como un ser vivo, tener un cuerpo que le sea
propio,
cabeza y pies y medio y extremos exactamente proporcionados entre sí y en exacta relación con el conjunto.
Fedro: Eso es evidente.
Sócrates: ¡Y bien!, examina un poco el discurso de tu amigo, y dime si reúne todas estas condiciones.
Confesarás que se parece mucho a la inscripción que dicen se puso sobre la tumba de Midas, rey de Frigia.
Fedro: ¿Qué epitafio es ése, y qué tiene de particular?
Sócrates: Hele aquí:
Soy una virgen de bronce, colocada sobre la tumba de Midas;
Mientras las aguas corran y los árboles reverdezcan,
De pie sobre esta tumba, regada de lágrimas,
Anunciaré a los pasajeros que Midas reposa en este sitio. (20)
Ya ves que se puede leer indiferentemente esta inscripción, comenzando por el primer verso que por el último.
Fedro: Tú te burlas de nuestro discurso, Sócrates.
Sócrates: Dejémosle, pues, para que no te enfades, aunque en mi opinión encierra gran número de ejemplos
útiles
que deben estudiarse para huir a todo trance de imitarlos. Hablemos de los demás discursos. En ellos
encontraremos enseñanzas que podrán aprovechar al que quiera instruirse en el arte oratorio.
Fedro: ¿Qué quieres decir?
Sócrates: Estos dos discursos se contradicen; porque el uno tiende
a probar que se deben conceder favores
al hombre enamorado, y el otro al no enamorado.
Fedro: El pro y el contra son sostenidos con calor.
Sócrates: Creía que ibas a usar de la palabra propia, que es «con furor.» Ésta es la palabra que yo esperaba;
¿no hemos dicho, en efecto, que el amor era una especie de furor?
Fedro: Sí.
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NOTAS
(16) Proverbio ateniense.
(17) Zenón de Elea, el amigo de Parménides, porque poseía la ciencia universal como Palamedes.
(El Escoliasta.)
(18) Las cigarras.
(19) Los griegos dicen que Pan es hijo de Penélope y de Hermes. (Herodoto, lib. II, núm. 145.)
(20) El autor de la Vida de Homero atribuye este epitafio a este poeta. Pero Diógenes Laercio se
apoya en el testimonio de Simónides para achacarlo a Cleobulo.
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