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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
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(7) (8)
(9) (10)
Sócrates – Fedro
Fedro: Me uno a ti, mi querido Sócrates, para pedir a los dioses que sigan ambos tu consejo por ellos
y por mí. Pero en verdad, yo no puedo menos de alabar tu discurso, cuya belleza me ha hecho
olvidar el primero. Temo que Lisias parezca muy inferior si intenta luchar contigo en un nuevo
discurso. Por lo demás, ahora, recientemente, uno de nuestros hombres de Estado le echaba en cara,
en términos ofensivos, el escribir mucho, y en toda su diatriba le llamaba fabricante de discursos.
Quizá el amor propio le impedirá responderte.
Sócrates: Vaya una idea singular, mi querido joven; poco conoces a tu amigo si crees que se asusta
con tan poco ruido. ¿Has podido creer que el que así le criticaba hablaba seriamente?
Fedro: Las trazas eran de eso, Sócrates, y tú mismo sabes que los hombres más poderosos y de
mejor posición en nuestras ciudades se avergüenzan de componer discursos y de dejar escritos,
temiendo pasar por sofistas a los ojos de la posteridad.
Sócrates: No entiendes nada, mi querido Fedro, de los repliegues de la vanidad; y no ves que los más
entonados de nuestros hombres de Estado son los que más ansían componer discursos y dejar
obras escritas. Desde el momento en que han dado a luz alguna cosa, están tan deseosos de
adquirir aura popular que se apuran a inscribir en su publicación los nombres de sus admiradores.
Fedro: ¿Qué es lo que dices?, yo no te comprendo.
Sócrates: ¿No comprendes que a la cabeza de los escritos de un hombre de Estado aparecen siempre los
nombres de los que les han prestado su aprobación?
Fedro: ¿Cómo?
Sócrates: El senado, o el pueblo, o ambos, en vista de la proposición de tal... han tenido a bien...
Y aquí se nombra a sí mismo, y hace su propio elogio. En seguida, para demostrar su ciencia
a sus adoradores, hace de todo esto un verdadero comentario. Y dime, ¿no es éste un verdadero escrito?
Fedro: Convengo en ello.
Sócrates: Si triunfa el escrito el autor sale del teatro lleno de gozo; si se le desecha, queda
privado del honor de que se le cuente entre los escritores y autores de discursos,
y así se desconsuela y sus amigos se afligen con él.
Fedro: Sin duda.
Sócrates: Es evidente que, lejos de desdeñar este oficio, le tienen en gran estimación.
Fedro: Convengo en ello.
Sócrates: ¿Pero qué?, cuando un orador o un rey, revestido del poder de un Licurgo, de un Solón,
de un Darío, se inmortaliza en un Estado como autor de discursos, ¿no se mira a sí mismo
como un semi-dios durante su vida, y la posteridad, no tiene de él la misma opinión,
en consideración a sus escritos?
Fedro: Seguramente.
Sócrates: ¿Crees tú que ningún hombre de Estado, cualesquiera que sean su carácter y su prevención
contra Lisias, pretenda hacerle ruborizar por su título de escritor?
Fedro: No es probable, conforme a lo que dices, porque sería a mi parecer difamar su propia pasión.
Sócrates: Por lo tanto, es evidente que nadie puede avergonzarse de componer discursos.
Fedro: Conforme.
Sócrates: Pero, en mi opinión, lo vergonzoso no es el hablar y escribir bien, sino el hablar y
escribir mal.
Fedro: Es claro.
Sócrates: ¿Pero en qué consiste el escribir bien o el escribir mal? ¿Deberemos, mi querido Fedro,
interrogar sobre esto a Lisias o a alguno de los que han escrito o escribirán sobre un
objeto político o sobre materias privadas en verso, como un poeta, o en prosa, como el
común de los escritores?
Fedro: ¿Es posible que me preguntes si debemos? ¿De qué serviría la vida, si no se gozase de
los placeres de la inteligencia? Porque no son los goces, a los que precede el dolor
como condición necesaria, los que dan precio a la vida; y esto es lo que pasa con casi
todos los placeres del cuerpo, por lo que con razón se les ha llamado serviles.
Sócrates: Creo que tenemos tiempo. Lo que me parece es que las cigarras, que cantan sobre nuestras
cabezas y conversan entre sí, como lo hacen siempre con este calor sofocante, nos observan.
Si, en lugar de mantener una conversación, nos viesen dormir la siesta como el vulgo
en esta hora del medio día, al arrullo de sus cantos, sin ocupar nuestro entendimiento,
se reirían de nosotros, y harían bien; creerían ver esclavos que habían venido a dormir
a esta soledad, como los ganados que sestean alrededor de una fuente. Si, por el contrario,
nos ven conversar y pasar cerca de ellas como el sabio cerca de las sirenas, sin dejarnos sorprender,
nos admirarán y quizá nos den parte del beneficio que los dioses les han permitido conceder a los hombres.
Fedro: ¿Qué beneficio es ése? Me parece que nunca he oído hablar de él.
Sócrates: No parece bien que un amigo de las musas ignore estas cosas. Dícese que las cigarras eran hombres
antes del nacimiento de las musas. Cuando éstas nacieron y el canto con ellas, hubo hombres
que de tal manera se arrebataron al oír sus acentos, que la pasión de cantar les hizo olvidar
la de comer y beber, y pasaron de la vida a la muerte sin apercibirse de ello. De estos hombres
nacieron las cigarras, y las musas les concedieron el privilegio de no tener necesidad de ningún alimento
sino que, desde que nacen hasta que mueren, cantan sin comer ni beber; y además de esto van a
anunciar a las musas cuál es, entre los mortales, el que rinde homenaje a cada una de ellas.
Así es que, haciendo conocer a Terpsícore los que la honran en los coros, hacen que esta divinidad
sea más propicia a sus favorecidos. A Erato dan cuenta de los nombres de los que cultivan la
poesía erótica; y a las otras musas hacen conocer los que las conceden la especie de culto que
conviene a los atributos de cada una; a Caliope, que es la de mayor edad, y a Urania, la de menor,
dan a conocer a los que, dedicados a la filosofía, cultivan las artes que les están consagradas.
Estas dos musas que presiden los movimientos de los cuerpos celestes y los discursos de
los dioses y de los hombres son las de los cantos más melodiosos. He aquí materia para
hablar y no dormir en esta hora del día.
Fedro: Pues bien, hablemos.
Sócrates: Nos propusimos antes examinar lo que constituye un buen o mal discurso, escrito o improvisado.
Comencemos este examen, si gustas.
Fedro: Muy bien.
Sócrates: ¿No es necesario para hablar bien conocer la verdad sobre aquello de que se intenta tratar?
Fedro: He oído decir con este motivo, mi querido Sócrates, que el que ha de ser orador no necesita
saber lo que es verdaderamente justo, sino lo que parece tal a la multitud encargada de decidir;
ni tampoco lo que es verdaderamente bueno y bello, sino lo que tiene las apariencias de la
bondad y de la belleza. Porque es la verosimilitud, no la verdad, la que produce la convicción.
Sócrates: No hay que desechar las palabras de los sabios (15), mi querido Fedro, pero también es preciso
examinar lo que ellas significan. Y lo que acabas de decir debe llamar toda nuestra atención.
Fedro: Tienes razón.
Sócrates: Procedamos de esta manera.
Fedro: Veamos.
Sócrates: Si yo te aconsejase que compraras un caballo para servirte de él en los combates,
y ni tú ni yo hubiéramos visto caballos, pero supiese yo que Fedro llama caballo
al que mejor oído tiene entre los animales domésticos...
Fedro: Quieres reírte, Sócrates.
Sócrates: Aguarda. La cosa sería mucho más ridícula si, queriendo persuadirte seriamente,
compusiese un discurso en el que hiciese el elogio del asno, dándole el nombre de caballo,
y si dijese que es un animal muy útil para la casa y para el ejército, que puede cualquiera
defenderse montando en él, y que es muy cómodo para la conducción de efectos y bagajes.
Fedro: Sí, eso sería el colmo del ridículo.
Sócrates: Pero, ¿no vale más ser ridículo, pero inofensivo, que peligroso y dañino?
Fedro: Sin duda.
Sócrates: Cuando un orador, ignorando la naturaleza del bien y del mal, encuentra a sus conciudadanos
en la misma ignorancia y les persuade, no a tomar por caballo la sombra de un asno (16),
sino el mal por el bien; cuando, apoyado en el conocimiento que tiene de las preocupaciones
de la multitud, la arrastra por malas sendas, ¿qué frutos podrá recoger la retórica de lo que haya sembrado?
Fedro: Frutos bien malos.
Sócrates: Pero quizá, mi querido amigo, hemos tratado el arte oratorio con poco respeto, y quizá nos
podría responder que de nada sirven todos nuestros razonamientos, que él no fuerza a nadie
a aprender a hablar sin conocer la naturaleza de la verdad, pero que si se le da crédito,
es conveniente conocerla antes de recibir sus lecciones, si bien no duda en proclamar muy alto que,
sin sus lecciones de bien hablar, de nada sirve el conocimiento de la verdad para persuadir.
Fedro: Y, ¿no tendría razón para hablar así?
Sócrates: Yo convendría en ello si las voces que se levantan por todas partes confesasen que la retórica
es un arte. Pero se me figura oír a algunos que protestan en contra y que afirman que no es un arte,
sino un pasatiempo y una rutina frívola. «No hay, dice Lacomano, verdadero arte de la palabra
fuera de la posesión de la verdad, ni lo habrá jamás.»
Fedro: También yo oigo esos rumores, mi querido Sócrates. Haz comparecer estos adversarios de la
retórica, y veamos lo que dicen.
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NOTAS
(15) Alusión al verso 65 del canto III de la Ilíada.
(16) Proverbio ateniense.
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