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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)
(7) (8)
(9) (10)
Sócrates – Fedro
(Habla
Sócrates) Ocupémonos ahora del alma en sí misma. Para decir lo que ella es, sería preciso una ciencia
divina y desenvolvimientos sin fin. Para hacer comprender su naturaleza por una comparación,
basta una ciencia humana y algunas palabras. Digamos, pues, que el alma se parece a las fuerzas
combinadas de un tronco de caballos y un cochero; los corceles y los cocheros de las almas
divinas son excelentes y de buena raza, pero, en los demás seres, su naturaleza está mezclada de bien y de mal.
Por esta razón, en la especie humana, el cochero dirige dos corceles, el uno excelente y de buena raza,
y el otro muy diferente del primero y de un origen también muy diferente; y un tronco semejante
no puede dejar de ser penoso y difícil de guiar.
¿Pero cómo, entre los seres animados, unos son llamados mortales y otros inmortales?
Esto es lo que conviene esclarecer. El alma universal rige la materia inanimada
y hace su evolución en el universo, manifestándose bajo mil formas diversas. Cuando es perfecta y alada,
campea en lo más alto de los cielos y gobierna el orden universal. Pero cuando ha perdido sus alas,
rueda en los espacios infinitos hasta que se adhiere a alguna cosa sólida y fija allí su estancia;
y cuando ha revestido un cuerpo terrestre, que desde aquel acto, movido por la fuerza que le comunica,
parece moverse por sí mismo, esta reunión de alma y cuerpo se llama un ser vivo, con el aditamento de ser mortal.
En cuanto al nombre de inmortal, el razonamiento no puede definirlo, pero nosotros nos lo imaginamos;
y sin haber visto jamás la sustancia a la que este nombre conviene, y sin comprenderla suficientemente,
conjeturamos que un ser inmortal es el formado por la reunión de un alma y de un cuerpo unidos de toda eternidad.
Pero sea lo que Dios quiera, y dígase lo que se quiera, para nosotros basta que expliquemos
cómo las almas pierden sus alas. He aquí quizá la causa.
La virtud de las alas consiste en llevar lo que es pesado hacia las regiones superiores,
donde habita la raza de los dioses, siendo ellas participantes de lo que es divino más que
todas las cosas corporales. Es divino todo lo que es bello, bueno, verdadero, y todo lo que
posee cualidades análogas, y también lo es lo que nutre y fortifica las alas del alma;
y todas las cualidades contrarias como la fealdad, el mal, las ajan y echan a perder.
El Señor omnipotente, que está en los cielos, Júpiter, se adelanta el primero, conduciendo
su carro alado, ordenando y vigilándolo todo. El ejército de los dioses y de los demonios le sigue,
dividido en once tribus; porque de las doce divinidades supremas sólo Vesta queda en el palacio celeste;
las once restantes, en el orden que les está prescrito, conducen cada una la tribu que preside.
¡Qué encantador espectáculo nos ofrece la inmensidad del cielo, cuando los inmortales
bienaventurados realizan sus revoluciones llenando cada uno las funciones que les están encomendadas!
Detrás de ellos marchan los que quieren y pueden seguirles, porque en la corte celestial
está desterrada la envidia. Cuando van al festín y banquete que les espera, avanzan por un camino
escarpado hasta la cima más elevada de la bóveda de los cielos. Los carros de los dioses,
mantenidos siempre en equilibrio por sus corceles dóciles al freno, suben sin esfuerzo;
los otros caminan con dificultad, porque el corcel malo pesa sobre el carro inclinado y
le arrastra hacia la tierra, si no ha sido sujetado por su cochero. Entonces es cuando el
alma sufre una prueba y sostiene una terrible lucha. Las almas de los que se llaman inmortales,
cuando han subido a lo más alto del cielo, se elevan por cima de la bóveda celeste y se
fijan sobre su convexidad; entonces se ven arrastradas por un movimiento circular,
y contemplan durante esta evolución lo que se halla fuera de esta bóveda, que abraza el universo.
Ninguno de los poetas de este mundo ha celebrado nunca la región que se extiende por
cima del cielo; ninguno la celebrará jamás dignamente. He aquí, sin embargo, lo que es,
porque no hay temor de publicar la verdad, sobre todo cuando se trata de la verdad.
La esencia sin color, sin forma, impalpable, no puede contemplarse sino por la
guía del alma, la inteligencia; en torno de la esencia está la estancia de la ciencia
perfecta que abraza la verdad toda entera. El pensamiento de los dioses, que se alimenta
de inteligencia y de ciencia sin mezcla, como el de toda alma ávida del alimento que la conviene,
gusta ver la esencia divina de que hacía tiempo estaba separado, y se entrega con placer
a la contemplación de la verdad hasta el instante en que el movimiento circular la lleve
al punto de su partida. Durante esta revolución, contempla la justicia en sí,
la sabiduría en sí, no esta ciencia que está sujeta a cambio y que se muestra diferente
según los distintos objetos, que nosotros, mortales, queremos llamar seres, sino la ciencia,
que tiene por objeto el ser de los seres. Y cuando ha contemplado las esencias y está
completamente saciado, se sume de nuevo en el cielo y entra en su estancia. Apenas ha llegado,
el cochero conduce los corceles al establo, en donde les da ambrosía para comer y néctar para beber.
Tal es la vida de los dioses.
Entre las otras almas, la que sigue a las almas divinas con paso más igual y que más las imita,
levanta la cabeza de su cochero hasta las regiones superiores, y se ve arrastrada por el movimiento circular;
pero, molestada por sus corceles, apenas puede entrever las esencias. Hay otras que tan pronto suben
como bajan, y que arrastradas acá y allá por sus corceles, aperciben ciertas esencias
y no pueden contemplarlas todas. En fin, otras almas siguen de lejos, aspirando como las
primeras a elevarse hacia las regiones superiores, pero sus esfuerzos son impotentes;
están como sumergidas y errantes en los espacios inferiores, y, luchando con ahínco por
ganar terreno, se ven entorpecidas y completamente abatidas; entonces ya no hay más que confusión,
combate y lucha desesperada: y por la poca maña de sus cocheros, muchas de estas almas se ven lisiadas,
y otras ven caer una a una las plumas de sus alas; todas, después de esfuerzos inútiles
e impotentes para elevarse hasta la contemplación del Ser absoluto, desfallecen, y en su caída
no les queda más alimento que las conjeturas de la opinión. Este tenaz empeño de las almas
por elevarse a un punto desde donde puedan descubrir la llanura de la verdad, nace de que sólo
en esta llanura pueden encontrar un alimento capaz de nutrir la parte más noble de sí mismas,
y de desenvolver las alas que llevan al alma lejos de las regiones inferiores. Es una ley de Adrasto,
que toda alma que ha podido seguir al alma divina y contemplar con ella alguna de las esencias,
esté exenta de todos los males hasta un nuevo viaje, y si su vuelo no se debilita, ignorará
eternamente sus sufrimientos. Pero cuando no puede seguir a los dioses, cuando por un extravío funesto,
llena del impuro alimento del vicio y del olvido, se entorpece y pierde sus alas, entonces cae en esta tierra;
una ley quiere que en esta primera generación y aparición sobre la tierra no anime el cuerpo de ningún animal.
El alma que ha visto lo mejor posible las esencias y la verdad deberá constituir un hombre,
que se consagrará a la sabiduría, a la belleza, a las musas y al amor; la que ocupa el segundo
lugar será un rey justo o guerrero o poderoso; la de tercer lugar, un político, un financiero,
un negociante; la del cuarto, un atleta infatigable o un médico; la del quinto, un adivino o un iniciado;
la del sexto, un poeta o un artista; la del séptimo, un obrero o un labrador; la del octavo,
un sofista o un demagogo; la del noveno, un tirano. En todos estos estados, a todo el que ha practicado
la justicia le espera después de su muerte un destino más alto; el que la ha violado cae en una
condición inferior. El alma no puede volver a la estancia de donde ha partido sino después de un
destierro de diez mil años: porque no recobra sus alas antes, a menos que haya cultivado
la filosofía con un corazón sincero o amado a los jóvenes con un amor filosófico. A la tercera
revolución de mil años, si ha escogido tres veces seguidas este género de vida, recobra sus alas
y vuela hacia los dioses en el momento en que la última, a los tres mil años, se ha realizado.
Pero las otras almas, después de haber vivido su primera existencia, son objeto de un juicio:
y una vez juzgadas, las unas descienden a las entrañas de la tierra para sufrir allí su castigo;
otras, que han obtenido una sentencia favorable, se ven conducidas a un paraje del cielo
donde reciben las recompensas debidas a las virtudes que hayan practicado durante su vida terrestre.
Después de mil años, las unas y las otras son llamadas para un nuevo arreglo de las condiciones
que hayan de sufrir, y cada una puede escoger el género de vida que mejor le parezca.
De esta manera el alma de un hombre puede animar una bestia salvaje, y el alma de una bestia
animar un hombre, con tal que éste haya sido hombre en una existencia anterior. Porque el
alma que no ha vislumbrado la verdad no puede revestir la forma humana. En efecto, el hombre
debe comprender lo general; es decir, elevarse de la multiplicidad de las sensaciones a la unidad racional.
Esta facultad no es otra cosa que el recuerdo de lo que nuestra alma ha visto cuando seguía
al alma divina en sus evoluciones, cuando, echando una mirada desdeñosa sobre lo que nosotros
llamamos seres, se elevaba a la contemplación del verdadero Ser. Por esta razón es justo que el
pensamiento del filósofo tenga solo alas, pensamiento que se liga siempre cuanto es posible
por el recuerdo a las esencias a que Dios mismo debe su divinidad. El hombre que sabe servirse
de estas reminiscencias está iniciado constantemente en los misterios de la infinita perfección,
y sólo se hace él mismo verdaderamente perfecto. Desprendido de los cuidados que agitan a los hombres,
y curándose sólo de las cosas divinas, el vulgo pretende sanarle de su locura y no ve que es un hombre inspirado.
A esto tiende todo este discurso sobre la cuarta especie de delirio. Cuando un hombre apercibe
las bellezas de este mundo y recuerda la belleza verdadera, su alma toma alas y desea volar;
pero sintiendo su impotencia, levanta, como el pájaro, su mirada al cielo, desprecia las ocupaciones
de este mundo, y se ve tratado como insensato. De todos los géneros de entusiasmo éste es el más
magnífico en sus causas y en sus efectos para el que lo ha recibido en su corazón y para aquél
a quien ha sido comunicado; y el hombre que tiene este deseo y que se apasiona por la belleza
toma el nombre de amante. En efecto, como ya hemos dicho, toda alma humana ha debido necesariamente
contemplar las esencias, pues de no ser así, no hubiera podido entrar en el cuerpo de un hombre.
Pero los recuerdos de esta contemplación no se despiertan en todas las almas con la misma facilidad;
una no ha hecho más que entrever las esencias; otra, después de su descenso a la tierra, ha tenido
la desgracia de verse arrastrada hacia la injusticia por asociaciones funestas, y olvidar los
misterios sagrados que en otro tiempo había contemplado. Un pequeño número de almas son las
únicas que conservan con alguna claridad este recuerdo. Estas almas, cuando aperciben alguna
imagen de las cosas del cielo, se llenan de turbación y no pueden contenerse, pero no saben
lo que experimentan, porque sus percepciones no son bastante claras. Y es que la justicia,
la sabiduría y todos los bienes del alma han perdido su brillantez en las imágenes que vemos
en este mundo. Entorpecidos nosotros mismos con órganos groseros, apenas pueden algunos,
aproximándose a estas imágenes, reconocer ni aun el modelo que ellas representan.
Nos estuvo reservado contemplar la belleza del todo radiante cuando, mezclados
con el coro de los bienaventurados, marchábamos con las demás almas en la comitiva de
Júpiter y de los demás dioses, gozando allí del más seductor espectáculo; e iniciados
en los misterios, que podemos llamar divinos, los celebrábamos exentos de la imperfección
y de los males, que en el porvenir nos esperaban, y éramos admitidos a contemplar
estas esencias perfectas, simples, llenas de calma y de beatitud, y las visiones que irradiaban
en el seno de la más pura luz; y, puros nosotros, nos veíamos libres de esta tumba que llamamos nuestro cuerpo,
y que arrastramos con nosotros como la ostra sufre la prisión que la envuelve.
Deben disimularse estos rodeos, debidos al recuerdo de una felicidad que no existe y que echamos de menos.
En cuanto a la belleza, ella brilla, como ya he dicho, entre todas las demás esencias,
y en nuestra estancia terrestre, donde lo eclipsa todo con su brillantez, la reconocemos por
el más luminoso de nuestros sentidos. La vista es, en efecto, el más sutil de todos los órganos del cuerpo.
No puede, sin embargo, percibir la sabiduría, porque sería increíble nuestro amor por ella
si su imagen y las imágenes de las otras esencias, dignas de nuestro amor, se ofreciesen a nuestra vista,
tan distintas y tan vivas como son. Pero al presente sólo la belleza tiene el privilegio de ser a la
vez un objeto tan sorprendente como amable. El alma que no tiene un recuerdo reciente de los misterios divinos,
o que se ha abandonado a las corrupciones de la tierra, tiene dificultad en elevarse de las cosas de este
mundo hasta la perfecta belleza por la contemplación de los objetos terrestres que llevan su nombre;
antes bien, en vez de sentirse movida por el respeto hacia ella, se deja dominar por el atractivo del placer
y, como una bestia salvaje, violando el orden eterno, se abandona a un deseo brutal, y en su comercio grosero no teme,
no se avergüenza de consumar un placer contra naturaleza. Pero el hombre que ha sido perfectamente iniciado,
que contempló en otro tiempo el mayor número de esencias, cuando ve un semblante que remeda la belleza celeste
o un cuerpo que le recuerda por sus formas la esencia de la belleza, siente por lo pronto como un temblor,
y experimenta los terrores religiosos de otro tiempo; y fijando después su mirada en el objeto amable,
le respeta como a un Dios, y si no temiese ver tratado su entusiasmo de locura, inmolaría víctimas al objeto de su pasión
como a un ídolo, como a un Dios. A su vista, semejante a un hombre atacado de la fiebre, muda de semblante,
el sudor inunda su frente, y un fuego desacostumbrado se infiltra en sus venas (14); en el momento en que ha
recibido por los ojos la emanación de la belleza siente este dulce calor que nutre las alas del alma;
esta llama hace derretir la cubierta, cuya dureza las impedía hacía tiempo desenvolverse. La afluencia
de este alimento hace que el miembro, raíz de las alas, cobre vigor, y las alas se esfuerzan por
derramarse por toda el alma, porque primitivamente el alma era toda alada. En este estado,
el alma entra en efervescencia e irritación; y esta alma, cuyas alas empiezan a desarrollarse,
es como el niño, cuyas encías están irritadas y embotadas por los primeros dientes. Las alas,
desenvolviéndose, le hacen experimentar un calor, una dentera, una irritación del mismo género.
En presencia de un objeto bello recibe las partes de belleza que del mismo se desprenden y emanan,
y que han hecho dar al deseo el nombre de imeros, experimenta un calor suave, se reconoce satisfecho
y nada en la alegría. Pero cuando está separada del objeto amado, el fastidio la consume,
los poros del alma por donde salen las alas se desecan, se cierran, de suerte que no tienen ya salida.
Presa del deseo y encerradas en su prisión, las alas se agitan, como la sangre se agita en las venas;
hacen empuje en todas direcciones, y el alma, aguijoneada por todas partes, se pone furiosa y fuera de sí de
tanto sufrir, mientras el recuerdo de la belleza la inunda de alegría. Estos dos sentimientos la dividen
y la turban, y en la confusión a que la arrojan tan extrañas emociones, se angustia, y en su frenesí no puede
ni descansar de noche, ni gozar durante el día de alguna tranquilidad; y antes bien, llevada por la pasión,
se lanza a todas partes donde cree encontrar su querida belleza. Ha vuelto a verla; ha recibido de nuevo
sus emanaciones; en el momento se vuelven a abrir los poros que estaban obstruidos, respira y no siente
ya el aguijón del dolor, y gusta durante estos cortos instantes el placer más encantador. Así es,
que el amante no quiere separarse de la persona que ama, porque nada le es más precioso que este objeto
tan bello; madre, hermano, amigos, todo lo olvida; pierde su fortuna abandonada sin experimentar la menor sensación;
deberes, atenciones que antes tenía complacencia en respetar, nada le importan; consiente ser esclavo y adormecerse,
con tal que se vea cerca del objeto de sus deseos; y si adora al que posee la belleza, es porque sólo en él encuentra
alivio a los tormentos que sufre.
A esta afección, precioso joven, los hombres la llaman amor; los dioses la dan un nombre tan singular,
que quizá te haga sonreír. Algunos homerianos nos citan, según creo, dos versos de su poeta, que han conservado,
uno de los cuales es muy injurioso al amor y verdaderamente poco conveniente.
«Los mortales le llaman Eros, el dios alado;
los inmortales le llaman el Pteros, el que da alas.»
Se puede admitir o desechar la autoridad
de estos dos versos; siempre es cierto que la causa y la naturaleza de la afección de los amantes son tales
como yo las he descrito.
Si el hombre enamorado ha sido uno de los que antes siguieron a Júpiter, tiene más fuerza para resistir
al Dios alado que ha venido a caer sobre él; los que han sido servidores de Marte y le han seguido
en su revolución alrededor del cielo, cuando se ven invadidos por el amor, y se creen ultrajados por el
objeto de su pasión, se ven arrastrados por un furor sangriento, que los lleva a inmolarse con su ídolo.
Así es que cada cual honra al Dios cuya comitiva seguía, y le imita en su vida tanto cuanto está en su poder,
por lo menos, durante la primera generación y mientras no está corrompido; y esta imitación la lleva a cabo
en sus intimidades amorosas y en todas las demás relaciones. Cada hombre escoge un amor según su carácter,
le hace su Dios, le levanta una estatua en su corazón, y se complace en engalanarla, como para rendirla
adoración y celebrar sus misterios. Los servidores de Júpiter buscan un alma de Júpiter en aquel que adoran,
examinan si gusta de la sabiduría y del mando, y cuando le han encontrado tal como le desean y le han
consagrado su amor, hacen los mayores esfuerzos por desenvolver en él tan nobles inclinaciones. Si no se
han entregado desde luego por entero a las ocupaciones que corresponden a esto, se dedican, sin embargo,
y trabajan en perfeccionarse mediante las enseñanzas de los demás y los esfuerzos propios. Intentan descubrir
en sí mismos el carácter de su Dios, y lo consiguen, porque se ven forzados a volver sin cesar sus miradas
del lado de este Dios; y cuando lo han conseguido por la reminiscencia, el entusiasmo los trasporta,
y toman de él sus costumbres y sus hábitos, tanto, por lo menos, cuanto es posible al hombre participar
de la naturaleza divina. Como atribuyen este cambio dichoso a la influencia del objeto amado, le aman más;
y si Júpiter es el origen divino de donde toman su inspiración, semejantes a las bacantes, la derraman
sobre el objeto de su amor, y en cuanto pueden le hacen semejante a su Dios. Los que han viajado en la
comitiva de Juno buscan un alma regia, y desde que la han encontrado, obran para con ella de la
misma manera. En fin, todos aquellos que han seguido a Apolo o a los otros dioses, arreglando su conducta
sobre la base de la divinidad que han elegido, buscan un joven del mismo natural; y cuando le poseen,
imitando su divino modelo, se esfuerzan en persuadir a la persona amada a que haga otro tanto,
y de esta manera le amoldan a las costumbres de su Dios, y le comprometen a reproducir este tipo de
perfección en cuanto les es posible. Lejos de concebir sentimientos de envidia y de baja malevolencia
contra él, todos sus deseos, todos sus esfuerzos, tienden sólo a hacerle semejante a ellos mismos
y al Dios a que rinden culto. Tal es el celo de que se ven animados los verdaderos amantes,
y si consiguen buena acogida para su amor, su victoria es una iniciación; y la persona amada,
que se deja subyugar por un amante que ama con delirio, se abandona a una pasión noble,
que es para él un origen de felicidad. Su derrota tiene lugar de esta manera.
Hemos distinguido en cada alma tres partes diferentes por medio de la alegoría de los corceles
y del cochero. Sigamos, pues, con la misma figura. Uno de los dos corceles, decíamos,
es de buena raza, el otro es vicioso. Pero ¿de dónde nace la excelencia del uno y el vicio del otro?
Esto es lo que no hemos dicho, y lo que vamos a explicar ahora. El primero tiene soberbia planta,
formas regulares y bien desenvueltas, cabeza erguida y acarnerada; es blanco con ojos negros;
ama la gloria con sabio comedimiento; tiene pasión por el verdadero honor; obedece, sin que se
le castigue, a las exhortaciones y a la voz del cochero. El segundo tiene los miembros contrahechos,
toscos, desaplomados, la cabeza gruesa y aplastada, el cuello corto: es negro, y sus ojos verdes
y ensangrentados; no respira sino furor y vanidad; sus oídos velludos están sordos a los gritos
del cochero, y con dificultad obedece a la espuela y al látigo.
A la vista del objeto amado, cuando el cochero siente que el fuego del amor penetra su alma toda
y que el aguijón del deseo irrita su corazón, el corcel dócil, dominado ahora y siempre por las
leyes del pudor, se contiene, para no insultar al objeto amado; pero el otro corcel no atiende
al látigo ni al aguijón, da botes, se alborota, y entorpeciendo a la vez a su guía y a su compañero,
se precipita violentamente sobre el objeto amado para disfrutar en él de placeres sensuales.
Por lo pronto, el guía y el compañero se resisten, se indignan contra esta violencia odiosa y culpable;
pero al fin, cuando el mal no tiene límites, se dejan arrastrar, ceden al corcel furioso,
y prometen consentirlo todo. Se aproximan al objeto bello, y contemplan esta aparición en todo
su resplandor. A su vista, el recuerdo del cochero se fija en la esencia de la belleza;
y se figura verla, como en otro tiempo, en la estancia de la pureza, colocada al lado de la
sabiduría. Esta visión le llena de un terror religioso, se echa atrás, y esto le obliga a
tirar de las riendas con tanta violencia, que los dos corceles se encabritan al mismo tiempo,
el uno de buena gana, porque no está acostumbrado a hacer resistencia, el otro de mala
porque siempre tiende a la violencia y a la rebelión. Mientras reculan, el uno, lleno de
pudor y de arrobamiento, inunda el alma toda de sudor; el otro, insensible ya a la impresión
del freno y al dolor de su caída, apenas tomó aliento, prorrumpió en gritos de furor,
vertiendo injurias contra su guía y su compañero, echándoles en cara el haber abandonado
por cobardía y falta de corazón su puesto, y tratándoles de perjuros. Los estrecha,
a pesar de ellos, a volver a la carga y, accediendo a sus súplicas, les concede algunos
instantes de plazo. Terminada esta tregua, ellos fingen no haber pensado en esto;
pero el corcel malo, recordándoles su compromiso, haciéndoles violencia y relinchando con furor,
los arrastra y los fuerza a renovar sus tentativas para con el objeto amado.
Apenas se aproximan, el corcel malo se echa, se estira y, entregándose a movimientos libidinosos,
muerde el freno y se atreve a todo con desvergüenza. Pero entonces el cochero experimenta
más fuertemente aún la impresión de antes, se echa atrás, como el jinete que va a tocar la barrera,
y tira con mayor fuerza de las riendas del corcel indómito, rompe sus dientes, magulla su lengua insolente,
ensangrienta su boca, le obliga a sentar en tierra sus piernas y muslos y le hace pasar mil angustias.
Cuando, a fuerza de sufrir, el corcel vicioso ha visto abatido su furor, baja la cabeza y sigue
la dirección que desea el cochero, y al percibir el objeto bello se muere de terror. Entonces
solamente es cuando el amante sigue con modestia y pudor al que ama.
Sin embargo, el joven que se ve servido y honrado al igual de un Dios por un amante que no finge amor,
sino que está sinceramente apasionado, siente despertarse en él la necesidad de amar.
Si antes sus camaradas u otras personas han denigrado en su presencia este sentimiento,
diciendo que es cosa fea tener una relación amorosa, y si semejantes discursos han hecho
que rechazara a su amante, el tiempo trascurrido, la edad, la necesidad de amar y de ser
amado le obligan bien pronto a recibirle en su intimidad. Porque no puede estar en los
decretos del destino que se amen dos hombres malos, ni que dos hombres de bien no puedan amarse.
Cuando la persona amada ha acogido al que ama y ha gozado de la dulzura de su conversación
y de su sociedad, se ve como arrastrado por esta pasión, y comprende que la afección de
todos sus amigos y de todos sus parientes no es nada, cotejada con la que le inspira su amante.
Cuando han mantenido esta relación por algún tiempo y se han visto y han estado en contacto
en los gimnasios o en otros puntos, la corriente de estas emanaciones que Júpiter, enamorado
de Ganimedes, llamó deseo, se dirige a oleadas hacia el amante, entra en su interior en parte,
y cuando ha penetrado así, lo demás se manifiesta al exterior; y, como el aire o un sonido
reflejado por un cuerpo liso o sólido, las emanaciones de la belleza vuelven al alma del
bello joven por el canal de los ojos, y abriendo a las alas todas sus salidas las nutren
y las desprenden y llenan de amor el alma de la persona amada. Ama, pues, pero no sabe qué;
no comprende lo que experimenta, ni tampoco podría decirlo; se parece al hombre que, por
haber contemplado por mucho tiempo en otros ojos enfermos, sintiese que su vista se oscurecía;
no conoce la causa de su turbación, y no se apercibe de que se ve en su amante como en un espejo.
Cuando está en su presencia, siente en sí mismo que se aplacan sus dolores; cuando ausente,
le echa de menos cuanto puede echarse; y siente una afección que es como la imagen del amor,
y a la cual no da el nombre de amor sino que la llama amistad. Sin embargo, desea como su amante,
aunque con menos ardor, verle, tocarle, abrazarle y participar de su lecho, y sin duda no
tardará en satisfacer este deseo. Mientras duermen en un mismo lecho, al corcel indócil se
le ocurre mucho que decir al cochero, y por premio de tantos sufrimientos pide un instante de placer.
El corcel del joven amado no tiene nada que decir, pero experimentando algo que no comprende,
estrecha a su amante entre sus brazos, y le prodiga los más expresivos besos, y mientras
permanezcan tan inmediatos el uno al otro, no tendrá fuerza para rehusar los favores que su amante exija.
Pero el otro corcel y el cochero lo resisten en nombre del pudor y de la razón.
Si la parte mejor del alma es la más fuerte y triunfa, y los guía hacia una vida ordenada,
siguiendo los preceptos de la sabiduría, pasan ellos sus días en este mundo felices y unidos.
Dueños de sí mismos viven como hombres honrados, porque han subyugado lo que llevaba
el vicio a su alma y dado un vuelo libre a lo que engendra la virtud. Al morir, alados y
aliviados de todo peso grosero, salen vencedores en uno de los tres combates que se pueden
llamar verdaderamente olímpicos; y es tan grande este bien, que ni la sabiduría humana,
ni el delirio que viene de los dioses, pueden proporcionar otro mejor al hombre. Si,
por el contrario, han adoptado un género de vida más vulgar y contrario a la filosofía,
aunque sin violar las leyes del honor, en medio de la embriaguez, en un momento de olvido y
de extravío, sucederá sin duda que los corceles indómitos de los dos amantes, sorprendiendo
sus almas, los conducirán hacia un mismo fin; escogerán entonces el género de vida más
lisonjero a los ojos del vulgo, y se precipitarán a gozar. Cuando se han saciado,
aún gustan de los mismos placeres, pero no con profusión, porque no los aprueba decididamente
el alma. Tienen el uno para el otro una afección verdadera, pero menos fuerte que la de
los puros amantes, y cuando su delirio ha cesado, creen haberse dado las prendas más
preciosas de una fe recíproca; y creerían cometer un sacrilegio si rompieran los lazos
que les ligan para abrir sus corazones al aborrecimiento. Al fin de su vida, sin alas aún,
pero ya impacientes por tomarlas, sus almas abandonan sus cuerpos, de suerte que su delirio
amoroso recibe una gran recompensa. Porque la ley divina no permite que los que han comenzado
su viaje celeste sean precipitados en las tinieblas subterráneas, sino que pasan una vida
brillante y dichosa en eterna unión y, cuando reciben alas, las obtienen juntos a causa
del amor que les ha unido sobre la tierra.
Tales son, mi querido joven, los maravillosos y divinos bienes que te procurará la afección
de un amante; pero la amistad de un hombre sin amor, que sólo cuenta con una sabiduría mortal
y que vive entregado por entero a los vanos cuidados del mundo, no puede producir en el alma
de la persona que ama más que una prudencia de esclavo, a la que el vulgo da el nombre de virtud,
pero que le hará andar errante, privado de razón en la tierra y en las cavernas subterráneas
durante nueve mil años.
Aquí tienes, ¡oh Amor!, la mejor y más bella palinodia que he podido cantarte en expiación
de mi crimen. Si mi lenguaje ha sido demasiado poético, Fedro es el responsable de tales extravíos.
Perdóname por mi primer discurso y recibe éste con indulgencia; echa sobre mí una mirada de
benevolencia y benignidad; no me arrebates; ni disminuyas en mí, por cólera, este arte de amar,
cuyo presente me has hecho tú mismo; concédeme que, ahora más que nunca, esté ciegamente
apasionado por la belleza. Si Fedro y yo te hemos ultrajado al principio groseramente,
no acuses más que a Lisias, origen de este discurso; haz que renuncie a esas composiciones frívolas
y llámale hacia la filosofía, que su hermano Polemarco ha abrazado ya, con el fin de que su amante,
que me escucha, libre de la incertidumbre que ahora le atormenta, pueda consagrar, sin miras secretas,
su vida entera al amor dirigido por la filosofía.
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NOTAS
(14) Véase la Oda de Safo.
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