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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)
(7) (8)
(9) (10)
Sócrates – Fedro
Sócrates: Tú eres, mi querido Fedro, el que vales lo que pesas de oro, si tienes la buena fe de creer
que en el discurso de Lisias nada hay que rehacer, y que yo pudiera tratar el mismo asunto
sin contradecir en nada lo que él ha dicho. En verdad esto sería imposible hasta al más
adocenado escritor. Por ejemplo, puesto que Lisias ha intentado probar que es preciso favorecer
al amigo frío más bien que al amigo apasionado, si me impides alabar la sabiduría del uno y
reprender el delirio del otro, si no puedo hablar de estos motivos esenciales, ¿qué es lo que
me queda? Hay necesidad de consentir estos lugares comunes al orador, y de esta manera puede,
mediante el arte de la forma, suplir la pobreza de invención. No es porque, cuando se trata de
razones menos evidentes, y por lo tanto más difíciles de encontrar, no se una al mérito de la
composición el de la invención.
Fedro: Hablas en razón. Puedes sentar por principio que el que no ama tiene sobre el que ama la
ventaja de conservar su buen sentido, y esto te lo concedo. Pero si en otra parte puedes
encontrar razones más numerosas y más fuertes que los motivos alegados por Lisias, quiero
que tu estatua de oro macizo figure en Olimpia cerca de la ofrenda de Cipsesides (9).
Sócrates: Tomas la cosa por lo serio, Fedro, porque ataco al que amas. Sólo quería provocarte un poco.
¿Piensas, verdaderamente, que yo pretendo competir en elocuencia con escritor tan hábil?
Fedro: He aquí, mi querido Sócrates, que has incurrido en los mismos defectos que yo; pero tú hablarás,
quieras o no quieras, en cuanto alcances. Procura que no se renueve una escena muy frecuente
en las comedias, y me fuerces a devolverte tus burlas, repitiendo tus mismas palabras: «Sócrates,
si no conociera a Sócrates, no me conocería a mí mismo; ardía en deseos de hablar,
pero se hacia el desdeñoso, como si no le importara.» Ten entendido que no saldremos de aquí
sin que hayas dado expansión a tu corazón, que según tú mismo se desborda. Estamos solos,
el sitio es retirado, y soy el más joven y más fuerte de los dos. En fin, ya me entiendes;
no me obligues a hacerte violencia, y habla por buenas.
Sócrates: Pero, amigo mío, sería muy ridículo oponer a una obra maestra de tan insigne orador
la improvisación de un ignorante.
Fedro: ¿Sabes una cosa?, que te dejes de nuevos desdenes, porque si no recurriré a una
sola palabra que te obligará a hablar.
Sócrates: Te suplico que no recurras.
Fedro: No, no. Escucha. Esta palabra mágica es un juramento. Juro, pero ¿por qué Dios?,
si quieres, por este plátano, y me comprometo por juramento a que si en su presencia
no hablas en este acto, jamás te leeré, ni te recitaré, ningún otro discurso de quien quiera que sea.
Sócrates: ¡Oh!, ¡qué ducho!, ¡cómo ha sabido comprometerme a que le obedezca, valiéndose del
flaco que yo tengo, de mi cariño a los discursos!
Fedro: Y bien, ¿tienes todavía algún mal pretexto que alegar?
Sócrates: ¡Oh Dios!, no; después de tal juramento, ¿cómo podría imponerme una privación semejante?
Fedro: Habla, pues.
Sócrates: ¿Sabes lo que voy a hacer antes?
Fedro: Veámoslo.
Sócrates: Voy a cubrirme la cabeza para concluir lo más pronto posible, porque el mirar a tu
semblante me llena de turbación y de confusión.
Fedro: Lo que importa es que hables, y en lo demás haz lo que te acomode.
Sócrates: Venid, musas ligias, nombre que debéis a la dulzura de vuestros cantos (10) o a la pasión
de los ligienses (11) por vuestras divinas melodías; yo os invoco, sostened mi debilidad
en este discurso, que me arranca mi buen amigo, sin duda para añadir un nuevo título,
después de otros muchos, a la gloria de su querido Lisias. Había un joven, o más bien,
un mozalbete en la flor de su juvenil belleza, que contaba con gran número de adoradores.
Uno de ellos, más astuto, pero no menos enamorado que los demás, había conseguido persuadirle
que no le tenía amor. Y un día que solicitaba sus favores, intentó probarle que era preciso
acceder a su indiferencia primero que a la pasión de los demás. He aquí su discurso:
«En todas las cosas, querido mío, para tomar una sabia resolución es preciso comenzar
por averiguar sobre qué se va a tratar, porque de no ser así se incurriría en mil errores.
La mayor parte de los hombres ignoran la esencia de las cosas, y en su ignorancia,
de la que apenas se aperciben, desprecian desde el principio plantear la cuestión. Así es que,
avanzando en la discusión, les sucede necesariamente no entenderse ni con los demás,
ni consigo mismos. Evitemos este defecto, que echamos en cara a los demás; y puesto que se trata
de saber si debe uno entregarse al amante o al que no lo es, comencemos por fijar la definición del amor,
su naturaleza y sus efectos y, refiriéndonos sin cesar a estos principios y estrechando a ellos la discusión,
examinemos si es útil o dañoso.
»Que el amor es un deseo, es una verdad evidente; así como es evidente que el deseo de las cosas
bellas no es siempre amor. ¿Bajo qué signo distinguiremos al que ama y al que no ama?
Cada uno de nosotros debe reconocer que hay dos principios que le gobiernan, que le dirigen,
y cuyo impulso, cualquiera que sea, determina sus movimientos: el uno es el deseo instintivo del placer,
y el otro el gusto reflexivo del bien. Tan pronto estos dos principios están en armonía,
tan pronto se combaten, y la victoria pertenece indistintamente ya a uno, ya a otro.
Cuando el gusto del bien, que la razón nos inspira, se apodera del alma entera, se llama sabiduría;
cuando el deseo irreflexivo que nos arrastra hacia el placer llega a dominar, recibe el nombre de intemperancia.
Pero la intemperancia muda de nombre según los diferentes objetos sobre que se ejercita
y de las formas diversas que viste, y el hombre dominado por la pasión, según la forma particular
bajo la que se manifiesta en él, recibe un nombre que no es bueno ni honroso llevar.
Así, cuando el ansia de manjares supera a la vez al gusto del bien, inspirado por la razón,
y a los demás deseos, se llama glotonería, y a los entregados a esta pasión se les da el epíteto de glotones.
Cuando es el deseo de la bebida el que ejerce esta tiranía, ya se sabe el título injurioso
que se da al que a él se abandona. En fin, lo mismo sucede con todos los deseos de esta clase,
y nadie ignora los nombres degradantes que suelen aplicarse a los que son víctimas de su tiranía.
Ya es fácil adivinar la persona a que voy a parar después de este preámbulo; sin embargo,
creo que debo explicarme con toda claridad. Cuando el deseo irracional, sofocando en nuestra
alma este gusto del bien, se entrega por entero al placer que promete la belleza, y cuando se
lanza con todo el enjambre de deseos de la misma clase sólo a la belleza corporal, su poder
se hace irresistible y, sacando su nombre de esta fuerza omnipotente, se le llama amor.»
Y bien, mi querido Fedro, ¿no te parece, como a mí, que estoy inspirado por alguna divinidad?
Fedro: En efecto, Sócrates, las palabras corren con una afluencia inusitada.
Sócrates: Silencio, y escúchame, porque en verdad este lugar tiene algo de divino, y si en el curso
de mi exposición las ninfas de estas riberas me inspirasen algunos rasgos entusiastas,
no te sorprendas. Ya me considero poco distante del tono del ditirambo.
Fedro: Nada más cierto.
Sócrates: Tú eres la causa. Pero escucha el resto de mi discurso, porque la inspiración podría abandonarme.
En todo caso, esto corresponde al Dios que me posee, y nosotros continuemos hablando de nuestro joven.
«Pues bien, amigo mío, ya hemos determinado el objeto que nos ocupa, y hemos definido su naturaleza.
Pasemos adelante, y sin perder de vista nuestros principios, examinemos las ventajas o los inconvenientes
de las deferencias que se pueden tener, sea para con un amante, sea para con un amigo libre de amor.
El que está poseído por un deseo y dominado por el deleite, debe necesariamente buscar en el objeto
de su amor el mayor placer posible. Un espíritu enfermo encuentra su placer en abandonarse por
completo a sus caprichos, mientras que todo lo que le contraría o le provoca le es insoportable.
El hombre enamorado verá con impaciencia a uno que le sea superior o igual para con el objeto de su amor,
y trabajará sin tregua en rebajarle y humillarle hasta verle debajo. El ignorante es inferior al sabio,
el cobarde al valiente, el que no sabe hablar al orador brillante y fácil, el de espíritu tardo
al de genio vivo y desenvuelto. Estos defectos y aun otros más vergonzosos regocijarán al amante,
si los encuentra en el objeto de su amor, y en el caso contrario, procurará hacerlos nacer en su alma,
o sufrirá mucho en la prosecución de sus placeres efímeros. Pero, sobre todo, será celoso, prohibirá
al que ama todas las relaciones que puedan hacerle más perfecto, más hombre, lo causará un gran perjuicio,
y en fin, le hará un mal irreparable, alejándole de lo que podría ilustrar su alma; quiero decir,
de la divina filosofía; el amante querrá necesariamente desviar de este estudio al que ama, por temor
de hacerse para él un objeto de desprecio. Por último, se esforzará en todo y por todo en mantenerle
en la ignorancia, para obligarle a no tener más ojos que los del mismo amante, y le será
tanto más agradable cuanto más daño se haga a sí mismo. Por consiguiente, bajo la relación moral,
no hay guía más malo ni compañero más funesto que un hombre enamorado.
»Veamos ahora lo que los cuidados de un amante, cuya pasión precisa a sacrificar lo bello y lo
honesto a lo agradable, harán del cuerpo que posee. Se le verá rebuscar un joven delicado y sin vigor,
educado a la sombra y no a la claridad del sol, extraño a los varoniles trabajos y a los ejercicios gimnásticos,
acostumbrado a una vida muelle de delicias, supliendo con perfumes y artificios la belleza que ha perdido,
y en fin, no teniendo nada en su persona y en sus costumbres que no corresponda a este retrato.
Todo esto es evidente, y es inútil insistir más en ello. Observaremos solamente, resumiendo,
antes de pasar a otras consideraciones, que en la guerra y en las demás ocasiones peligrosas,
este joven afeminado sólo podrá inspirar audacia a sus enemigos y temor a sus amigos y a sus amantes.
Pero, repito, dejemos estas reflexiones, cuya verdad es manifiesta.
»También debemos examinar en qué el trato y la influencia de un amante pueden ser útiles o dañosos,
no al alma y al cuerpo, sino a los bienes del objeto amado. Es claro para todo el mundo, sobre todo
para el mismo amante, que nada hay que desee tanto como ver a la persona que ama privada de lo más precioso,
más estimado y más sagrado que tiene. Le vería con gusto perder su padre, su madre, sus parientes,
sus amigos, que mira como censores y como obstáculos a su dulce comercio. Si la persona amada posee
grandes bienes en dinero o en tierras, sabe que le será más difícil seducirle y que le encontrará
menos dócil después de seducido. La fortuna del que ama le incomoda, y se regocijará con su ruina.
En fin, deseará verle todo el tiempo posible sin mujer, sin hijos, sin hogar doméstico, para alargar
el momento en que habrá de cesar de gozar de sus favores.
»Un Dios ha mezclado con la mayor parte de los males que afligen a la humanidad un goce fugitivo.
Así la adulación, esta bestia cruel, este funesto azote, nos hace gustar algunas veces un placer delicado.
El comercio con una cortesana, tan expuesto a peligros, y todas las demás relaciones y hábitos
semejantes no carecen de ciertas dulzuras pasajeras. Pero no basta que el amante dañe al objeto amado,
sino que la asidua comunicación en todos los momentos debe llegar a ser desagradable. Un antiguo
proverbio dice que los que son de una misma edad se atraen naturalmente. En efecto, cuando las
edades son las mismas, la conformidad de gustos y de humor que de ello resulta predispone
a la amistad
y, sin embargo, semejantes relaciones tienen también sus disgustos. En todas las cosas, se dice,
la necesidad es un yugo pesado, pero lo es sobre todo en la sociedad de un amante cuya edad se
aleja de la de la persona amada. Si es un viejo que se enamora de uno más joven, no le dejará día y noche;
una pasión irresistible, una especie de furor, le arrastrará hacia aquél, cuya presencia le encanta
sin cesar por el oído, por la vista, por el tacto, por todos los sentidos, y encuentra un gran placer
en servirse de él sin tregua, ni descanso; y en compensación del fastidio mortal que causa a la persona
amada por su importunidad, ¿qué goces, qué placeres esperan a este desgraciado? El joven tiene a la
vista un cuerpo gastado y marchitado por los años, afligido de los achaques de la edad, del que no puede librarse;
y con más razón no podrá sufrir el roce, a que sin cesar se verá amenazado, sin una extrema repugnancia.
Vigilado con suspicaz celo en todos sus actos, en todas sus conversaciones, oye de boca de su amante
tan pronto imprudentes y exageradas alabanzas como reprensiones insoportables que le dirige
cuando está en su buen sentido; porque cuando la embriaguez de la pasión llega a extraviarle,
sin tregua y sin miramiento le llena de ultrajes que le cubren de vergüenza.
»El amante, mientras su pasión dura, será un objeto tan repugnante como funesto; cuando la pasión
se extinga se mostrará sin fe, y venderá a aquél que sedujo con sus promesas magníficas,
con sus juramentos y con sus súplicas, y a quien sólo la esperanza de los bienes prometidos pudo
con gran dificultad decidir a soportar relación tan funesta. Cuando llega el momento de verse
libre de esta pasión, obedece a otro dueño, sigue otro guía, es la razón y la sabiduría las que
reinan en él, y no el amor y la locura; se ha hecho otro hombre sin conocimiento de aquél de
quien estaba enamorado. El joven exige el precio de los favores de otro tiempo, le recuerda
todo lo que ha hecho, lo que ha dicho, como si hablase al mismo hombre. Éste, lleno de confusión,
no quiere confesar el cambio que ha sufrido, y no sabe cómo sacudirse los juramentos y
promesas que prodigó bajo el imperio de su loca pasión. Sin embargo ha entrado en sí mismo,
y es ya bastante capaz para no dejarse llevar de iguales extravíos y no volver de nuevo
al antiguo camino de perdición. Se ve precisado a evitar a aquél que amaba en otro tiempo,
y vuelta la concha (12), en vez de perseguir, es él el que huye. Al joven no le queda otro
partido que sufrir, bajo el peso de sus remordimientos, por haber ignorado desde el principio
que valía más conceder sus favores a un amigo frío y dueño de sí mismo, que a un hombre
cuyo amor necesariamente ha turbado la razón.
»Obrar de esta manera es lo mismo que abandonarse a un dueño pérfido, incómodo, celoso,
repugnante, perjudicial a su fortuna, dañoso a su salud y, sobre todo, funesto al
perfeccionamiento de su alma, que es y será, en todos tiempos, la cosa más preciosa a juicio
de los hombres y de los dioses. He aquí, joven querido, las verdades que debes meditar sin cesar,
no olvidando jamás que la ternura de un amante no es una afección benévola, sino un apetito
grosero que quiere saciarse:
Como el lobo ama al cordero,
El amante ama al amado.
He aquí todo lo que tenía que decirte, mi querido Fedro; no me oirás más, porque mi discurso está terminado.
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NOTAS
(9) Estatua de Júpiter que los descendientes de Cipselos consagraron a Olimpo,
conforme al voto que habían hecho, si recobraban el poder soberano en Corinto.
(10) Λίγεια, quiere decir armoniosa.
(11) Los ligurienses, pueblo de la alta Italia.
(12) Alusión a un juego en el que, para saber quién era el perseguidor y quién el perseguido,
se arrojaba al aire una concha blanca por un lado y negra por otro.
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