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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)
(7) (8)
(9) (10)
Sócrates – Fedro
Fedro: Escucha.
«Conoces todos mis sentimientos, y sabes que miro la realización de mis deseos como provechosa a ambos.
No sería justo rechazar mis votos, porque no soy tu amante. Porque los amantes, desde el momento en que
se ven satisfechos, se arrepienten ya de todo lo que han hecho por el objeto de su pasión. Pero los que
no tienen amor no tienen jamás de qué arrepentirse, porque no es la fuerza de la pasión la que les
ha movido a hacer a su amigo todo el bien que han podido, sino que han obrado libremente, juzgando que
servían así a sus más caros intereses. Los amantes consideran el daño causado por su amor a sus negocios,
alegan sus liberalidades, traen a cuenta las penalidades que han sufrido, y después de tiempo
creen haber dado pruebas positivas de su reconocimiento al objeto amado. Pero los que no están enamorados
no pueden ni alegar los negocios que han abandonado, ni citar las penalidades sufridas, ni quejarse
de las querellas que se hayan suscitado en el interior de la familia; y no pudiendo pretextar todos estos males,
que no han llegado a conocer, sólo les resta aprovechar con decisión cuantas ocasiones se presenten de
complacer a su amigo.
»Se alegará quizá en favor del amante que su amor es más vivo que una amistad ordinaria, que está siempre
dispuesto a decir o hacer lo que puede ser agradable a la persona que ama, y arrostrar por ella el odio
de todos; pero es fácil conocer lo falaz de este elogio puesto que, si su pasión llega a mudar de objeto,
no dudará en sacrificar sus antiguos amores a los nuevos y, si el que ama hoy se lo exige, hasta perjudicar
al que amaba ayer.
»Racionalmente no se pueden conceder tan preciosos favores a un hombre atacado de un mal tan crónico,
del cual ninguna persona sensata intentará curarle, porque los mismos amantes confiesan que su espíritu
está enfermo y que carecen de buen sentido. Saben bien, dicen ellos, que están fuera de sí mismos y que
no pueden dominarse. Y entonces, si llegan a entrar en sí mismos, ¿cómo pueden aprobar las resoluciones
que han tomado en un estado de delirio?
»Por otra parte, si entre tus amantes quisieses conceder la preferencia al más digno, no podrías escoger
sino entre un pequeño número; por el contrario, si buscas entre todos los hombres aquel cuya amistad desees,
puedes elegir entre millares, y es probable que en toda esta multitud encuentres uno que merezca tus favores.
»Si temes la opinión pública, si temes tenerte que avergonzar de tus relaciones ante tus conciudadanos,
ten presente que lo más natural es que un amante, que desea que le envidien su suerte,
creyéndola envidiable, sea indiscreto por vanidad, y tenga por gloria publicar por todas partes
que no ha perdido el tiempo, ni el trabajo. Aquél que, dueño de sí mismo, no se deja extraviar por el amor,
preferirá la seguridad de su amistad al placer de alabarse de ella. Añade a esto que todo el mundo
conoce un amante, viéndole seguir los pasos de la persona que ama; y llegan al punto de no poder hablarse
sin que se sospeche que una relación más íntima los une ya, o va bien pronto a unirlos. Pero los que no están
enamorados pueden vivir en la mayor familiaridad sin que jamás induzcan a sospecha; porque se sabe que
son lícitas estas asociaciones, formadas amistosamente por la necesidad, para encontrar alguna distracción.
»¿Tienes algún otro motivo para temer? ¿Piensas que las amistades son rara vez durables, y que un rompimiento,
que siempre es una desgracia para ambos, te será funesto, sobre todo después del sacrificio que has hecho
de lo más precioso que tienes? Si así sucede, es al amante a quien debes sobre todo temer. Un nada le enoja,
y cree que lo que se hace es para perjudicarle. Así es que quiere impedir al objeto de su amor toda relación
con todos los demás, teme verse postergado por las riquezas de uno, por los talentos de otro, y siempre está
en guardia contra el ascendiente de todos aquéllos que tienen sobre él alguna ventaja.
Él te cizañará para
ponerte mal con todo el mundo y reducirte a no tener un amigo; o si pretendes manejar tus intereses y ser
más entendido que tu celoso amante, acabarás por un rompimiento. Pero el que no está enamorado, y que debe
a la estimación que inspiran sus virtudes los favores que desea, no se cela de aquéllos que viven familiarmente
con su amigo; aborrecería más bien a los que huyesen de su trato, porque vería en este alejamiento una señal
de desprecio, mientras que aplaudiría todas aquellas relaciones cuyas ventajas conociese. Parece natural
que, dadas estas condiciones, la complacencia afiance la amistad, y que no pueda producir resentimientos.
Por otro lado, la mayor parte de los amantes se enamoran de la belleza del cuerpo antes de conocer la
disposición del alma y de haber experimentado el carácter, y así no puede asegurarse si su amistad debe
sobrevivir a la satisfacción de sus deseos. Los que no se ven arrastrados por el amor y están ligados
por la amistad, antes de obtener los mayores favores, no podrán ver en estas complacencias un motivo de
enfriamiento, sino más bien un gaje de nuevos favores para lo sucesivo.
»¿Quieres hacerte más virtuoso cada día? Fíate de mí antes que de un amante. Porque un amante alabará
todas tus palabras y todas tus acciones sin curarse de la verdad ni de la bondad de ellas, ya por temor
de disgustarte, ya porque la pasión le ciega; porque tales son las ilusiones del amor. El amor desgraciado
se aflige, porque no excita la compasión de nadie; pero cuando es dichoso, todo le parece encantador,
hasta las cosas más indiferentes. El amor es mucho menos digno de envidia que de compasión. Por el contrario,
si cedes a mis votos, no me verás buscar en tu intimidad un placer efímero, sino que vigilaré por tus
intereses durables porque, libre de amor, yo seré dueño de mí mismo. No me entregaré por motivos frívolos
a odios furiosos, y aun con los más graves motivos dudaré en concebir un ligero resentimiento. Seré indulgente
con los daños involuntarios que se me causen, y me esforzaré en prevenir las ofensas intencionadas. Porque tales
son los signos de una amistad que el tiempo no puede debilitar.
»Quizá crees tú que la amistad sin el amor es débil y flaca; y, si fuera así, seríamos indiferentes con
nuestros hijos y con nuestros padres y no podríamos estar seguros de la felicidad de nuestros amigos,
a quienes un dulce hábito, y no la pasión, nos liga con estrecha amistad. En fin, si es justo
conceder sus favores a los que los desean con más ardor, sería preciso en todos los casos otorgárselos no a los
más dignos, sino a los más indigentes, porque libertándolos de los males más crueles, se recibirá por
recompensa el más vivo reconocimiento. Así pues, cuando quieras dar una comida, deberás convidar no a los amigos,
sino a los mendigos y a los hambrientos, porque ellos te amarán, te acompañarán a todas partes, se agolparán
a tu puerta experimentando la mayor alegría, vivirán agradecidos y harán votos por tu prosperidad. Pero tú
debes, por el contrario, favorecer no a aquellos cuyos deseos son más violentos, sino a los que mejor te
atestigüen su reconocimiento; no a los más enamorados, sino a los más dignos; no a los que sólo aspiran a
explotar la flor de la juventud, sino a los que en tu vejez te hagan partícipe de todos sus bienes; no a
los que se alabarán por todas partes de su triunfo, sino a los que el pudor obligue a una prudente reserva;
no a los que se muestren muy solícitos pasajeramente, sino a aquellos cuya amistad, siempre igual, sólo
concluirá con la muerte; no a los que, una vez satisfecha su pasión, buscarán un pretexto para aborrecerte,
sino a los que, viendo desaparecer los placeres con la juventud, procuren granjearse tu estimación.
»Acuérdate, pues, de mis palabras, y considera que los amantes están expuestos a los consejos severos de
sus amigos, que rechazan pasión tan funesta. Considera también que nadie es reprensible por no ser amante,
ni se le acusa de imprudente por no serlo.
»Quizá me preguntarás si te aconsejo que concedas tus favores a todos los que no son tus amantes; y te
responderé que tampoco un amante te aconsejará la misma complacencia para todos los que te aman. Porque
favores prodigados de esta manera no tendrían el mismo derecho al reconocimiento, ni tampoco podrías ocultarlos
aunque quisieras. Es preciso que nuestra mutua relación, lejos de dañarnos, nos sea a ambos útil.
»Creo haber dicho bastante; pero si aún te queda alguna duda, si es cosa que no he resuelto todas tus
objeciones, habla; yo te responderé.»
¿Qué te parece? Sócrates; ¿no es admirable este discurso bajo todos
los aspectos y sobre todo por la elección
de las palabras?
Sócrates: Maravilloso discurso, amigo mío; me ha arrebatado y sorprendido. No has contribuido tú poco
a que me haya
causado tan buena impresión. Te miraba durante la lectura, y veía brillar en tu semblante la alegría. Y como
creo que en estas materias tu juicio es más seguro que el mío, me he fiado de tu entusiasmo, y me he dejado
arrastrar por él.
Fedro: ¡Vaya!, quieres reírte.
Sócrates: ¿Crees que me burlo y que no hablo seriamente?
Fedro: No, en verdad, Sócrates. Pero dime con franqueza, ¡por Júpiter, que preside a la amistad!, ¿piensas que
haya entre todos los griegos un orador capaz de tratar el mismo asunto con más nobleza y extensión?
Sócrates: ¿Qué dices?, ¿quieres que me una a ti para alabar
a un orador por haber dicho todo lo que puede decirse,
o sólo por haberse expresado en un lenguaje claro, preciso y sabiamente aplicado? Si reclamas mi
admiración por el fondo mismo del discurso, sólo por consideración a ti puedo concedértelo;
porque la debilidad de mi espíritu no me ha dejado apercibir este mérito, y sólo me he fijado
en el lenguaje. En este concepto no creo que Lisias mismo pueda estar satisfecho de su obra. Me parece,
mi querido Fedro, a no juzgar tú de otra manera, que repite dos y tres veces las cosas, como un
hombre poco afluente; pero quizá se ha fijado poco en esta falta, y ha querido hacernos ver que era
capaz de expresar un mismo pensamiento de muchas maneras diferentes, y siempre con la misma fortuna.
Fedro: ¿Qué dices, Sócrates? Lo más admirable de su discurso consiste en decir precisamente todo lo que
la materia permite; de manera que sobre lo mismo no es posible hablar ni con más afluencia, ni con
mayor exactitud.
Sócrates: En ese punto yo no soy de tu dictamen. Los sabios de los tiempos antiguos, hombres y mujeres,
que han hablado y escrito sobre esta materia, me convencerían de impostura si tuviera la
debilidad de ceder sobre este punto.
Fedro: ¿Y cuáles son esos sabios?, ¿o has encontrado otra cosa más acabada?
Sócrates: En este momento no podría decírtelo; sin embargo alguno recuerdo, y quizá en la bella Safo,
o en el sabio Anacreonte, o en algún otro prosista encontrara ejemplos. Y lo que me compromete
a hacer esta conjetura es que se me desborda el corazón, y que me siento capaz de pronunciar sobre
el mismo objeto un discurso que competiría con el de Lisias. Conozco bien que no puedo encontrar
en mí mismo todo ese cúmulo de bellezas, porque no lo permite la medianía de mi ingenio;
pero quizá los pensamientos que salgan de mi alma, como de un vaso lleno hasta el borde,
procedan de orígenes extraños. Pero soy tan indolente que no sé ni cómo, ni de dónde me vienen.
Fedro: Verdaderamente, mi noble amigo, me agrada lo
que dices. Te dispenso de que me digas quiénes son esos sabios, y dónde aprendiste sus lecciones. Pero cumple lo que me acabas
de prometer; pronuncia un discurso tan largo como el de Lisias, que sostenga la comparación,
sin tomar nada de él. Por mi parte me comprometo, como los nueve arcontes, a consagrar en el
templo de Delfos mi estatua en oro de talla natural, y también la tuya (8).
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NOTAS
(8) Cada uno de los arcontes juraba, al posesionarse del cargo, consagrar a Delfos su propia
estatua, si se dejaba corromper.
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