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Platón - Obras Completas
FEDRO O DE LA BELLEZA (argumento)
FEDRO o de la belleza (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)
(7) (8)
(9) (10)
Sócrates – Fedro
Sócrates: Mi querido Fedro, ¿a dónde vas y de dónde vienes?
Fedro: Vengo, Sócrates, de casa de Lisias (1), hijo de Céfalo, y voy a pasearme fuera de muros;
porque he pasado toda la mañana sentado junto a Lisias, y siguiendo el precepto de Acumenos,
tu amigo y mío, me paseo por las vías públicas, porque dice que proporcionan mayor recreo y
salubridad que las carreras en el gimnasio.
Sócrates: Tiene razón, amigo mío; pero Lisias, por lo que veo, estaba en la ciudad.
Fedro: Sí, en casa de Epícrates, en esa casa que está próxima al templo de Júpiter Olímpico,
la Moriquia. (2)
Sócrates: ¿Y cuál fue vuestra conversación? Sin dudar, Lisias te regalaría algún discurso.
Fedro: Tú lo sabrás, si no te apura el tiempo, y si me acompañas y me escuchas.
Sócrates: ¿Qué dices? ¿no sabes, para hablar como Píndaro, que no hay negocio que yo no abandone por saber lo
que ha pasado entre tú y Lisias?
Fedro: Pues adelante.
Sócrates: Habla pues.
Fedro: En verdad, Sócrates, el negocio te afecta, porque el discurso, que nos ocupó por tan largo espacio,
no sé por qué casualidad rodó sobre el amor. Lisias supone que un hermoso joven
es solicitado no por un
hombre enamorado sino, y esto es lo más sorprendente, por un hombre sin amor, y sostiene que debe
conceder sus amores más bien al que no ama, que al que ama.
Sócrates: ¡Oh! es muy amable. Debió sostener igualmente que es preciso tener mayor complacencia con la pobreza
que con la riqueza, con la ancianidad que con la juventud, y lo mismo con todas las desventajas que
tengo yo y tienen muchos otros. Sería ésta una idea magnífica y prestaría un servicio a los intereses
populares (3). Así es que yo ardo en deseos de escucharte, y ya puedes alargar tu paseo hasta Megara y,
conforme al método de Heródico (4), volver de nuevo después de tocar los muros de Atenas, que yo
no te abandonaré.
Fedro: ¿Qué dices?, bondadoso Sócrates. Un discurso que Lisias, el más hábil de nuestros escritores,
ha trabajado
por despacio y en mucho tiempo, ¿podré yo, que soy un pobre hombre, dártelo a conocer de una manera digna
de tan gran orador? Estoy bien distante de ello y, sin embargo, preferiría ese talento a todo el oro del mundo.
Sócrates: Fedro, si no conociera a Fedro, no me
conocería a mí mismo; pero le conozco. Estoy bien seguro de que, oyendo un
discurso de Lisias, no ha podido contentarse con una primera lectura sino que,
volviendo a la carga, habrá pedido al autor que comience de nuevo, y el autor
le habrá dado gusto y, no satisfecho aún con esto, concluirá por apoderarse del papel para volver a leer los pasajes que
han llamado más su atención. Y después
de haber pasado toda la mañana inmóvil y atento a este estudio, fatigado ya, habrá salido a tomar el aire y
dar un paseo, y mucho me engañaría, ¡por el Can!, si no se sabe ya de memoria todo el discurso, a no ser que
sea de una extensión excesiva. Se ha venido fuera de muros para meditar sobre él a sus anchuras, y encontrando
un desdichado con una pasión furiosa por los discursos, complacerse interiormente en tener la fortuna de hallar
a
uno a quien comunicar su entusiasmo y precisarle a que le siga. Y como el encontradizo, llevado de su pasión por
los discursos, le invita a que se explique, se hace el desdeñoso, y como si nada le importara; cuando si no le
quisiera oír, sería capaz de obligarle a ello por la fuerza. Así, pues, mi querido Fedro, mejor es hacer por
voluntad lo que habría de hacerse luego por voluntad o por fuerza.
Fedro: Veo que el mejor partido que puedo tomar es repetirte el discurso como me sea posible,
porque tú no eres de
condición tal que me dejes marchar sin que hable, bien o mal.
Sócrates: Tienes razón.
Fedro: Pues bien, doy principio... Pero, verdaderamente, Sócrates, yo no puedo responder de darte a conocer el
discurso palabra por palabra. Sin embargo me acuerdo muy bien de todos los argumentos que Lisias hace
valer para preferir el amigo frío al amante apasionado; y voy a referírtelos en resumen y por su orden.
Comienzo por el primero.
Sócrates: Muy bien, querido amigo; pero enséñame, por lo pronto, lo que tienes en tu mano izquierda
bajo la capa.
Sospecho que sea el discurso. Si he adivinado, vive persuadido de lo mucho que te estimo; pero, supuesto
que tenemos aquí a Lisias mismo, no puedo ciertamente consentir que seas tú materia de nuestra conversación.
Veamos, presenta ese discurso.
Fedro: Basta de bromas, querido Sócrates; veo que es preciso renunciar a la esperanza que había concebido de
ejercitarme a tus expensas; pero ¿dónde nos sentamos para leerlo?
Sócrates: Marchémonos por este lado y sigamos el curso del Illiso, y allí escogeremos algún sitio solitario
para sentarnos.
Fedro: Me viene perfectamente haber salido de casa sin calzado, porque tú nunca lo gastas (5). Podemos seguir
la corriente, y en ella tomaremos un baño de pies, lo cual es agradable en esta estación y a esta hora del día.
Sócrates: Marchemos, pues, y elige tú el sitio donde debemos sentarnos.
Fedro: ¿Ves ese plátano de tanta altura?
Sócrates: ¿Y qué?
Fedro: Aquí, a su sombra, encontraremos una brisa agradable y hierba donde sentarnos y, si queremos,
también para acostarnos.
Sócrates: Adelante, pues.
Fedro: Dime, Sócrates, ¿no es aquí, en cierto punto de las orillas del Illiso, donde Bóreas robó, según se
dice, la ninfa Oritea?
Sócrates: Así se cuenta.
Fedro: Y ese suceso tendría lugar aquí mismo, porque el encanto risueño de las olas, el agua pura y
transparente y esta ribera, todo convidaba a que las ninfas tuvieran aquí sus juegos.
Sócrates:
No es precisamente aquí, sino un poco más abajo, a dos o tres estadios, donde está el paso del río para el
templo de Diana Cazadora. Por este mismo rumbo hay un altar a Bóreas.
Fedro: No lo recuerdo bien, pero dime, ¡por Júpiter!, ¿crees tú en esta maravillosa aventura?
Sócrates: Si dudase como los sabios, no me vería en conflictos; podría agotar los recursos de mi espíritu,
diciendo
que el viento del Norte la hizo caer de las rocas vecinas donde ella se solazaba con Farmaceo, y que esta
muerte dio ocasión a que se dijera que había sido robada por Bóreas (6); y aún podría trasladar la escena
sobre las rocas del Areópago, porque según otra leyenda fue robada sobre esa colina y no en el paraje
donde nos hallamos. Yo encuentro que todas estas explicaciones, mi querido Fedro, son las más agradables
del mundo, pero exigen un hombre muy hábil, que no ahorre trabajo y que se vea reducido a una penosa necesidad;
porque, además de esto, tendrá que explicar la forma de los hipocentauros y la de la quimera, y en seguida de
estos las gorgonas, los pegasos y otros mil monstruos aterradores por su número y su rareza. Si nuestro incrédulo
pone en obra su sabiduría vulgar para reducir cada uno de ellos a proporciones verosímiles, tiene entonces que
tomarlo por despacio. En cuanto a mí, no tengo tiempo para estas indagaciones, y voy a darte la razón. Yo no he
podido aún cumplir con el precepto de Delfos de conocerme a mí mismo; y dada esta ignorancia me parecería ridículo
intentar conocer lo que me es extraño. Por esto es que renuncio a profundizar todas estas historias, y en este
punto me atengo a las creencias públicas (7). Y como te decía antes, en lugar de intentar explicarlas, yo me observo a mí mismo;
quiero saber si yo soy un monstruo más complicado y más furioso que Tifón, o un animal más dulce,
más sencillo, a quien la naturaleza le ha dado parte de una chispa de divina sabiduría. Pero, amigo mío,
con nuestra conversación hemos llegado a este árbol, a donde querías que fuésemos.
Fedro: En efecto, es el mismo.
Sócrates: ¡Por Juno!, ¡precioso retiro! ¡Cuán copudo y elevado es este plátano! Y este agnocasto,
¡qué magnificencia
en su estirado tronco y en su frondosa copa!, parece como si floreciera con intención para perfumar estos
preciosos sitios. ¿Hay nada más encantador que el arroyo que corre al pie de este plátano? Nuestros pies
sumergidos en él acreditan su frescura. Este sitio retirado está sin duda consagrado a algunas ninfas
y al río Aqueloo, si hemos de juzgar por las figurillas y estatuas que vemos. ¿No te parece que la brisa
que aquí corre tiene cierta cosa de suave y perfumado? Se advierte en el canto de las cigarras un no sé
qué de vivo, que hace presentir el estío. Pero lo que más me encanta son estas yerbas, cuya espesura
nos permite descansar con delicia, acostados sobre un terreno suavemente inclinado. Mi querido Fedro,
eres un guía excelente.
Fedro: Maravilloso Sócrates, eres un hombre extraordinario. Porque al escucharte se te tendría por un
extranjero,
a quien se hacen los honores del país, y no por un habitante del Ática. Probablemente tú no habrás salido
jamás de Atenas, ni traspasado las fronteras, ni aun dado un paseo fuera de muros.
Sócrates: Perdona, amigo mío. Así es, pero es porque quiero instruirme. Los campos y los árboles nada me
enseñan,
y sólo en la ciudad puedo sacar partido del roce con los demás hombres. Sin embargo creo que tú has
encontrado recursos para curarme de este humor casero. Se obliga a un animal hambriento a seguirnos,
mostrándole alguna rama verde o algún fruto; y tú, enseñándome ese discurso y ese papel que lo contiene,
podrías obligarme a dar una vuelta al Ática y a cualquiera parte del mundo, si quisieras. Pero, en fin,
puesto que estamos ya en el punto elegido, yo me tiendo en la hierba. Escoge la actitud que te parezca
más cómoda para leer, y puedes comenzar.
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NOTAS
(1) Lisias nació en Atenas en 459 y murió en 379 antes de Jesucristo; perteneció
al partido democrático y fue desterrado a Megara durante la oligarquía. Ésta condenó
a muerte a su hermano Polemarco y a su cuñado Dionisodoro.
(2) Casa llamada así de uno llamado Moriquia.
(3) Sócrates tenía poca simpatía por la democracia ateniense, y así se burla de los oradores populares.
(4) Este Heródico era médico.
(5) Sócrates andaba habitualmente descalzo, y sólo se ponía sandalias en convites o
actos semejantes. (Véase el Banquete.)
(6) Es sabido que hay dos sistemas de exégesis religiosa: 1º, el sistema de los
racionalistas que acepta los hechos de la historia religiosa, reduciéndolos a las
proporciones de la historia humana y natural (hipótesis objetiva); 2º, el sistema de
los mitológicos, que niega a estas historias toda realidad histórica, y no ve en estas
leyendas sino mitos, producto espontáneo del espíritu humano y de las alegorías morales
y metafísicas (hipótesis sujetiva). Este capítulo de Platón nos prueba la existencia de
la exégesis racionalista 400 años antes de JC.
(7) Sócrates profesaba el mayor respeto a las leyes religiosas de su país, pero cuando
la religión estaba en pugna con la moral, sacrificaba la religión. (Véase Eutifrón.)
Sócrates era reformador en moral y conservador en religión, cosa insostenible. A una nueva
moral correspondía una nueva religión, y esto hizo el cristianismo, que Sócrates preparó sin presentirlo.
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