|
Platón - Obras Completas
APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)
Apología de Sócrates (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)

En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo
que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a
vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que
os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontraréis fácilmente otro ciudadano
que el Dios conceda a esta ciudad que, (aunque la comparación os parecerá quizá ridícula),
como un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, necesita de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el
que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los
días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil
será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis
creerme, me salvareis la vida.
Pero quizá, fastidiados y soñolientos, desecharéis mi consejo, y entregándoos a la
pasión de Ánito, me condenaréis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que
pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el
Dios tenga compasión de vosotros y os envíe otro hombre que se parezca a mí.
Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil
inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el
hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por
consagrarme a los vuestros, dirigiéndome a cada uno de vosotros en
particular como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin
cesar a que practiquéis la virtud.
Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que
decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con
tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para
probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en
prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable; mi
pobreza.
Quizá parecerá absurdo que me haya entrometido a dar a cada
uno en particular lecciones, y que jamás me haya atrevido a presentarme en
vuestras asambleas para dar mis consejos a la patria. Quien me lo ha impedido,
atenienses, ha sido este demonio familiar, esta voz divina de que tantas
veces os he hablado, y que ha servido a Meleto para formar donosamente
un capítulo de acusación. Este demonio se ha pegado a mí desde mi
infancia; es una voz que no se hace escuchar sino cuando quiere
separarme de lo que he resuelto hacer, porque jamás me excita a
emprender nada. Ella es la que se me ha opuesto siempre que he querido mezclarme en los negocios de la república; y ha
tenido razón, porque ha largo tiempo, creedme atenienses, que yo no existiría,
si me hubiera mezclado en los negocios públicos, y no hubiera podido hacer las
cosas que he hecho en beneficio vuestro y el mío. No os enfadéis, os lo suplico, si
no os oculto nada; ningún hombre que quiera oponerse franca y generosamente a todo
un pueblo, sea el vuestro o cualquiera otro, y que se empeñe en evitar que se
cometan iniquidades en la república, lo hará jamás impunemente. Es preciso de
toda necesidad que el que quiere combatir por la justicia, por poco que quiera
vivir, sea sólo un simple particular y no un hombre público. Voy a daros pruebas
magníficas de esta
verdad, no con palabras, sino con otro recurso que estimáis más, con hechos.
Oíd lo que a mí mismo me ha sucedido, para que así conozcáis cuán incapaz soy de
someterme a nadie yendo contra lo que es justo por temor a la muerte, y cómo, no
cediendo nunca, es imposible que deje yo de ser víctima de la injusticia. Os
referiré cosas poco agradables, mucho más en boca de un hombre que tiene que
hacer su apología, pero que son muy verdaderas.
Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan
sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno
en el Pritaneo cuando, contra toda ley, os empeñasteis en procesar, bajo un
contesto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los
ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas (6); injusticia que
reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador
que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes.
Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban
para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más
correr este peligro con la ley y la justicia que consentir con vosotros en tan
insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se
estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro
y a mí acudir al Tolos (7), nos dieron la orden de traer desde Salamina a León el salaminiano
para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas
personas para comprometer al mayor número posible de ciudadanos en sus
iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la
muerte a mis ojos no era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado
consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta
tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me
manchara con tan impía iniquidad.
Cuando salimos del Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y
trajeron aquí a
León, pero yo me retiré a mi casa y, sin duda, mi muerte habría
seguido a mi desobediencia si en aquel momento no se hubiera verificado la
abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden
testimoniar mi veracidad.
¿Creéis que hubiera yo vivido tantos años si me hubiera mezclado en los negocios
de la república y, como hombre de bien, hubiera combatido toda clase de intereses bastardos para dedicarme exclusivamente a defender la justicia? Esperanza vana,
atenienses; ni yo ni ningún otro hubiera podido hacerlo. La única cosa que
me he propuesto toda mi vida, en público y en privado, es no ceder ante la
injusticia ni ante nadie, sea quien fuere; ni siquiera ante esos mismos tiranos que mis
calumniadores quieren convertir en mis discípulos.
Jamás he tenido por oficio el enseñar, pero si ha habido algunos
jóvenes o ancianos que han tenido deseo de verme y oír mis
conversaciones no les he negado esta satisfacción, porque como mi oficio no es mercenario, no rehúso el hablar aun cuando
no se me retribuya, y estoy
dispuesto siempre a espontanearme con ricos y pobres, dándoles toda anchura para
que me pregunten o, si lo prefieren, para que me respondan a las cuestiones que
yo suscite.
Y si entre ellos hay algunos que se han hecho hombres de bien o pícaros, no
es a mí a
quien hay que alabar o reprender, porque no soy yo la causa, puesto que
jamás he prometido enseñarles nada y de hecho nada les he enseñado; y si alguno
se alaba de haber recibido lecciones privadas u oído de mí cosas distintas de
las que digo públicamente a todo el mundo, estad persuadidos de que no dice la
verdad.
Ya sabéis, atenienses, por qué la mayor parte de las gentes gustan
de escucharme y
de conversar detenidamente conmigo; os he dicho la verdad pura, y es porque tienen
singular placer en oírme combatir con gentes que se tienen por sabias y que no
lo son; combates que no son desagradables para los que los dirigen. Como
os dije antes, es el Dios mismo el que me ha dado esta orden por medio
de oráculos, de sueños
y de todos los demás medios de que la Divinidad puede valerse para hacer saber
a los hombres su voluntad.
Si no fuera cierto lo que digo os sería fácil comprobarlo; porque si yo
corrompo a los jóvenes, y si de hecho estuviesen ya algunos corrompidos, sería
preciso que los más avanzados en edad, y que saben en conciencia que les
he dado perniciosos consejos en su juventud, se levantaran contra mí y me hiciesen castigar; y si no
quieren hacerlo sería un deber en sus parientes, como sus padres, sus hermanos o
sus tíos, venir a pedir venganza contra el corruptor de sus hijos, sus
sobrinos o sus hermanos. Veo a muchos presentes, como Critón, que es
de mi pueblo y de mi edad, padre de Critobulo, que aquí se halla; Lisanias de
Esfeto, padre de Esquines, también presente; Antifón, también del pueblo de
Cefisa y padre de Epígenes; y muchos otros, cuyos hermanos han estado en
relación conmigo, como Nicóstrato, hijo de Zotidas y hermano de Teódoto, que ha
muerto y que, por lo tanto, no tiene necesidad del socorro de su hermano. Veo
también a Parales, hijo de Demódoco y hermano de Téages; Adimanto, hijo de Aristón con su hermano Platón, que tenéis delante; Eartodoro, hermano de
Apolodoro (8) y muchos más, entre los cuales está obligado Meleto a tomar por lo
menos uno o dos para testigos de su causa.
Si no ha pensado en ello, aún es tiempo; yo le permito hacerlo; que diga, pues,
si puede. Pero no puede, atenienses. Veréis que todos estos están dispuestos a
defenderme, a mí que he corrompido y perdido enteramente a sus hijos y hermanos,
si hemos de creer a Meleto y a Ánito. No quiero hacer valer la protección de los
que he corrompido, porque podrían tener sus razones para defenderme; pero sus
padres, que no he seducido y que tienen ya cierta edad, ¿qué otra razón pueden
tener para protegerme más que mi derecho y mi inocencia? ¿No saben que
Meleto es
un hombre engañoso, y que yo no digo más que la verdad? He aquí, atenienses, las
razones de que puedo valerme para mi defensa; las demás que paso en silencio son
de la misma naturaleza.
Pero quizá habrá alguno entre vosotros que, acordándose de
haber estado en el puesto en que yo me hallo, se irritará contra mí porque
ha conjurado peligros mucho menores suplicando a sus jueces con lágrimas
y haciendo venir aquí a sus hijos, parientes y
amigos para excitar la compasión, mientras que yo no he querido recurrir a semejante aparato, a pesar
de las señales que se advierten de que corro el mayor de todos los peligros.
Quizá, presentándose a su espíritu esta diferencia, os agriará contra mí, y
dando en tal situación su voto, lo dará con indignación. Si hay alguno que abrigue estos
sentimientos, cosa que no creo, ya que sólo lo digo en hipótesis, la excusa más
racional de que puedo valerme es decirle: amigo mío, tengo también
parientes, porque para servirme de la expresión de Homero,
Yo no he salido de una encina o de una roca (9)
sino que he nacido como los demás hombres. De suerte, atenienses, que tengo
parientes y tengo tres hijos, de los cuales el mayor está en la adolescencia y
los otros dos en la infancia y, sin embargo, no les haré comparecer aquí para
comprometeros a que me absolváis.
¿Por qué no lo haré? No es por una terquedad altanera ni por
desprecio hacia vosotros; y dejo a un lado si miro la muerte con intrepidez o
con debilidad, porque ésta es otra cuestión; sino que es por vuestro honor y por
el de toda la ciudad. No me parece regular ni honesto que vaya yo a emplear esta
clase de medios a la edad que tengo y con toda mi reputación, verdadera o falsa;
basta que la opinión generalmente recibida sea que Sócrates tiene alguna ventaja
sobre la mayor parte de los hombres. Sería vergonzoso si se rebajasen de esta
manera los que entre vosotros pasan por ser
superiores a los demás por su sabiduría, su valor o por cualquiera otra virtud.
Y me avergüenza decirlo, pero he visto a muchos
que, habiendo pasado por grandes personajes, hacían, sin embargo, cosas de una
bajeza sorprendente cuando se los juzgaba, como si estuvieran persuadidos de que
morir es un gran mal y de que si los absolvían serían inmortales. Y repito que obrando así harían la mayor afrenta a esta ciudad,
porque darían lugar a que los extranjeros creyeran que los más virtuosos de
entre los atenienses, preferidos para obtener los más altos honores y dignidades por
elección de los demás, en nada se diferencian de miserables mujeres. Y esto no
debéis hacerlo, atenienses, vosotros que habéis alcanzado tanta
nombradía; y si quisiéramos hacerlo, estáis obligados a impedirlo y
declarar que condenaréis antes a aquél que recurra a estas escenas trágicas para mover a compasión,
poniendo en ridículo vuestra ciudad, que a aquél que espere tranquilamente la
sentencia que pronunciéis.
Pero sin hablar de la opinión, atenienses, no me parece justo suplicar al juez
ni hacerse absolver a fuerza de súplicas. Es preciso persuadirle y convencerle,
porque el juez no está sentado en su silla para complacer violando la ley, sino
para hacer justicia obedeciéndola. Así es como lo ha ofrecido por juramento, y
no está en su poder hacer gracia a quien le agrade, porque está en la obligación
de hacer justicia. No es conveniente que os acostumbremos al perjurio, ni
vosotros debéis dejaros acostumbrar; porque los unos y los otros seremos
igualmente culpables para con los dioses.
No esperéis de mí, atenienses, que yo recurra para con
vosotros a cosas que no tengo por buenas, ni justas, ni piadosas, y menos que lo
haga en una ocasión en que me veo acusado de impiedad por Meleto; porque si os
ablandase con mis súplicas y os forzase a violar vuestro juramento, sería
evidente que os enseñaría a no creer en los dioses y, queriendo justificarme,
probaría contra mí mismo que no creo en ellos. Pero es una fortuna, atenienses,
que esté yo en esta creencia. Estoy más persuadido de la existencia de Dios que
ninguno de mis acusadores; y es tan grande la persuasión, que me entrego a
vosotros y al Dios de Delfos a fin de que me juzguéis como creáis mejor para
vosotros y para mí.
(Terminada la defensa de Sócrates, los jueces, que eran 556, procedieron a la
votación; resultaron 281 votos en contra y 275 a favor; y Sócrates, condenado
por una mayoría de seis votos, tomó la palabra y dijo:)
__________
NOTAS
(6) Este combate fue dado por Cellicratidas, general de los lacedemonios, contra
los diez generales atenienses. Estos últimos consiguieron la victoria. (7) Tolos era la sala de despacho de los Pritaneos o senadores.
(8) Cuando Sócrates fue condenado, Apolodoro exclamó: ¡Sócrates, lo que me
aflige más es verte morir inocente! Sócrates, pasándole la mano suavemente por
la cabeza, le dijo con una sonrisa en los labios: -Amigo mío, ¿querrías más verme
morir culpable? (9) Odisea, lib. 19, v. 163.
|