TORRE DE BABEL EDICIONES

Portal de Filosofía y Psicología en Internet

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Explicación de la filosofía de los principales pensadores, resúmenes, ejercicios...

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA

Breve definición de los términos y conceptos filosóficos más importantes en la Historia de la Filosofía Occidental

RAZÓN VITAL

Foro telemático dedicado a José Ortega y Gasset

En la red y en español

 Directorio y breve descripción de revistas de filosofía en español editadas en la red

Legislación del área de Filosofía en la Enseñanza Media

Información de la legislación que afecta a la filosofía en la Ensañanza Media en España

VOCABULARIO DE PSICOLOGÍA

Explicación de los principales conceptos, tesis y escuelas en el área de la Psicología

 

 

 

BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO - Catálogo

 

PLATÓN - OBRAS COMPLETAS

 


 

 

Platón - Obras Completas                                                                                                    APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)

 

Google
 

Apología de Sócrates (1) (2) (3) (4) (5) (6)

En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontraréis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad que, (aunque la comparación os parecerá quizá ridícula), como un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, necesita de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.

Pero quizá, fastidiados y soñolientos, desecharéis mi consejo, y entregándoos a la pasión de  Ánito, me condenaréis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios tenga compasión de vosotros y os envíe otro hombre que se parezca a mí.

Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros, dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.

Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable; mi pobreza.

Quizá parecerá absurdo que me haya entrometido a dar a cada uno en particular lecciones, y que jamás me haya atrevido a presentarme en vuestras asambleas para dar mis consejos a la patria. Quien me lo ha impedido, atenienses, ha sido este demonio familiar, esta voz divina de que tantas veces os he hablado, y que ha servido a  Meleto para formar donosamente un capítulo de acusación. Este demonio se ha pegado a mí desde mi infancia; es una voz que no se hace escuchar sino cuando quiere separarme de lo que he resuelto hacer, porque jamás me excita a emprender nada. Ella es la que se me ha opuesto siempre que he querido mezclarme en los negocios de la república; y ha tenido razón, porque ha largo tiempo, creedme atenienses, que yo no existiría, si me hubiera mezclado en los negocios públicos, y no hubiera podido hacer las cosas que he hecho en beneficio vuestro y el mío. No os enfadéis, os lo suplico, si no os oculto nada; ningún hombre que quiera oponerse franca y generosamente a todo un pueblo, sea el vuestro o cualquiera otro, y que se empeñe en evitar que se cometan iniquidades en la república, lo hará jamás impunemente. Es preciso de toda necesidad que el que quiere combatir por la justicia, por poco que quiera vivir, sea sólo un simple particular y no un hombre público. Voy a daros pruebas magníficas de esta verdad, no con palabras, sino con otro recurso que estimáis más, con hechos.

Oíd lo que a mí mismo me ha sucedido, para que así conozcáis cuán incapaz soy de someterme a nadie yendo contra lo que es justo por temor a la muerte, y cómo, no cediendo nunca, es imposible que deje yo de ser víctima de la injusticia. Os referiré cosas poco agradables, mucho más en boca de un hombre que tiene que hacer su apología, pero que son muy verdaderas.

Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo cuando, contra toda ley, os empeñasteis en procesar, bajo un contesto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas (6); injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.

Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí acudir al Tolos (7), nos dieron la orden de traer desde Salamina a León el salaminiano para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas personas para comprometer al mayor número posible de ciudadanos en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos no era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.

Cuando salimos del Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y trajeron aquí a León, pero yo me retiré a mi casa y, sin duda, mi muerte habría seguido a mi desobediencia si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar mi veracidad.

¿Creéis que hubiera yo vivido tantos años si me hubiera mezclado en los negocios de la república y, como hombre de bien, hubiera combatido toda clase de intereses bastardos para dedicarme exclusivamente a defender la justicia? Esperanza vana, atenienses; ni yo ni ningún otro hubiera podido hacerlo. La única cosa que me he propuesto toda mi vida, en público y en privado, es no ceder ante la injusticia ni ante nadie, sea quien fuere; ni siquiera ante esos mismos tiranos que mis calumniadores quieren convertir en mis discípulos.

Jamás he tenido por oficio el enseñar, pero si ha habido algunos jóvenes o ancianos que han tenido deseo de verme y oír mis conversaciones no les he negado esta satisfacción, porque como mi oficio no es mercenario, no rehúso el hablar aun cuando no se me retribuya, y estoy dispuesto siempre a espontanearme con ricos y pobres, dándoles toda anchura para que me pregunten o, si lo prefieren, para que me respondan a las cuestiones que yo suscite.

Y si entre ellos hay algunos que se han hecho hombres de bien o pícaros, no es a mí a quien hay que alabar o reprender, porque no soy yo la causa, puesto que jamás he prometido enseñarles nada y de hecho nada les he enseñado; y si alguno se alaba de haber recibido lecciones privadas u oído de mí cosas distintas de las que digo públicamente a todo el mundo, estad persuadidos de que no dice la verdad.

Ya sabéis, atenienses, por qué la mayor parte de las gentes gustan de escucharme y de conversar detenidamente conmigo; os he dicho la verdad pura, y es porque tienen singular placer en oírme combatir con gentes que se tienen por sabias y que no lo son; combates que no son desagradables para los que los dirigen. Como os dije antes, es el Dios mismo el que me ha dado esta orden por medio de oráculos, de sueños y de todos los demás medios de que la Divinidad puede valerse para hacer saber a los hombres su voluntad.

Si no fuera cierto lo que digo os sería fácil comprobarlo; porque si yo corrompo a los jóvenes, y si de hecho estuviesen ya algunos corrompidos, sería preciso que los más avanzados en edad, y que saben en conciencia que les he dado perniciosos consejos en su juventud, se levantaran contra mí y me hiciesen castigar; y si no quieren hacerlo sería un deber en sus parientes, como sus padres, sus hermanos o sus tíos, venir a pedir venganza contra el corruptor de sus hijos, sus sobrinos o sus hermanos. Veo a muchos presentes, como Critón, que es de mi pueblo y de mi edad, padre de Critobulo, que aquí se halla; Lisanias de Esfeto, padre de Esquines, también presente; Antifón, también del pueblo de Cefisa y padre de Epígenes; y muchos otros, cuyos hermanos han estado en relación conmigo, como Nicóstrato, hijo de Zotidas y hermano de Teódoto, que ha muerto y que, por lo tanto, no tiene necesidad del socorro de su hermano. Veo también a Parales, hijo de Demódoco y hermano de Téages; Adimanto, hijo de Aristón con su hermano Platón, que tenéis delante; Eartodoro, hermano de Apolodoro (8) y muchos más, entre los cuales está obligado Meleto a tomar por lo menos uno o dos para testigos de su causa.

Si no ha pensado en ello, aún es tiempo; yo le permito hacerlo; que diga, pues, si puede. Pero no puede, atenienses. Veréis que todos estos están dispuestos a defenderme, a mí que he corrompido y perdido enteramente a sus hijos y hermanos, si hemos de creer a Meleto y a Ánito. No quiero hacer valer la protección de los que he corrompido, porque podrían tener sus razones para defenderme; pero sus padres, que no he seducido y que tienen ya cierta edad, ¿qué otra razón pueden tener para protegerme más que mi derecho y mi inocencia? ¿No saben que  Meleto es un hombre engañoso, y que yo no digo más que la verdad? He aquí, atenienses, las razones de que puedo valerme para mi defensa; las demás que paso en silencio son de la misma naturaleza.

Pero quizá habrá alguno entre vosotros que, acordándose de haber estado en el puesto en que yo me hallo, se irritará contra mí porque ha conjurado peligros mucho menores suplicando a sus jueces con lágrimas y haciendo venir aquí a sus hijos, parientes y amigos para excitar la compasión, mientras que yo no he querido recurrir a semejante aparato, a pesar de las señales que se advierten de que corro el mayor de todos los peligros. Quizá, presentándose a su espíritu esta diferencia, os agriará contra mí, y dando en tal situación su voto, lo dará con indignación. Si hay alguno que abrigue estos sentimientos, cosa que no creo, ya que sólo lo digo en hipótesis, la excusa más racional de que puedo valerme es decirle: amigo mío, tengo también parientes, porque para servirme de la expresión de Homero,

Yo no he salido de una encina o de una roca (9)

¿Por qué no lo haré? No es por una terquedad altanera ni por desprecio hacia vosotros; y dejo a un lado si miro la muerte con intrepidez o con debilidad, porque ésta es otra cuestión; sino que es por vuestro honor y por el de toda la ciudad. No me parece regular ni honesto que vaya yo a emplear esta clase de medios a la edad que tengo y con toda mi reputación, verdadera o falsa; basta que la opinión generalmente recibida sea que Sócrates tiene alguna ventaja sobre la mayor parte de los hombres. Sería vergonzoso si se rebajasen de esta manera los que entre vosotros pasan por ser superiores a los demás por su sabiduría, su valor o por cualquiera otra virtud. Y me avergüenza decirlo, pero he visto a muchos que, habiendo pasado por grandes personajes, hacían, sin embargo, cosas de una bajeza sorprendente cuando se los juzgaba, como si estuvieran persuadidos de que morir es un gran mal y de que si los absolvían serían inmortales. Y repito que obrando así harían la mayor afrenta a esta ciudad, porque darían lugar a que los extranjeros creyeran que los más virtuosos de entre los atenienses, preferidos para obtener los más altos honores y dignidades por elección de los demás, en nada se diferencian de miserables mujeres. Y esto no debéis hacerlo, atenienses, vosotros que habéis alcanzado tanta nombradía; y si quisiéramos hacerlo, estáis obligados a impedirlo y declarar que condenaréis antes a aquél que recurra a estas escenas trágicas para mover a compasión, poniendo en ridículo vuestra ciudad, que a aquél que espere tranquilamente la sentencia que pronunciéis.

Pero sin hablar de la opinión, atenienses, no me parece justo suplicar al juez ni hacerse absolver a fuerza de súplicas. Es preciso persuadirle y convencerle, porque el juez no está sentado en su silla para complacer violando la ley, sino para hacer justicia obedeciéndola. Así es como lo ha ofrecido por juramento, y no está en su poder hacer gracia a quien le agrade, porque está en la obligación de hacer justicia. No es conveniente que os acostumbremos al perjurio, ni vosotros debéis dejaros acostumbrar; porque los unos y los otros seremos igualmente culpables para con los dioses.

No esperéis de mí, atenienses, que yo recurra para con vosotros a cosas que no tengo por buenas, ni justas, ni piadosas, y menos que lo haga en una ocasión en que me veo acusado de impiedad por Meleto; porque si os ablandase con mis súplicas y os forzase a violar vuestro juramento, sería evidente que os enseñaría a no creer en los dioses y, queriendo justificarme, probaría contra mí mismo que no creo en ellos. Pero es una fortuna, atenienses, que esté yo en esta creencia. Estoy más persuadido de la existencia de Dios que ninguno de mis acusadores; y es tan grande la persuasión, que me entrego a vosotros y al Dios de Delfos a fin de que me juzguéis como creáis mejor para vosotros y para mí.

__________

NOTAS

(6) Este combate fue dado por Cellicratidas, general de los lacedemonios, contra los diez generales atenienses. Estos últimos consiguieron la victoria.
(7) Tolos era la sala de despacho de los Pritaneos o senadores.
(8) Cuando Sócrates fue condenado, Apolodoro exclamó: ¡Sócrates, lo que me aflige más es verte morir inocente! Sócrates, pasándole la mano suavemente por la cabeza, le dijo con una sonrisa en los labios: -Amigo mío, ¿querrías más verme morir culpable?
(9) Odisea, lib. 19, v. 163.

 

Apología de Sócrates (1) (2) (3) (4) (5) (6)

Platón - Obras Completas                                                                                                    APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)

 

 

 

  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco