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Platón - Obras Completas                                                                                                    APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)

 

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Apología de Sócrates (1) (2) (3) (4) (5) (6)

Respóndeme,  Meleto. ¿Hay alguno en el mundo que crea que hay cosas humanas y que no hay hombres? Jueces, mandad que responda y que no haga tanto ruido. ¿Hay quien crea que hay reglas para enseñar a los caballos, y que no hay caballos? ¿Que hay tocadores de flauta, y que no hay aires de flauta? No hay nadie, excelente  Meleto. Yo responderé por ti si no quieres responder. Pero dime: ¿hay alguno que crea en cosas propias de los demonios y que, sin embargo, crea que no hay demonios?

Estad persuadidos, atenienses, de lo que os dije en un principio; de que me he atraído muchos odios, que es la verdad, y que lo que me perderá, si sucumbo, no será ni  Meleto ni  Ánito, sino este odio, esta envidia del pueblo que hace víctimas a tantos hombres de bien, y que hará perecer en lo sucesivo a muchos más; porque no hay que esperar que se satisfaga con el sacrificio sólo de mi persona.

Quizá me dirá alguno: ¿No tienes remordimiento, Sócrates, de haberte consagrado a un estudio que te pone en este momento en peligro de muerte? A este hombre le daré una respuesta decisiva, y le diré que se engaña mucho al creer que un hombre de valor pueda tomar en cuenta los peligros de la vida o de la muerte. Lo único que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace es justo o injusto, si es acción de un hombre de bien o de un malvado. De otra manera, se seguiría que los semidioses que murieron en el sitio de Troya debieron ser los más insensatos, y particularmente el hijo de Tetis que, para evitar su deshonra, despreció el peligro hasta el punto de que, impaciente por matar a Héctor, y requerido por la Diosa, su madre, que le dijo, si mal no me acuerdo: Hijo mío, si vengas la muerte de Patroclo, tu amigo, matando a Héctor, tu morirás porque

Tu muerte debe seguir a la de Héctor;

¡Que yo muera al instante!(3)

Sentado en mis buques, peso inútil sobre la tierra. (4)

¿Os parece que se inquietaba Tetis por el peligro de muerte? Es una verdad constante, atenienses, que todo hombre que ha escogido un puesto que ha creído honroso, o que ha sido colocado en él por sus superiores, debe mantenerse firme y no debe temer ni la muerte, ni lo que haya de más terrible, anteponiendo a todo el honor.

Me conduciría de una manera singular y extraña, atenienses, si después de haber guardado fielmente todos los puestos a que me han destinado nuestros generales en Potidea, en Anfípolis y en Delio, (5) y de haber expuesto mi vida tantas veces, ahora que el Dios me ha ordenado, porque así lo creo, pasar mis días en el estudio de la filosofía, estudiándome a mí mismo y estudiando a los demás, abandonase este puesto por miedo a la muerte o a cualquier otro peligro. Verdaderamente ésta sería una deserción criminal, y me haría acreedor a que se me citara ante este tribunal como un impío que no cree en los dioses, que desobedece al oráculo, que teme la muerte y que se cree sabio, y que no lo es. Porque temer la muerte, atenienses, no es otra cosa que creerse sabio sin serlo, y creer conocer lo que no se sabe. En efecto, nadie conoce la muerte ni sabe si es el mayor de los bienes para el hombre. Y sin embargo se la teme, como si se supiese con certeza que es el mayor de todos los males. ¡Ah! ¿No es una ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que no se conoce?

Respecto a mí, atenienses, quizá soy en esto muy diferente de todos los demás hombres, y si en algo parezco más sabio que ellos es porque, no sabiendo lo que nos espera más allá de la muerte, digo y sostengo que no lo sé. Lo que sé de cierto es que cometer injusticias y desobedecer al que es mejor y está por cima de nosotros, sea Dios, sea hombre, es lo más criminal y lo más vergonzoso. Por lo mismo yo no temeré ni huiré nunca de males que no conozco, y que son quizá verdaderos bienes; pero temeré y huiré siempre de males que sé con certeza que son verdaderos males.

Si, a pesar de las instancias de  Ánito, quien ha manifestado que o bien no debía haberme traído ante el tribunal o bien, una vez llamado, no podéis vosotros dispensaros de hacerme morir porque, según dice, si escapase de la muerte vuestros hijos, que son ya afectos a la doctrina de Sócrates, serían irremisiblemente corrompidos, si a pesar de las instancias de Ánito me dijeseis: Sócrates, en nada estimamos la acusación de  Ánito, y te declaramos absuelto; pero a condición de que cesarás de filosofar y de hacer tus indagaciones acostumbradas; y si reincides, y llega a descubrirse, morirás. Si me dieseis libertad bajo estas condiciones, os respondería sin dudar: Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros, y mientras viva no cesaré de filosofar, dándoos siempre consejos, volviendo a mi vida ordinaria y diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: buen hombre, ¿cómo, siendo ateniense y ciudadano de la más grande ciudad del mundo por su sabiduría y por su valor, cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, cómo no te avergüenzas de despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo? Y si alguno me niega que se halle en este estado, y sostiene que tiene cuidado de su alma, no se lo negaré al pronto, pero le interrogaré, le examinaré y le refutaré; y si encuentro que no es virtuoso, pero que aparenta serlo, le echaré en cara que prefiera cosas abyectas y perecederas a las que son de un precio inestimable.

He aquí de qué manera hablaré a los jóvenes y a los viejos, a los ciudadanos y a los extranjeros, pero principalmente a los ciudadanos; porque vosotros me tocáis más de cerca, porque es preciso que sepáis que esto es lo que el Dios me ordena, y estoy persuadido de que el mayor bien que ha disfrutado esta ciudad es este servicio continuo que yo rindo al Dios. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.

Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa se os engaña. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide  Ánito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa aunque hubiera de morir mil veces... Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma. Calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será sólo para mí. En efecto, ni  Ánito ni  Meleto pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de  Meleto y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que  Ánito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.

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NOTAS

(3) Homero, Ilíada, lib. 18, v. 96-98.
(4) Homero, Ilíada, lib. 18, v. 104.
(5) Sócrates se distinguió por su valor en los dos primeros sitios, y en la batalla de Delio salvó la vida a Jenofonte, su discípulo, y a Alcibíades.

 

Apología de Sócrates (1) (2) (3) (4) (5) (6)

Platón - Obras Completas                                                                                                    APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)

 

 

 

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