|
Platón - Obras Completas
APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)
Apología de Sócrates (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)

Sócrates: Meleto, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una
manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de
comprender si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si
creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable), o
si me acusas porque estos dioses no son los del Estado. ¿Es de esto de lo que me acusas? ¿O bien me
acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no
reconozcan ninguno?
Meleto:
Te acuso de no reconocer ningún Dios.
Sócrates:
¡Oh, maravilloso Meleto!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿No creo yo, como los demás
hombres, que el sol y la luna son dioses?
Meleto:
No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra
y la luna una tierra.
Sócrates:
¿Acusas a Anaxágoras, mi querido Meleto? Desprecias a los jueces, a
los que crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros
de Anaxágoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo
demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podrían ir
a oír todos los días a la Orquesta por un dracma a lo más? ¡Magnífica
ocasión se les presentaría para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese
doctrinas que no son suyas, y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime,
en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?
Meleto:
Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.
Sócrates:
Dices, Meleto, cosas increíbles, y ni siquiera estás de acuerdo contigo mismo. A mi
entender, atenienses, parece que Meleto es un insolente que no ha intentado
esta acusación sino para insultarme con toda la audacia de un imberbe, porque
justamente sólo ha venido aquí para tentarme y proponerme un enigma, diciéndose
a sí mismo: —Veamos si Sócrates, este hombre que pasa por tan sabio, reconoce
que burlo y que digo cosas que se contradicen, o si consigo engañarlo no sólo a
él, sino a todos los presentes. Efectivamente se contradice en su acusación,
porque es como si dijera: —Sócrates es culpable en cuanto no reconoce dioses y
en cuanto los reconoce. —¿Y no es esto burlarse? Así lo juzgo yo. Seguidme,
pues, atenienses, os lo suplico, y como os dije al principio, no os irritéis
contra mí si os hablo a mi manera ordinaria.
Respóndeme, Meleto. ¿Hay alguno en el mundo que crea que hay
cosas humanas y que no hay hombres? Jueces, mandad que responda y que no haga
tanto ruido. ¿Hay quien crea que hay reglas para enseñar a los caballos, y que
no hay caballos? ¿Que hay tocadores de flauta, y que no hay aires de flauta? No
hay nadie, excelente Meleto. Yo responderé por ti si no quieres responder. Pero
dime: ¿hay alguno que crea en cosas propias de los demonios y que, sin embargo,
crea que no hay demonios?
Meleto:
No, sin duda.
Sócrates:
¡Qué trabajo ha costado arrancarte esta confesión! Al cabo respondes, pero es
preciso que los jueces te fuercen a ello. ¿Dices que reconozco y enseño cosas
propias de los demonios? Ya sean viejas o nuevas, siempre es cierto por tu voto
propio que yo creo en cosas tocantes a los demonios, y así lo has jurado en tu
acusación. Si creo en cosas demoníacas, necesariamente creo en los demonios; ¿no
es así? Sí, sin duda; porque tomo tu silencio por un consentimiento. Y estos
demonios, ¿no estamos convencidos de que son dioses o hijos de dioses? Es así, ¿sí
o no?
Meleto:
Sí.
Sócrates:
Por consiguiente, puesto que yo creo en los demonios, según tu misma confesión,
y que los demonios son dioses, he aquí la prueba de lo que yo decía, de
que tú nos propones enigmas para divertirte a mis expensas, diciendo que no creo en
los dioses y que, sin embargo, creo en los dioses, puesto que creo en los
demonios. Y si los demonios son hijos de los dioses, hijos bastardos, si se
quiere, puesto que se dice que han sido habidos de ninfas o de otros seres
mortales, ¿quién es el hombre que pueda creer que hay hijos de dioses y que no
hay dioses? Esto es tan absurdo como creer que hay mulos nacidos de caballos y
asnos y que no hay ni caballos ni asnos. Así, Meleto, no puede por menos de ser que hayas
intentado esta acusación contra mí sólo por probarme, y a falta de pretexto
legítimo, por arrastrarme ante el tribunal; porque a nadie que tenga sentido
común puedes persuadir jamás de que el hombre que cree que hay cosas
concernientes a los dioses y a los demonios pueda creer, sin embargo, que
no hay ni demonios, ni dioses, ni héroes; esto es absolutamente imposible. Pero
no tengo necesidad de extenderme más en mi defensa, atenienses, y lo que acabo
de decir basta para hacer ver que no soy culpable y que la acusación de
Meleto
carece de fundamento.
Estad persuadidos, atenienses, de lo que os dije en un
principio; de que me he atraído muchos odios, que es la verdad, y que lo que me perderá, si
sucumbo, no será ni Meleto ni Ánito, sino este odio, esta envidia del pueblo que
hace víctimas a tantos hombres de bien, y que hará perecer en lo sucesivo a
muchos más; porque no hay que esperar que se satisfaga con el sacrificio sólo
de mi persona.
Quizá me dirá alguno: ¿No tienes remordimiento, Sócrates, de
haberte consagrado a un estudio que te pone en este momento en peligro de
muerte? A este hombre le daré una respuesta decisiva, y le diré que se engaña mucho al creer que un
hombre de valor pueda tomar en cuenta los peligros de la vida o de la muerte. Lo único
que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace es justo o injusto,
si es acción de un hombre de bien o de un malvado. De otra manera, se seguiría
que los semidioses que murieron en el sitio de Troya debieron ser los más
insensatos, y particularmente el hijo de Tetis que, para evitar su deshonra,
despreció el peligro hasta el punto de que, impaciente por matar a Héctor, y
requerido por la Diosa, su madre, que le dijo, si mal no me acuerdo: Hijo mío, si
vengas la muerte de Patroclo, tu amigo, matando a Héctor, tu morirás porque
Tu muerte debe seguir a la de Héctor;
él, después de esta amenaza, despreciando el peligro y la
muerte y temiendo más vivir como un cobarde, sin vengar a sus amigos,
¡Que yo muera al instante!(3)
gritó, con tal que castigue al asesino de Patroclo y que no quede yo
deshonrado.
Sentado en mis buques, peso inútil sobre la tierra. (4)
¿Os parece que se inquietaba Tetis por el peligro de muerte? Es una verdad
constante, atenienses, que todo hombre que ha escogido un puesto que ha creído
honroso, o que ha sido colocado en él por sus superiores, debe mantenerse firme
y no debe temer ni la muerte, ni lo que haya de más terrible, anteponiendo a
todo el honor.
Me conduciría de una manera singular y extraña, atenienses, si después de haber
guardado fielmente todos los puestos a que me han destinado nuestros generales
en Potidea, en Anfípolis y en Delio, (5) y de haber expuesto mi vida tantas veces,
ahora que el Dios me ha ordenado, porque así lo creo, pasar mis días en el
estudio de la filosofía, estudiándome a mí mismo y estudiando a los demás,
abandonase este puesto por miedo a la muerte o a cualquier otro peligro.
Verdaderamente ésta sería una deserción criminal, y me haría acreedor a que se
me citara ante este tribunal como un impío que no cree en los dioses, que
desobedece al oráculo, que teme la muerte y que se cree sabio, y que no lo es.
Porque temer la muerte, atenienses, no es otra cosa que creerse sabio sin serlo,
y creer conocer lo que no se sabe. En efecto, nadie conoce la muerte ni sabe si
es el mayor de los bienes para el hombre. Y sin embargo se la teme, como si se
supiese con certeza que es el mayor de todos los males. ¡Ah! ¿No es una
ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que no se conoce?
Respecto a mí, atenienses, quizá soy en esto muy diferente de todos los demás
hombres, y si en algo parezco más sabio que ellos es porque, no sabiendo lo que
nos espera más allá de la muerte, digo y sostengo que no lo sé. Lo que sé de
cierto es que cometer injusticias y desobedecer al que es mejor y está por cima
de nosotros, sea Dios, sea hombre, es lo más criminal y lo más vergonzoso. Por
lo mismo yo no temeré ni huiré nunca de males que no conozco, y que son quizá
verdaderos bienes; pero temeré y huiré siempre de males que sé con certeza que
son verdaderos males.
Si, a pesar de las instancias de Ánito, quien ha manifestado que
o bien no debía haberme
traído ante el tribunal o bien, una vez llamado, no podéis vosotros dispensaros de
hacerme morir porque, según dice, si escapase de la muerte vuestros hijos,
que son ya afectos a la doctrina de Sócrates, serían irremisiblemente
corrompidos, si a pesar de las instancias de Ánito me dijeseis: Sócrates, en nada estimamos la acusación de
Ánito, y
te declaramos absuelto; pero a condición de que cesarás de filosofar y de
hacer tus indagaciones acostumbradas; y si reincides, y llega a descubrirse, morirás.
Si me dieseis libertad bajo estas condiciones, os respondería sin dudar:
Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros, y
mientras viva no cesaré de filosofar, dándoos siempre consejos,
volviendo a mi vida ordinaria y diciendo a cada uno de vosotros cuando os
encuentre: buen hombre, ¿cómo, siendo ateniense y ciudadano de la más grande
ciudad del mundo por su sabiduría y por su valor, cómo no te avergüenzas de no
haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, cómo
no te avergüenzas de
despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar
para hacer tu alma tan buena como pueda serlo? Y si alguno me niega que se halle
en este estado, y sostiene que tiene cuidado de su alma, no se lo negaré al
pronto, pero le interrogaré, le examinaré y le refutaré; y si encuentro que no es
virtuoso, pero que aparenta serlo, le echaré en cara que prefiera cosas abyectas
y perecederas a las que son de un precio inestimable.
He aquí de qué manera hablaré a los jóvenes y a los viejos, a los ciudadanos y a
los extranjeros, pero principalmente a los ciudadanos; porque vosotros me tocáis
más de cerca, porque es preciso que sepáis que esto es lo que el Dios me ordena,
y estoy persuadido de que el mayor bien que ha disfrutado esta ciudad es este
servicio continuo que yo rindo al Dios. Toda mi ocupación es trabajar para
persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las
riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su
perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las
riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es
de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean
una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa se os engaña. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide
Ánito, o no lo
hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa aunque
hubiera de morir mil veces... Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la
gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma. Calma que creo que
no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os
harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de
que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será
sólo para mí. En efecto, ni Ánito ni Meleto pueden causarme mal
alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá
condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos
de ciudadano; males espantosos a los ojos de Meleto y de sus amigos; pero yo no
soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo
que Ánito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.
__________
NOTAS
(3) Homero, Ilíada, lib. 18, v. 96-98. (4) Homero, Ilíada, lib. 18, v. 104.
(5) Sócrates se distinguió por su valor en los dos primeros sitios, y en la
batalla de Delio salvó la vida a Jenofonte, su discípulo, y a Alcibíades.
|