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Platón - Obras Completas
APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)
Apología de Sócrates (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)

Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas familias en sus ocios se
unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a
prueba a todos los hombres, que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y
no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que
creen saberlo todo aunque no sepan nada o casi nada.
Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con
ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame
que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no
tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos
triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que
pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses,
que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la
verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que
saben cuando no saben nada. Intrigantes, activos y numerosos, hablando de mí
con plan combinado y con una elocuencia capaz de seducir, ha largo tiempo que os
soplan al oído todas estas calumnias que han forjado contra mí, y hoy han
destacado con este objeto a Meleto, Ánito y Licón. Meleto representa los poetas,
Ánito los políticos y artistas y Licón los oradores. Ésta es la razón por la que,
como os dije al principio, tendría por un gran milagro si en tan poco espacio
pudiese destruir una calumnia que ha tenido tanto tiempo para echar raíces y
fortificarse en vuestro espíritu.
He aquí, atenienses, la verdad pura; no os oculto ni disfrazo nada, aun cuando
no ignoro que cuanto digo no hace más que envenenar la llaga; y esto prueba que
digo la verdad, y que tal es el origen de estas calumnias. Cuantas veces queráis
tomar el trabajo de profundizarlas, sea ahora o sea más adelante, os
convenceréis plenamente de que es éste el origen. Aquí tenéis una apología que
considero suficiente contra mis primeras acusaciones.
Pasemos ahora a los últimos, y tratemos de responder a
Meleto, a este hombre de
bien, tan llevado, si hemos de creerle, por el amor a la patria. Repitamos esta
última acusación, como hemos enunciado la primera. Hela aquí, poco más o menos:
Sócrates es culpable porque corrompe a los jóvenes, porque no cree en los
dioses del Estado, y porque en lugar de éstos pone divinidades nuevas bajo el
nombre de demonios.
He aquí la acusación. La examinaremos punto por punto. Dice que soy culpable
porque corrompo la juventud; y yo, atenienses, digo que el culpable es
Meleto
en cuanto que, burlándose de las cosas serias, tiene la particular complacencia de
arrastrar a otros ante el tribunal, queriendo figurar que se desvela mucho por
cosas por las que jamás ha hecho ni el más pequeño sacrificio, y voy a
probároslo.
Ven acá, Meleto, dime: ¿ha habido nada que te haya preocupado más que el hacer
los jóvenes lo más virtuosos posible?
Meleto: Nada, indudablemente.
Sócrates:
Pues bien; di a los jueces cuál será el hombre que mejorará la condición de los
jóvenes. Porque no puede dudarse que tú lo sabes, puesto que tanto te preocupa
esta idea. En efecto, puesto que has encontrado al que los corrompe, y hasta le
has denunciado ante los jueces, es preciso que digas quién los hará mejores.
Habla; veamos quién es.
Lo ves ahora, Meleto; tú callas; estás perplejo, y no sabes qué responder. ¿Y no
te parece esto vergonzoso? ¿No es una prueba cierta de que jamás ha sido objeto
de tu cuidado la educación de la juventud? Pero, repito, excelente Meleto,
¿quién es el que puede hacer mejores a los jóvenes?
Meleto: Las leyes.
Sócrates: Meleto, no es eso lo que pregunto. Yo te pregunto quién es el hombre; porque es
claro que la primera cosa que este hombre debe saber son las leyes.
Meleto: Son, Sócrates, los jueces aquí reunidos.
Sócrates: ¡Cómo, Meleto! ¿Estos jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos
mejores?
Meleto: Sí, ciertamente.
Sócrates:
¿Pero son todos estos jueces, o hay entre ellos unos que pueden y otros que no
pueden?
Meleto:
Todos pueden.
Sócrates:
Perfectamente, ¡por Juno!, nos has dado un buen número de buenos preceptores.
Pero pasemos adelante. Estos oyentes que nos escuchan, ¿pueden también hacer los
jóvenes mejores, o no pueden?
Meleto:
Pueden.
Sócrates:
¿Y los senadores?
Meleto:
Los senadores lo mismo.
Sócrates: Pero, mi querido Meleto, todos los que
vienen a las asambleas del pueblo, ¿corrompen igualmente a los jóvenes, o son
capaces de hacerlos mejores?
Meleto:
Todos son capaces.
Sócrates:
Se sigue de aquí que todos los atenienses pueden hacer los jóvenes mejores
menos yo; sólo yo los corrompo; ¿no es esto lo que dices?
Meleto:
Lo mismo.
Sócrates:
Verdaderamente, ¡buena desgracia es la mía! Pero continúa respondiéndome. ¿Te
parece que sucederá lo mismo con los caballos? ¿Pueden todos los hombres
hacerlos mejores, y que sólo uno tenga el secreto de echarlos a perder? ¿O es
todo lo contrario lo que sucede? ¿Es uno solo o hay un cierto número de
picadores que puedan hacerlos mejores? ¿Y el resto de los hombres, si se sirven
de ellos, no los echan a perder? ¿No sucede esto mismo con todos los animales?
Sí, sin duda; ya convengáis en ello Ánito y tú o no convengáis. Porque sería una
gran fortuna y gran ventaja para la juventud que sólo hubiese un hombre capaz
de corromperla, y que todos los demás la pusiesen en buen camino. Pero tú has
probado suficientemente, Meleto, que la educación de la juventud no es cosa que
te haya quitado el sueño, y tus discursos acreditan claramente que jamás te has
ocupado de lo mismo que motiva tu acusación contra mí.
Por otra parte te suplico, ¡por Júpiter!,
Meleto, me respondas a esto. —¿Qué es
mejor, habitar con hombres de bien, o habitar con pícaros? Respóndeme, amigo
mío; porque mi pregunta no puede ofrecer dificultad. ¿No es cierto que los
pícaros causan siempre mal a los que los tratan, y que los hombres de bien
producen a los mismos un efecto contrario?
Meleto: Sin duda.
Sócrates:
¿Hay alguno que prefiera recibir daño de aquellos con quienes trata a recibir
utilidad? Respóndeme, porque la ley manda que me respondas. ¿Hay alguno que
quiera más recibir mal que bien?
Meleto:
No, no hay nadie.
Sócrates:
Pero veamos; cuando me acusas de corromper la juventud y de hacerla más mala,
¿sostienes que lo hago con conocimiento, o sin quererlo?
Meleto:
Con conocimiento.
Sócrates:
Tú eres joven y yo anciano. ¿Es posible que tu sabiduría supere tanto a la mía
que, sabiendo tú que el roce con los malos causa mal y el roce con los buenos
causa bien, me supongas tan ignorante que no sepa que si convierto en malos los
que me rodean me expongo a recibir mal, y que a pesar de esto insista y
persista, queriéndolo y sabiéndolo? En este punto, Meleto, yo no te creo ni
pienso que haya en el mundo quien pueda creerte. Una de dos: o yo no corrompo a
los jóvenes, o si los corrompo lo hago sin saberlo y a pesar mío, y de
cualquiera manera que sea eres un calumniador. Si corrompo a la juventud a pesar
mío, la ley no permite citar a nadie ante el tribunal por faltas involuntarias,
sino que lo que quiere es que se llame aparte a los que las cometen, se los
reprenda y se los instruya; porque es bien seguro que estando instruido
cesaría de hacer lo que hago a pesar mío. Pero tú, con intención, lejos de verme
e instruirme, me arrastras ante este tribunal, donde la ley quiere que se cite a
los que merecen castigos pero no a los que sólo tienen necesidad de
prevenciones. Así, atenienses, he aquí una prueba evidente, como os decía antes,
de que Meleto jamás ha tenido cuidado de estas cosas, jamás ha pensado en
ellas.
Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es, según tu
denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y
enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras
divinidades? ¿No es esto lo que dices?
Meleto:
Sí, es lo mismo.
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NOTAS
(2) Se llamaban así los poetas que hacían himnos en honor de Baco.
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