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Platón - Obras Completas
APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)
Apología de Sócrates (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)

La reputación que yo haya podido adquirir no tiene otro origen que una cierta
sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría
puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso
que los hombres de que acabo de hablaros son sabios, de una sabiduría mucho más
que humana.
Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos
los que me la imputan mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis,
atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada
diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de
confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os
dirá si la tengo y en qué consiste. Todos conocéis a Querefón, mi compañero en
la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con
vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefón, y cuán
ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el
atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis por lo que
voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pitia le
respondió que no había ninguno. Querefón ha muerto, pero su hermano, que está
presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero
todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de dónde proceden esos
falsos rumores que han corrido contra mí.
Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí;
¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque
yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña,
ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los
hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo
tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran
trabajo, me propuse hacer la prueba siguiente: —Fui a casa de uno de
nuestros conciudadanos, que pasa por ser uno de los más sabios de la
ciudad. Yo creía que allí mejor que en otra parte encontraría material para
rebatir al oráculo y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me
hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando, pues, a este hombre, de
quien baste deciros era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad
de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré con que todo el mundo
le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era.
Después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera
era lo que él creía, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a
sus amigos que asistieron a la conversación.
Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo y me decía: —Yo soy más sabio
que este hombre. Puede muy bien suceder que ni él ni yo sepamos nada de lo que
es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo
aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que
en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no
sabía.
Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior,
me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé;
fui en busca de otros, conociendo bien que me hacía odioso, y haciéndome
violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar,
preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido
del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban
de gran reputación. Pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de
mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que
pasaban por ser los más sabios me parecieron no serlo, al paso que todos
aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición
para serlo.
Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos
trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.
Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que
hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos (2) y otros, no dudando que con
ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante
que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas,
y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera
de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay
remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes,
incluidos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas.
Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos
movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y
adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, pero sin comprender nada de lo que dicen.
Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí que,
a título de poetas, se creían los más sabios en todas materias, si bien nada
entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos por la misma
razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.
En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido
de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de
hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo
ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más entendidos entre
ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé
uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido
en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su
habilidad.
Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más
ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su
ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí
mismo y al oráculo que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación,
atenienses, han nacido contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas,
que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el
nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las
cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses,
que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo,
haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor
decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha
valido de mi nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el
más sabio entre vosotros es aquél que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría
no es nada.»
Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis
indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros,
para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado
tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo que
ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al
servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza
a causa de este culto que rindo a Dios.
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NOTAS
(2) Se llamaban así los poetas que hacían himnos en honor de Baco.
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