|
Platón - Obras Completas
APOLOGÍA DE SÓCRATES (argumento)
Apología de Sócrates (1)
(2)
(3)
(4)
(5) (6)
Sócrates: Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá
causado en vosotros el discurso de
mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que casi no me he reconocido a mí mismo;
tan persuasiva ha sido su manera de hablar. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han
dicho una sola palabra que sea verdad.
Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es
la prevención de que estéis muy en guardia para no ser
seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que
yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo
de la impudencia, a menos que llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo
que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera;
porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a
saber de mi boca la pura verdad. No, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de
sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis
acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la
confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de
mí. No sería propio de mi edad, atenienses, venir ante vosotros como un joven
que hubiese preparado un discurso.
Por esta razón, atenienses, la única gracia que os pido es que cuando veáis que
en mi defensa emplee términos y maneras comunes, los mismos de que me he
servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las
casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os
sorprendáis ni os irritéis contra mí; porque es ésta la primera vez en mi vida
que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.
Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si
yo fuese
un extranjero me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de
mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no
hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con
toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste
toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.
Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las
primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra
mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los
cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a éstos que a Ánito y a sus
cómplices, (1) aunque sean estos últimos muy elocuentes; pues aquéllos son mucho
más temibles por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la
infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho que hay un
cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las
entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena una mala causa.
Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más
peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan los demás a persuadirse que los hombres
que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses.
Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que
están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad que
ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes
cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les
contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a
mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que
por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que,
persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda
yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme,
es preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me
defienda sin que ningún adversario aparezca.
Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de
acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los
que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo
responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis
oído y han producido en vosotros más profunda impresión.
Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en
tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida y que ha echado en
vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón que fuese en ventaja
vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo
sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo
que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.
Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, sobre la que he sido
tan desacreditado y que ha dado a Meleto confianza para arrastrarme ante el
tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en
forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos.
«Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa
en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los
demás sus doctrinas.»
He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristófanes, en la que
se representa a un cierto Sócrates que, dice, se pasea por los aires y otras
extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo
porque desprecie esta clase de conocimientos, si entre vosotros hay alguno
entendido en ellos (que Meleto no me formule nuevos cargos por esta concesión),
sino que es sólo para haceros ver que yo jamás me he mezclado en tales
ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.
A los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro
a que declaréis si me oísteis jamás hablar de semejante clase de ciencias ni de
cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente que en todos esos rumores
que se han levantado contra mí no hay ni una sola palabra de verdad; y si
alguna vez habéis oído que yo me dedicaba a la enseñanza y que exigía salario,
es también otra falsedad.
No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen
Gorgias de Leontino, Pródico de Ceos e Hipias de Elea. Estos grandes personajes
tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los
jóvenes a que se unan a ellos y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían
éstos ser sus maestros sin costarles un óbolo.
Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de
agradecimiento infinito. He oído decir que vino aquí un hombre de Paros
que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Calias,
hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos
juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Calias, si tuvieses
por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de
un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y
hermosos cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que
debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un
buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has
resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los
deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto
desde el acto que has tenido hijos, ¿y conoces a alguno? —Sí, me respondió Calias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es
Eveno,
Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a
Eveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a
los demás.
Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por
afortunado si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno
de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde
nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado
a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales
rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio
temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha
desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos
de entre vosotros creeréis que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de
que no os diré más que la verdad.
__________
NOTAS
(1) Los últimos acusadores de Sócrates fueron
Ánito, que murió después lapidado
en el Ponto, Licón, que sostuvo la acusación, y Meleto. Véase Eutifrón.
|