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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

ZENÓN

Murió en la Olimpiada 129.
 

Zenón, jefe de la secta estoica, nació en Citio, ciudad de la isla de Chipre. Antes de determinarse a seguir una carrera, fue a consultar al oráculo, para saber lo que haría a fin de ser dichoso. El oráculo respondió que fuese del mismo color que los muertos, de lo que infirió que debía aplicarse a leer los libros de los antiguos. Así lo hizo con el mayor ahínco, creyendo obedecer el decreto de los dioses.

Estando de vuelta de Fenicia, adonde fue a comprar púrpura, naufragó en el Pireo y perdió todo el género que había comprado. Este contratiempo le apesadumbró mucho. Fue a Atenas, entró en una librería, y se puso a leer el libro segundo de Jenofonte para consolarse. Cobró afición a aquella lectura, y muy en breve olvidó su desgracia. Preguntó al librero dónde vivían los hombres de que hablaba aquel autor. El librero, que a la sazón vio pasar a Crates el Cínico, dijo a Zenón, enseñándoselo: «Sigue a ese que pasa». Zenón, que tenía entonces 30 años siguió en efecto a Crates, y se alistó desde luego en el número de sus discípulos. Como era tímido y recatado, no pudo acostumbrarse al impudor de los Cínicos. Crates lo echó de ver, y quiso curarlo de su flaqueza, para lo cual le dio un puchero lleno de lentejas, y le mandó que lo llevase al arrabal de Cerámica. Zenón le obedeció, pero hizo cuanto pudo para evitar las miradas de los que pasaban. Entonces Crates le preguntó: «Picarillo ¿por qué ocultas lo que a nadie hace daño?»

Zenón era aficionadísimo al estudio de la Filosofía, y daba gracias a la fortuna porque había sepultado en el mar todo cuanto poseía. Estudió más de diez años con Crates, sin poder vencer la repugnancia que le inspiraban las modales de aquella escuela. Por fin, cuando resolvió abandonarla y seguir la de Estilpón de Megara, Crates le quiso detener por fuerza, más Zenón le dijo: «¡Oh Crates, los filósofos no se dejan cautivar sino es por los oídos. Persuádeme con razones sólidas que tu doctrina es mejor que la de Estilpón; si no lo haces así, aunque me encierres en tu casa, mi espíritu estará en otra parte.»

Zenón pasó otros diez años con su nuevo maestro, y con Jenócrates y Polemón. Después se retiró y estableció una nueva secta. En breve se esparció su fama por toda la Grecia, y en poco tiempo llegó a ser el filósofo más distinguido de aquel país. Los atenienses le apreciaron en tales términos que le hicieron depositario de las llaves de la ciudad. Le alzaron una estatua, y le regalaron una corona de oro. El rey Antígono le admiraba sobremanera. Jamás iba a Atenas sin asistir a sus lecciones; muchas veces iba a comer a su casa, o le llevaba a cenar a la del músico Aristocles. Pero en lo sucesivo, Zenón se abstuvo de asistir a los convites y a las reuniones, por no familiarizarse con los concurrentes. Antígono quiso llevárselo a su Corte, más no lo consiguió por más que hizo. Zenón le envió dos de sus discípulos, y con ellos le mandó a decir que se alegraba de verle tan inclinado a las ciencias; que su estudio le alejaría de los placeres sensuales, y le haría abrazar la virtud; que no pudiendo ir en persona a verle, por no permitírselo sus años ni su salud, le enviaba dos amigos que sabían tanto como él y que eran más jóvenes y robustos; que siguiese sus consejos, y con ellos lograría ser feliz.Zenón de Citio - Museo Pushkin (reproducción del original de Nápoles)

Zenón era alto y seco, y sumamente moreno; por esto le dieron algunos el sobrenombre de palmero de Egipto. Tenía la cabeza algo inclinada hacia un lado, y las piernas gruesas y malsanas. Usaba siempre ropas de tela muy ligera y ordinaria. Se mantenía con pan, higos, miel y vino dulce. Era tal la pureza de sus costumbres que le miraban generalmente como el emblema de la castidad. Andaba con mucha gravedad; era de ingenio agudo y de índole severa. Cuando hablaba arrugaba la frente y torcía los labios. Solía alegrarse en las partidas de diversión, y hacer reír a los concurrentes con sus chistes, y cuando le hacían algunas observaciones acerca de esta mudanza, respondía: «Las frutas duras se ablandan en agua.»

Su estilo era conciso, y cuando le preguntaban la razón de esto decía que el filósofo no debía pronunciar sino sílabas breves. Cuando reprendía, era de un modo indirecto y en pocas palabras.

Haciéndole un joven muchas preguntas sobre materias demasiado elevadas, Zenón tomó un espejo y se lo presentó diciéndole: «¿Te parece que esas preguntas sientan bien con ese rostro?»

Decía que los malos discursos de los oradores se parecían a la moneda de Alejandría, bella en la apariencia, y de poco valor intrínseco. Censuraba amargamente la vanidad que los padres y los maestros inspiran a los jóvenes, y refería a este propósito, que Cafesio, observando el desmesurado orgullo de uno de sus discípulos, le dio un bofetón diciéndole: «No por alzarte sobre los demás hombres serás más virtuoso; pero si eres virtuoso, te alzarás sobre ellos.»

Cuando le preguntaban qué era un amigo, respondía: «Otro yo mismo».

Hallándose en un convite dado a los embajadores de Tolomeo, se mantuvo tan callado que extrañándolo los embajadores le preguntaron si quería que dijesen algo de su parte al rey. El filósofo respondió: «Decidle que hay aquí un hombre que sabe callar.»

Los estoicos eran de opinión que el fin que se debe proponer el hombre es vivir según la Naturaleza, y que la regla de la Naturaleza es la razón; que debemos seguir la virtud por sí misma, y no por deseo de recompensas; que ella basta para hacernos felices, y que los que la poseen gozan de una dicha verdadera en medio de los mayores males; que no puede haber nada útil, sino lo que es honesto, y que lo que es vicioso no puede ser útil; que los placeres sensuales no son un bien, porque se oponen a la razón; que el sabio no teme nada, y que mira con tanta indiferencia la gloria como la ignominia; que la severidad y la sencillez son las bases de su carácter; que le es lícito beber vino, más no con exceso, a fin de no perder un solo instante el uso de la razón; que debe respetar a los dioses, hacerles sacrificios, y abstenerse de los deleites; que el sabio sólo es capaz de amistad; que tiene obligación de tomar parte en los negocios públicos, a fin de evitar que el vicio se propague, y a fin de excitar los ciudadanos a la virtud; que sólo él es digno de gobernar los pueblos, porque sólo él conoce los límites del bien y del mal; que sólo él es irreprensible, incapaz de hacer daño, y de admirar lo que los otros admiran.

Decían que todas las virtudes estaban encadenadas entre sí, de modo que el que poseía una las poseía todas; que no hay medio entre el vicio y la virtud, y que es necesario que una acción sea buena o mala, como que una línea sea recta o curva.

Zenón vivió hasta la edad de 98 años, sin haber experimentado la menor incomodidad. Fue generalmente sentido, y el rey Antígono se afligió mucho cuando supo la noticia, y exclamó «¡Qué espectáculo he perdido! Ninguno de los regalos que le he hecho le ha inducido jamás a cometer una bajeza.»

Antígono envió diputados a los atenienses pidiéndoles que enterrasen a Zenón en el arrabal de Cerámica. Los atenienses no estaban menos sentidos que aquel monarca. Los principales magistrados le elogiaron públicamente, y a fin de dar más autenticidad a sus elogios, expidieron un decreto concebido en estos términos:

«En vista de que Zenón, hijo de Mnáseo, de Citio, ha pasado muchos años en esta ciudad, enseñando la Filosofía; que se ha mostrado en toda su conducta muy hombre de bien; que continuamente ha estado excitando a la virtud a los jóvenes de su escuela; y que su vida ha sido en un todo conforme a sus preceptos, el pueblo ha tenido a bien alabarle públicamente, regalarle una corona de oro, a que es justamente acreedor por su probidad y su templanza, y erigirle un sepulcro, a costa del público, en Cerámica. El pueblo quiere que se elijan cinco hombres en Atenas que se encarguen de mandar hacer la corona y labrar el sepulcro; que el escriba de la República grabe este decreto en dos columnas, una de las cuales se pondrá en la Academia y otra en el Liceo, y que el dinero necesario para estos gastos sea, muy luego, puesto a disposición del que corre con los negocios públicos, a fin de que todo el mundo sepa que los atenienses honran las gentes de mérito durante su vida y después de su muerte.»

Este decreto fue expedido en tiempo en que Arrhenidas era Arconte de Atenas; algunos días después de la muerte de Zenón.

Esta ocurrió del modo siguiente: Un día al salir de la escuela, se dio un golpe y se rompió un dedo. Creyó que este era un aviso que los dioses le daban de que debía morir pronto. Penetrado de esta idea, dio un golpe en la tierra y exclamó: «¿Me llamas? Pronto estoy.» Y sin más motivo se ahorcó con la mayor serenidad. Hacía 48 años que enseñaba sin interrupción, y 68 que había empezado a aplicarse a la Filosofía con Crates el Cínico.

 

FIN

LYON, IMPRENTA DE J. M. BOURSY

 

 

 

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