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La máxima
que observaba en todas sus acciones era que en los negocios de la vida
es preciso correr lentamente. Fue nombrado éforo, hacia la Olimpiada 55,
y aquella dignidad equivalía entonces a la de rey. Su hermano, que
aspiraba al mismo empleo, tuvo envidia de el, y se le mostré resentido.
Quilón le respondió sin alterarse; «Me han elegido, porque me han creído
más capaz que tú de sufrir el daño que me hacen, sacándome de mi reposo,
y obligándome a ser esclavo de los negocios ajenos.»
Creía que el arte de adivinar no era enteramente despreciable, y que el
hombre, con la fuerza de su entendimiento, puede conocer muchas cosas
futuras.
Un día Hipócrates había hecho un sacrificio, durante los juegos
olímpicos. Cuando se pusieron las carnes de las víctimas en calderas de
agua fría, esta se calentó de repente, y empezó a hervir de modo que
rebosaba de las calderas sin que hubiese fuego debajo. Quilón, que
estaba presente, consideró atentamente este prodigio. Aconsejó a
Hipócrates que no se casase, y que, si por desgracia, estaba ya casado,
repudiase a su mujer y matase a todos los hijos que de ella tuviese.
Hipócrates se burló de este consejo. Se casó y tuvo un hijo que después
usurpó la soberanía de Atenas, su patria, y que se hizo famoso por su
tiranía bajo el nombre de Pisístrato.
En otra ocasión, después de haber examinado atentamente la cualidad del
terreno y la situación de la isla de Citeres, exclamó en presencia de
muchos testigos: «¡Ojalá que esta isla no hubiese jamás existido, o que
la mar se la hubiese tragado, porque preveo que ella será la ruina del
pueblo de Lacedemonia!» Quilón no se engañó. Los atenienses tomaron a Citeres pocos meses después, y de ella se sirvieron para hacer la guerra
a Esparta. Decía frecuentemente que había tres cosas difíciles: guardar
un secreto, sufrir las injurias y emplear bien el tiempo. El estilo de
Quilón era breve y enérgico. Era comúnmente citado como un modelo de
laconismo.
Decía que es una debilidad amenazar, y cosa propia de mujeres; que la
mayor sabiduría consistía en saber poner freno a la lengua,
especialmente en un convite; que no se debe hablar mal de nadie, porque
de lo contrario el hombre no hace más que acarrearse enemigos y
exponerse a oír amargas reconvenciones; que se deben visitar a los
amigos más bien cuando están en la desgracia que cuando son felices;
que más vale perder que ganar por medios injustos; que el hombre
valiente debe ser suave y hacerse más bien amar que temer; que la mejor
política que debe observar un Estado es enseñar a los ciudadanos a
conducirse bien en sus familias; que el oro y la plata se prueban con la
piedra de toque, y el corazón del hombre con el oro y la plata; que de
todo se debe usar moderadamente, a fin de que luego no sea tan sensible
la privación; en fin, que el amor y el odio no duran siempre, y que el
hombre debe amar como si debiera aborrecer con el tiempo, y aborrecer
como si después tuviera que amar.
Mandó poner en el templo de Apolo en Delfos una inscripción en letras
de oro, que decía: No deseemos lo que está fuera de nuestro alcance. El
que responde por otro, pierde seguramente.
Periandro hizo cuanto pudo para atraerle a Corinto, con el objeto de
consultarle sobre los medios de que podría echar mano para conservar la
tiranía. Quilón le respondió: «Quieres que me entrometa en guerras y
discordias, y que me destierre de mi patria, como si estos sacrificios
pudieran contribuir a tu seguridad. Sábete que no hay nada menos seguro
que la grandeza de los reyes y que el más feliz de todos los tiranos es
aquel que tiene la dicha de morir en su cama.» Quilón, conociendo que
se aproximaba su fin, viéndose rodeado de sus amigos, les dijo:
«Amigos,
sabéis que he hecho y dicho mucho durante el largo espacio de mi vida.
He examinado atentamente en lo interior de mi alma todo lo que he dicho
y hecho y de nada de ello me tengo que arrepentir, sino es del lance
siguiente, que someto a vuestra decisión, para saber si he obrado mal o
bien. Nombrado con otros dos para juzgar a uno de mis mejores amigos,
que, según el texto de la ley, debía ser condenado a muerte, para salir
de tan amargo apuro, tomé el partido de poner en la urna, sin que mis
compañeros lo supieran, la bola que manifiesta la sentencia fatal y
antes que los otros votasen, les expuse tantas razones en favor de mi
amigo, que no pudieron menos de absolverle. Creía cumplir de este modo
con las obligaciones de juez y de amigo, más ahora siento un no sé que
en la conciencia y no estoy muy seguro de haber obrado rectamente.»
Quilón murió, en una edad avanzada, de resultas de la excesiva alegría
que experimentó al abrazar a su hijo, que había sido vencedor en los
juegos olímpicos.
Los lacedemonios le alzaron una estatua después de su muerte. |