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Según la opinión más común, Pitágoras nació en Samos, y su padre fue un
escultor, llamado Mnesarco. Otros dicen que era toscano, y que nació en
una de las islas del mar Tirreno, de que se apoderaron en seguida los
atenienses.
Pitágoras siguió la profesión de su padre. Hizo tres copas de plata que
regaló a tres sacerdotes egipcios. En seguida se unió con el sabio
Ferécides y fue su discípulo.
Ferécides le amaba entrañablemente. Un día estando gravemente enfermo,
Pitágoras quiso entrar a verle para saber como estaba, más Ferécides que
creía tener una enfermedad contagiosa, le cerró la puerta y enseñándole
los dedos, por un agujero que en ella había, dijo a su discípulo: «Mira
mis dedos descarnados, y por ahí podrás juzgar de mi situación.»
Después de la muerte de Ferécides, Pitágoras estudió algún tiempo en
Samos con el filósofo Hermodamante; después, animado por el más
vehemente deseo de instruirse y de conocer las costumbres de los países
extranjeros, abandonó su patria y todo lo que tenía y se dio a viajar.
Permaneció bastante tiempo en Egipto, frecuentó mucho el trato de los
sacerdotes y penetró en los secretos de su religión.
Polícrates escribió en su favor a Amasis, rey de Egipto, a fín de que le
atendiese y tratase con distinción. Pitágoras pasó después a Caldea con
ánimo de instruirse en la ciencia de los Magos; en fin, después de haber
viajado, por curiosidad, en diversas regiones de Oriente, pasó a Creta,
donde se unió estrechamente con el sabio Epiménides. De allí volvió a
Samos. Viendo a su patria oprimida por la tiranía de Polícrates, se
apesadumbró en tales términos que tomó la resolución de expatriarse.
Pasó a Italia y se estableció en Crotona, en casa de Milón, donde enseñó
la filosofía. Por esta razón se da el nombre de Itálica a la secta
fundada por Pitágoras.
No tardó en extenderse por todas partes su reputación, y particularmente
en Italia. Mas de trescientos discípulos acudieron a él y formaron una
pequeña república, bastante bien ordenada. Hay quien dice que Numa era
de uno de ellos, y que se hallaba con su maestro en Crotona cuando
fue elegido rey de Roma, pero los buenos cronologistas niegan este
hecho, y dicen que lo que ha dado lugar a semejante rumor es que Numa y
Pitágoras tenían las mismas opiniones, aunque éste vivió mucho tiempo
después que aquél.
Pitágoras decía que entre amigos todas las cosas deben ser comunes y que
la amistad hace a los hombres perfectamente iguales. Sus discípulos no
tenían nada que no fuese común a todos ellos, y los cinco años primeros
de estar en aquella escuela, no podían hablar una sola palabra, sino
escuchar en el silencio más profundo las lecciones de su maestro.
Después de esta larga y rigorosa prueba, les era lícito hablar, ir a ver
a Pitágoras y conversar con él.
El aspecto de Pitágoras era muy majestuoso. Era alto, bien formado y de
bella figura. Usaba en todo tiempo una hermosa túnica blanca de lana,
sumamente aseada. No le dominaba ninguna pasión, y era muy fiel en
guardar un secreto.
Nadie le vio reír, ni le oyó chancear. Cuando estaba de mal humor, no
quería castigar a nadie, porque decía que en semejantes casos el hombre
desoye la voz de la justicia. Sus discípulos creían que era Apolo, que
había tomado la forma de un filósofo para enseñar a los hombres la
sabiduría. De todas partes acudían gentes a ver a Pitágoras rodeado de
sus discípulos. Más de seiscientas personas iban todos los años a
Crotona, con aquel solo objeto. Era un gran honor poder hablar un rato
con Pitágoras.
Pitágoras dio leyes a muchos pueblos que se las pidieron. Tanta
admiración causaba su sabiduría, que no se hacía distinción entre sus
respuestas y las del oráculo de Delfos. Prohibía a sus discípulos jurar
y implorar el testimonio de los dioses. Decía que el hombre debía
aspirar a conseguir tal reputación de honradez que nadie tuviese
inconveniente en creerle sobre su palabra.
Era de opinión que el mundo tenía alma e inteligencia, que el alma de
esta inmensa máquina era el éter, de donde traen su origen las almas de
los hombres y de las bestias. Descubrió que el alma es inmortal, pero
creía que cuando está separada del cuerpo permanece en el aire,
vagando sin destino, hasta que casualmente encuentra un cuerpo
cualquiera, y entonces se apodera de él y le anima. Así es como el alma
que sale cuerpo de un hombre puede entrar en el de un caballo, de un
lobo, de un asno, de un ratón, de una perdiz, de un pescado, o de
cualquier otro animal o hombre; sin distinción y del misma modo, la que
sale del cuerpo de un animal, puede entrar en el de un hombre, o en el
de otro animal. Por esto Pitágoras prohibía la carne de los animales
como alimento, creyendo que tan gran delito era matar a una mosca como
matar a un hombre, pues todas las almas sirven indistintamente a todos
los cuerpos.
Pitágoras, para probar la verdad de su sistema, solía contar la historia
de todas las peregrinaciones de su alma. Decía que había sido antes Etalides, hijo de Mercurio, el cual le dijo que le pidiera la gracia que
quisiese, con tal de que no fuese la inmortalidad. Pitágoras le pidió
la gracia de conservar en la memoria todos los sucesos que ocurriesen
durante su vida, cuando su alma pasase a vivificar otros cuerpos. Murió Etalides, y el alma pasó al cuerpo de Euforbio. Se había hallado en el
sitio de Troya, donde había sido gravemente herido por Menelao. Después
pasó al cuerpo de Hermotimo, y entonces, para que nadie dudase del don
que Mercurio le había hecho, fue al país de los bránquidas, entró en el
templo de Apolo y sacó de él el escodo de Euforbio, podrido ya, que
Menelao, de vuelta de Troya, había consagrado a aquella divinidad, en
señal y agradecimiento de su victoria.
Después de Hermotirao, fue Pirro, pescador; y después, por último, el
filósofo Pitágoras. Anteriormente había sido el gallo de Micilo y el
pavo real de no sé quien.
Aseguraba que en los viajes que había hecho a los infiernos había visto
el alma del poeta Hesiodo, atada a una columna y cruelmente atormentada,
y el alma de Homero, colgada de un árbol, y rodeada de serpientes, en
castigo de todas las mentiras que había imaginado y atribuido a los
dioses.
En otra ocasión, Pitágoras mandó construir una profunda caverna en su
casa. Suplicó a su madre que escribiese cuidadosamente todo lo que
ocurriese durante su ausencia. Después se encerró en la caverna, de la
cual salió un año después, pálido, sucio y con un aspecto horroroso.
Congregó al pueblo y dijo que venia de los infiernos. Esta noticia causó
una especie de terror, en términos que hubo muchos que no pudieron
reprimirse y se echaron a llorar, y a dar alaridos. Los hombres, que le
reverenciaban como a un ser sobrenatural le pidieron que diese algunas
lecciones de filosofía a las mujeres, y de aquí vino que las de Crotona
se llamasen pitagóricas. Pitágoras, hallándose en unos juegos públicos,
vio volar un águila, la llamó y el águila acudió a él inmediatamente, de
lo que se admiraron todos los concurrentes, ignorando que el filósofo
había adoctrinado al pájaro muy de antemano. Hizo, por último, creer a
sus compatriotas que tenía un muslo de oro.
Pitágoras no sacrificaba nunca animales, pues decía que los dioses
miraban con horror las víctimas y la sangre, y que se indignaban contra
los que aspiraban a agradarles con semejantes medios.
Pitágoras se propuso corregir a los hombres de la gula, y acostumbrarlos
a vivir con frugalidad, haciéndoles ver que la moderación en la comida
contribuye a la conservación de la salud, y dispone al entendimiento
para que ejerza sus funciones sin embarazo. Para confirmar su doctrina
con su ejemplo, no bebía más que agua, y solo comía pan, miel, frutas y
legumbres, más no entraban en este número las habas, sin que se haya
podido saber qué razones tenía para mirar con tanto respeto aquel
vegetal.
Pitágoras comparaba la vida del hombre a una feria, y decía que así
como unos van a la feria para acostumbrarse a luchar, otros para comprar
y vender, y otros en fin, sólo para ver lo que pasa, así, en la vida,
los unos nacen esclavos de la gloria, otros de la ambición, y otros sólo
se emplean en buscar la verdad. Era de opinión que el hombre no debe
pedir nada para sí, pues ignora qué es lo que le conviene. Dividía la
edad del hombre en cuatro partes; la niñez acaba a los veinte años, la
juventud a los cuarenta, la edad viril a los sesenta, y la vejez a los
ochenta. Los años que pasan de este número no merecían, en su opinión,
el nombre de vida. Gustaba mucho de la geometría y de la astronomía;
descubrió que el lucero de la mañana es el mismo astro que el lucero de
la tarde, y que en todo triángulo rectángulo, el cuadrado de la
hipotenusa es igual al cuadrado de los otros dos lados. Dicen que
cuando hizo este último descubrimiento fue tanta su satisfacción, qué
creyó que se lo habían inspirado los dioses, y les manifestó su
reconocimiento consagrándoles una hecatombe, es decir un sacrificio de
cien bueyes. Este hecho, aunque referido por muchos escritores, está en
contradicción con las opiniones conocidas de Pitágoras. Quizás serían
bueyes de harina y miel, como las tortas que acostumbraba sacrificar.
Hay quien dice que la alegría que tuvo al descubrir el cuadrado de la
hipotenusa fue tan violenta, que murió de resultas. Según lo que
escribe Laercio, esta anécdota es enteramente fabulosa.
Pitágoras cuidaba mucho de que reinase la más íntima amistad entre sus
discípulos, y en las instrucciones que les daba se solía servir de
parábolas. Les decía, por ejemplo, que no debían saltar por encima de
una balanza, dándoles a entender que debían respetar la justicia; que no
debían sentarse sobre la provisión del día, queriendo decir que la
prudencia no se contenta con el día de hoy, sino que piensa en el de
mañana. Les aconsejaba que se retirasen de cuando en cuando, y que cada
cual se preguntase a sí mismo: ¿Que has hecho? ¿En que has empleado el
día? ¿Adonde has estado? Les recomendaba encarecidamente que tuviesen un
porte exterior modesto y recatado; que no se abandonasen a los arrebatos
del dolor o de la alegría; que respetasen a los ancianos; que hiciesen
ejercicio a fín de no engordar demasiado; que no pasasen la vida
viajando; que tuviesen particular cuidado en honrar a los dioses y que
les tributasen el culto que les es debido.
El escita Zamolxiz, esclavo de Pitágoras, se aprovechó tanto de las
lecciones de su amo, que cuando volvió a su patria, los escitas le
hicieron sacrificios y le pusieron en el número de los dioses.
Pitágoras creía que el primer principio de todas las cosas era la
unidad; que de ella procedían los números, de los números los puntos, de
los puntos las líneas, de las líneas las superficies, de las superficies
los sólidos, y de los sólidos los cuatro elementos agua, aire, fuego y
tierra, de que todo el universo se compone. Que estos elementos se
transforman continuamente unos en otros, pero que nada perece, y que no
hay en el universo más que mudanzas.
Decía que la tierra era redonda y que estaba colocada en el centro del
mundo, que estaba habitada en todos sus puntos y que por consiguiente
había antípodas; que el aire que rodea a la tierra es espeso e inmóvil,
y que por esta razón los animales mueren y están sujetos a la
corrupción. Que el aire de la parte superior de la atmósfera era muy
sutil y estaba en perpetuo movimiento; que los animales de aquellas
regiones eran inmortales, y por consiguiente divinos; que el sol, la
luna, y los demás astros eran dioses, por estar colocados en medio de
aquel aire puro y del calor activo que es el principio de la vida.
Acerca de la muerte de Pitágoras hay muchas opiniones. Algunos dicen que
habiéndose negado a admitir en el número de sus discípulos a ciertos
jóvenes, éstos se irritaron tanto que pegaron fuego a la casa de Milón
en que se hallaba a la sazón el filósofo. Otros dicen que le mataron los
crotoniatas, temiendo que se declarase soberano del país. Parece
indudable que la casa de Milón fue incendiada, y que Pitágoras estaba en
ella, que se escapó con cuarenta discípulos, y aquí empieza de nuevo la
diversidad de opiniones, pues, según unos, se refugió en Metaponte, en
un bosque consagrado a las Musas, y se dejó morir de hambre; según
otros, halló un campo sembrado de habas, y no pudo resolverse a
atravesarlo: «Vale más morir, dijo, que destruir esas pobres habas.» Y
en efecto, aguardó tranquilamente a los crotoniatas que le perseguían y
que le dieron muerte. Hay escritores que dicen que no fueron los
crotoniatas, sino que habiéndose suscitado la guerra entre los
agrigentinos y los siracusanos, Pitágoras acudió al socorro de los
agrigentinos, de quienes era muy amigo; más estos fueron derrotados y
Pitágoras, que se hallaba con ellos, se vio precisado a huir, y en esta
retirada fue cuando encontró y no quiso atravesar el sembrado de habas,
prefiriendo morir a manos de los siracusanos. La mayor parte de sus
discípulos que le acompañaban murieron también en aquel trance. Uno de
los que escaparon fue Arquitas, de Tarento, que, según fama, fue el
mayor geómetra de su tiempo. |