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Durante mucho tiempo, tuvo un comercio infame con Cratea, su madre. Un día hizo voto de erigir una estatua de oro en
honor dé Júpiter si salía victorioso en los juegos olímpicos; en
efecto, en los primeros juegos que se celebraron fue vencedor, más no
teniendo dinero para realizar su voto, hizo despojar de sus alhajas a
las señoras que se habían adornado magníficamente para asistir a una
fiesta, y de este modo tuvo todo lo que le era necesario.
Periandro era hijo de Cipseles, de la familia de los Heráclides, y
ejercía la tiranía en Corinto, ciudad de su nacimiento, bajo el reinado
de Haliates, rey de Libia. Se había casado con Lisis, hija del príncipe
de Epidauro; se le mostró siempre muy apasionado y le mudó el nombre de
Lisis, llamándola Melisa. Tuvo dos lujos de este matrimonio; Cipseles,
el mayor, parecía torpe y mentecato, pero Licofrón, el menor, tuvo un
genio elevado, y era muy capaz de gobernar un reino.
Algunas mujeres interesadas dieron a Periandro sospechas sobre la
conducta de su mujer, que a la sazón estaba embarazada. Periandro tuvo
furiosos celos. Un día la encontró subiendo una escalera y le dio con el
pie tan fuerte golpe en el vientre que la echó a rodar y la mató, como
también al hijo que llevaba en el seno. Después se arrepintió, y para
vengarse de las acusadoras de su mujer las mandó arrojar a una hoguera.
Cuando Procleo supo el modo con que su hija había sido tratada, mandó
que le llevasen a sus dos nietos, a quienes amaba entrañablemente. Los
tuvo algún tiempo en su poder para consolarse, y cuando los restituyó a
su padre, los abrazó y les dijo: «Hijos míos, ya conocéis al asesino de
vuestra madre.» El mayor no entendió lo que estas palabras querían decir,
pero hicieron tanta impresión en el ánimo del menor, que cuando estuvo
de vuelta a la casa paterna, no quiso hablar con su padre, ni
responderle a las preguntas que le hizo. Entonces el padre examinó al
mayor, Cipseles, para saber lo que el abuelo les había dicho, más
Cipseles, que no tenía buena memoria, le contó solo que los había tratado
muy bien. Esta respuesta no satisfizo a Periandro, el cual sospechaba
otra cosa. Tanto le instó, que Cipseles, por fin, se acordó de las
últimas palabras que el abuelo les había dirigido al separarse, y se las
refirió al padre. Periandro conoció entonces las intenciones de Procleo,
y determinó vengarse de Licofrón, su hijo menor, obligándole a tener que
implorar su misericordia. Para esto mandó a las personas que le habían
dado alojamiento que le arrojasen de él, y Licofrón se presentó pidiendo
asilo en otras muchas casas, más nadie quería admitirle, temiendo las
amenazas del padre. Encontró, por fin, algunos amigos que se
compadecieron de su suerte, y que, aventurándose a las resultas, le
dieron una habitación. Periandro entonces, publicó un bando imponiendo
la pena de muerte a todo el que acogiese o dirigiese la palabra a su
hijo. El temor de tan riguroso castigo llenó de espanto a los corintios,
nadie se atrevía a acercársele; todos le miraban con terror, de modo que
el desgraciado mancebo pasaba las noches en los pórticos de la ciudad.
Cuatro días después, Periandro, que le vio medio muerto de hambre y de
miseria, tuvo compasión de él y le dijo: «O Licofrón; ¿cual suerte es
más apetecible, pasar una vida tan desgraciada como la tuya, o ser dueño
de mi poder y de mis tesoros? Tú eres mi hijo, y príncipe de la
floreciente ciudad de Corinto. El suceso que te ha exasperado tanto
contra mí, y de que yo he sido la causa, me ha sido muy sensible. Pero
tus desgracias son obra de tus manos, pues te las has ocasionado,
irritando a quien debías obedecer. Ahora que conoces los efectos de tu
obstinación contra tu padre, te permito que vuelvas a casa.» Licofrón,
insensible como una piedra a las expresiones de su padre, le respondió
con gran frialdad: «Tú mereces la pena que has impuesto a los otros,
puesto que me has dirigido la palabra.» Cuando Periandro vio que era
imposible vencer la tenacidad de su hijo, tomó el partido de alejarle de
su vista, y le desterró a Córcira, país que le estaba sometido.
Periandro estaba muy irritado contra Procleo, a quien atribuía los
disturbios que reinaban entre su hijo y el. Reunió tropas, se puso a su
cabeza, y declaró la guerra a aquel príncipe. Esta empresa le salió tan
bien como podía desear. Después de haberse apoderado de Epidauro, hizo
prisionero a Procleo, y le retuvo en su poder, sin quitarle la vida.
Algún tiempo después, Periandro, que empezaba a envejecer, mandó llamar
a Licofrón de su destierro, para abdicar el trono en su favor, pues su
hijo mayor no parecía muy apto para el manejo de los negocios públicos.
Licofrón no quiso dar respuesta alguna al mensajero que le llevó la
noticia. Periandro, que amaba tiernamente a su hijo, no desmayó. Mandó a
su hija a Córcira, creyendo que tendría bastante influjo en su hermano
para reducirle a aceptar el poder. La princesa empleó, en efecto, todos
los recursos de su celo y de su cariño a fin de vencer su tenacidad.
“¿Quieres, le decía, que un extranjero se apodere del cetro de
Corinto? El poder es como una mujer inconstante, que tiene muchos
adoradores. Nuestro padre es viejo y tiene un pie en la sepultura. Si no
vienes pronto, cierto es que toda la familia va a quedar arruinada. No
abandones pues a otros las grandezas que te esperan y que tan
legítimamente te pertenecen.” Licofrón le respondió que no pondría jamás
los pies en Corinto, en tanto su padre residiese allí. La princesa, de
vuelta a casa de su padre, le dio cuenta de la resolución de Licofrón, y
entonces Periandro envió otro mensaje a su hijo, diciéndole que viniese
cuando quisiere a tomar posesión del reino, pues él estaba decidido a
pasar el resto de sus días en Córcira. Licofrón consintió en ello, y ya
uno y otro se disponían al viaje, cuando los habitantes de Córcira, que
no querían que Periandro viniese a vivir con ellos, dieron, muerte a su
hijo. Periandro sintió amargamente esta desgracia, y para vengarse,
mandó que trescientos niños de las primeras familias de Córcira fuesen
enviados a Haliates, donde deberían castrarlos. El barco en que hacían
el viaje estos inocentes tuvo que recalar a Samos, cuyos habitantes
tuvieron compasión de ellos, y les aconsejaron en secreto que se
acogiesen al templo de Diana. Entraron en él y los de Samos no quisieron
que los corintios los sacasen bajo el pretexto de que la diosa les daba
su protección. Entretanto, hallaron medios de suministrarles víveres sin
declararse abiertamente enemigos de Periandro. Enviaban todas las tardes
a los jóvenes de Samos, de ambos sexos, a bailar alrededor del templo,
adonde echaban tortas hechas con miel. Los niños de Córcira las recogían
y de ellas subsistían. Los corintios se volvieron a su patria. Periandro
se apesadumbró tanto por no poder vengar a su hijo como lo había
proyectado, que resolvió quitarse la vida, pero, no queriendo que nadie
supiese el paradero de su cadáver, imaginó el arbitrio siguiente: mandó
venir dos jóvenes y les indicó un sendero poco frecuentado. Les mandó
que se paseasen por él la noche siguiente, que matasen al primero que
pasase y que le enterrasen inmediatamente. Después llamó a otros cuatro,
a quienes mandó que se paseasen por aquel mismo camino, un poco más
tarde y que si encontraban dos jóvenes, les diesen muerte y los
enterrasen.
Después mandó llamar mayor número de jóvenes, y que matasen y enterrasen
a los cuatro. Tomadas estas disposiciones, se presentó a la hora
oportuna en el sitio señalado y pereció a manos de los dos primeros
jóvenes. Los corintios, que no pudieron hallar su cadáver, le alzaron un
monumento sepulcral con una inscripción para honrar su memoria.
Periandro fue el primer rey que salió escoltado con guardias, y el
primero que mudó el nombre de magistrado en el de tirano. No permitía a
toda clase de gentes vivir en la ciudad. Trasíbulo, cuyos consejos solía
seguir, le escribió en estos términos: «Nada he ocultado al mensajero
que me envías. Le he llevado a un sembrado de trigo, y en su presencia
he cortado todas las espigas que se alzaban sobre las otras. Sigue mi
ejemplo, si quieres conservar el mando. Quita la vida a los principales
habitantes de la ciudad, sean amigos, sean enemigos, porque un usurpador
debe desconfiar de aquellos que más afecto le demuestran.»
Periandro decía que nada se resiste al hombre, puesto que había hallado
medio de romper un istmo; que con la paciencia y el ingenio se logra
todo; que el hombre no debe jamás proponerse las riquezas por recompensa
de sus acciones; que los reyes no pueden tener guardias más fieles que
el afecto de los súbditos; que nada es tan apreciable como la
tranquilidad; que no sólo debe ser castigado el que hace un mal, sino
también el que tiene designio de hacerlo; que los placeres son
pasajeros, y la gloria eterna; que el sabio debe ser moderado en la
felicidad, y prudente en la desgracia, y que no la amistad debe ser
constante a pesar de todas las vicisitudes de la suerte.
Periandro amaba a los sabios, y escribía a todos los de Grecia,
convidándolos a pasar algunos días en Corinto, como hacían en Sardes.
Los recibía con mucho agrado, y hacía cuanto estaba en su poder para
contentarlos.
Reinó cuarenta años, y murió en la Olimpiada 42. Algunos son de opinión
que hubo dos Periandros y que después, los dichos y hechos de los dos,
se han atribuido a uno sólo. |