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Su entendimiento era sólido, pero comprendía con mucha
lentitud. Platón solía decir que Aristóteles necesitaba brida y
Jenócrates espuela. Otras veces decía en tona de chanza: «Es menester
uncir este asno con un caballo.» Era muy grave y circunspecto, y su
maestro le aconsejaba que hiciese un sacrificio a las Gracias.
Jenócrates pasaba la vida encerrado en la Academia. Cuando salía por las
calles de Atenas, que era raras veces, todos los mancebos de buen humor
le hacían rabiar dándole chascos y diciéndole chanzas y apodos. Otras
veces le exponían a las más irresistibles tentaciones, de las cuales,
sin embargo, sabia defenderse. La célebre Friné, apostó que le
subyugaría, y un día en que Jenócrates había bebido algo más de lo
regular, aquella hermosa cortesana se presentó en su habitación,
magníficamente adornada. Estuvo en su compañía largo rato, procurando
cautivarle por todos los medios imaginables; más no lo pudo conseguir. Friné, avergonzada, se vengó de
él con epigramas.
Era no menos desinteresado que casto. Alejandro le envió una gran
cantidad de dinero, más Jenócrates no tomó más que tres minas y le
devolvió lo demás, diciendo a los que le habían traído aquel regalo:
«Alejandro tiene que mantener a mucha gente, y, así, más falta le hace el
dinero a el que a mí.»
Cuando estaba en Sicilia, ganó una corona de oro, por haber bebido más
vino que los otros convidados. De vuelta a Atenas, consagró la corona a
Mercurio.
Una vez fue enviado con otros embajadores al rey de Macedonia, Filipo.
Éste los obsequió mucho y les hizo magníficos regalos, les dio muchas
audiencias, y los sedujo de modo que estaban dispuestos a ceder en un
todo a su voluntad. Jenócrates, sin embargo, no quiso admitir los
regalos, ni asistir a los banquetes ni a las audiencias. Cuando la
embajada volvió a Atenas los que la componían dijeron al pueblo que
había sido enteramente inútil la presencia de Jenócrates, puesto que
nada había hecho, y de nada les había servido. El pueblo manifestó mucho
descontento y ya iba a condenar a Jenócrates, a que pagase una multa,
más él refirió todo lo que había pasado, y dijo a los atenienses que
tuviesen mucho cuidado con los negocios públicos, en atención a que los
embajadores, seducidos por los regalos y obsequios del rey, habían
abrazado sus intereses. De repente, cambiaron los sentimientos del
pueblo por Jenócrates, el cual empezó a ganar gran reputación. Este
negocio hizo mucho ruido, y Filipo confesó después que el único
embajador a quien no había podido vencer era Jenócrates,
Durante la guerra de Lamia, Antipater hizo prisioneros a muchos
atenienses. Jenócrates tuvo la comisión de negociar su rescate. Cuando
Antipater le vio entrar en su palacio, lo primero que hizo fue
convidarle a comer, más él respondió que antes de todo era necesario
tratar del objeto de su embajada, y poner en libertad a sus
compatriotas. Antipater, admirado de tanto patriotismo, despachó con
prontitud el negocio, y los atenienses fueron puestos en libertad.
Hallándose en Sicilia en presencia de Dionisio, éste dijo a Platón:
«Puede ser que haya quien te corte la cabeza. Para eso, dijo
Jenócrates, es menester que haya quien corte antes la mía.»
Cuando el filósofo Espeusipo se sintió viejo y achacoso, mandó llamar a
Jenócrates y le rogó que le sucediera en la dirección de la Academia,
que había estado a su cargo desde la muerte de Platón. Jenócrates
convino en ello y empezó a enseñar públicamente. Cuando venia alguno a
su escuela, sin saber música, geometría, ni astronomía, Jenócrates le
aconsejaba que se retirase, puesto que carecía de los fundamentos de la
ciencia.
Los atenienses tenían tan alta idea de la probidad de Jenócrates, que
debiendo ser testigo en una causa, y habiéndose acercado al altar, a
prestar el juramento en la forma ordinaria, los jueces se levantaron, y
no quisieron permitírselo, diciendo que su palabra bastaba, y que el
juramento, en un hombre como él, era inútil.
Polemón, hijo de Filóstrato, joven de malísima conducta, entró un día en
la Academia, coronado de flores, y dando muestras del mucho vino que
había bebido. Jenócrates estaba hablando de la templanza, y continuó su
lección en los términos más enérgicos y elocuentes. Polemón le oyó con
atención a pesar del estado en que se hallaba, y quedó tan convencido
que abandonó el género de vida que había seguido hasta entonces, y fue
después uno de los discípulos más aventajados de la Academia, en
términos que sucedió a Jenócrates en la enseñanza. Jenócrates compuso
muchas obras en verso y en prosa. Dedicó un libro a Alejandro, y otro a Efestión.
Tuvo enemigos, porque no guardaba consideraciones con nadie. Los
atenienses, al cabo, fueron tan injustos que le vendieron como esclavo.
Demetrio de Falerio le compró y le puso inmediatamente en libertad.
Siendo de edad de 82 años, tropezó una noche con una vasija, cayó, y
murió al instante. Había enseñado en la Academia por el espacio de 22
años. Florecía en tiempo de Lisímaco, en la Olimpiada 102. |