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Lucrecio, después de haber descrito todas las curiosidades de aquella
isla, dice que los sicilianos miraban como la mayor gloria de su patria
el haber producido un hombre tan eminente. Los sucesos de su vida le
habían atraído la admiración general. Algunos creían que era mágico.
Gorgias, que era uno de sus principales discípulos, decía que le había
ayudado en el ejercicio de aquel arte, y aun el mismo Empédocles dio a
entender en sus poesías que sabía algunos secretos extraordinarios para
curar enfermedades, rejuvenecer los ancianos, excitar los vientos, calmar
las tempestades, atraer la lluvia y el calor, y, en fin, dar vida a los
muertos y hacerlos venir del otro mundo. Un día los vientos Etesianos
soplaban con tanta violencia que todas las cosechas iban a perderse sin
remedio. Empédocles mandó desollar unos asnos, hacer unas odres con los
pellejos y colocar sobre los montes, con lo que, dicen que los vientos
calmaron inmediatamente.
Era muy adicto a la doctrina de su maestro
Pitágoras, y como éste prohibía los sacrificios de animales, Empédocles
mandó hacer un buey de harina y miel, y le sacrificó a los dioses. En su
tiempo Agrigento era una ciudad muy considerable, puesto que su
población subía a 800.000 habitantes. Llamábanla la gran ciudad, y el
lujo que reinaba en ella era excesivo. Empédocles decía que los
agrigentinos se alegraban como si hubieran de vivir un día, y edificaban
como si hubieran de vivir un siglo. No apetecía los empleos, y prefirió
siempre una vida retirada al tráfago de los negocios. Amaba la libertad
y el gobierno popular. Convidáronle un día a comer y viendo que pasaba
la hora señalada y que los platos no venían, se quejó amargamente al amo
de la casa, el cual le respondió que estaba aguardando al decano del
senado. Presentóse al fin este personaje, que fue tratado con el mayor
respeto, y elegido rey del convite. El senador se portó con mucha
altivez en esta ocasión. Mandó que los convidados no bebiesen más que
vino puro, y al que faltaba a este precepto, mandaba echar un vaso de
vino al rostro. Empédocles calló por entonces; pero al día siguiente,
convocó al pueblo, y acusó al amo de la casa y al senador, diciendo que
la conducta de estos dos hombres podía abrir la puerta al despotismo, y
que habían obrado con desprecio de las leyes y de las libertades
públicas. El pueblo irritado los condenó a muerte, y aun aseguran que el
mismo Empédocles los mató.
Ejercía tanto influjo en sus compatriotas,
que éstos, siguiendo su consejo, abolieron el cuerpo legislativo llamado
de los mil, y dispusieron que el cargo de magistrado no durase más que
tres años, a fin de que todos los ciudadanos pudiesen ejercerlo. El
médico Acrón pidió al Senado un terreno para alzar un monumento a su
padre, que había sobresalido en su profesión, y había sido uno de los
mayores facultativos de su tiempo. Empédocles se opuso a esta demanda,
como opuesta a la libertad que debía reinar en una república, y a la
regla general de que nadie sobresaliese entre sus conciudadanos.
La peste reinaba en Selinunte y hacía grandísimos estragos. Empédocles
conoció que esta enfermedad provenía de la corrupción de las aguas de un
río inmediato a aquella ciudad. Enseguida mandó abrir un canal, por el
cual desaguaban en aquel río dos arroyos muy puros. Esta obra se hizo a
sus expensas, e inmediatamente cesaron la corrupción y la peste. Los
habitantes de Selinunte hicieron grandes fiestas y tributaron a
Empédocles los mismos honores que a una divinidad.
Empédocles admitía por primeros principios los cuatro elementos, tierra,
agua, aire y fuego. Entre éstos reina, según él, una armonía que los
une, y una discordia que los separa. Sufren perpetuas vicisitudes, pero
nunca perecen. Este orden es eterno. Decía que el sol es una gran masa
de fuego; que la luna es un disco; que el cielo es de una materia
semejante al cristal; que el alma pasa indiferentemente a todos los
cuerpos, y que se acordaba de haber sido niña, pez, ave y planta.
Hay muchas opiniones acerca de la muerte de este filósofo. La más común
es que deseando que sus contemporáneos le creyesen dios, sostuvo este
papel hasta el fin de sus días, y quiso terminarlos de un modo que
pareciese prodigioso. Después de haber curado a una mujer de Agrigento,
que estaba ya abandonada por los médicos, y próxima a exhalar el ultimo
suspiro, preparó un sacrificio solemne y convidó a más de ochenta
personas. Para hacerles creer que había desaparecido, cuando se acabó el
banquete y los convidados fueron a descansar debajo de los árboles,
Empédocles subió a la cima del Etna y se arrojó a las llamas, sin haber
comunicado a nadie su designio. Horacio, hablando de esto, dice:
Deus
immortalis haberi,
Dum cupit Empédocles, ardentem frigidus Aetnam
Insiluit....
Empédocles era de un aspecto muy grave. Llevaba siempre en la cabeza una
corona de laurel. Nunca salía a la calle sino en compañía de muchas
personas que le hacían la corte. Su presencia inspiraba mucho respeto.
Las sandalias de que usaba eran de bronce, y aun por esta circunstancia
dicen que se descubrió su muerte, pues la violencia del volcán las
arrojó de su seno (1). Era buen ciudadano, muy desinteresado; tan
aficionado a la igualdad, que dio una gran parte de sus bienes a unos
ciudadanos pobres, después de haber apaciguado una sedición cuyo objeto
era establecer un tirano en Agrigento. Murió muy viejo, aunque no se sabe
de qué edad. Floreció en la Olimpiada 84, y los agrigentinos respetaron
su memoria.
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(1) EL célebre escritor español Feijoo ha combatido este error con
argumentos muy sólidos. |