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Un día su padre llevó a su casa un
buey, para sacrificarle a los dioses. Le ató a la choza y encargó a
Demócrito que hiciese el sacrificio; más Demócrito estaba tan absorto
que ni oyó a su padre ni vio el buey.
Demócrito, después de haber estudiado mucho tiempo con Leucipo, quiso
viajar, para acabar de instruirse. Dividió la herencia paterna con sus
hermanos, y tomó para sí el dinero metálico, que era la más pequeña
porción de los bienes, más era lo que le convenía para los gastos de
sus experiencias y viajes. Fue a Egipto y aprendió la Geometría. Pasó a
Etiopia, a Persia y a Caldea. Por fin su extraordinaria curiosidad le
impulsó a ir a la India, con ánimo de instruirse en la ciencia de los
gimnosofistas. Deseaba conocer a los hombres, más no quería ser
conocido. Su manía era vivir incógnito. A veces habitaba en cavernas y
entre sepulcros, para que nadie supiese su residencia. Sin embargo, se
presentó en la corte del rey Darío, y hallándose este monarca muy
afligido por la muerte de una mujer a quien amaba extraordinariamente,
Demócrito le dijo que se atrevía a resucitarla, con tal que se hallasen
tres hombres en el Imperio que no hubiesen tenido jamás motivo de
pesadumbre. Darío mandó hacer las más exquisitas diligencias para hallar
estos tres hombres, mas en vano. El filósofo entonces hizo ver al
monarca que no debía darse a la tristeza puesto que no había hombre
alguno completamente feliz.
Cuando volvió a Abdera, vivió muy retirado y muy pobre, habiendo gastado
cuanto tenía en viajes y experiencias. Damasco, su hermano, le tuvo que
dar algo para vivir. Había en aquella República una ley que mandaba que
el que había disipado la herencia de sus padres, no pudiese ser
enterrado en el sepulcro de éstos. Demócrito, que se hallaba en este
caso, congregó al pueblo y leyó una obra intitulada Díacosme, y fue
tanta la satisfacción que produjo, que no solo se le dispensó de la
aplicación de la ley, sino que se le dieron cinco talentos y se le
erigieron estatuas en los sitios públicos. Demócrito estaba siempre
riendo. Este buen humor provenía del conocimiento que tenía de la
flaqueza humana, y de los proyectos ridículos de los hombres. Los
abderitanos creyeron que estaba loco, y enviaron a buscar a Hipócrates
para que le curase. Hipócrates pasó a Abdera, vio a Demócrito y le dio
un vaso de leche. Demócrito dijo que aquella leche era de una cabra
negra que no había parido más que una vez. Era en efecto así. Hipócrates
admiró su sabiduría y conversó con él largo tiempo. Dijo que era
necesario curar a los abderitanos y no al que ellos creían loco.
La doctrina de Demócrito, que era en gran parte la de su maestro
Leucipo, se reducía a los principios siguientes:
«De la nada no se hace
nada, y no hay cosa alguna que pueda reducirse a nada. Los átomos no
perecen ni se mudan, porque su dureza invencible los pone al abrigo de
toda alteración. De la reunión de los átomos se han formado muchos
mundos, que perecerán en sus tiempos respectivos, y de sus ruinas, se
formarán otros mundos nuevos. El alma del hombre, o el espíritu, es un
compuesto de estos átomos, como el sol, la luna y todos los planetas.
Los átomos tienen un movimiento giratorio, que es la causa de la
generación de los seres. El destino y la necesidad son efectos
necesarios de la uniformidad de este movimiento. El alma está esparcida
en todas las partes del cuerpo, y la sensibilidad general de que el
hombre está dotado, proviene de que cada átomo del alma corresponde a un
átomo del cuerpo. Los astros se mueven en espacios enteramente libres;
no tienen movimiento más que hacia Occidente; todos ellos están
arrebatados por la rapidez de un torbellino de materia fluida, cuyo
centro es la tierra. La rapidez del movimiento de los astros está en
razón directa de su distancia de la tierra, porque la rapidez del fluido
disminuye a medida que se aproxima a su centro. Como las estrellas fijas
se mueven con más rapidez que los demás astros, acaban su círculo en
veinte y cuatro horas, y el sol, que se mueve con más lentitud, acaba el
suyo en veinte y cuatro horas y algunos minutos más, y la luna, que es
todavía más lenta que el sol, en cerca de veinte y cinco horas.»
Dicen que Demócrito se privó de la vista, por medio de la continua
reverberación del sol en una placa de hierro, a fin de no aplicarse a
otra cosa que a la meditación.
Viéndose en una edad sumamente avanzada y próximo a morir, echó de ver
que su hermana sentiría que muriese antes de las fiestas de Ceres,
porque estaría de luto, y no podría asistir a ellas. Demócrito mandó
llevar a su cuarto un gran número de panes calientes, cuyo olor le hacia
mucho bien, y conservaba en la atmósfera de la habitación un calor
natural. Pasadas las fiestas mandó quitar los panes, y murió
inmediatamente. Tenía 109 años. |