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Vendió su patrimonio que le produjo
más de 200 talentos, que depositó en casa de un banquero, con orden de
que los restituyese a sus hijos, en caso de que tuviesen pocos alcances,
pero que si tenían bastante elevación de alma para ser filósofos,
distribuyese aquella suma entre los ciudadanos de Tebas, pues un
filósofo no necesita de nada. Instruidos de esta disposición, sus
parientes fueron a verle y a persuadirle que mudase de plan, mas él los
arrojó de la casa con un palo en la mano.
Crates usaba en verano un manto de paño muy grueso, y en verano, se
vestía con ropas ligeras, para acostumbrarse a una vida áspera, y a los
rigores de las estaciones. Entraba sin ceremonias en las casas en que
era desconocido, y reprendía severamente a los amos los desórdenes de
su conducta. Perseguía a los malos, y les decía mil injurias. Su método
de vida, era, como el de todos los Cínicos, duro y lleno de
privaciones.
El orador Metrocles padecía una incomodidad flatulenta, cuyos efectos no
suelen ser muy agradables a los espectadores, por lo que se había
separado de la sociedad y no salía de su casa. Crates, después de
haberse llenado el cuerpo de judías, fue a verle y empezó a reconvenirle
por su pequeñez de espíritu y su condescendencia con las preocupaciones
de la muchedumbre. Entretanto las judías hicieron su efecto
acostumbrado, y Crates confirmó con el ejemplo lo que había explicado
con palabras. Metrocles se convenció, quemó los libros de Teofrasto, que
había sido su maestro, y sólo trató de seguir en un todo la doctrina y
el modo de vivir de los Cínicos. Con el tiempo llegó a sobresalir en
esta escuela y tuvo muchos discípulos, pero habiendo envejecido y
hallándose muy enfermo, se disgustó de la vida y se ahorcó.
Crates era muy feo, y para parecerlo más usaba una especie de capucha
de píeles de carnero, de modo que a cierta distancia no se podía
distinguir qué especie de animal era. Tenía mucha destreza en toda clase
de ejercicios, y cuando se presentaba en el circo para luchar, todos los
concurrentes se echaban a reír al verle. Más él decía que los que iban a
luchar con él no tardarían en llorar.
Decía que era imposible encontrar un hombre que no hubiese cometido
alguna falta en su vida, pero que una granada podía tener algún grano
podrido, sin dejar de ser un buen fruto.
Crates quería que sus discípulos tuviesen una completa abnegación de
los bienes de este mundo. Los exhortaba a huir de los placeres,
diciéndoles que no había cosa más preciosa que la libertad, Y que no
puede ser libre el que está sometido a los deleites.
«El amor, decía, se cura con el hambre; si no, la edad lo extingue; y si
no, es preciso tomar una cuerda y ahorcarse.»
Cuando hablaba de la corrupción de las costumbres, declamaba contra los
hombres de su tiempo que prodigaban el dinero para satisfacer sus
caprichos y pasiones, y sentían una pequeña suma en empresas útiles y
honestas.
Decía que en su tiempo se daban cinco minas a un cocinero, y una dracma
a un médico; cinco talentos a un adulador, y humo al que da buenos
consejos; un talento a una cortesana, y un óbolo a un filósofo.
Demetrio de Faleria le envió un jarro de vino y unos panes. Crates le
devolvió el vino, manifestándose ofendido de este regalo, pero guardó
los panes diciendo: «¡Ojalá hubiese fuentes de pan!» Las costumbres
libres de Crates gustaron tanto a Hiparquia, hermana de Metrocles, que a
pesar de que muchos hombres de mérito solicitaban su mano, no quiso
tener otro marido que aquel filósofo. En vano le hicieron ver la
extravagancia de semejante proyecto. A las reconvenciones que le hacían
los que se interesaban en su suerte, no daba otra respuesta sino que en
caso de no lograr lo que deseaba se quitaría la vida. Sus parientes
hicieron los mayores esfuerzos para disuadirla, pero en vano. Por fin
recurrieron a Crates, y le suplicaron que tratase él mismo de convencer
a Hiparquia. Crates condescendió con estos deseos, y estuvo largo tiempo
conversando con ella sobre tan disparatada unión, más viendo que
predicaba en desierto, se desnudó en presencia de la joven, y puso a
descubierto una enorme joroba, y las demás irregularidades de su
persona.«Mirame bien, y mira todo lo que poseo», dijo, arrojando al
suelo el saco, el manto, y el báculo, único equipaje de un buen Cínico.
«Si te casas conmigo, añadió, no poseerás más bienes que los
que estás viendo». Hiparquia no vaciló un momento, y prefirió la mano de Crates a
todas las riquezas que podía esperar. Se casó con él, no le abandonó
jamás, y le acompañaba en todas las reuniones públicas. Hallándose los dos esposos un día en un banquete, hizo el argumento
siguiente al sofista Teodoro, célebre por su impiedad. «Todo lo que
Teodoro hace está bien hecho, y fundado en razón. Luego todo lo que
Hiparquia haga como Teodoro estará bien hecho y fundado en razón.
Teodoro puede darse un bofetón a sí mismo. Luego Hiparquia puede dar un
bofetón a Teodoro.» Y en efecto le aplicó los cinco dedos a la mejilla.
Teodoro no supo que responder, sino con críticas amargas, acerca de que
Hiparquia había abandonado los trabajos y ocupaciones de su sexo.
«¿Crees tú, le preguntó ella, que la rueca, y el telar valen
más que la Filosofía?»
De esta digna unión nació Pacicles, que fue educado por sus padres en
los principios del más puro Cinismo.
Alejandro preguntó a Crates si le serviría de satisfacción ver
reedificada su patria: «No, respondió Crates, porque no
faltará otro Alejandro que la destruya.»
Decía que su patria era la pobreza, y su tesoro el desprecio de la
gloria; que las riquezas de los magnates son como los árboles que nacen
en las rocas inaccesibles, y cuyos frutos solo alimentaban a pajarracos
inútiles; que un poderoso en medio de sus aduladores era como un
ternero rodeado de lobos.
Cuando le preguntaban hasta qué tiempo convendría estudiar la filosofía,
respondía: «Hasta que todo el mundo esté convencido de que los que
mandan ejércitos no son más que pastores de una manada de asnos.»
Crates, como todos los Cínicos, desapreciaba las ciencias, y sólo se
aplicaba a la Moral. Vivió muchos años, y en los últimos estaba muy
encorvado, y como oprimido del peso de la vejez. El tiempo de su mayor
celebridad fue hacia la Olimpiada 113. Entonces eclipsó a todos los otros
filósofos de su escuela. Tebas fue el teatro de sus glorias. Fue maestro
de Zenón, fundador de una famosa escuela de Cínicos. |