|
Bión tenía gran sutileza de ingenio, y era muy buen lógico. Sobresalía
en la Poesía y en la Música, y tenía particular habilidad en la
Geometría. Gustaba de comer bien, y vivía como un libertino.
No hacia larga residencia en ningún pueblo, sino que andaba viajando de
uno en otro, sin más objeto que hallarse en todos los banquetes y
convites. En estas ocasiones se esmeraba en decir chistes y agudezas,
para hacer reír a los concurrentes; de modo que en todas partes era bien
recibido y obsequiado.
Habiendo tenido noticia de que algunos enemigos suyos habían ido a
referir su nacimiento ilegítimo al rey Antígono, hizo como si nada
supiera, y se presentó delante de este monarca, que le envió a llamar
para echarle en cara, como una ignominia, su origen bastardo. El rey,
creyendo causarle un gran embarazo, le preguntó su nombre y la
profesión de sus padres: «Mi padre, respondió Bión sin turbarse, era un
liberto, que vendía tocino y manteca salada. No era posible saber si en
su juventud había sido feo o bonito, tan desfigurado tenía el rostro
de los golpes que le habían dado sus amos cuando era esclavo. Conoció a
mi madre en un sitio público, donde se encontraron por acaso, y allí,
sin más cumplimientos, celebraron su matrimonio; pero después no sé qué
crimen cometió el bueno de mi padre, lo cierto es que él y su mujer y
sus hijos fueron vendidos en el mercado de los esclavos. Yo, cuando
muchacho, era bastante bonito; compróme un orador, y me dejó todos sus
bienes, pero yo hice mil pedazos el testamento, y me retiré a Atenas,
donde me dediqué a la Filosofía. Ya sabes tanto como yo de mi padre y
de mi historia. Dile a tus aduladores que no te vengan a calentar la
cabeza con cuentos acerca de mi genealogía.»
Preguntáronle cual era el más desgraciado de todos los hombres, y
respondió: «El que con más anhelo desea ser feliz.»
Decía que la vejez era el asilo de todos los males, y que el hombre no
debe contar su vida por los años que ha vivido, sino por la gloria que
ha sabido ganar.
Un día encontró a un pródigo que había malgastado su hacienda. «Cuentan,
le dijo, que la tierra se tragó a Amfiarao, pero tu te has
tragado la tierra.»
Un charlatán importuno le dijo que tenía ánimo de pedirle un favor.
«Haré con gusto, le dijo, lo que necesites, con tal de que me
lo envíes a decir, y no me lo digas tú mismo.»
Navegando en compañía de una gavilla de malhechores, el buque fue cogido
por unos corsarios. Sus compañeros se decían entre sí: «Somos perdidos
si nos conocen. Y yo, dijo Bión, soy perdido si no me conocen.»
Viendo muy triste a un hombre que tenía la reputación de ser muy
envidioso: «¿Cual de tus amigos, le preguntó, ha recibido
alguna buena noticia?»
He aquí algunos de los más célebres apotegmas de este famoso decidor:
«Uno de los mayores males es no poder sufrir el mal. Vale más dar de su
propio bien que codiciar el ajeno, porque con pocos bienes puede un
hombre ser feliz, más no puede serlo con muchos deseos. La temeridad es
para los jóvenes, y la prudencia para los viejos. No merece el nombre de
filósofo sino el que recibe las injurias con tanta serenidad como los
cumplimientos. La prudencia es con respecto a las otras virtudes, lo que
la vista con respecto a los otros sentidos. La impiedad es una compañía
incómoda para la conciencia, porque es imposible que el hombre hable con
serenidad cuando la conciencia le acusa, y cuando sabe que ha merecido
la cólera de los dioses. El camino de los infiernos es muy llano, puesto
que se puede andar por él con los ojos vendados. Los que se entretienen
en cuestiones inútiles, que sólo pueden satisfacer una vana curiosidad,
y no pueden elevarse hasta la filosofía, son como los amantes de
Penélope, que hacían la corte a las criadas, cuando no podían hacérsela
al ama. »
Hallándose en Rodas, donde había muchos atenienses que se aplicaban a la
declamación, mientras el enseñaba la Filosofía, le preguntaron por qué
no seguía el ejemplo de aquellos griegos: «Porque yo, respondió,
comercio en trigo, y no puedo vender cebada.»
Cuando oía hablar de las danaides, condenadas a sacar agua en canastas
agujereadas, decía que seria más cruel su suplicio si las canastas no
tuvieran agujeros.
Después de haber vivido sepultado en vicios y en desórdenes, cayó
enfermo en Calcis, y estuvo padeciendo mucho tiempo. Era tan pobre que
no tenía con que pagar a los que le asistían. El rey Antígono le regaló
dos esclavos y una silla de manos, para que pudiese de este modo
acompañarle en todos sus viajes.
Cuentan que durante esta enfermedad se arrepintió de haber
menospreciado a los dioses, y que se hizo tan supersticioso que
consultaba a las hechiceras, y colgaba ramas de laurel a las puertas de
su habitación, para preservarse de maleficios. A pesar de estas
precauciones, el pobre Bión murió víctima de los achaques que los
desordenes de su vida le habían acarreado. |