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Pasó una parte de su juventud en el libertinaje, y
disipó de esta manera sus bienes. Tomó partido en el
ejército, pero no conviniéndole la carrera de las armas, pasó a Delfos,
a consultar al oráculo, para saber qué giro había de tomar. El oráculo
le respondió que fuese a Atenas a estudiar la filosofía. Tenía a la
sazón 18 años. Estudió por el espacio de 20 años en la Academia, con
Platón, y vivía del producto de algunos remedios que vendía. Comía poco
y dormía menos. Su afición al estudio era tan grande que para que el
sueño no le venciese, ponía un gran cubo de agua junto a su cama y
agarraba en la mano una bola de hierro, conservando la mano fuera de la
cama, de modo que cuando empezaba a dormirse, el ruido que hacia la bola
al caer en el agua le despertaba. Laercio dice que tenía la voz agria,
los ojos pequeños, las piernas delgadas, y que gustaba de vestirse con
magnificencia. Era de ingenio muy sutil, por manera que comprendía
fácilmente las cuestiones más complicadas. Hizo grandes progresos en la
escuela de Platón, y no tardó en sobresalir entre todos loa Académicos,
los cuales no decidían ninguna cuestión sin consultarle, aunque muchas
veces su opinión era contraria a la de Platón. Sus condiscípulos le
miraban como un genio extraordinario, y aun algunos preferían su
opinión, contraria a la del maestro. Aristóteles se retiró de la
Academia y Platón se resintió mucho.
Los atenienses le nombraron su embajador cerca de Filipo, padre de
Alejandro el Grande. Permaneció algún tiempo en este encargo, y a su
vuelta supo que Jenócrates había sido elegido para enseñar en la
Academia. Entonces dijo que se avergonzaría de guardar silencio cuando
Jenócrates hablaba, y se puso a enseñar una doctrina diferente de la de
Platón. La reputación que tenía de sobresalir en todas las ciencias, y
particularmente en la Filosofía, obligó a Filipo a nombrarle preceptor
de Alejandro, que tenía a la sazón 14 años. Aristóteles aceptó, y estuvo
ocho años con este príncipe, a quien enseñó ciertos conocimientos
secretos que no descubría a nadie. No hacía vanidad de la Filosofía; se
aplicaba a los negocios públicos, y tuvo mucha parte en todos los que
ocurrieron en Macedonia, mientras residió en aquel imperio. Filipo, para
manifestarle su aprecio, reedificó la ciudad de Estagira, que había sido
destruida en la guerra. Aristóteles volvió a Atenas, donde fue muy bien
recibido, en atención a las gracias que Filipo, a instancias suyas,
había hecho a los atenienses. Establecía su escuela en unas hermosas
calles de árboles que había en el Liceo, y como daba sus lecciones
paseándose, se dio el nombre de peripatéticos a los que seguían sus
doctrinas. El Liceo adquirió muy en breve gran celebridad, y la fama del
fundador de aquella escuela se esparció muy en breve por toda la
Grecia.
Alejandro encargó a Aristóteles que se aplicase a hacer experiencias
físicas, y le dio un gran número de cazadores y pescadores, para que le
llevasen los animales de que necesitase, y además 800 talentos para los
gastos. Entonces publicó sus libros sobre la física y la metafísica.
Alejandro se hallaba en Asia cuando lo supo y se enfadó contra
Aristóteles, porque vulgarizaba unas ciencias que él sólo deseaba
poseer. Le escribió una carta concebida en estos términos: «Alejandro a
Aristóteles. Has hecho mal en publicar tus obras sobre las ciencias
especulativas, porque nada sabremos más que los otros, si lo que nos has
enseñado se comunica a toda clase de gentes. Sabe que me sería mucho
más agradable sobresalir en el conocimiento de las cosas superiores que
en el poder y la autoridad.» Aristóteles le respondió que había
publicado su doctrina, pero que no la había dado a luz, queriendo decir
que la había escrito con tanta oscuridad que nadie podría entenderla.
Aristóteles no conservó largo tiempo el favor de Alejandro: se riñó con
él porque tomó con gran calor el partido del filósofo Calístenes. Éste
era hijo de una sobrina de Aristóteles, quien le había educado con el
mayor esmero. Cuando se separó de Alejandro le dejó en su compañía a
Calístenes, y encargó al monarca que cuidase mucho de él. Calístenes no
era condescendiente con Alejandro, y solía hablarle con gran libertad.
Esto fue lo que hizo que los macedonios no le adorasen como un dios, a
la manera en que los persas lo habían hecho. Alejandro, que le
aborrecía, halló medio de vengarse, suponiendo que había tomado parte en
la conjuración de su discípulo Hermolao. No le permitió que se
defendiese y le mandó arrojar a los leones. Otros dicen que le mandó
ahorcar, y otros que murió en la tortura.
Aristóteles se resintió mucho contra Alejandro, y éste procuró molestar
e incomodar por todos los medios posibles a Aristóteles. Colmó de
favores y riquezas a Jenócrates, y Aristóteles tuvo envidia. Hay quien
dice que tuvo parte en la conjuración de Antipater, y que compuso el
veneno que hizo morir a Alejandro.
Aunque firme en sus principios, Aristóteles tuvo algunas flaquezas en su
conducta. Cuando se separó de la Academia, fue a vivir en la Corte del
tirano Hermias, y las miras que en esto se llevó, según dicen, no eran
muy compatibles con la pureza de las costumbres. Aristóteles se casó con
la hermana, y según otros con la concubina de Hermias, y la amó con
tanto extremo, que le hizo sacrificios como a una divinidad, y compuso
versos en honor de Hermias, dándole gracias por haber permitido aquel
enlace.
Aristóteles dividió su filosofía en práctica y teórica. La práctica es
la que enseña las verdades que deben reglar las operaciones del
espíritu, como la Lógica, y que nos da máximas para conducirnos en la
vida, como la Moral y la Política. La Teórica es la que descubre las
verdades puramente especulativas, como la Física y la Metafísica. Las
cosas naturales tienen tres principios, materia, forma y privación. Para
probar que la privación es un principio de las cosas naturales, dice que
la materia de que se hace una cosa debe tener la privación de la forma
de esta cosa. No considera la privación como un principio de composición
del cuerpo, sino como un principio externo de su producción, en tanto
que la producción es una mudanza por la cual la materia pasa da una
forma que tenía a una forma que no tenia.
Da dos definiciones diferentes
de la materia: una negativa y otra positiva. He aquí la primera: Materia
es lo que no es sustancia, ni extensión, ni cualidad, ni ninguna especie
de ser. Por ejemplo, la materia de leña, no es ni la sustancia de la
leña, ni su extensión, ni su figura, ni su color, ni su solidez., ni su
gravedad, ni su dureza, ni su sequedad, ni ninguna de los accidentes que
se encuentran en la leña. La definición afirmativa es esta: La materia
es aquello de que se compone y en que se resuelve una cosa. Para formar
un cuerpo natural, además de la materia se necesita la forma. Según
unos, Aristóteles entiende por la palabra forma la disposición de las
partes; según otros, entiende una entidad sustancial, realmente distinta
de la materia, de modo que, cuando se muele el trigo, por ejemplo,
sobreviene una forma sustancial que se llama harina, y después otra que
se llama masa, y después otra que se llama pan. Estas formas existen con infinita variedad en todos los cuerpos
naturales. Así pues, en el caballo, además de los huesos, nervios,
venas, cartílagos y tegumentos; además de la sangre que circulando en
los vasos, alimenta todas las partes, y además de los espíritus
animales que son los principios del movimiento animal, hay una forma
sustancial que puede muy bien llamarse el alma del caballo. Esta forma
no nace de la materia, sino de la potencia de la materia; es una entidad
real distinta de la materia, y no una parte de ella, ni una de sus
modificaciones.
Aristóteles opina que todos los cuerpos terrestres se componen de cuatro
elementos, tierra, agua, aire y fuego; que la tierra y el agua son
graves y propenden a acercarse al centro del mundo; al contrario, los
otros dos elementos, son leves, y se alejan de este centro. Hay un
quinto elemento, de que se componen los cuerpos celestes, y cuyo
movimiento es siempre circular. Sobre el aire y bajo la parte cóncava de
la luna, hay una esfera de fuego, a la que suben y en la que se reúnen
todas las llamas, así como los ríos y arroyos bajan a reunirse al mar.
La materia es infinitamente divisible; el universo está lleno, de modo
que no hay vacío en la naturaleza; el mundo es eterno, y el sol ha
girado y girará siempre como lo hace ahora. Las generaciones de los
hombres no tienen principio, y lo mismo sucede con los pájaros, y con
las demás especies de animales. Los cielos son incorruptibles. Las cosas
sublunares se corrompen, pero los elementos de que se componen no
perecen jamás. De las partes disueltas de un ser se forma otro ser; así
pues, el universo se conserva siempre en su integridad. La tierra es el
centro del mundo; en torno de ella giran los astros, movidos por
inteligencias celestes. Todo lo que está hoy cubierto con las aguas del
mar ha sido tierra firme, y lo que es hoy tierra firme llegará a
cubrirse con las aguas del mar. La razón de esto es que las corrientes
de los ríos y arroyos están continuamente arrastrando las sustancias
que cubren la superficie de la tierra; por consiguiente la mar se retira
y la tierra seca se extiende, y como el tiempo es eterno, la gran
mudanza llega a verificarse al cabo de muchos siglos. También se prueba
esta verdad por las conchas que se ven en las cimas de muchos montes
elevados, y por las anclas que han solido hallarse en las entrañas de la
tierra. Estas mudanzas de mar en tierra y de tierra en mar producen el
olvido de las cosas pasadas y la pérdida de la historia de los pueblos
que nos han precedido. Además de estos accidentes hay otros que
contribuyen al mismo resultado, como las pestes, los incendios, los
terremotos, que exterminan los hombres de un país, salvándose tan solo
unos pocos, que se retiran a los bosques, hacen una vida salvaje y
pierden la memoria de sus antepasados; hasta que la población aumenta, y
se vuelven a descubrir y encontrar las artes perdidas. Así es como se
explica la eternidad del mundo, y la renovación de las generaciones, de
las instituciones, de las leyes, y de los usos»
Aristóteles examina cuidadosamente todo lo que puede contribuir a la
felicidad del hombre. Refuta la opinión de los voluptuosos, que cifran
la felicidad en los placeres físicos, los cuales, en su opinión, causan
hastío, debilitan el cuerpo, y embrutecen el espíritu. Después censura
la opinión de los ambiciosos, que creen poder ser felices con los
honores, y nada omiten por conseguirlos. Dice que el honor está en el
que lo tributa; que el ambicioso desea ser honrado, porque se cree que
existe en él lo que merece serlo; que por consiguiente la virtud es la
que hace feliz al hombre. Por último contradice a los avaros, que dan el
nombre de felicidad a la riqueza. Dice que ésta no es apetecible por sí
misma, que hace infeliz al que la guarda y que no se atreve a hacer uso
de ella; que para que la riqueza sea útil, es necesario emplearla,
distribuirla, siendo así que la felicidad es una cosa estable, que se
debe conservar.
En fin, la opinión de Aristóteles es que la verdadera felicidad consiste
en la acción perfecta del entendimiento y en la práctica de la virtud;
que la acción más noble y más digna del entendimiento es la especulación
de las cosas naturales, de los cielos, de los astros, de toda la
naturaleza, y principalmente del ser primero; sin embargo, para ser
feliz es necesario también poseer algún bien externo, como por ejemplo,
una riqueza moderada, pues el hombre destituido de todo no puede tener
amigos, y sin amigos no hay felicidad. Así pues la virtud no basta para
hacernos dichosos, pero el vicio basta para hacernos infelices.
La amistad, según este filósofo, es de tres clases, parentesco,
inclinación y hospitalidad. Las bellas letras contribuyen a la virtud, y
dan a la vejez el mayor consuelo de que puede gozar. Admite, como Platón,
un primer ser y una Providencia. Dice que todas las ideas vienen de los
sentidos, y que un ciego de nacimiento no puede tener idea de los
colores, ni un sordo de los sonidos.
En su política dice que el gobierno monárquico es el más perfecto, y
critica amargamente a los republicanos, citando los excesos que cometían
los de su tiempo.
Le preguntaron que ventaja sacaban los embusteros y respondió: “Que
nadie los crea cuando dicen verdad.» Lo reconvinieron porque había dado
limosna a un malvado. «No se la he dado al malvado, respondió,
sino al hombre.» Decía que la ciencia es con respecto al alma lo que la luz
con respecto a los ojos; que sus raíces eran algunas veces amargas, pero
sus frutos siempre dulces.
Se enfadaba contra los atenienses porque teniendo leyes y trigo se
servían del trigo, y no hacían caso de las leyes. Decía que la esperanza
es el sueño de un hombre despierto; que la diferencia entre el sabio y
el ignorante es lo mismo que la que hay entre el muerto y el vivo; que
la ciencia es un adorno en la prosperidad y un refugio en el infortunio;
que el que educa a un hombre es más bien su padre que el que le
engendra; que la hermosura es la mejor carta de recomendación; que para
progresar en la filosofía es necesario alcanzar a los que preceden y no
aguardar a los que vienen detrás; que los que acumulan tesoros deberían
vivir siempre, y los que los disipan morir pronto; que un amigo es un
alma en dos cuerpos; en fin, que debemos hacer a los amigos lo mismo que
de ellos esperamos.
Muchas veces solía exclamar: «¡Amigos míos! ya no hay amigos.»
Le preguntaron por qué gustaba más de la hermosura que de la fealdad, y
respondió: «Esa es pregunta de ciego.»
Aristóteles, después de haber enseñado la Filosofía durante trece años en
el Liceo, con la mejor reputación, fue acusado de impiedad, y la memoria
de la muerte de Sócrates le espantó de tal manera, que tomó el partido
de salir de Atenas. Retiróse a Calcis de Eubea, donde dicen que murió de
pesadumbre por no haber podido hallar la causa del flujo y reflujo del
mar. Otros dicen que se precipitó en las olas, diciendo: «Sepúlteme el
mar, puesto que no puedo comprenderlo.» Otros por fin aseguran que murió
de un cólico, el año 63 de su edad, dos años después de la muerte de
Alejandro.
Los estagiritas le alzaron altares como una Divinidad. Hizo testamento y
nombró por albacea a Antipater. Dejó un hijo, llamado Nicómaco, y una
hija que se casó con un nieto de Demarato, rey de Lacedemonia. |